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Textos de Francisco Canals Vidal
artículos de Cristiandad de Barcelona
El reino mesiánico
Francisco Canals Vidal
(Artículo aparecido en la revista Verbo, nros.71-72, año 1969)
La temática de Teología de la Historia
anunciada con este título va a ser desarrollada en una
conversación con ustedes; no en forma de conferencia ni de
lección magistral. Nadie podría ser maestro; mucho menos yo, en
la interpretación de la palabra de Dios sobre el sentido de la
historia. Será una confidencia íntima entre amigos, con los que
se tiene la seguridad de poder hablar sin el riesgo a ser mal
interpretádo. Trataré así de dar a conocer, o de recordar a
los que ya lo conocen, el pensamiento teológico en torno a la
historia que profesó y enseñó el P. Ramón Orlandis, S. 1.,
fundador de Schola Cordis Iesu, inspirador de la revista
Cristiandad; el que fue maestro de muchos de nosotros y también
de algunos amigos inolvidables que ya nos dejaron.
No pretendemos abarcar, naturalmente, el sistema completo del P.
Orlandis, sino de señalar algunas líneas orientadoras y
sugerencias nucleares. Esta confidencia merece ser dicha y oída
con humildad cristiana, espíritu de fe y deseo de confirmar
nuestra esperanza en Jesucristo Rey.
* * *
El tema secular de la polémica entre "los
judíos", hijos del pueblo escogido que había recibido la
promesa del Mesías y que no recibieron su advenimiento, y los
cristianos, los que creemos que Jesús de Nazaret, hijo de María
Virgen, es el Mesías prometido a Israel, el Hijo de Dios
Salvador del mundo, ha sido el del cumplimiento de las profecías
mesiánicas. Para el judío creyente en la Ley y en los Profetas,
y que en nombre de ellos niega que Jesús sea el Rey Mesías, el
argumento de su incredulidad fue siempre el de que por Jesús de
Nazaret no han venido a Israel y las naciones los bienes
profetizados como signo y fruto del advenimiento.
Leemos en el profeta Miqueas:
"Acontecerá en los últimos tiempos que el monte de la casa
de Yahveh será constituido por cabeza de todos los montes; más
alto que todo collado, los pueblos correrán a él; muchas
naciones vendrán y dirán: venid, subamos al monte de Yahveh, a
la casa del Dios de Jacob; nos enseñará sus caminos, andaremos
por sus sendas, porque la Ley saldrá de Sión, la palabra de
Yahveh saldrá de Jerusalén; y juzgará entre muchos pueblos, y
corregirá a las naciones fuertes hasta muy lejos, y convertirán
las gentes sus espadas en azadones, sus lanzas en hoces. Ninguna
nación alzará la espada contra otra; ya no se ensayarán para
la guerra; cada uno se sentará debajo de su vid y debajo de su
higuera y no habrá quien amedrente porque la boca de Yahveh de
los ejércitos así lo ha dicho. Bien que todos los pueblos
anduvieren cada uno en el nombre de sus dioses, nosotros
andaremos en el nombre de Yahveh, nuestro Dios para siempre y
eternamente."
