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Textos de Francisco Canals Vidal
artículos de Cristiandad de Barcelona
UNIDAD SEGÚN SÍNTESIS
Francisco Canals Vidal en Cristiandad de
Barcelona
Lección magistral leída por el Profesor Francisco Canals Vidal en el acto de investidura como Doctor honoris causa por la Universitat Abat Oliba el día 21 de abril de 2005
Expresiones de agradecimiento
El sentimiento de gratitud hacia la
Universitat Abat Oliba, y con ella las Universidades asociadas en
ICUSTA, por la colación del título de Doctor honoris causa,
y hacia el ilustre jurisconsulto Juan Vallet de Goytisolo,
miembro de las Reales Academias de Legislación y Jurisprudencia
y de Ciencias Morales y Políticas, Doctor honoris causa
por la Universitat Autónoma de Barcelona, me lleva también a
proclamar mi agradecimiento hacia quien fue el instrumento y
mediador de mi providencial encuentro en 1944, teniendo yo
veintidós años de edad con Santo Tomás de Aquino, el
gran maestro de armonía y síntesis a quien Juan Pablo II
califica insistentemente como Doctor humanitatis. Hablo de
quien fue, hasta su muerte en 1958, mi maestro de doctrina y de
espíritu, aquella gran figura que fue el jesuita Ramón Orlandis
Despuig1.
Era convicción central del magisterio del Padre Orlandis que es
inclinación innata del entendimiento humano la búsqueda de una
síntesis armónica y coherente en la que pueda madurar nuestra
comprensión del sentido del universo y de la vida humana. Estaba
también convencido de que Santo Tomás de Aquino sobresale y
resplandece, en este aspecto, en la historia del pensamiento
cristiano.
Paulo VI aludía a la sabiduría del Doctor Angélico y la
alababa por la explicación y reducción a unidad de las
verdades más profundas2 y, antes ya, Pío XII había dicho que
el conjunto de conocimientos que habían sido conocidos por la
filosofía antigua y por la filosofía cristiana no han
sido expuestos por ningún otro Doctor de un modo tan lúcido,
tan claro y perfecto (...) ni ninguno ha compuesto (es decir,
sintetizado: compositio equivale exactamente a synthesis)
con todas ellas un edificio tan sólido como Santo Tomás de
Aquino3.
El padre Orlandis consiguió, en breve tiempo, connaturalizarme
con su convicción, experimentada y vivida, de que esta fuerza
unificante y sintética del pensamiento de Santo Tomás le daban
virtualidad ordenadora, integradora y pacificadora para la vida
de los hombres, y de modo especialísimo de los jóvenes, de
tantas maneras sometidos y torturados por diversidad de impulsos
y falsas impresiones y estímulos inadecuados que tanto
dificultan, en nuestro tiempo, la maduración humana y la paz del
espíritu.
De aquí que la invitación al estudio de Santo Tomás penetrase
en mi vida de un modo tan práctico y vital que no sólo
determinaría mi orientación profesional hacia el estudio y la
docencia de la Filosofía, sino que vino a ser para mí una de
aquellas tareas, por decirlo con lenguaje del propio Santo
Tomás, quae pertinent ad totam vitam. Ello fue, sin duda,
el motivo esencial de que, desde entonces, el estudio de Santo
Tomás me haya ocupado durante los sesenta años transcurridos
hasta hoy desde el momento de haber podido descubrir el carácter
cultural y espiritualmente saciativo de su doctrina.
He de recordar también al primero y principal colaborador del
Padre Orlandis en la formación de la escuela tomista de
Barcelona, Jaume Bofill y Bofill, el Catedrático de
Metafísica de la Universidad de Barcelona entre 1950 y 1965,
muerto prematuramente, y a quien tuve el honor de suceder en la
profesión de esta Cátedra.
Tampoco puedo dejar de aludir a los numerosos discípulos
universitarios que han sido colaboradores y estimulantes
insustituibles para la continuidad y perseverancia de las tareas
de la escuela tomista de Barcelona y de las de
formación espiritual y cultural realizadas por el Padre Orlandis
en nosotros. Mi experiencia me ha hecho sentir el carácter
siempre actual y renovador del pensamiento de Santo Tomás que
vive en la Iglesia y en ella obra y se difunde.
Santo Tomás en la tradición de Catalunya
Los recuerdos personales hasta aquí
evocados me llevan connaturalmente a unas reflexiones de
carácter histórico y sociológico sobre las circunstancias
ambientales por las que nos llega, demasiadas veces
inadvertidamente, la presencia secular del tomismo en Catalunya.
Digo inadvertidamente porque, con la excepción de
Torras i Bages, que veía la Orden de Predicadores como la
verdadera educadora de nuestra tierra, precisamente por la
perseverancia de los dominicos en la enseñanza de la
síntesis científica que personifica Santo Tomás de
Aquino4, ha sido general entre nuestros
historiadores y dirigentes culturales el desinterés y aun la
falta completa de atención a esta dimensión profunda de la
tradición catalana5.
Tampoco podría documentar las razones que pudieron motivar, en
Torras i Bages, el que pusiera la doctrina de Santo Tomás como
el núcleo de esta tradición aunque encuentro datos
importantísimos que van desde el hecho de que San Raimon de
Penyafort fuese el recopilador del sistema jurídico que estuvo
vigente en la Iglesia occidental (hasta la codificación en
tiempos de San Pío X y Benedicto XV), hasta el ferviente y
explícitamente proclamado tomismo de hombres como Miquel
d´Esplugues, Carles Cardó y Jaume Bofill, figuras de primer
orden por su saber e influencia en el s. XX.
Para sugerir lo inadecuado y parcial de las perspectivas que han
borrado de la memoria histórica de los catalanes la vigencia
central y universalmente influyente de la tradición del tomismo,
aludiré a dos eminentes figuras de los siglos XVII y XVIII: los
dominicos Fray Joan Tomàs de Rocabertí (1620-1699) y Fray Joan
Tomàs de Boixadors (1703-1780), de las que se ocuparon,
respectivamente, Torras i Bages y Joan Tusquets Tharrats6.
De Rocabertí, que fue Maestro general de la Orden, y después
Arzobispo de Valencia, se ocupó el obispo Torras i Bages en su
discurso de recepción a la Real Academia de Buenas Letras de
Barcelona, de 8 de mayo de 1898, titulado En Rocabertí i
en Bossuet. Rocabertí reunió en su Biblioteca Máxima
Pontificia (obra que contiene veinte volúmenes in folio
y otro con los índices) una antología casi completa de escritos
teológicos y canónicos sobre la potestad pontificia,
especialmente sobre el derecho de los Papas a juzgar sobre los
actos de los reyes.
