UBI ARCANO
PÍO
XI
La
paz de Cristo en el reino de Cristo
23 de diciembre de 1922
I. INTRODUCCIÓN
1. Ascensión al trono pontificio. Preocupaciones Y dolores.
Desde el momento en que por inescrutable de signio de Dios Nos vimos exaltados, sin mérito alguno, a esta Cátedra de verdad y caridad, fue Nuestro ánimo, Venerables Hermanos, dirigiros cuanto antes y con el mayor afecto Nuestra palabra, y con vosotros a todos Nuestros amados hijos confiados directamente a vuestros cuidados. Un indicio de esta voluntad Nos parece haber dado cuando, apenas elegidos, desde lo alto de la Basílica Vaticana, y en presencia de una grandí sima muchedumbre, dimos la bendición a la urbe y al orbe; bendición que todos vosotros, con el Sagrado Colegio de Cardenales al frente, recibisteis con tan grata alegria que para Nos, en el impo nente momento de echar sobre Nuestros hombros casi de improviso el peso de este cargo, fue muy oportuno, y des pués de la confianza en el auxilio divi no, muy grande consuelo y alivio. Aho ra, por fin, al llegar al Nacimiento de Nuestro Señor JESUCRISTO, y al comien zo del nuevo año, Nuestra boca se abre para vosotros(1); y sea Nuestra palabra como solemne regalo que el padre envía a sus hijos para felicitarles.
El hacer esto antes de ahora, como habríamos deseado, Nos lo impidieron diversas causas. Lo primero, fue preciso corresponder a la atención y delicadeza de los católicos, de quienes cada dia llegaban innumerables cartas para dar con expresiones de la más ardiente devoción al nuevo sucesor de SAN PEDRO. Luego comenzamos al punto a experimentar lo que el Apóstol llama los cuidados que urgen cada día, la solicitud de todas las Iglesias(2); y a cuidados ordinarios de Nuestro Oficio se juntaron otros, como el de proseguir los gravísimos negocios que encontramos ya incoados, respecto a la Tierra Santa y al estado de aquellos cristianos y de aquellas Iglesias que son de las más ilustres; el defender, según demanda Nuestro oficio, la causa de la caridad junto con la de la justicia en las conferencias de las naciones vencedoras, en las que se trataba la suerte de las otras naciones, exhortando especialmente a que se tuviera la debida cuenta con los intereses espirituales, que no son de menor, antes de más valer que los otros; el procurar con todo empeño el socorro de inmensas muchedumbres de gentes lejanas consumidas por el hambre y por todo género de calamidades, lo cual hemos llevado a cabo mandando el mayor subsidio que Nos fue posible en las actuales estrecheces implorando socorros de todo el mundo el trabajar por componer en el mismo pueblo en que habíamos nacido, y en medio del cual Dios colocó la Sede de PEDRO, las luchas violentas que desde largo tiempo y con frecuencia ocurrían y que parecían poner en inminente peligro la suerte de la nación para Nos tan querida.
Gozos y consuelos.
No faltaron, sin embargo, en el mismo tiempo acontecimientos que Nos llenaron de gozo. A la verdad, tanto en los días del XXVI Congreso Eucarístico internacional, como en los del III Centenario de Propaganda Fide, Nos experimentamos tanta abundancia de consuelos celestiales cuanta difícilmente habríamos esperado poder gozar en los comienzos de Nuestro Pontificado. Tuvimos ocasión de hablar con casi todos y cada uno de Nuestros amados hijos, los Cardenales, lo mismo con los Venerables Hermanos, los Obispos, en tanto número, cuantos difícilmente habríamos podido ver en muchos años. Pudimos también dar audiencia a grandes muchedumbres de fieles, como a otras porciones escogidas de la innumerable familia que el Señor Nos había confiado, de toda tribu y lengua y pueblo y nación, según se lee en el Apocalipsis, y dirigirles, como vivamente lo deseamos, Nuestra paternal palabra.
Congreso Eucarístico Internacional de Roma.
En aquellas ocasiones N os parecía asistir a espectáculos divinos: cuando Nuestro Redentor JESUCRISTO bajo los velos eucarísticos era llevado en triunfo por las calles de Roma, seguido de un innumerable y apiñado acompañamiento de devotos, venidos de todos los países, y parecía haber vuelto a granjearse el amor que se le debe como a Rey de los hombres y de las naciones; cuando los sacerdotes y piadosos seglares, como si sobre ellos hubiera de nuevo descendido el Espíritu Santo, se mostraban inflamados del espíritu de oración y del fuego del apostolado y cuando la fe viva del pueblo romano, para mucha gloria de Dios y para salvación de muchas almas, otra vez en tiempos pasados se manifestaba a la faz del universo muudo.
Devoción a María.
Entre tanto la Virgen MARÍA, Madre de Dios y benignísima Madre de todos nosotros, que Nos había sonreído ya en los Santuarios de Czenstochowa y de Ostrabrarna, en la gruta milagrosa de Lourdes y sobre to do en Milán desde la aérea cúspide del Duomo y desde el vecino santuario de Rho, pareció aceptar el homenaje de Nuestra piedad, cuando en el santísimo santuario de Loreto, después de restau rados los destrozos causados por el in cendio, quisimos que se repusiese su venerable imagen, que junto a Nos ha bía sido rehecha con toda perfección y por Nuestra propias manos había sido consagrada y coronada. Fue éste un magnifico y espléndido triunfo de la Santísima Virgen, que desde el Vaticano hasta Loreto, dondequiera que pasó la santa imagen, fue honrada por la reli giosidad de los pueblos con una no interrumpida serie de obsequios, hechos por gentes de toda clase que en gran número salían a recibirla y con vivísi mas expresiones mostraban su devoción a MARÍA y al Vicario de Cristo.
Objetivo de la Encicliea y del Ponti ficado: la pacificación del mundo.
Con el aviso de estos sucesos, tristes y ale gres, cuya memoria queremos quede aquí consignada para la posteridad, se iba poco a poco haciendo para Nos cada vez más claro qué es lo que debía mos llevar más en el alma durante Nuestro Pontificado, y aguello de que debíamos hablar en la primera Encí clica.
Nadie hay que ignore que ni para los hombres en partícular, ni para la sociedad, ni para los pueblos, se ha conseguido todavía una paz verdadera después de la guerra calamitosa, y que todavía se echa de menos la tranquili dad activa y fructuosa que todos de sean. Pero de este mal es preciso ante todo examinar la grandeza y gravedad, e indagar después las causas y las raí ces, si se quiere, como Nos queremos, poner el oportuno remedio. Y esto es lo que por deber de Nuestro Apostólico oficio Nos proponemos comenzar con esta Encíclica, y esto lo que nunca después cesaremos de procurar. Es de cir, que así como las condiciones de los presentes tiempos son las mismas que tanto preocuparon a BENEDICTO XV, Nuestro llorado Predecesor, en todo el tiempo de su Pontificado, es lógico que los mismos pensamientos y cuidados que él tuvo, Nos mismo los hagamos Nuestros. Y es de desear que todos los buenos tengan un mismo sentir y que rer con Nos, y que con Nos trabajen para impetrar de Dios en favor de los hombres una reconciliación de verdad y duradera.