y en Isaías:
"Saldrá una vara del tronco de Jesé, un vástago
retoñará de su raíz y sobre El reposará el espíritu de
Yahveh, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de
consejo de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor de
Yahveh, y hará entender diligente en el temor de Yahveh, no
juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que
oyeren sus oídos, sino que juzgará con justicia a los pobres y
argüirá con equidad para los mansos sobre la tierra, y herirá
la tierra con la vara de su boca, con el espíritu de sus labios
matará al impío y será la justicia cinto de sus lomos y la
fidelidad ceñidor de sus riñones; morará el lobo con el
cordero y el tigre con el cabrito se acostará, el becerro y el
león y la bestia doméstica dormirán juntos y un niño los
podrá pastorear; la vaca y la osa pacerán, sus crías se
echarán juntas, y el león comerá paja como el buey y el niño
de teta se entretendrá sobre la cueva del aspid, y el recién
destetado extenderá su mano sobre la caverna del basilisco; no
harán mal ni dañarán en todo mi santo monte, porque la tierra
estará llena del conocimiento de Yahveh como el mar cubierto por
las aguas; y acontecerá que la raíz de Jesé será puesta como
enseña sobre las naciones y buscada por todas las gentes;
acontecerá que Jahveh tornará a tomar otra vez su mano para
reunir las reliquias de su pueblo de Asur, de Egipto, de Partia,
de Etiopía y de Persia, de Caldea, de Jamat y de las Islas;
juntará los desterrados de Israel y los reunirá los esparcidos
de Judá de los cuatro cantones de la tierra."
A los judíos es prometida la reunión del Israel disperso, la
liberación de Israel y del mundo entero de las guerras, de la
opresión, de la tiranía, la justicia para los pobres y los
mansos; todo el mundo, como está el mar lleno de agua, lleno de
conocimiento de Yahveh; todas las naciones buscando en Jerusalén
la Ley salvadora de Dios, la paz mesiánica, los bienes
mesiánicos;las naciones viendo en Israel brillar la bendición
de Yahweh, todos los ídolos de las gentes, hundidos, derribados
por la manifestación del rey Mesías. Esto es lo que los
profetas anunciaban.
También anunciaban un siervo sufriente, rechazado por su pueblo,
también anunciaban que el pueblo rechazaría y sería reprobado,
dejaría de ser pueblo; también anunciaban que el pueblo que
Dios buscaba quedaría rechazado y que las naciones que no le
buscaban serían ahora el pueblo de Dios. Pero también
anunciaban esto que acabamos de leer. ¿Es muy extraño que el
pueblo de Israel considerase que el advenimiento del Mesías
tenía que ser la bendición para Israel? ¿Es muy extraño que
pudiese preguntar a los cristianos si acaso Jesús de Nazaret
había hecho desaparecer las guerras entre las naciones o había
hecho desaparecer toda tiranía y opresión en el mundo?
* * *
Este es el tema de los judíos con los
cristianos. En el siglo II, San Justino el Filósofo nos lo
refiere en su diálogo. El judío Trifón le arguye a Justino que
los cristianos han abandonado a Dios para adorar a un hombre, a
Jesús; que han abandonado la Ley de Yahveh. Justino comienza por
vindicarse de la acusación de que los cristianos no adoran al
Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, y dice: "Reconocemos
que no hay otro Dios que el que creó el universo, el Dios de
Abraham, de Isaac y de Jacoh, nos consideramos linaje
israelítico, hijos de Judá, de Jacob, de Isaac y de Abraham, a
quien Dios cuando le llamó -dice el cristiano al judío- le
prometió que sería padre de muchas naciones. Nosotros somos
este linaje de Abraham." Por Trifón, el judío, le replica:
"Pero vamos a ver, dime, ¿reconocéis vosotros que
Jerusalén será restaurada, que vuestro pueblo se congregará;
esperáis triunfar juntamente con los Patriarcas y Profetas, los
que fueron de nuestro linaje, los que se juntaron con nosotros
antes de que viniese vuestro Cristo?" Y le dice: "¿no
será que para aparentar que nos superáis en las controversias
os refugiáis en la aceptación de todo esto?". Estamos ante
el problema central. El judío le dice al cristiano: ¿esperáis
vosotros lo que los Profetas anunciaron, o no lo esperáis?
¿Esperan los cristianos lo que anunciaron los Profetas?