Rocabertí es, probablemente, el último, cronológicamente, que
defendió la tesis del poder directo de la potestad espiritual
sobre la potestad temporal. Por esto fue el principal adversario
de Bossuet en su Defensio declarationis cleri galicani,
donde el gran obispo francés defiende la independencia y
autonomía completa del poder temporal frente al poder
espiritual. Rocabertí es, pues, una de las grandes figuras del
más intransigente y radical ultramontanismo.
Pero para enjuiciar el profundo sentido eclesial de la figura de
Rocabertí, nos conviene mucho advertir el juicio que sobre él
da Torras i Bages: A nosotros, Fray Tomàs de Rocabertí,
enfrentándose a Luis XIV en su política absolutista en cuanto
se refiere a los principios religiosos de gobernación moral de
los hombres, se nos muestra como un vindicador de la libertad de
la conciencia cristiana en una de las crisis más trascendentales
por la que ha pasado la civilización moderna7.
Conviene advertir que las palabras de Torras i Bages son de una
clarividencia y oportunidad excepcionales. Comprenderemos la
profunda verdad que contienen si recordamos las palabras de
Spinoza en su Tractatus theologico-politicus, cuyo
prefacio concluye, a la vez que con la afirmación de que la paz
social exige que el poder político sea la fuente única de
criterios morales, con la recomendación de que este monopolio
estatal de lo ético se consigue más eficaz y seguramente con la
concesión de iguales derechos a todas las religiones y opiniones
filosóficas o políticas8.
Tomàs de Boixadors ha de ser reconocido como el gran defensor
del tomismo en la Orden dominicana durante el s. XVIII. Después
de ser Prior del convento barcelonés de Santa Catalina, fue
elegido Maestro general de la Orden y, en aquel momento, el Papa
Benedicto XIV ordenó que su generalato fuese permanente hasta
nueva disposición pontificia. En sus veinte años de generalato
(de 1754 a 1774) extendió a toda la Orden, en 1758, la ordinatio
que, siendo Provincial de Aragón, había promulgado para los
estudios dominicos en 1748. Cito algunos párrafos de aquella ordinatio
por la que se gobernaría la Orden a partir de su promulgación
universal por Boixadors:
No hay que ignorar las novedades por desconfianza en la
validez de nuestro sistema filosófico, pero hay que exponerlas,
si son contrarias a nuestra Escuela, con prudencia, y si en ellas
hay algo aceptable, hay que poner de manifiesto cómo no se
contradice con la doctrina de Santo Tomás. Pero no hay que
extenderse en exceso en el estudio de materias físicas y
matemáticas que no sean necesarias para los estudios
teológicos. En todo caso, está prohibido a los profesores de la
Orden dominicana apartarse de las doctrinas de santo Tomás de
Aquino9.
No quiero dejar de recordar un hecho revelador del arraigo de la
tradición tomista en la sociedad catalana durante el s. XVIII.
Cuando la ciudad de Mataró quiso tener un colegio cuyos estudios
permitieran el acceso a la Universidad de Cervera (entonces la
única en Catalunya), lo que exigía que en el colegio de Mataró
existiesen los estudios de Filosofía este nombre
equivalía entonces, y hasta mucho tiempo después, al que
nosotros conocimos como Bachillerato el Provincial de la
Orden se dirigió al Ayuntamiento de Mataró y formuló dos
observaciones.
Se refería la primera a la necesidad de obtener un permiso
expreso del Superior General, ya que los estudios conducentes a
la Universidad no eran propios de la vocación escolapia
(dedicada a la enseñanza de las primeras letras, para dar así
educación a los estamentos sociales inferiores). La segunda
observación recordaba que la Religión de las Escuelas
Pías sustenta, en Filosofía, irrefragablemente, la doctrina y
sólida opinión del Angélico Doctor y maestro de las escuelas,
Santo Tomás de Aquino, en consecuencia del universal decreto de
dicha Religión10.
La búsqueda de la síntesis
La necesidad de alcanzar a comprender la
síntesis de doctrina de Santo Tomás se unía en el Padre
Orlandis con la consigna urgente de su búsqueda, ya que le
parecía que esta síntesis resultaba casi
desconocida, incluso para muchos tomistas. Por esto, lo que
ha venido a llamarse escuela tomista de Barcelona
surgió por haber conseguido transmitir a sus discípulos la
convicción de la urgente necesidad de buscar dicha síntesis en
la propia obra de Santo Tomás de Aquino, de la que muchas veces
las discusiones y polémicas escolásticas durante siglos y,
posteriormente, la precipitada entrega a planteamientos ajenos a
Santo Tomás habían, de algún modo, distraído.
Será, por tanto, un testimonio de agradecimiento y homenaje a la
Universitat Abat Oliba el ofrecer en este acto a mis oyentes
algunas reflexiones que sugieran puntos nucleares y líneas de
reflexión que orienten nuestra atención hacia la síntesis
doctrinal de Santo Tomás de Aquino, para ver en ella un camino
recto conscientemente diferenciado de posiciones entre sí
opuestas e igualmente falsas, y cuya oposición es, para Santo
Tomás, también un testimonio de la verdad del camino por él
emprendido.
Por esto, en Santo Tomás están compuestas, sintetizadas,
puestas en nuestro pensamiento con la unidad con que han sido
constituidas por el mismo acto creador divino, dimensiones de la
realidad que, al ser asumidas con exclusivismo unilateral, han
dado lugar, a lo largo del pensamiento humano, a opciones
inadecuadas entre posiciones antitéticas, para concluir, en la
modernidad post-kantiana, en postular la dialéctica de los
opuestos como el factor del movimiento y de la vida del
pensamiento humano.
Por ser Santo Tomás un filósofo cristiano no
conviene separar su capacidad sintética entre dimensiones del
ser del universo o de vertientes del conocimiento humano, de las
líneas de continuidad entre la entidad y las operaciones
naturales del hombre y de los constitutivos de la elevación del
hombre mismo al orden sobrenatural de la filiación divina y su
consumación en la eterna bienaventuranza a que se ordenan todos
los dones sobrenaturales y gratuitos que nos otorga la divina
liberalidad.
Cum gratia non tollat naturam, sed perficiat
Voy a comenzar, por lo mismo, mis
reflexiones con el intento de profundizar y desarrollar,
primeramente, el sentido de la afirmación que hallamos desde las
primeras páginas de la Suma Teológica, según la cual
la gracia no destruye la naturaleza, sino que la
perfecciona, en la que podemos hallar uno de los hilos
conductores de la doctrina sagrada de Santo Tomás, que ilumina
también su síntesis metafísica y antropológica.