II. LOS MALES PRESENTES
2. La falta de paz.
Admirablemente cuadran a nuestra Edad aquellas pala bras de los Profetas: Esperamos la paz y este bien no vino, el tiempo de la cu ración, y he aquí el terror(3); el tiempo de restaurarnos, y he aquí a todos turbados(4). Esperamos la luz, y he aquí las tinieblas...; y la justicia, y no viene; la salud, y se ha alejado de nosotros(5). Pues aunque hace tiempo en Europa se han depuesto las armas, sin embargo sabéis cómo en el vecino Oriente se levantan peligros de nuevas guerras, y allí mismo, en una región inmensa co mo hemos antes dicho, todo está lleno de horrores y miserias, y todos los días una ingente muchedumbre de infelices, sobre todo de ancianos, mujeres y niños, mueren de hambre, de peste y por los saqueos; y donde quiera que hubo guerra no están todavía apagadas las viejas rivalidades, que se dan a cono cer: o con disimulo en los asuntos po líticos, o de una manera encubierta en la variedad de los cambios monetarios, o sin rebozo en las páginas de los dia rios y periódicos; y hasta invaden los confines de aquellas cosas que por su naturaleza deben permanecer extrañas a toda lucha acerba, como son los estu dios de las artes y de las letras.
3. Falta la paz internacional.
De ahí que los odios y las mutuas ofensas en tre los diversos Estados no den tregua a los pueblos. ni perduren solamente las enemistades entre vencidos y ven cedores, sino entre las mismas naciones vencedoras, ya que las menores se que jan de ser oprimidas y explotadas por las mayores, y las mayores se lamentan de ser el blanco de los odios y de las insidias de las menores. Y los Estados. sin excepción, experimentan los tristes efectos de la pasada guerra; peores ciertamente los vencidos, y no pequeños los mismos que no tomaron parte algu na en la guerra. Y los dichos males van cada día agravándose más, por irse re tardando el remedio; tanto más, que las diversas propuestas y las repetidas ten tativas de los hombres de Estado para remediar tan tristes condiciones de co sas han sido inútiles, si ya no es que las han empeorado. Por todo lo cual, creciendo cada día el temor de nuevas guerras y más espantosas, todos los Estados se ven casi en la necesidad de vivir preparados para la guerra, y con eso quedan exhaustos los erarios, pierde el vigor de la raza y padecen gran menoscabo los estudios y la vida religiosa y moral de los pueblos.
4. Falta la paz social y politica.
Y lo que es más deplorable, a las externas enemistades de los pueblos se juntan las discordias intestinas que ponen en peligro no sólo los ordenamiento sociales, sino la misma trabazón de la sociedad.
Debe contarse en primer lugar la "lucha de clases", que, inveterada ya como llaga mortal en el mismo seno de las naciones, inficiona las obras todas, las artes, el comercio; en una palabra, todo lo que contribuye a la prosperidad pública y privada. y este mal se bace cada vez más pernicioso por la codicia de bienes materiales de una parte, y de la otra por la tenacidad en conservar los, y en ambas a dos por el ansia de riquezas y de mando. De aquí las frecuentes huelgas, voluntarias y forzosas; de aquí los tumultos públicos y las consiguientes represiones, con descontennto y daño de todos.
Añádanse las luchas de partido para el gobierno de la cosa pública, en la que las partes contendientes suelen de ordinario hostilizarse con la mira puesta, no sinceramente, según las varias opiniones, en el bien público, sino el logro del propio provecho con daño del bien común. Y así vemos cómo van en aumento las conjuras, cómo se originan insidias, atentados contra los ciudadanos y contra los mismos ministros de la autoridad; cómo se acude al te rror, a las amenazas, a las francas rebe fiones y a otros desórdenes semejantes, tanto más perjudiciales cuanto mayor es la parte que en el gobierno tiene el pueblo, cual sucede con las modernas formas representativas. Estas formas de gobierno, si bien no están con denadas por la doctrina de la Iglesia (como no está condenada forma alguna de régimen justo y razonable), sin em bargo, conocido es de todos cuán fácilmente se prestan a la maldad de las facciones.
5. Falta la paz doméstica.
Y es ver daderamente doloroso ver cómo un mal tan pernicioso ha penetrado hasta las raices mismas de la sociedad, es decir, hasta en las familias, cuya disgregación bace tiempo iniciada ha sido como nuny favorecida por el terrible azote de la guerra, merced al alejamiento del techo doméstico de los padres y de los hijos, y merced a la licencia de las costumbres, en muchos modos aumentada. Así se ve muchas veces olvidado el ho nor en que debe tenerse la autoridad paterna; desatendidos los vínculos de la sangre: los amos y criados se miran como adversarios; se viola con dema siada frecuencia la misma fe conyugal, y son conculcados los deberes que el matrimonio impone ante Dios y ante la sociedad.
Falta la paz del individno.
De ahí que, como el mal que afecta a un orga nismo o a una de sus partes principal mente hace que también los otros miembros, aun los más pequeños, su fran, así también es natural que las dolencias que hemos visto afligir a la sociedad y a la familia alcancen tam bién a cada uno de los individuos. Ve mos, en efecto, cuan extendida se halla entre los hombres de toda edad y con dición una gran inquietud de ánimo que les hace exigentes y díscolos, y cómo se ha hecho ya costumbre el desprecio de la obediencia y la impaciencia en el trabajo. Observamos también cómo ha pasado los límites del pudor la ligereza de las mujeres y de las niñas, especial mente en el vestir y en el bailar, con tanto lujo y refinamiento, que exacerba las iras de los menesterosos. Vemos, en fin, cómo aumenta el número de los que se ven reducidos a la miseria, de entre los cuales se reclutan en masa los que sin cesar van engrosando el ejército de los perturbadores del orden.
Resumen de males.
En vez, pues, de la confianza y seguridad reina la con gojosa incertidumbre y el temor; en vez del trabajo y la actividad, la inercia y la desidia; en vez de la tranquilidad del orden, en que consiste la paz, la pertur bación de las empresas industriales, la languidez del comercio, la decadencia en el estudio de las letras y de las artes; de ahí también, lo que es más de lamen tar, el que se eche de menos en muchas partes la conducta de vida verdadera mente cristiana, de modo que no sola mente la sociedad parece no progresar en la verdadera civilización de que sue len gloriarse los hombres, sino que pa rece querer volver a la barbarie.
6. Falta la paz religiosa. Daños espi rituales.
Y a todos estos males aquí enumerados vienen a poner el colmo aquellos que, cierto, no percibe el hom bre animal(6), pero que son, sin embar go, los más graves de nuestro tiempo. Queremos decir los daños causados en todo lo que se refiere a los intereses espirituales y sobrenaturales, de los que tan íntimamente depende la vida de las almas; y tales daños, como fácilmente se comprende, son tanto más de llorar que las pérdidas de los bienes terrenos, cuanto el espíritu aventaja a la ma teria. Porque fuera de tan extendido olvido de los deberes cristianos, arriba recordado, cuán grandes penas nos cau sa, Venerables Hermanos, lo mismo que a vosotros, el ver que de tantas Iglesias destinadas por la guerra a usos profa nos no pocas están todavía sin abrirse al culto divino; que muchos seminarios, cerrados entonces, y tan necesarios para la formación de los maestros y guías de los pueblos, no pueden todavía abrir se; que en todas partes haya disminuido tanto el número de sacerdotes arreba tados unos por la guerra mientras se ocupaban en el ministerio, extraviados otros de su santa vocación por la extra ordinaria gravedad de los peligros, y que por lo mismo en muchos sitios se vea reducida al silencio la predicación de la palabra divina, tan necesaria para la edificación del cuerpo místico de Cristo(7).
