La historia va hacia la humanidad
unida en Cristo
Progreso es todo lo
que nos acerca a Cristo y así nos acerca a la humanidad unida,
al verdadero humanismo
BENEDICTO XVI, AUDIENCIA GENERAL. Miércoles, 4 de enero de 2006:
"La historia tiene una meta, una dirección. La historia va hacia la humanidad unida en Cristo, va hacia el hombre perfecto, hacia el humanismo perfecto... Sí, hay progreso en la historia, ...hay una evolución de la historia. Progreso es todo lo que nos acerca a Cristo y así nos acerca a la humanidad unida, al verdadero humanismo. Estas indicaciones implican también un imperativo para nosotros: trabajar por el progreso, que queremos todos. Podemos hacerlo trabajando por el acercamiento de los hombres a Cristo; podemos hacerlo configurándonos personalmente con Cristo, yendo así en la línea del verdadero progreso".
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La Iglesia aporta la esperanza
La Iglesia aporta la esperanza
cierta e imborrable de que con toda seguridad se llegará en el
mundo a un modo de vida humano en plenitud de justicia y de paz
como resultado de llegar a "conformar
en la verdad, en la justicia, en la libertad y en el
amor la historia humana con el orden divino";
se llegará a la paz que es "resultado de un orden
diseñado y querido por el amor de Dios", como
proclama Benedicto XVI en su mensaje para la jornada por la paz
de 2006, precisando que "es un don celestial y una
gracia divina".
El Concilio Vaticano II proclamó con seguridad: "La
Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol,
espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los
pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le
servirán hombro con hombro" (Nostra
aetate, 4).
Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad
de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en
el futuro.
Esta confesionalidad de todos los pueblos y de su organización política autonómica, nacional y mundial excluye taxativamente cualquier tipo de confusión entre la esfera religiosa y la esfera política.
Esta confesionalidad excluye también taxativamente la intolerancia religiosa. Todo lo contrario: por ser una virtud la tolerancia, aunque es posible practicarla con las fuerzas humanas, que lo sea de hecho siempre y generalizadamente por todos los pueblos y sus autoridades sólo es posible con los medios que aporta la Iglesia, y la aceptación de estos medios, en particular la autoridad de la Iglesia en materias morales como infalible, es lo que define a los estados confesionales.
De lo que se trata es de "la coherencia entre fe y vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio Vaticano II".