El pensamiento cristiano, que ha estado muchas veces tentado de
anti-naturalismo y anti-humanismo (asumidos pensando hacer un
obsequio a Dios, y casi un homenaje a la fe y a la gracia), ha
sufrido también tentaciones opuestas, en algunos casos sentidas
por los mismos que caían en lo anteriormente descrito. Si para
defender la fe negamos la capacidad natural del hombre para un
ascenso analógico, desde las perfecciones que hallamos en el
mundo creado y en el hombre, hacia Dios infinitamente perfecto y
liberalmente donador de ser y de vida a entes personales creados
a su imagen y semejanza, cerraremos, en realidad, el camino a la
recepción de la fe, cuyo sujeto propio es, precisamente, el
hombre racional.
Pero, además, al interpretar la fe como constitutivamente
necesaria para aquello a que tiende la totalidad de la vida
racional humana, que es el conocimiento de Dios (casi toda la
filosofía se ordena al conocimiento de Dios, afirma Santo
Tomás), la rebajamos respecto de su carácter divino,
sobrenatural y gratuito, para pasar a afirmar, con Bayo, que no
debe ser calificada de sobrenatural, sino de natural11. Si lo sobrenatural se exige como
constitutivo de la naturaleza, se ha caído en un naturalismo
que, en su punto de partida, parece marchar en dirección
contraria al que inspira los deísmos filosóficos o los
pelagianismos y semi-pelagianismo teológicos, pero que confluye,
sin pasar por el medio verdadero, con el error
opuesto.
En Santo Tomás, la afirmación de la capacidad racional del
hombre para el conocimiento de Dios se inserta en una
comprensión de la armonía y congruencia entre la creación del
hombre con sus capacidades naturales y su elevación sobrenatural
por la que queda ordenado a la participación de la divina
naturaleza que culmina en la contemplación intuitiva
beatificante de Dios en su esencia. Todavía no se
manifiesta lo que somos; cuando se manifieste, seremos semejantes
a Él, porque le veremos según que es, como dice la
Primera carta de Juan.
Pero el sujeto de la elevación y adopción filial es el hombre
en cuanto tal. Por esto puede Santo Tomás decir que la fe
presupone el conocimiento racional como la gracia presupone la
naturaleza y como toda perfección presupone lo perfectible12. Y puede también decir que la
naturaleza humana de Cristo, instrumento del Verbo en la
comunicación de la divinidad a los hombres, es también, y por
lo mismo, para nosotros, causa de nuestra perfección humana.
De acuerdo con estas concepciones, encontramos en Santo Tomás
que la gloria no excluye la naturaleza, sino que la
perfecciona y, en consecuencia, subsisten en el
bienaventurado todas las inclinaciones y deseos honestos del
cristiano en el estado viador. Hay que reconocer, incluso, que el
amor de sí mismo (con el que se conexiona el deseo de felicidad
como desarrollo pleno de la persona humana) fundamenta que, en
cuanto a su intensidad subjetiva, el amor de sí mismo sea más
central que el amor al prójimo, y sólo sea superado por la
caridad hacia Dios, Bien infinito poseído en la visión
beatífica.
Santo Tomás se plantea una objeción en contra de esta primacía
subjetiva del amor de sí mismo: Para cada uno
será Dios toda la razón del amor, por lo cual el bienaventurado
amará más que a sí mismo a los que son más cercanos a
Dios.
He aquí la respuesta, que nos parece audaz y desconcertante:
Para cada uno será Dios toda la razón del amar, por
cuanto Dios es todo el bien del hombre. Pues concedido, por
imposible, que Dios no fuese el bien del hombre, no habría para
el hombre razón de amarle. Por lo tanto, en el orden del amor es
necesario que, después de Dios, el hombre se ame máximamente a
sí mismo13.
Sólo la parcialidad y el error han querido ver, a veces, en
Santo Tomás una deformación o una atenuación de la tradición
proclamada por San Agustín, el Doctor de la gracia y de la
Salvación, quien, tratando de Cristo como mediador, escribió:
Para que el hombre tuviera en el Hombre Dios el camino
hacia el Dios del hombre. Este es el Mediador entre Dios y los
hombres, el Hombre Cristo Jesús. Es Mediador en cuanto Hombre, y
por esto mismo es también Camino. Porque si entre aquel que
tiende y Aquel a Quien tiende media un Camino hay esperanza de
llegar
Este es el Camino defendido plenamente contra todo
error: que Él mismo sea Dios y Hombre: adonde se va es a Dios,
por dónde se va es el Hombre14.
Ea
quae sunt naturalia homini neque substrahuntur,
neque dantur homini per peccatum
(S.Th.Iª, q.93, a.2, in c.)
La experiencia de la inclinación al
mal, efecto de la privación, por el pecado, del orden propio de
la perfección de la naturaleza, afecta tan trágicamente a
nuestra vida que el lenguaje humano más cotidiano y directo, y
también la palabra divina revelada, expresa, con frecuencia
sin entretenerse en distinciones entre un lenguaje
formal y un lenguaje material,
enteras vertientes de nuestra existencia como incitadoras al
egoísmo, a la soberbia y a la injusticia, lo cual se materializa
en expresiones como la ciencia hincha o las
riquezas de iniquidad. El riesgo de interpretación que
esencialice tales expresiones tomadas en su lectura
más crasa y material está presente en todos los
siglos cristianos llevando a confusiones heréticas, o bien, y de
un modo más generalizado y frecuente, a beaterías
que el Padre Orlandis definía como actitudes de
inconsciencia en el orden de lo sobrenatural.
Así, no es lícito hacer de la belleza de las mujeres la causa
intrínseca y esencial de los vicios de la carne, ni tampoco lo
es considerar la soberbia como el efecto propio del saber, al que
tiende naturalmente todo hombre, o ver en la necesidad del
trabajo humano, y en su efecto propio del dominio de la
naturaleza y de adquisición de utilidades y valores económicos,
la causa propia del orgullo e iniquidad a que tantas veces nos
lleva la riqueza. La admirable sabiduría del Doctor
humanitatis nos libera de toda beatería y de toda
interpretación herética de las actitudes evangélicas de la
pobreza de espíritu o de la renuncia generosa a toda búsqueda
soberbia de la riqueza, del poder o del prestigio vano y
desorientador.