Efectos en las Misiones y en la Pa tria. Daño en aquéllas; aprecio del sacerdote en ésta.
¿Y qué decir al recordar cómo desde los últimos confi nes de la tierra y del centro mismo de las regiones en que reina la barbarie nuestros misioneros, llamados frecuen temente a la patria para ayudar en las fatigas de la guerra, debieron abando nar los campos fertilísimos, donde con tanto fruto vertían sus sudores por la causa de la Religión y de la civilización, y cuán pocos de ellos pudieron volver incólumes? Es cierto que estos daños los vemos compensados también en al guna parte con excelentes frutos, por que apareció entonces más en el cora zón del Clero el amor a la patria y la conciencia de todos sus deberes, de mo do que muchas almas, a las puertas mismas de la muerte, admirando en el trato cotidiano los hermosos ejemplos de magnanimidad y de trabajo del Cle ro, se llegaron de nuevo al sacerdocio y a la Iglesia. Pero en esto hemos de admirar la bondad de Dios, que aun del mal sabe sacar bien.
III. CAUSAS DE ESTOS MALES
Introducción al tercer punto.
Hasta aquí hemos hablado de los males de estos tiempos. Indaguemos ahora sus causas más detenidamente, si bien ya, sin poderlo evitar, algo hemos indicado.
Y ante todo, parécenos oír de nuevo al divino Consolador y Médico de las humanas enfermedades repetir aquellas palabras: Todos estos males proceden del ínteríor(8).
7. El olvido de la caridad.
Firmóse, sí, la paz solemnemente entre beligeran tes, pero quedóse escrita en los docu mento s públicos, mas no grabada en los corazones; vivo está todavía en esto, el espíritu bélico y de él brotan cada dia los mayores daños a la sociedad. Porque el derecho de la fuerza paseóse mucho tiempo triunfante por todas partes, y poco a poco fue apagando en los hombres los sentimientos de benevolencia y compasión que, recibidos de la naturaleza, son por la ley cristiana perfeccio nados, y hasta la fecha no han vuelto a renacer ni con la reconciliación de una paz hecha más en apariencia que en realidad. De aquí que el odio, al que se han habituado los hombres por largo tiempo, se haya hecho en muchos una segunda naturaleza, y que predomine aquella ley ciega que el Apóstol lamen taba sentir en sus miembros, guerreando contra la ley del espíritu(9), Y así sucede con frecuencia que el hombre no parece ya, como debería considerarse según el mandamiento de Cristo, her mano de los demás, sino extraño y enemigo; que perdido el sentimiento de la dignidad personal y de la misma naturaleza humana, sólo se tiene cuenta con la fuerza y con el número, y que procuran los unos oprimir a los otros por el solo fin de gozar cuanto puedan de los bienes de esta vida.
8. El ansia inmoderada de los bienes de la tierra.
Nada más ordinario entre los hombres que desdeñar los bienes eternos que JESUCRISTO propone a todos continuamente por medio de su Iglesia y apetecer insaciables la consecución de los bienes terrenos y caducos. Ahora bien: los bienes materiales, por la mis ma naturaleza, son de tal condición, que en buscarlos desordenadamente se halla la raíz de todos los males, y en especial del descontento y de la degradación moral, de las luchas y las discordias. En efecto, por una parte esos bienes, viles y finitos como son, no pueden saciar las nobles aspiraciones del cora zón humano que, criado por Dios y pa ra Dios, se halla necesariamente inquieto mientras no descanse en Dios. Por otra parte, como los bienes del espíritu, comunicados con otros, a todos enriquecen, sin padecer mengua, así, por el contrario, los bienes materiales, limitados como son, cuanto más se re parten tanto menos toca a cada uno. De donde resulta que los bienes terre nos incapaces de contentar a todos por igual, ni de saciar plenamente a nin guno, son causas de divisiones y de tristeza, verdadera vanidad de vanida des y aflicción del espíritu(10), como las llamó el sabio SALOMÓN, después de bien experimentado. Y esto que acaece a los individuos acaece lo mismo a la sociedad. ¿De dónde nacen las guerras y contiendas entre nosotros?, pregunta SANTIAGO Apóstol, ¿No es verdad que de vuestras pasiones?(11).
9. Las tres concupiscencias.
Porque la concupiscencia de la carne, o sea el deseo de placeres, es la peste más fu nesta que se puede pensar para pertur bar las familias y la misma sociedad: de la concupiscencia de los ojos, o sea de la codicia de poseer, nacen las despia dadas luchas de las clases sociales, atento cada cual en demasía a sus propios intereses; y la soberbia de vida es decir, el ansia de mandar a los demás, ha lle vado a los partidos políticos a contien das tan encarnizadas, que no se detie nen ni ante la rebelión, ni ante el cri men de lesa majestad, ni ante el parricidio mismo de la patria.
Y a esta intemperancia de las pasio nes, cuando se cubre con el especioso manto de bien público y del amor a la patria, es a quien hay que atribuir las enemistades internacionales. Pues aun este amor patrio, que de suyo es fuerte estímulo para muchas obras de virtud y de heroísmo cuando está dirigido por la ley cristiana, es también fuente de muchas injusticias cuando pasados los justos límites se convierte en amor pa trio desmesurado. Los que de este amor se dejan llevar olvidan no sólo que los pueblos todos están unidos entre sí con vínculos de hermanos, como miembros que son de la gran familia humana, y que las otras naciones tienen derecho a vivir y a prosperar, sino también que no es licito ni conveniente el separar lo útil de lo honesto. Porgue la justicia eleva las gentes y el pecado hace mise rables a los pueblos(12). Y si el obtener ventajas para la propia familia, ciudad o nación con daño de los demás puede parecer a los hombres una obra gloriosa y magnífica, no hay que olvidar, como nos advierte SAN AGUSTÍN, que ni será duradera, ni se verá libre del amor de la ruina: vitrea laetitia fragiliter splen dida, cui timeatur horribilius ne repen te frangatur. "Una vidriosa alegría, frá gilmente espléndida de la cual se teme, de un modo terrible, el repentino rom pimiento"(13).
10. El olvido de Dios, causa de la inestabilidad.
Pero el que se haya ausentado la paz, y que después de haberse remediado tantos males toda vía se le eche de menos, tiene que tener causa más honda que la que hasta ahora hemos visto. Porque ya mucho antes que estallara la guerra europea venía preparándose por culpa de los hombres y de las sociedades la principal causa engendradora de tan grandes calamidades, causa que debía haber desaparecido con la misma espantosa grandeza del conflicto si los hombres hubieran entendido las signi ficación de tan grandes acontecimientos. ¿Quién no sabe aquello de la Escri tura: Los que abandonaron al Señor serán consumidos?(14); ni son menos conocidas aquellas gravísimas palabras del Redentor y Maestro de los hombres JESUCRISTO: Sin mí nada podéis hacer(15), y aquellas otras: El que no alle ga conmigo, dispersa(16).
