Solyenitsin en España en 1976
Pío Moa en la presentación de la reedición
de su libro de memorias en el Ateneo de Gijón el 14 de noviembre
de 2002
http://www.libertaddigital.com/ilustracion_liberal/articulo.php/339
La visita de Solyenitsin a España, a poco de la muerte de Franco y cuando aun subsistía su régimen prácticamente intacto. Solyenitsin, premio Nobel de literatura y uno de los grandes testigos y denunciadores del totalitarismo en el siglo XX, hizo estas declaraciones en Televisión Española:
"Sus progresistas llaman dictadura al régimen vigente en España. Hace diez días que yo viajo por España y he quedado asombrado. ¿Saben ustedes lo que es una dictadura? He aquí algunos ejemplos de lo que he visto. Los españoles son absolutamente libres para residir en cualquier parte y de trasladarse a cualquier parte de España. Nosotros, los soviéticos, no podemos hacerlo. Estamos amarrados a nuestro lugar de residencia por la propiska (registro policial). Las autoridades deciden si tengo derecho a marcharme de tal o cual población. También he podido comprobar que los españoles pueden salir libremente al extranjero. Sin duda saben ustedes que, debido a fuertes presiones ejercidas por la opinión mundial y por los Estados Unidos, se ha dejado salir de la Unión Soviética, con no pocas dificultades, a cierto número de judíos. Pero los judíos restantes y las personas de otras nacionalidades no pueden marchar al extranjero. En nuestro país estamos como encarcelados.
"Paseando por Madrid y otras ciudades, he podido ver que se venden en los kioscos los principales periódicos extranjeros. ¡Me pareció increíble! Si en la Unión Soviética se vendiesen libremente periódicos extranjeros, se verían inmediatamente decenas y decenas de manos tendidas, luchando por procurárselos.
"También he observado que en España uno puede utilizar libremente máquinas fotocopiadoras. Cualquier individuo puede fotocopiar cualquier documento depositando cinco pesetas en el aparato. Ningún ciudadano de la Unión Soviética podría hacer una cosa así. Cualquiera que emplee máquinas fotocopiadoras, salvo por necesidades de servicio y por orden superior, es acusado de actividades contrarrevolucionarias.
"En su país -dentro de algunos límites, es cierto- se toleran las huelgas. En el nuestro, y en los sesenta años de existencia del socialismo, jamás se autorizó una sola huelga. Los que participaron en los movimientos huelguísticos de los primeros años de poder soviético fueron acribillados por ráfagas de ametralladoras, pese a que sólo reclamaban mejores condiciones de trabajo. Si nosotros gozásemos de la libertad que ustedes disfrutan aquí, nos quedaríamos boquiabiertos.
"Hace poco han tenido ustedes una amnistía. La califican de "limitada". Se ha rebajado la mitad de la pena a los combatientes políticos que habían luchado con las armas en la mano (se refiere a los terroristas). ¡Ojalá a nosotros nos hubiesen concedido, una sola vez en veinte años, una amnistía limitada como la suya! Entramos en la cárcel para morir en ella. Muy pocos hemos salido de ella para contarlo".
Los antifranquistas reaccionaron con auténtica furia contra Solyenitsin. Órganos de prensa comunistas o comunistoides, pero legales y muy difundidos, como la revista Triunfo, acusaron a televisión de crear un "escándalo" y de renovar la guerra civil por medio de una "operación de propaganda" para "acometernos por medio de una disertación fanática y apasionada". Para ellos, denunciar la realidad soviética y compararla con la española, significaba una actitud guerracivilista y un ataque a la democracia esperada.
Esa manera de ver las cosas era normal en una
publicación prácticamente comunista, pero de modo semejante
pensaban otros muchos miembros de la oposición. Quizá quien
más se destacó en el rechazo al superviviente del Gulag fuera
el escritor Juan Benet, que en la revista
cristiana Cuadernos para el diálogo,
escribió frases tan dialogantes como éstas: "Todo esto,
¿por qué? ¿Porque [Solyenitsin] ha escrito cuatro novelas, las
más insípidas, las más fósiles, literariamente decadentes y
pueriles de estos últimos años? ¿Porque ha sido galardonado
con el premio Nobel? ¿Porque ha sufrido en su propia carne -y
buen partido ha sacado de ello- los horrores del campo de
concentración? Yo creo firmemente que, mientras existan
personas como Alexandr Soljenitsin, los campos de concentración
subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco
mejor guardados, a fin de que personas como Alexandr Soljenitsin
no puedan salir de ellos (
) Nada más higiénico que el
hecho de que las autoridades soviéticas -cuyos gustos y
criterios sobre los escritores rusos subversivos comparto a
menudo- busquen la manera de librarse de semejante peste".
De esta forma se refería un escritor mediano, aunque muy
jaleado, como Benet, a uno de los grandes escritores del siglo
XX. Así, un intelectual próspero y burgués, que extraía
abundantes rentas políticas y literarias de su cómoda
oposición a la limitada dictadura de entonces, despreciaba a
quien había sufrido el infierno del Gulag, y lo calumniaba
precisamente por denunciar la realidad del sistema soviético.
Benet, un intelectual muy emblemático del antifranquismo, no se
quedó solo, ni muchísimo menos. Con alguna rara excepción,
como la de J. P. Quiñonero en el diario Informaciones,
todo el mundillo autodenominado progresista e izquierdista,
incluyendo a Montserrat Roig y a un buen número de opinadores
hoy olvidados, se cebó en el escritor ruso con insultos como
"paranoico clínicamente puro", "viejo patriarca
zarista", "embustero", "payaso",
"turista privilegiado", "enclenque",
"chorizo", "espantajo", "mendigo
desvergonzado", "bandido", "hipócrita",
"mercenario", etc. Y aún fue más significativa la
reacción de personajes indudablemente derechistas, pero
asustados de recibir el mote de reaccionarios, que
reflejaban el antes aludido influjo de las ideas comunistas. Cela,
por ejemplo, escribió: "Soljenitsin no está solamente
contra España (
) lo cual no sería nada. Está contra
Europa. Heraldo de tristeza (
) No tenemos necesidad de
pájaros de mal agüero". O Jiménez de Parga:
"Uno pierde la calma delante de quien, sirviéndose de las
pantallas de TV, pretende tomarnos por imbéciles, permitiéndose
explicar precisamente en España lo que es una dictadura".
La reacción contra Solyenitsin no puede considerarse una simple
salida de tono, sino una plena revelación, el autorretrato al
desnudo de un antifranquismo que generalmente disimulaba con más
cuidado su verdadera ideología. Pues la defensa, o al menos la
simpatía, y siempre la ocultación de la realidad soviética,
formaban parte muy importante de la conducta de aquella
oposición al régimen de Franco, y por ello las palabras del
Solyenitsin la hirieron muy en lo vivo, y la obligaron a saltar
como lo hizo. La identificación entre antifranquismo y
democracia, insisto, es básicamente falsa.