Admiremos, por ejemplo, su argumentación a favor de la tesis de
que, en los hombres, la capacidad generadora de hijos no es un
efecto del pecado original, o algo que Dios puso en el hombre por
haber previsto la caída de Adán. Rechazando lo que había dicho
en aquel sentido San Gregorio de Nisa, Santo Tomás advierte que
esto no se dice razonablemente, porque lo que es natural al
hombre no se le quita ni se le da por el pecado15. Y a los que tenían dificultad en
admitir la generación por la unión de los sexos, supuesta la
vehemencia ardiente y desordenada con que la asumen de ordinario
los hijos de Adán, y por la que los hombres nos asemejamos a las
bestias, les expone así lo que hay que decir sobre
esto:
El hombre se hace bestial en la unión de los sexos porque
el placer del acto y el hervor de la concupiscencia no pueden
moderarse por la razón. Pero en el estado de inocencia no se
daría esto, no porque fuese menor el deleite sensible, como
dicen algunos, pues hubiera sido el placer sensible tanto mayor
cuanto más pura la naturaleza y el cuerpo más sensible16.
Si somos fieles en la lectura de Santo Tomás a sus inequívocas
actitudes (y recordamos que, para él, las virtudes referentes a
la ordenación de las pasiones no sólo no excluyen éstas, sino
que las causan cuando son deficientes, y que la templanza no
consiste en la insensibilidad, y que la misma gracia reordena las
pasiones por medio de la virtud), advertiremos que en su
equilibrada doctrina moral, que no es epicúrea, ni estoica, ni
puritana la castidad conyugal exige que los esposos estén
mutuamente enamorados y se sientan íntimamente atraídos en su
vida de matrimonio.
Si supusiésemos que el pecado quita al hombre la natural
inclinación a los bienes humanos que fundan la conciencia del
imperativo natural en el corazón del hombre, tendríamos que
conceder que el hombre que peca contra la fe pierde la
aspiración a la verdad, con lo cual afirmaríamos la
imposibilidad de la conversión y tendríamos que decir que todas
las acciones de los infieles son vicios, y que no reciben ningún
efecto de la gracia que les invite a la aceptación de la verdad
natural o revelada, y tendríamos que conceder también que
fuera de la Iglesia no se comunica a los hombres gracia
alguna17, lo que inutilizaría, por cierto, toda
evangelización de los infieles o de los hombres
descristianizados.
El aristotelismo en la filosofía cristiana de Santo Tomás
El relativismo historicista (tan
influyente y desorientador en las últimas décadas del s. XX)
llevó, incluso a autores valiosos, a negar que la presencia del
pensamiento de Aristóteles en la doctrina filosófica de Santo
Tomás, y su utilización al servicio del saber teológico o de
la doctrina sagrada, respondiese a una opción
intrínsecamente asumida y coherente con la orientación de su
tarea de filósofo y teólogo. Santo Tomás, para quienes han
asumido esta actitud de relativismo historicista, no habría
optado por Aristóteles, sino que habría simplemente optado por
la cultura de su tiempo.
Si esto fuese así, quedaría sin explicar la creciente presencia
de Santo Tomás a lo largo de los siglos modernos y la
insistencia de la Iglesia jerárquica, no sólo en recomendar su
estudio, sino en establecer preceptivamente que, en la formación
de los que se preparan para la ordenación sacerdotal, el estudio
de la obra de Santo Tomás fuese obligatorio.
El Padre Ignasi Casanovas S.I., deseoso de que hubiese en
Barcelona una institución análoga al Instituto Católico de
París, o a la Universidad de Lovaina, o a la Universidad
Católica del Sagrado Corazón de Milán, en los Estatutos
redactados para la que sería una Facultad Eclesiástica de
Filosofía, determinaba que se enseñará la filosofía
escolástica de tal manera que los que sigan sus cursos sean
formados con una síntesis doctrinal plena y coherente, según el
método y los principios de Santo Tomás de Aquino; desde esta
doctrina serán examinados y juzgados los diversos sistemas
filosóficos18.
Tampoco se explicaría que, en la segunda mitad del s. XVI o al
final del s. XVII, se legislase la obligatoriedad de seguir a
Santo Tomás y a Aristóteles como hizo San Ignacio, con
aprobación pontificia, en las constituciones de la Compañía de
Jesús19; o que León XIII, en su letra
apostólica Gravissime Nos, de 20 de diciembre de 1892,
confirmando dichas constituciones e interpretando las palabras de
San Ignacio en lógica, filosofía natural y moral se
seguirá la doctrina de Aristóteles estableciese que
la filosofía de Santo Tomás no es otra que la
aristotélica.
Como no se explicarían, desde aquella perspectiva historicista,
las enseñanzas y preceptos del Concilio Vaticano II que hablan
de un patrimonio filosófico perennemente válido, y que señalan
a Santo Tomás como principal orientador, junto con los Padres de
la Iglesia, del estudio de la doctrina teológica20.
Este modo de hablar de la autoridad jerárquica de la Iglesia me
confirma en la convicción de que es posible encontrar razones
intrínsecas esenciales para la opción aristotélica de Santo
Tomás de Aquino. No es difícil hallar en su obra juicios muy
expresivos de la necesidad de seguir la doctrina de Aristóteles
para asegurar más firmemente la ortodoxia y servicio a la fe de
la doctrina sagrada e, incluso, de la misma filosofía asumida en
aquélla y necesaria para evitar que las falacias filosóficas
alteren el sentido y debiliten radicalmente la comprensión de
los artículos de la fe católica.
Agustín, siguiendo a Platón cuanto lo soportaba la fe
católica
leemos en Santo Tomás. Todavía más
explícita y audazmente expresa su pensamiento sobre aquello en
que el seguimiento de Platón podría llevar a la desintegración
de la fe: es contrario a la fe afirmar que las esencias de
las cosas existen fuera de las cosas mismas21.
Textos notabilísimos y que podrían llevar a alguien a
preguntarse acerca de la posibilidad de encontrar en la Sagrada
Escritura o en la Tradición de la Iglesia una enseñanza del
misterio cristiano por la que fuese definible dogmáticamente la
pertenencia de las esencias en las cosas. La experiencia de los
siglos posteriores, máximamente en los tiempos post-kantianos e
idealistas, nos puede hacer admirar la iluminada anticipación,
diríamos profética, del Doctor Común de la Iglesia.
¿No vemos en nuestro tiempo, en el modernismo
católico, o en la paralela teología liberal protestante,
o en lo que fue la fuente común de aquellas tendencias, la
hegelianización contra la que quiso reaccionar
Kierkegaard de la lectura de la Sagrada Escritura y de los
credos históricos de la Iglesia? Lecturas para las
que la totalidad de la historia bíblica queda diluida en un
orden de conceptos y sentidos insertos en
una fenomenología esencialista. El significado literal e
histórico de la Escritura queda por lo menos olvidado, o total y
absolutamente desplazado, por una hermenéutica que lo traslada
hacia significados sólo morales, con frecuencia de horizonte
exclusivamente antropológico. En definitiva, Cristo no es, en
estos lenguajes, idéntico con Jesús de Nazaret. No es realmente
el Camino, la Verdad y la Vida, y no es, desde luego, el Hijo de
Dios nacido de María Virgen, Madre de Dios.