Sentencias éstas de Dios que en todo tiempo se han verificado y abora sobre todo las vemos realizarse ante Nuestros mismos ojos. Alejáronse en mala hora los hombres de Dios y de JESUCRISTO, y por eso precisamente de aquel estado feliz han venido a caer en este torbe llino de males y por la misma razón se ven frustradas y sin efecto la mayor parte de las veces las tentativas para re parar los daños y para conservar lo que se ha salvado de tanta ruina. Y así, arrojados Dios y JESUCRISTO de las leyes y del gobierno, haciendo derivar la autoridad no de Dios, sino de los hom bres, ha sucedido que, además de quitar a las leyes verdaderas y sólidas sancio nes y los primeros principios de la jus ticia, que aun los mismos filósofos pa ganos, como CICERÓN, comprendieron que no podían tener su apoyo sino en la ley eterna de Dios, han sido arran cados los fundamentos mismos de la autoridad, una vez desaparecida la ra zón principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obliga ción de obedecer. Y he ahí las violentas agitaciones de toda la sociedad, falta de todo apoyo y defensa por alcanzar el poder atentos a los propios intereses y no a los de la patria.
Es también ya cosa decidida que ni Dios ni JESUCRISTO han de presidir el origen de la familia, reducido a mero contrato civil el matrimonio, que JESU CRISTO había hecho un sacramento grande(17), y había querido que fuese una figura, santa y santificante, del vinculo indisoluble con que él se halla unido a su Iglesia. Y debido a esto he mos visto frecuentemente cómo en el pueblo se hallan oscurecidas las ideas y amortiguados los sentimientos religiosos con que la Iglesia había rodeado ese germen de la sociedad que se llama fa milia: vemos perturbados el orden do méstico y la paz doméstica; cada día más insegura la unión y estabilidad de la familia; con tanta frecuencia profa nada la santidad conyugal por el ardor de sórdidas pasiones y por el ansia mortifera de las más viles utilidades, hasta quedar inficionadas las fuentes mismas de la vida, tanto de las familias como de los pueblos.
Educación laica y antirreligiosa.
Fi nalmente, se ha querido prescindir de Dios y de su Cristo en la educación de la juventud; pero necesariamente se ha seguido, no ya que la religión fuese excluida de las escuelas sino que en ellas fuese de una manera oculta o pa tente combatida y que los niños se lle gasen a persuadir que para bien vivir son de ninguna o de poca importancia las verdades religiosas, de las que nunca oyen hablar, o si oyen, es con palabras de desprecio. Pero así excluidos de la enseñanza Dios y su ley, no se ve ya el modo cómo pueda educarse la concien cia de los jóvenes, en orden a evitar el mal y a llevar una vida honesta y vir tuosa; ni tampoco cómo puedan irse formando para la familia y para la sociedad hombres morigerado s, aman tes del orden y de la paz, aptos y útiles para la común prosperidad.
La guerra es el producto de todo ello. Desatendidos, pues, los preceptos de la sabiduría cristiana, no nos debe admirar que las semillas de discordias sembradas por doquiera en terreno bien dispuesto viniesen por fin a producir aquélla tan desastrosa guerra, que lejos de apagar con el cansancio los odios entre las diversas clases sociales, los encendió mucho más con la violencia y la sangre.
IV. REMEDIOS DE ESTOS MALES
Ya hemos enumerado brevemente, Venerables Hermanos, las causas de los males que afligen a la sociedad; vea mos los remedios aptos para sanarla, sugeridos por la naturaleza misma del mal.
12. La paz de Cristo.
Y ante todo es necesario que la paz reine en los cora zones. Porque de poco valdría una exte rior apariencia de paz, que hace que los hombres se traten mutuamente con urbanidad y cortesía, sino que es nece saria una paz que llegue al espíritu, los tranquilice e incline y disponga a los hombres a una mutua benevolencia fra ternal. Y no hay semejante paz si no es la de Cristo; y la paz de Crito triun fe en nuestros corazones(18); ni puede ser otra la paz suya, la que Él da a los suyos(19), ya que siendo Dios, ve los corazones(20), y en los corazones tiene su reino. Por otra parte, con todo de recho pudo JESUCRISTO llamar suya esta paz, ya que fue el primero que dijo a los hombres: Todos vosotros sois hermanos(21), y promulgó sellándola con su propia sangre la ley de la mutua caridad y paciencia entre todos los hombres: este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado(22): soportad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo(23).
13. La paz de Cristo, garantía del derecho y fruto de la caridad.
Síguese de ahí claramente que la verdadera paz de Cristo no puede apartarse de las normas de justicia, ya porque es Dios mismo el que juzga la justicia(24), ya porque la paz es obra de la justicia(25); pero no debe constar tan sólo de la dura e inflexible justicia. sino que a suavi zarla ha de entrar en no menor parte la caridad que es la virtud apta por su misma naturaleza para reconciliar los hombres con los hombres. Esta es la paz que JESUCRISTO conquistó para los hombres; más aún, según la expresión enérgica de SAN PABLO, El mismo es nuestra paz; porque satisfaciendo a la divina justicia con el suplicio de su carne en la cruz, dio muerte a las enemistades en sí mismo..., haciendo la paz(26), y reconcilió en sí a todos(27) y todas las cosas con Dios; y en la misma redención no ve y considera SAN PABLO tanto la obra divina de la justi cia, como en realidad lo es, cuanto la obra de la reconciliación y de la cari dad: Dios era el que reconciliaba consigo al mundo en Jesucristo(28); de tal manera amó Dios al mundo que le dio su Hijo unigénito(29). Con el gran acierto que suele, escribe sobre este punto el Doctor Angélico que la verdadera y genuina paz pertenece más bien a la caridad que a la justicia, ya que lo que ésta hace es remover los impedimentos de la paz, como son las injurias, los daños, pero la paz es un acto propio y peculiar de la caridad(30).
El reino de la paz está en nuestro interior. Por tanto, a la paz de Cristo, que, nacida de la caridad, reside en lo íntimo del alma, se acomoda muy bien a lo que SAN PABLO dice del reino de Dios que por la caridad se adueña de las almas: no consiste el reino de Dios en comer y beber(31); es decir, que la paz de Cristo no se alimenta de bienes caducos, sino de los espirituales y eternos, cuya excelencia y ventaja el mismo Cristo declaró al mundo y no cesó de persuadir a los hombres. Pues por eso dijo: ¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde el alma? o ¿qué cosa dará el hombre en cambio te su alma?(32). Y enseñó además la constancia y firmeza de ánimo que ha de tener el cristiano: ni temáis a los 1ue matan el cuerpo pero no pueden matar el alma, sino temed a los que puedan arrojar el alnla y el cuerpo en el infierno(33).
Los frutos de la paz.
N o que el que quiera gozar de esta paz haya de renunciar a los bienes de esta vida; antes al contrario, es promesa de Cristo que os tendrá en abundancia: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura(34). Pero: la paz de Dios sobrepuja todo entendimiento(35), y por lo mismo domina a las ciegas pasiones y evita las disensiones y discordias que necesariamente brotan del ansia de poseer,
Refrenadas, pues, con la virtud las pasiones, y dado el honor debido a las cosas del espíritu, seguiráse como fruto espontáneo la ventaja de que la paz cristiana traerá consigo la integridad le las costumbres y el ennoblecimiento le la dignidad del homhre; el cual, después que fue redimido con la sangre de Cristo, está como consagrado por la adopción del Padre celestial y por el parentesco de hermano con el mismo Cristo, hecho con las oraciones y sacra mentos participante de la gracia y con sorte de la naturaleza divina, hasta el punto de que, en premio de haber vi vido bien en esta vida, llegue a gozar por toda una eternidad de la posesión de la gloria divina.
Fortalece el orden y la autoridad.
Y ya que arriba hemos demostrado que una de las principales causas de la con fusión en que vivimos es el hallarse muy menoscabada la autoridad del de recho y el respeto a los que mandan -por haberse negado que el derecho y el poder vienen de Dios, creador y go bernador del mundo-, también a este desorden pondrá remedio la paz cristia na, ya que es una paz divina, y por lo mismo manda que se respeten el orden, la ley y el poder. Pues así nos lo enseña la Escritura: Conservad en paz la disciplina(36), Gran paz para aquellos que aman tu ley, Señor(37), El que teme el precepto, se hallará en paz(38). y nues tro Señor JESUCRISTO, no sólo dijo aque llo de: Dad al César lo que es del César(39), sino que declaró respetar en el mismo PILATO el poder que le había sido dado de lo alto(40), de la misma manera que había mandado a los discí pulos que reverenciasen a los Escribas y Fariseos que se sentaron en la cátedra del Moisés(41). Y es cosa admirable la estima que hizo de la autoridad pater na en la vida de familia, viviendo para dar ejemplo, sumiso y obediente a JOSÉ y MARÍA. Y de Él es también aquella ley promulgada por sus Apóstoles: Toda persona esté sujeta a las potestades su periores; porque no hay potestad que no provenga de Dios(42).
14. La Iglesia depositaria de esta paz.
Y si se considera que todo cuanto Cristo enseñó y estableció acerca de la dignidad de la persona humana, de la inocencia de vida, de la obligación de obedecer, de la ordenación divina de la sociedad, del sacramento del matrimo nio y de la santidad de la familia cris tiana; si se considera, decimos, que estas y otras doctrinas que trajo del cie lo a la tierra las entregó a sola su Igle sia, y con promesa solemne de su auxi lio y perpetua asistencia, y que le dio el encargo, como maestra infalible que era, que no dejase nunca de anunciarlas a las gentes todas hasta el fin de los tiempos, fácilmente se entiende cuán gran parte puede y debe tener la Iglesia para poner el remedio conducente a la pacificación del mundo.
Porque, instituida por Dios única in térprete y depositaria de estas verdades y preceptos, es ella únicamente el ver dadero e inexhausto poder para alejar de la vida común, de la familia y de la sociedad la lacra del materialismo, tantos daños en ellas ha causado, y para introducir en su lugar la doctrina cris tiana acerca del espíritu, o sea sobre la inmortalidad del alma, doctrina muy superior a cuanto enseña la mera filo sofía; también para unir entre sí las diversas clases sociales y el pueblo en general con sentimiento de elevada be nevolencia y con cierta fraternidad(43), y para elevar hasta el mismo Dios la dignidad humana, con justicia restaurada, y, finalmente, para procurar que, corregidas las costumbres públicas v privadas, y más conformes con las leyes sanas, se someta todo plenamente a Dios que ve los corazones(44), y que todo se halle informado íntimamente de sus doctrinas y leyes, que, bien penetrado de la ciencia de su sagrado deber el ánimo de todos, de los particulares, de los gobernantes, y hasta de los orga nismos públicos de la sociedad civil, sea Cristo todo en todos(45).
Las enseñanzas de la Iglesia aseguran la paz.
Por lo cual, siendo propio de sola la Iglesia, por hallarse en posesión de la verdad y de la virtud de Cristo, el formar rectamente el ánimo de los hombres, ella es la única que puede, no sólo arreglar la paz por el momento, sino afirmarla para el porvenir, conjurando los peligros de nuevas guerras que dijimos nos amenazan. Porque únicamente la Iglesia es la que por orden y mandato divino enseña que los hombres deben conformarse con la ley eterna de Dios, en todo cuanto hagan, lo mismo en la vida pública que en la privada, lo mismo como individuos que unidos en sociedad. Y es cosa clara que es de mucha mayor importancia y gravedad todo aquello en que va el bien y provecho de muchos.
Pues bien: cuando las sociedades y los estados miren como un deber sagrado el atenerse a las enseñanzas y prescripciones de JESUCRISTO en sus relaciones interiores y exteriores, entonces sí llegarán a gozar, en el interior, de una paz buena, tendrán entre sí mutua confianza y arreglarán pacíficamente sus diferencias, si es que algunas se originan.
15. La Iglesia sola tiene la autoridad de imponerla.
Cuantas tentativas se han hecho hasta ahora a este respecto han tenido ninguno muy poco éxito, sobre todo en los asuntos con más ardor debatidos. Es que no hay institu ción alguna humana que pueda imponer a todas las naciones un Código de leyes comunes, acomodado a nuestros campos, como fue el que tuvo en la Edad Media aquella verdadera sociedad de naciones que era una familia de pueblos cristianos. En la cual, aunque mu chas veces era gravemente violado el derecho, con todo, la santidad del mis mo derecho permanecía siempre en vi gor, como norma segura conforme a la cual eran las naciones mismas juzgadas.
Pero hay una institución divina que puede custodiar la santidad del derecho de gentes; institución que a todas las naciones se extiende y está sobre las naciones todas, provista de la mayor autoridad y venerada por la plenitud del magisterio: la Iglesia de Cristo; y ella es la única que se presenta con aptitud para tan grande oficio, ya por el mandato divino, por su misma naturaleza y constitución, ya por la majestad misma que le dan los siglos, que ni con las tempestades de la gerra quedó maltrecha, antes con admiración de todos salió de ella más acreditada.
11. La exclusión de Dios de la fami lia.
16. La paz de Cristo en el Reino de Cristo. Extensión y carácter de este reino
Síguese, pues, que la paz digna de tal nombre, es a saber, la tan deseada paz de Cristo, no puede existir si no se observan fielmente por todos en la vida pública y en la privada las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Crisito: y una vez así constituida ordenadamente la sociedad, pueda por fin la Iglesia, desempeñando su divino encargo, hacer valer los derechos todos de Dios, los mismo sobre los individuos que sobre las sociedades.
En esto consiste lo que con dos palabras llamamos Reino de Cristo. Ya que reina JESUCRISTO en la mente de los individuos, por sus doctrinas, reina en los corazones por la caridad, reina en toda la vida humana por la observanacia de sus leyes y por la imitación de sus ejemplos. Reina también en la sociedad doméstica cuando, constituida por el sacramento del matrimonio cristiano, se conserva inviolada como una cosa sagrada, en que el poder de los padres sea un reflejo de la paternidad divina, de donde nace y toma el nombre; donde los hijos emulan la obediencia del Niño Jesús, y el modo todo de proceder hace recordar la santidad de la Familia de Nazaret. Reina finalmente JESUCRISTO en la sociedad civil cuando, tributando en ella a Dios los supremos honores, se hacen derivar de él el origen y los derechos de la autoridad para que ni en el mandar falte norma ni en el obedecer obligación y dignidad, cuando además le es reconocido a la Iglesia el alto grado de dignidad en que fue colocada por su mismo autor, a saber, de sociedad perfecta, maestra y guía de las demás sociedades; es decir, tal que no disminuya la potestad de ellas -pues cada una en su orden es legítima-, sino que les comunique la conveniente perfección, como hace la gracia con la naturaleza; de modo que esas mismas socieddes sean a los hombres poderoso auxiliar para conseguir el fin supremo, que es la eterna felicidad, y con más seguridad provean a la pros peridad de los ciudadanos en esta vida mortal.
De todo lo cual resulta claro que no hay paz de Cristo sino en el reino de Cristo, y que no podemos nosotros tra bajar con más eficacia para afirmar la paz que restaurando el reino de Cristo.
El programa papal.