El aristotelismo filosófico sirve a Santo Tomás para un
concepto correcto del hombre, singularizado por la materia e
informado por el alma, por lo que el hombre individual es un ser
personal, inteligente y libre, destinado a la felicidad eterna y
objeto, en sí mismo, de la solicitud providente de Dios. Le
sirve para evitar también la disolución de la ley moral, que
impera al hombre a la realización de los bienes humanos en un
sistema de valores que supuestamente valen pero no
son. Su antropología aristotélica es también instrumento
precioso de su admirable cristología.
Como
dice Aristóteles, también lo falso da
testimonio de la verdad (C. G. libro VI, c. VII)
Es una grave incomprensión de la
actitud de Santo Tomás interpretar sus afirmaciones en que se
destaca la oposición contraria de errores opuestos entre
los que la fe verdadera y la doctrina filosófica correcta quedan
situadas como una vía media como si propugnase
un eclecticismo, o como si defendiese como método de hallazgo de
la verdad la búsqueda vacilante y falta de criterio entre las
tesis y antítesis, por las que se mueve tan frecuentemente lo
inconsistente del pensamiento humano.
Si Santo Tomás subraya esta oposición de falsas doctrinas
entre sí contrarias, y unas y otras contradictorias con la
verdad es precisamente porque tiene el sentimiento de que
un juicio verdadero es el que dice de las cosas, plena y
enteramente, lo que verdaderamente son, mientras que la falsedad
sobreviene, en el lenguaje y en el pensamiento humanos, por la
parcialización y ruptura entre los elementos constitutivos de un
ente.
Así como las herejías cristológicas quieren tomar su fuerza de
la afirmación exclusiva y excluyente de la naturaleza humana de
Jesucristo desconociendo su divinidad o de su
naturaleza divina excluyendo su humanidad; así como
las herejías soteriológicas surgen cuando, por atender a la
verdad del libre albedrío, se olvida o se niega la necesidad de
la gracia que causa el bien en nosotros, o bien cuando la
afirmación de la gracia divina sirve de apoyo a la negación de
la libertad de albedrío humano; así también, en el campo
filosófico, la innegable y patente conciencia del yo pudo llevar
a la escisión entre el entendimiento y la sensibilidad, y aun a
la minimización y negación del realismo de nuestro conocimiento
de las cosas materiales o, contrariamente, la atención a la
experiencia sensible se ha tomado como punto de apoyo para negar
o disolver en aquella el entendimiento de las esencias de las
cosas.
Frente a la afirmación de Heráclito nada es, todo fluye;
nadie se baña dos veces en el mismo río o la de
Parménides lo que es, es, siempre uno, estable y
permanente, el pensamiento de Aristóteles se caracteriza
por la afirmación verdadera, íntegra y sintética
de lo uno y de lo múltiple, de lo substancial y permanente y de
la realidad de los cambios en la multiplicidad de las categorías
que se pueden decir, y según las que se dan
movimientos como cambios sustanciales, alteraciones cualitativas,
crecimientos cuantitativos, acciones, recepciones pasivas que
fundan las respectividades o relaciones, sin las que la
pluralidad de los entes no podría constituir un
universo.
La nueva base que, al decir de Heidegger, sirvió a Aristóteles
para la construcción de un nuevo edificio metafísico fue la
analogía: lo que es se dice de muchas maneras, aunque entre sí
proporcionadas o entre sí referidas. Por la analogía es posible
afirmar, sin vulnerar el principio de no contradicción, el ser y
el devenir (porque el mismo sujeto que todavía no es
pensante, por ejemplo, es capaz de pensamiento, es
decir, no se da en él una realidad en acto, pero sí una
realidad en potencia, esto es, la capacidad de poseerla) o la
unidad de una esencia que se dice de muchos individuos,
numéricamente distintos, singularizados por sus caracteres
materiales individuantes.
De este modo, es posible reconocer el sentido unitario de una
esencia que se predica de muchos individuos, sin caer por ello en
la negación de la realidad del ser individual. Con ello se evita
el riesgo de pensar en los nominalismos como si fuesen la única
alternativa al ideal-realismo platónico.
El ser es el acto del ente
Pero en Santo Tomás de Aquino acaece el
acontecimiento metafísico capital y sin precedentes explícitos
en la historia de la Filosofía: la
trascendentalización de la doctrina del acto y la
potencia. La potencia por antonomasia, la que sólo es capacidad
de ser substancia natural, material y corpórea, es la materia
prima (a la que compete, propiamente, el ser un término
medio entre el ente en acto y la nada). Porque la materia
es capacidad de componerse con la forma para constituir una
substancia, pero no es ella misma en acto substancia material.
Más allá de la constitución hilemórfica de las substancias
materiales, más allá de la inherencia de los accidentes
predicamentales en su sujeto substancial, Santo Tomás piensa la
esencia de las cosas finitas, contingentes y creadas, como
capacidad participante, receptiva y limitativa del ser de las
cosas.
Este pensamiento del ser de los entes finitos no como la
facticidad de su darse, sino como la
actualidad de las mismas formas o esencias, es el núcleo de la
ontología de Santo Tomás, por la que el ascenso analógico al
Ente Primero y Causa absoluta del universo creado, Dios, ha de
llevar a concebirlo, en cuanto primer analogado del ente, como el
mismo Ser subsistente.
Toda la Metafísica occidental ha recibido el impacto de la
afirmación de Avicena, uno de los grandes comentaristas
islámicos de Aristóteles, para el cual la existencia, o ser
actual de los entes finitos, era un accidente de su
esencia. Este esencialismo influyó muy poderosamente
incluso dentro de la escuela tomista. He aquí lo que escribía,
en sus Comentarios a la Suma Teológica, el insigne
dominico Domingo Báñez sobre el texto de Santo Tomás, en S.
Th. I, q.4, ad 3, El ser mismo es lo perfectísimo de todo;
pues se compara a todas las cosas como acto:
Esto es lo que Santo Tomás clama frecuentísimamente
dice Báñez y los tomistas no quieren oír: a saber,
que el ser es la actualidad de todas las cosas, aun de las mismas
formas, y que en ninguna cosa se encuentra como receptivo y
perfectible, sino más bien como recibido y perficiente de
aquello en que se recibe22.