Cuando, pues, el Papa Pío X se esforzaba por "restaurar todas las cosas en Cristo", como si obrara inspirado por Dios, estaba pre parando la obra de pacificación, que fue después el programa de BENEDICTO XV.
Nos, insistiendo en lo mismo que se propusieron conseguir Nuestros Predecesores, procuraremos también con todas Nuestras fuerzas lograr "la paz de Cristo en el reino de Cristo", plenamente confiados en la gracia de Dios, que al hacernos entrega de este supremo poder Nos tiene prometida su perpetua asistencia.
17. Medios especiales: Misión de los obispos y su cooperación.
Esperando que todos los buenos han de concurrir con su apoyo a esta obra, Nos dirigimos en primer lugar a vosotros, Venerables Hermanos, a quienes nuestro mismo Je fe y Cabeza, JESUCRISTO, que a Nos con fió el cuidado de toda su grey, llamó: a una parte y la más excelente en Nuestra solicitud; a vosotros, puestos por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios(46); a vosotros honrados de manera principal con el ministerio de la reconciliación, y corno embajadores en nombre de Cristo(47), hechos partícipen de su mismo magisterio divino y dis pensadores de los misterios de Dios(48) y por lo mismo llamados sal de la tie rra y luz del mundo(49), doctores y pa dres de los pueblos cristianos, verda deros dechados de la grey(50), destina dos a ser llamados grandes en el reino de los cielos(51); a vosotros todos, en fin, que sois corno los miembros principales y corno los lazos de oro con que se levanta compacto y bien unido todo el cuerpo de Cristo(52), que es la Iglesia fundada en la solidez de la Piedra.
Insinuación de la Reapertura del Concilio Vaticano.
Una nueva y recien te prueba de vuestra insigne diligencia y actividad la tuvimos cuando con la ocasión al principio mencionada, del Congreso Eucarístico de Roma y de las fiestas centenarias de la Sagrada Con gregación de Propaganda Fide, vinisteis muchísimos de todas las partes del mundo a esta santa ciudad al sepulcro de los Apóstoles. Aquella reunión de Pastores, dignísima por su concurso y autoridad, Nos sugirió la idea de convocar a su tiempo en esta misma ciu dad,Cabeza del orbe católico, una so lemne asamblea de la misma clase para hallar reparo oportuno a las ruinas causadas en tan grande convulsión de la sociedad, y se aumenta la dulce esperanza de esta reunión con la proxi midad de las alegres solemnidades del Año Santo.
No por eso, sin embargo, Nos atreve mos por ahora a emprender la reaper tura de aquel Concilio Ecuménico, que en Nuestra juventud dio comienzo la Santidad de Pío IX, pero que no pu do llevarse a efecto sino en parte, aunque era muy importante. Y la razón a que también Nos, como el célebre cau dillo de Israel, estamos como pendientes de la oración, esperando que la bondad y misericordia de nuestro Dios Nos de a conocer más claramente los designios de su voluntad.
18. Obra insigne del clero. Exhortación a superarse.
Mientras tanto, aun que sabemos muy bien que no hay necesidad de estimular vuestro celo y actividad, antes que son dignos de los mayores elogios, sin embargo, la conciencia del cargo apostólico y de Nues tros deberes de padre para con todos, Nos advierte y casi Nos fuerza a infla mar con Nuestros ardores el ya encen dido celo de todos vosotros, de manenra que venga a suceder que cada uuo de vosotros ponga cada día mayor afán y empeño en el cultivo de aquella parte de la grey del Señor que le cupo en suerte apacentar.
Y a la verdad cuántas cosas y cuán excelentes y cuán oportunas hayan sido sabiamente proyectadas, y felizmente iniciadas, y con gran provecho llevadas a cabo, y cuanto las circunstancias lo permitían gloriosamente terminadas, entre el Clero y el pueblo fiel, por ini ciativa y a impulso de Nuestros Prede cesores y vuestro, lo sabemos por la fama pública propagada por la prensa y confirmada por otros documentos y por las notícias a Nos llegadas, bien de vosotros, bien de otros muchos; y de ello damos cuantas gracias podemos a Dios.
El cuadro de las aetividades pasto rales.
Entre estas obras admiramos especialmente las muchas y muy pro videnciales instituciones para instruir a los hombres con sanas doctrinas y para imbuirlos en la virtud y en santi dad; lo mismo las asociaciones de cle rigos y seglares, o las llamadas pias uniones, con el fin de sostener y llevar adelante las misiones entre infieles, de propagar el reino de Cristo Dios, y pro curar a los pueblos bárbaros la salva ción temporal y eterna; ya también las congregaciones de jóvenes, que han cre cido en número y en devoción singular a la Santísima Virgen, y especialmente la la Sagrada Eucaristia, junto,con una fe, nna pureza y un amor fraterno muy acrisolados. Añádanse las asociaciones, tanto las de hombres como las de mujeres, particularmente las eucaristicas, que procuran honrar el augusto Sacramento con cultos más frecuentes y solemnes y con muy magnificas procesione por las calles de las ciudades; y también con la reunión de Congresos muy concurridos, regionales, nacionales e internacionales, con representan tes de casi todos los pueblos, donde todos se muestran admirablemente unidos en la misma fe, en el mismo culto, oración y participación de los bienes celestiales.
Apostolado, caridad y Acción Cató lica.
A esta piedad atribuimos el espí ritu de sagrado apostolado, mucho más extendido que antes, es decir, aquel celo ardentísimo de procurar, primero con la oración frecuente y con el buen ejemplo, luego con la propaganda de palabra y por escrito, y también con las obras y socorros de la caridad, que de nuevo se tributen al Corazón divino de Cristo Rey, lo mismo que en los corazo nes de los individuos que en la familia y en la sociedad, el amor, el culto y el imperio que le son debidos.
A eso se encamina también el buen certamen diríamos pro aris et focis(53), que se ha de emprender, y la batalla que se ha de trabar en muchos frentes en favor de los derechos de la sociedad religiosa y doméstica, de la Iglesia y de la familia, derivados de Dios y de la naturaleza, sobre la educación de los hijos. A esto, finalmente, se dirige tam bién todo ese conjunto de instituciones, programas y obras, que se conoce con el nombre de Acción Católica y que es de Nos muy estimada.
Todo eso es deber pastoral necesario y principal.
Pues bien: todas estas co sas y otras muchas semejantes, que se ría muy largo referir, no sólo se han de conservar firmemente, sino que se las ha de llevar adelante cada día con más empeño y acrecentar con nuevos aumentos según lo exige la condición de las cosas y de las personas. Y si parecen cosa ardua y llena de trabajo para los pastores y para los fieles, em pero son, sinduda, necesarias, y se han de contar entre los principales deberes del oficio pastoral y de la vida cristiana. Por las mimas razones aparece claro -tanto que estaría de más todo escla recimiento- cuán relacionadas se ha llan entre sí todas estas obras, y cuán estrechamente unidas con la deseada restauración del reino de Cristo y con la pacificacion cristiana, propia tan sólo de este reino: Pax Christi in regno Christi, "La paz de Cristo en el Reino de Cristo".
Aprecio del Papa y estímulo a mayor unión con Roma.
Y sería Nuestro de seo que digáis a vuestros sacerdotes, Venerables Hermanos, que Nos, testigo y compañero en otro tiempo y partícipe de los trabajos denodadamente tomados en pro de la grey de Cristo, siempre tu vimos y tenemos en grande estima su magnanimidad en soportar los trabajos, y su industria en hallar siempre nuevos medios de subvenir a las nuevas necesi dades que consigo trae el cambio de los tiempos, y que ellos estarán unidos a Nos con vínculo más estrecho de unidad y Nos a ellos con el de la pateinal be nevolencia, cuanto con adhesión más pronta y apretada, mediante una vida santa y una obedíencia perfecta, se unan como al mismo Cristo a sus pas tores, que son sus guías y maestros.
Papel del clero regnlar.
N o hay para qué extenderse en declarar, Venerables Hermanos, cuánto es lo que esperamos del Clero regular para poner por obra Nuestras ideas y proyectos, siendo cosa clara cuánto es lo que contribuye a esclarecer el reino de Cristo dentro y a dilatarle fuera. Pues siendo propio de los religiosos el guardar y practicar, no sólo los preceptos, sino también los consejos de Cristo, lo mismo cuando dentro del claustro se dedican a las co sas espirituales, que cuando salen a tra bajar a campo abierto, por ser en su vida modelo de perfección cristiana y por renunciar, consagrados por entero al bien común, a los bienes y comodi dades terrenas, para más abundante mente conseguir los bienes espirituales, son para los fieles un constante ejemplo que los incita a aspirar a cosas mayo res; y felizmente lo consiguen merced también a las insignes obras de benefi cencia cristiana con que atienden a las enfermedades todas del cuerpo y del alma. Y a tanto han llegado en este punto, a impulsos de la caridad divina, según lo atestigua la historia eclesiás tica, que en la predicación del Evange lio dieron su vida por la salvación de sus almas, y con su muerte ensancharon los límites del reino de Cristo en la propagación de la unidad de fe y de la fraternidad cristiana.
19. Exhortación a los fieles. Misión de los seglares.
Recordad también a los fieles que, cuando tomando por guías a vosotros y a vuestro Clero, tra bajan en público y en privado porque se conozca y ame a JESUCRISTO, enton ces es cuando sobre todo merecen que se les llame linaje escogido, una clase de sacerdotes reyes, gente santa, pueblo de conquista(54); que entonces es cuando, estrechamente unidos a Nos y a Cristo, al propagar y restaurar con su celo y diligencia el reino de Cristo, presta los más excelentes servicios para esta blecer la paz entre los hombres, Porque en el reino de Cristo está en vigor, florece una cierta igualdad de derechos, por la que distinguidos todos con la misma, nobleza, todos se hallan conde corados con la misma preciosa sangre de Cristo, y los que parecen presidir los demás, siguiendo el ejemplo dado por el mismo Cristo nuestro Señor, con razón, se llaman, y lo son, administra dores de los bienes comunes, y, por ende, siervos de todos los siervos, espe cialmente de los más pequeños y del todo desvalidos.
Peligros sociales.
Pero los cambios sociales que trajeron la necesidad, o la aumentaron, de tales colaboradores para llevar adelante la obra divina, han creado también a los poco peritos peligros nuevos, ni pocos ni ligeros. Pues apenas terminada la desastrosa guerra perturbados los Estados con la agitación de los partidos políticos, se enseñorearon de la mente y del corazón de los hombres, pasiones tan desenfrenadas e ideas tan perversas, que ya es de temer que aun los mejores de entre los fieles y aun de los sacerdotes, atraidos por la falsa apariencia de la verdali y del bien, se inficionen con el deplorable contagio del error.
Precave eontra el modernismo moral, jurídico y social.
Porque, ¿cuántos hay que profesan seguir las doctrinas católicas en todo lo que se refiere a la autoridad en la sociedad civil y en el respeto que se le ha de tener, o al dere cho de propiedad, y a los derechos y deberes de los obreros industriales y agrícolas, o a las relaciones de los Estados entre sí, o entre patronos y obreros, o a las relaciones de la Iglesia y el Estado, o a los derechos de la Santa Sede y del Romano Pontífice y a los privilegios de los Obipos, o finalmente a los mismos derechos de nuestro Crea dor, Redentor y Señor JESUCRISTO sobre los hombres en particular y sobre los pueblos todos? y sin embargo, esos mismos, en sus conversaciones, en sus escritos y en toda su manera de proce der no se portan de otro modo que si las enseñanzas y preceptos promulgados tantas veces por los Sumos Pontífices, especialmente por LEÓN XIII, PÍO X y BENEDICTO XV, hubieran perdido su fuerza primitiva o hubieran caído en desuso.
En lo cual es preciso reconocer una especie de modernismo moral, jurídico y social, que reprobamos con toda ener gía a una con aquel modernismo dogmático.
Hay, pues, que traer a la memoria las doch'inas y preceptos que hemos dicho; hay que avivar en todos el mismo ardor de la fe y de la caridad divina, que es el único que puede abrir la inteligencia de aquellas y urgir la observancia de éstos. Lo cual queremos que se lleve a cabo sobre todo en la educación de la juventud cristiana, y todavía más en especial en aquella que se está formando para el sacerdocio; no sea que en este tan gran trastorno de cosas y tanta confusión de ideas, ande fluctuando, como dice el Apóstol, y se deje llevar de aquí para ellá de todos los vientos de opiniones por la malicia de los hombres, que engañan con astucia para introducir el error(55).
20. Atraer a los que estáu fuera de de la Iglesia.
Y mirando N os en derredor desde esta como atalaya y a manera de alcázar de la Sede Apostólica, ofrécense todavía a Nuestra vista, Venera bles Hermanos, muchos en demasía que, o por desconocer del todo a Cristo, o por no conservar íntegra y pura la doctrina o la unidad requerida, no son todavía de este redil, al cual, sin em bargo, están destinados por Dios. Por lo cual el que hace las veces de Pastor eterno no puede menos que, inflamado en los mismos sentimientos, echar mano de las mismas expresiones, muy breves ciertameate, pero llenas de amor y de la más tierna compasión: Debo recoger también aquellas ovejas(56); y traiga a la memoria con la mayor alegría aquel vaticinio del mismo Cristo: y oirán mi voz, y se hará un solo rebaño y un solo pastor(57). Dios quiera, Venerables Her manos, que lo que Nos con vosotros, y con la porción de la Iglesia a vosotros encomendada, con un mismo corazón imploramos en Nuestras oraciones, vea mos con el resultado más satisfactorio realizada cuanto antes esta tan consola dora y cierta profecía del divino Cora zón.
Aprecio universal con que se distin gue hoy a la Santa Sede.
Un como feliz augurio de esta unidad religiosa pare ció haber brillado en el hecho memo rable de estos últimos tiempos, por vos otros sin duda advertido, para todos inesperado, para algunos tal vez desa gradable; para Nos y para vosotros ciertamente gratísimo, de que la mayor parte de los personajes principales y los gobernantes de casi todas las naciones, como si obedecieran a un mismo im pulso y deseo de la paz, han querido como a porfía, o restablecer las anti guas relaciones con esta Sede Apostó lica, o hacer con ella por primera vez pactos de concordia. Lo cual con razón Nos llena de gozo, no solamente por lo que se acrecienta la autoridad de la Iglesia, sino también por el esplenqor que cobra su beneficencia y la experien cia a todos ofrecida del poder en ver dad admirable que sólo posee esta Igle sia de Dios, para procurar a la socie dad todo linaje de prosperidades, in cluso la civil y terrena.
Relación del poder eclesiástico con el civil.