Lo que en Santo Tomás es capital
En este núcleo ontológico se implican
y contienen algunos puntos capitales, que hemos de entender no
como los que son opinables, como se declararon ser las
veinticuatro tesis principia et pronunciata maiora,
sino aquello que, en el Motu proprio Doctoris Angelici23, se define como lo que en la
filosofía de Santo Tomás es capital (quae sunt capita),
y donde se afirma que no ha de ser tenido entre las
opiniones, sobre las que es lícito disputar en sentidos
opuestos, sino que ha de ser considerado como los fundamentos en
que se apoya toda la ciencia de las cosas naturales y
divinas. Es decir, aquellas verdades ciertas, conocidas por
la filosofía antigua y por la cristiana, a que aludía Pío XII
en su ya citada Alocución de 1953, como los fundamentos del
edificio compuesto por Santo Tomás de Aquino.
Para la búsqueda de la síntesis doctrinal de Santo Tomás
sería de la máxima importancia la sistematización de estas
verdades que tienen carácter fundamental y describir las líneas
de raciocinio por las que está construido sobre aquellas el
edificio doctrinal de Santo Tomás. Aquí no podemos hacer sino
ensayar el enunciado de algunos de estos puntos capitales. He
escogido los referentes a las propiedades trascendentales del
ente, los grados de perfección en la participación del ser y la
apertura infinita de las operaciones de la vida del espíritu.
Todos estos conceptos tienen la misma analogía de
proporcionalidad que caracteriza el concepto de ente
trascendental. Así, es diversa en los vivientes personales que
en las substancias materiales no vivientes y en todo ente no
personal la manera de poseer la unidad, la verdad y la bondad.
Según los niveles de posesión del ser son los niveles o grados
de perfección24. Los entes carentes de vida, los
vivientes carentes de conciencia y conocimiento, los cognoscentes
carentes de conciencia espiritual y de naturaleza intelectual, no
son tales por imperfección del ser mismo en sí, sino por el
modo delimitado e imperfecto en que participan del ser. La
plenitud del ser y del vivir se da en la persona, que es capaz de
felicidad, lo perfectísimo en toda la naturaleza y único ente
por el que el universo tiene sentido.
El acto de entender, que en el hombre es entitativamente una
cualidad de la substancia pensante, es, en cuanto tal, cierto ser
y, por lo mismo, infinito25. Los trascendentales relativos,
verdadero y bueno, se dicen de todo lo que es desde la referencia
que a todo el universo de los entes tiene el alma intelectiva,
que se hace todas las cosas por el entendimiento y que tiene
inclinación hacia todo ente por su inclinación propia que sigue
al entendimiento, que es la voluntad.
Supuesta la existencia de multitud de entes, numéricamente
distintos o esencialmente diversos, o graduados en su nivel de
perfección, a la afirmación de algo como ente se sigue la
negación de que este ente sea aquel otro ente. Pero la negación
es posterior a la afirmación y fundada en ella. A la primacía
de la afirmación corresponde la primacía de lo uno sobre lo
múltiple26: no se puede afirmar la alteridad
mediante la posición del no-ser. Si nos movemos, con
Santo Tomás, en el aristotelismo auténtico, no podremos
entender la determinación como negación (Spinoza) o atribuir a
lo negativo el despliegue dialéctico del saber absoluto (Hegel).
Verdadero es el ente que, en cuanto tal, es destinado a ser
conocido según que es. Porque entendemos que entendemos el ente
concebimos el ente como verdadero27. Así, la entidad precede y fundamenta
el concepto de verdad, pero el conocimiento es como un cierto
efecto de la verdad del ente28.
Bueno es el ente en cuanto apetecible, esto es, en cuanto
perfecto y, por ello, perfectivo de otro ente a modo de fin. Se
concibe el ente como bueno al ser conscientes de que apetecemos
lo real en cuanto perfecto. Pero lo perfecto es apetecido en
cuanto perfectivo, según lo que dice razón de fin29.
Así, el bien es lo difusivo de sí mismo por cuanto la
perfección del ente consiste en su actualidad y es de la
naturaleza de cualquier acto el que se comunique a sí
mismo, por lo que todo lo que es en acto obra, y comunica
aquello por lo que es en acto. El obrar no es otra cosa que
comunicar aquello por lo que el operante es en acto30.
Esta comunicación del ser no se limita, pues, a la acción
física o predicamental, correlativa de una recepción según la
que el efecto es extrínseco a la causa operante y la acción
misma se da según distancia espacial y con la temporalidad de un
movimiento sucesivo31.
Los vivientes espirituales emanan dentro de sí con operaciones
comunicativas y efusivas, sin alteridad, ni cambio físico ni
temporal. De aquí que entender en acto es expresar, en la
interioridad del sujeto espiritual, el verbo mental dicho por el
cognoscente en acto. Sin esta palabra del viviente espiritual y
personal no se daría sociabilidad alguna en el universo32.
El acto pleno y perfecto de la voluntad, que es la inclinación
misma del hombre, es el amor, que en su plenitud es efusivo y
donante de sí mismo, y cuya efectuación íntima es el amor
mutuo y nexo de los que se aman33.
La acción creadora de Dios, liberal y libremente causante, en
los entes creados, de todo su bien y perfección, no puede ser
dirigida a la adquisición de bien alguno por El que es la misma
esencia de la bondad y perfección infinita, sino sólo a la
comunicación del bien. Así, el Amor de Dios infunde y
crea la bondad en los entes creados34.
Todos los entes creados tienden a asemejarse a Dios.
Cada ente tiende a su perfección propia en cuanto que es
una semejanza de la perfección y bondad divina y no a la
inversa.
Tesis capitales frecuentemente olvidadas
En el tomismo ha ocurrido con frecuencia
que algunas tesis capitales, que son punto de apoyo de otras
también de carácter fundamental, podrían ser llamadas
tesis olvidadas. Enunciaremos algunas: la conciencia
existencial del yo; la naturaleza locutiva del acto intelectual;
la substancialidad en el género de lo inteligible de
la imagen intencional expresa o palabra mental.
La insistencia polémica en un malentendido aristotelismo
antitético a la doctrina de San Agustín ha ignorado la
existencia, en cada hombre individual, de un doble
conocimiento: la del conocimiento de la naturaleza del alma
y la del conocimiento el alma según que tiene ser en tal
individuo.