Porque, aunque ella por orde nación divina entiende directamente en los bienes espirituales e imperecederos, sin embargo, por la estrecha conexión que reina en todas las cosas, es tanto lo que ayuda a la prosperidad aun terre na, lo mismo de los individuos que de la sociedad, que más no ayudaría si para fomentarla hubiera sido primaria mente instituida.
Y si la Iglesia mira como cosa veda da el inmiscuirse sin razón en el arreglo de estos negocios tenenos y meramente políticos, sin embargo, con todo dere cho se esfuerza para que el poder civil no tome de ahí pretexto; o para oponer se de cualquier manera a aquellos bie nes más elevados de que depende la sal vación eterna de los hombres, o para intentar su daño y perdición con leyes y decretos inicuos, o para poner en peligro la constitución divina de la Igle sia, o finalmente, para conculcar los sagrados derechos del mismo Dios en la sociedad civil.
Intangibilidad de los derechos de la Iglesia.
Así que enteramente con el mismo propósito, y valiéndonos tam bién de las mismas palabras que usó el muy llorado Predecesor Nuestro, BENE DICTO XV, a quien tantas veces Nos hemos referido, en su última alocución de 21 de noviembre del año pasado (1921), que versó sobre las relaciones mutuas entre la Iglesia y el Estado, Nos también declaramos, como él santamen te declaró, y de nuevo confirmamos: "que jamás Nos consentiremos que en tales convenios se introduzca nada que desdiga de la dignidad y libertad de la Iglesia,. la cual que quede a salvo e incólume es de suma importancia, sobre todo en este tiempo aun para la misma prosperidad de la sociedad civil"(58).
La "Cuestión Romana" y los Estados pontificios usurpados.
Y siendo esto así, no hay para qué decir con qué dolor vemos que entre tantas naciones que viven en relaciones amistosas con esta Sede Apostólica falte Italia; Italia, Nuestra patria querida, escogida por el mismo Dios, que con su providencia dirige el curso y orden de todas las cosas y tiempos, para colocar en ella la Sede de su Vicario en la tierra, para que esta santa ciudad, asiento un tiem po de un imperio muy extendido, pero al fin limitado a ciertos términos, lle gase un día a ser cabeza de todo el orbe de la tierra. Puesto que, como Sede de un Principado divino, que por sn natu raleza trasciende los fines de todas las gentes y naciones, abarca las naciones y los pueblos todos. Pero tanto el origen y la naturaleza divina de este principa do, como el sagrado derecho de los fieles todos que habitan en toda la tie rra, exige que este sagrado Principado no parezca hallarse sujeto a ningún po der humano, a ninguna ley (aunque éstl prometa, mediante ciertas defen sag o garantías, proteger la libertad del Romano Pontífice), sino qne debe ser y aparecer bien clara y completamente independiente y soberano.
Pero aquellas defensas de la libertad, con que la divina Providencia, señora y árbitro de los acontecimientos huma nos había protegido la autoridad del Romano Pontífice, no sólo sin detri mento de Italia, sino con grande pro vecho suyo; aquellas defensas qne por tantos siglos se habían mostrado muy a propósito para el designio divino de asegurar la dicha libertad, y para cuya sustitución ni la divina Provideneia ha indicado nada a propósito hasta el presente, ni los hombres han hallado entre sus proyectos nada semejante; aqnellas defensas fueron echadas por tierra por fuerza enemiga y siguen hasta ahora violadas, y con eso se han creado al Romano Pontífice condiciones de vida tan extrañas que tienen perpetuamrnte llenos de tristeza los corazones de los fieles todos esparcidos por todo el mun do. Nos, pues, herederos, lo mismo de los pensamientos que de los deberes de Nuestros Predecesores, investidos de la misma autoridad, a quien únicamente corresponde decidir en materia de tamaña importancia, movidos no ciertamente por una vana ambición de reino temporal (pues sería un motivo cuyo menor influjo Nos avergonzaría grande mente), sino que, puesto el pensamiento en la hora de Nuestra muerte, acordán donos de la rigurosa cuenta que hemos de dar al divino Juez, renovamos desde este lugar, según lo pide la santidad de Nuestro cargo, las protestas que hicieron Nuestros dichos Predecesores en defensa de los derechos y de la digni dad de la Sede Apostólica.
21. Deseos de pacífico arreglo de la Cuestión Romana y pacificación universal.
Por lo demás, jamás Italia ten drá que temer daño alguno de esta Sede Apostólica; pues el Romano Pontífice, séalo el que lo fuere, siempre podrá de cir con toda verdad aquello del Pro feta: Yo tengo pensamiento de paz y no de aflicción(59), de paz verdadera digo, y por lo mismo inseparable de la justicia; de modo que pueda añadirse: la juticia y la paz se dieron ósculo(60). A Dios, omnipotente y misericordioso, toca el hacer que llegue por fin a albo rear día tan alegre, que será muy fecundo en toda clase de bienes, ya para la restauración del reino de Cristo, ya para el arreglo de los asuntos de Italia y del mundo entero; y para que no quede frustrado, trabajen diligentemen te todos los hombres de recto sentir.
Oración por la paz en Navidad.
Y para que cuanto antes se otorguen a los hombres los regalados dones de la paz, encarecidamente exhortamos a todos los fieles que a una con Nos insten con santas oraciones, especialmente en estos días del Nacimiento de Nuestro Señor JESUCRISTO, Rey Pacífico, en cuya ve nida a este mundo por primera vez can taron las huestes angélicas: Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz a los hombres de buena voluntad(61).
Bendición Apostólica.
Finalmente, como una prenda de esta paz, queremos Venerables Hermanos, que sea Nuestra Apostólica Bendición la que presagian do a cada uno del clero y del pueblo fiel y también a los mismos Estados y familias cristianas, toda suerte de di chas, lleve la prosperidad a los vivos y a los difuntos descanso y felicidad eter na; bendición que como testimonio de Nuestra benevolencia damos de todo corazón a vosotros y a vuestro clero y pueblo.
Dado en Roma, en
San Pedro, día 23 de diciembre de 1922, de Nuestro Pon tificado
el año primero.
PIO
PAPA XI.
NOTAS
(1) II Cor. 11, 28. (volver)
(2) II Cor. 11, 28. (volver)
(3) Jer. 8, 15. (volver)
(4) Jer. 14, 19. (volver)
(5) Is. 59, 9, 11 (volver)
(6) 1 Cor. 2, 14. (volver)
(7) Efes. 4, 12. (volver)
(8) Marc. 7, 23. (volver)
(9) Rom. 7, 2 (volver)
(10) Ecl. 1, 2. 14. (volver)
(11) Santiago 4, 1. volver)
(12) Prov. 14. 34. (volver)
(13) De Civ. Dei, 1, 4, c. S. (volver)
(14) Is. 1, 28. (volver)
(15) Juan 15; 5. (volver)
(16) Luc. 11, 23. (volver)
(17) Efes. 5, 32. (volver)
(18) Col. 3, 15. (volver)
(19) Juan 14. 17. (volver)
(20) I Reg. 16, 7. (volver)
(21) Mat. 23. 8. (volver)
(22) Juan 15, 12. (volver)
(23) Gal. 6, 2. (volver)
(24) Salmo 9, 5. (volver)
(25)) Is. 32, 17. (volver)
(26) Efes. 2. 14. (volver)
(27) II Cor. 5, 18; Efes. 2, 16. (volver)
(28) II Cor. 5, 18. (volver)
(29) Juan 3, 6. (volver)