El conocimiento universal es aquel por el que se conoce la
naturaleza del alma; pero el conocimiento que cada uno tiene de
su alma en cuanto a lo que le es propio es el conocimiento según
que tiene ser en tal individuo (por el que se conoce la
existencia del alma como cuando alguien percibe que tiene alma)
mientras que al conocimiento de lo que es el alma y cuáles son
sus accidentes propios se llega por los actos y por los objetos
de los mismos actos. Mientras que el conocimiento existencial que
cada uno tiene de su alma según que tiene ser en tal individuo
se da al percibir que tenemos alma.
Para que alguien perciba que el alma existe o que en ella se obra
basta la presencia a la mente de la substancia del alma, presente
a la mente, pues de ella emanan los actos en los que se percibe
ella misma actualmente35.
La desatención a esta conciencia existencial inmediatamente
perceptiva del alma en su ser individual ha desfigurado la
doctrina de Santo Tomás impidiendo reconocer que el
principio de nuestro conocimiento proviene de los sentidos, pero
no es necesario que todo lo que es conocido por el hombre esté
sujeto a los sentidos, o se conozca inmediatamente por un efecto
sensible, ya que la mente misma se conoce a sí misma por sus
actos que no están sometidos a los sentidos. Esta
ignorancia de la auto-percepción del sí mismo en su ser ha
dejado impotente al tomismo en su polémica con el criticismo
trascendental kantiano.
Otro olvido de una tesis capital la hallamos en la secular
desatención a la afirmación inequívoca de la naturaleza
locutiva del acto de entender, que trató luminosamente Juan de
Santo Tomás: El entender es, por su naturaleza, según su
perfección, manifestativo y locutivo y, por lo mismo, formador,
en lo interior de la conciencia intelectual, del objeto
entendido: aquel acto por el que el objeto es formado es el
conocimiento, pues entendiendo forma el objeto, y formándolo lo
entiende, porque a la vez lo forma y es el objeto formado y el
entendimiento lo entiende; como si la vista, viendo, formase lo
que ve, a la vez vería y formaría el objeto visto36.
De esta tesis capital me ocupé en mi estudio Sobre la esencia
del conocimiento37, donde mostré la urgencia de atender a
esta locutividad y a su emanación del ser de la mente consciente
de sí misma para superar la escisión entre pensar y ser y el
olvido del ser en el trascendentalismo kantiano. También me he
ocupado de ello en Santo Tomás de Aquino, un pensamiento
siempre actual y renovador38.
En cuanto a la substancialidad que, hablando de su ser
inteligible, hay que atribuir al concepto de una esencia
substancial, cuya aceptación requiere la comprensión de la
dualidad ser entitativo-ser inteligible y la comprensión de la
pertenencia del ser inteligible por el que se universaliza el
alma cognoscente la expresa con enérgica claridad el propio Juan
de Santo Tomás con estas palabras, con el intento,
admirablemente conseguido, de aclarar un presupuesto filosófico
central para la elaboración de una teología trinitaria. Es
también un punto capital para una confrontación profunda y
clarividente frente a la absolutización del concepto
en el idealismo absoluto de Hegel.
La procesión del concepto en cuanto inteligible exige, en
virtud de sí misma, simple y absolutamente, la
consustancialidad. Sin embargo, por la imperfección de este ser
inteligible, la asimilación del verbo mental no alcanza
simplemente a la consubstancialidad con su objeto, o con el
principio del que procede, como ocurre en nosotros y en todos los
entendimientos creados.
Así, decimos que la imagen intencional, en lo que formalmente es
en razón de la intelectualidad, es substancial pero, por la
imperfección con que existe en las criaturas, es accidental como
pintada39.
Santo Tomás vive en la Iglesia
El recuerdo inolvidable del magisterio
que el Padre Orlandis ejerció sobre mí, centrado en la tarea de
estimularme a conocer y a dar a conocer a Santo Tomás de Aquino,
me aconseja aludir a la posición de la Iglesia y de su
magisterio jerárquico ante la obra del que durante siglos hemos
calificado de Doctor Común.
Ciertamente, no se ha dado nunca, en un acto jerárquico, una
declaración doctrinal por la que las enseñanzas de Santo Tomás
hubiesen adquirido carácter de proposiciones definitivas de
asentimiento obligatorio; y son también muy numerosos los
momentos en que la Iglesia jerárquica ha recordado que
favorece la libertad de las escuelas40.
Pero resulta también indudable que el magisterio eclesiástico
ha recomendado insistentemente el estudio de Santo Tomás y ha
aprobado reiteradamente su doctrina, además de haber
preceptuado, en muchos casos, el estudio de sus obras. Así en
ámbitos concretos de instituciones eclesiásticas y familias
religiosas como en ámbitos universalísimos, como codificaciones
canónicas, o como el citado decreto conciliar sobre la
formación sacerdotal.
A esta recomendación pontificia de la doctrina de Santo Tomás
alude Juan Pablo II en su Encíclica Fides et ratio:
Si en varios momentos consideramos necesario tratar de
nuevo la cuestión, confirmamos la fuerza de los pensamientos del
Doctor Angélico e insistimos en que fuera comprendida su
filosofía, esto nació de que lo prescrito por el magisterio no
ha sido observado con la prontitud de ánimo que sería de
desear41.
La experiencia actual de las abundantes fundaciones de revistas y
de sociedades tomistas, y el hecho del creciente impulso de los
congresos internacionales, con numerosísimas comunicaciones y
ponencias, organizados por la Academia Pontificia y la Sociedad
Internacional Tomás de Aquino, ponen de manifiesto que es una
perspectiva errónea la inspirada en una actitud pretendidamente
convencida de la caducidad y carencia de vigencia, para nuestro
tiempo, de la sabiduría del Doctor de Aquino. Es el lenguaje
jerárquico de la Iglesia, y la actividad misma de los pensadores
católicos, que hacen brillar la presencia actual de Santo Tomás
en la vida de la Iglesia.
Si nos preguntamos si el sistema de Santo Tomás (edificado sobre
los misterios revelados y sobre fundamentos racionales que son en
él capitales y que son, a la vez, verdades universalmente
ciertas para el pensamiento humano) es un sistema humanista o
teocéntrico, tendremos que responder que es evidentemente
teocéntrico, pero podríamos decir que, en la síntesis
filosófica y teológica de Santo Tomás, encontramos una
perfecta expresión del teocentrismo filantrópico,
es decir, del cristocentrismo. El mismo teocentrismo expresado en
las palabras del Apóstol: Se mostró la benignidad y
filantropía el amor a los hombres de Dios, nuestro
Salvador42, el Hombre Dios por el cual tenemos los
hombres Camino hacia el Dios del hombre.
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1. v. sobre el Padre Ramón Orlandis Despuig S.I (1873-1958), fundador de Schola Cordis Iesu, inspirador de la revista Cristiandad y cuyo magisterio suscitó la llamada escuela tomista de Barcelona, los trabajos El magisterio tomista del Padre Orlandis, Apóstol del Corazón de Jesús de Eudaldo Forment (en Doctor Communis, I-IV y V-VIII de 1994). También los artículos Homenaje al Padre Orlandis de Pedro Suñer S.I. y La verdad en el amor: fe, cultura y comunicación de Mons. Enrique Planas (ambos en Cristiandad nº 825-826, marzo-abril 2000) y El Padre Orlandis, comentador de los Ejercicios de Manuel Ruiz Jurado S.I. (en Cristiandad nº 827-828, mayo-junio de 2000). Ver también la antología de sus escritos: Pensamientos y ocurrencias, Editorial Balmes, Barcelona 2000.
2. Alocución de 12 de marzo de 1964 (A.A.S. nº 56, 1964, p. 365).
3. Alocución de 17 de octubre de 1953 (A.A.S. nº 45, 1953, p. 685).
4. Citado en Cristiandad nº 425-426, julio-agosto 1966.
5. Los que Alexandre Plana
llamaba partidarios de una interpretación
centrípeta (extrincesista) de los orígenes del
catalanismo dirigían su atención al hegelianismo de los
pensadores federales catalanes; otros forjaban la imagen de un
Ramon Llull herético: los que aquel autor llamaba
centrífugos, es decir, intrinsecistas, tuvieron la
preocupación de encontrar en Catalunya precedentes de las
actitudes de modernidad filosófica y progresismo cultural que
veían encarnados en el renacimiento cultural y político
catalán, especialmente desde los inicios del s. XX.
Así, esta búsqueda de precedentes de la modernidad cultural en
tareas y actitudes de siglos anteriores llevó a supervalorar la
escolástica ecléctica de Cervera, viendo en ella el precedente
de Jaume Balmes, o el pensamiento de los eclesiásticos
ilustrados de fines del s. XVII y principios del s. XIX. No puedo
aquí desarrollar ni discutir estas posiciones, de las que me he
ocupado en otras ocasiones.
6. Joan Tusquets El cardenal Joan Tomás de Boixadors i la seva influència en el renaixement del tomisme. En el Anuari de la Societat Catalana de Filosofia, Barcelona 1923. pp. 245-246.
7. En Rocabertí i en Bossuet (Discurso leído en la Reial Acadèmia de Bones Lletres de Barcelona, el 8 de mayo de 1888) incluido en Obres completes de Josep Torras i Bages, Editorial Ibèrica, Barcelona 1914, vol. VI, parte 2, p. 335.
8. Es un texto que explica en su profunda raíz el fundamental absolutismo del Estado liberal y muestra que, para éste, la garantía del pluralismo ideológico y religioso no se ejerce para respetar la libertad de los hombres personales, sino para hacer posible el absolutismo del Estado, absolutismo que, por cierto, para Spinoza, tenía su culminación coherente en la moderna democracia. Estas ideas de Spinoza, inspirador de Rousseau, dan razón del enfrentamiento de los modernos estados frente a cualquier juicio moral que se fundamente en la fe religiosa e invoque, por lo mismo, derechos naturales al hombre no de originación antropocéntrica e inmanentista, sino emanados de Dios creador, Soberano del universo.
9. Citado en mi libro La tradición catalana en el s.XVIII. Entre el absolutismo y la ilustración. Fundación Francisco Elías de Tejada, Madrid 1995, p. 151.
10. Estas últimas palabras recordaban la determinación acordada en el Capítulo General de 1677 (v. Carlos Vilà Palà Sch. P. Escuelas Pías de Mataró. Su historial pedagógico, Calatrava, 1972). También en unas normas promulgadas en 1763 por el General de la Orden se decía a nuestros teólogos no les es lícito apartarse de la doctrina de Santo Tomás.
11. Bula de San Pío V contra los errores de Miguel Bayo, 1 de octubre de 1567; DS nº 1021.
12. S.Th. I, q. 2, a. 2, ad 1.
13. S.Th. II-II, q. 26, a. 3, ad 3.
14. San Agustín, Ciudad de Dios XI, 2.
15. S.Th. I, q. 98, a. 2, in c.
16. ibid., ad 3.
17. Clemente XI, Unigenitus Dei Filius, 8 de septiembre de 1813, nº 29; DS nº 2429.
18. Miquel Batllori Obras del Padre Ignacio Casanovas. Relíquies literàries, Editorial Balmes, Barcelona 1960, p. 354.
19. Constitutiones Societatis Iesu IV, c. 14, nº 1 y 3.
20. Decreto Optatam totius sobre la formación sacerdotal nº 15 y nº 16.
21. S.Th. I, q. 84, a. 5, in c.
22. Domingo Báñez In Primam, q.3, a. 4.
23. Motu proprio Doctoris Angelici, 29 de abril de 1914; A.A.S. vol. VI, 336-341.
24. S.Th. I, q. 4, a. 2, ad 2; q. 7, a. 1, in c.; q. 8, a. 1, in c.
25. S.Th. I, q. 54, a. 2, in c.
26. De Potentia Dei q. 10, a.2 y S. Th. I, q. 11, a. 1, ad 2.
27. S.Th. I, q. 16, a. 4, ad 2.
28. De Veritate q. 1, a. 1, in c.
29. S.Th. I, q. 16, a. 4, ad 2.
30. De Potentia Dei q. 2, a. 1, in c.
31. De Potentia Dei, q. 10, a. 11, in c.; IV C.G. cap. 11.
32. IV C.G. cap. 11.
33. S. Th. I, q. 20, aa. 1-2.
34. S.Th. I, q. 44, a. 4, in c. y ad 3.
35. De Veritate q. 10, a. 8.
36. v. mi libro Sobre la esencia del conocimiento, II parte, cap. 3: Entender y decir. El conocimiento en cuanto formador de lo conocido (PPU, Barcelona 1983).
37. Ibid. III parte, caps. 2 y 3 La escisión entre pensar y ser y El olvido del ser en el trascendentalismo kantiano.
38. v. mi trabajo La razón de un extraño resultado. Crítica tomista al criticismo kantiano en Tomás de Aquino, un pensamiento siempre actual y renovador, Scire Selecta, Barcelona 2004.
39. Juan de Santo Tomás Curso teológico, disp. 32, a. IV, nº 53 y a. VI, nº 15.
40. DS nº 2562 y nº 3667.
41. A.A.S. nº 91, 1999, p. 57.
42. Ad Titum 3, 4.
Francisco Canals Vidal en Cristiandad de Barcelona