¿Esperan la restauración de Israel y la reuniÓn de las
naciones con él? ¿Esperan la paz mesiánica? El judío sospecha
que para el cristiano son ésas vanas e ilusorias esperanzas del
pueblo judío, que veía en el Mesías a quien había de
restituir el reino a Israel. Cuando los creyentes en Cristo
confiesan que también ellos esperan la conversión de Israel y
el cumplimiento de los bienes mesiánicos por la consumación del
Reino, sospecha el judío que habla así para no verse obligado a
reconocer que vanamente cree en Jesucristo. En el lenguaje del
apologista cristiano se patentizaría sólo la argucia hipócrita
que disimula la no aceptación del mensaje de los Profetas de
Israel.
San Justino replica airadamente: "No soy tan miserable que
diga una cosa sintiendo otra. Yo y otros muchos cristianos así
pensamos, de modo que tenemos como absolutamente cierto que así
será. Así pues, yo y los cristianos que en todo sienten
rectamente sabemos y creemos esto: Creemos en la resurrección de
la carne, en la restauración de Jerusalén, la que profetizaron
Ezequiel e Isaías y todos los demás Profetas. Pero he
reconocido también -añade- que por su parte muchos, incluso del
linaje de los cristianos, no reconocen lo que afirma la sentencia
pura y piadosa." "En cuanto a los que se llaman a sí
mismo cristianos, pero que son impíos y ateos herejes, te he ya
mostrado que en todo sienten impíamente." Las últimas
palabras de San Justino aluden a quienes niegan, con la
restauración de Israel y el reino mesiánico, también la
resurrección de la carne, la realidad de Cristo encarnado -del
Cristo histórico diríamos hoy- y blasfeman del Dios de Abraham,
de Isaac y de Jacob. Son los gnósticos, que se oponían
antitéticamente a los cristianos judaizantes, ebionitas y
milenaristas: los que, aun aceptando la fe en Cristo, deformaban
la esperanza del segundo advenimiento, reduciendo a Cristo a ser
rey de un reino mundano y visible, unívoco con las potestades
terrenas.
Para los gnósticos carecía de sentido la Encarnación, pues
todo lo que hay sobre la tierra y en el mundo visible es
constitutivamente malo, efecto de un principio inferior y
"caído", es decir, del Dios de Israel. Cristo no
venía sino a liberamos de la naturaleza y de la ley. Los
milenaristas esperaban un Cristo y un reino mesiánico, cuyo
sentido acertaríamos probablemente a expresar refiriéndonos a
la empresa religioso-política de los primeros califas
islámicos.
* * *
En el Adversus Hereses de San Ireneo, el mayor
de los Padres antignósticos, leemos: "No sería ya
Jesucristo quien tiene carne y sangre por la que nos redime si no
recapitulase en sí todo lo que creó antes Dios en Adán. Vanos
son, pues, los de Valentín que así dogmatizan y excluyen la
salvación de la carne y desprecian la creación de Dios. Y vanos
son también los ebionitas, que no aceptan la unión de Dios y el
hombre, sino que perseveran en la vieja levadura. Reprueban
éstos la conmixtión del vino celeste y quieren ser sólo agua
secular (Conmixtionem vini coelestis reprobant et solamt aquam
salecularem volunt esse). No aceptan que DioS venga a unirse con
ellos y perseveran en el Adán que cayó y fue arrojado del
paraiso."
En estas palabras de un Padre del siglo II tenemos una
definición rigurosamente actual de la reducción del reino
mesiánico en el horizonte de un humanismo judío, de una
comprensión ebionita, esto es, de defensa y revancha de los
pobres, en fuerza de la cual se desdeña la gracia y el orden
sobrenatural.
* * *
Rafael Gambra nos ha hablado con rigor y
profundidad de la dialéctica hegeliana. Hegel llegó a
considerar la dialéctica como el método absoluto a partir de
una reflexión sobre la historia de la filosofía griega. La
historia de los errores religiosos muestra también movimientos
de oposición y de superación sintética de contrarios, cuya
correcta interpretación no podría conducir a un determinismo
racionalista ni al reconocimiento del carácter absoluto del
devenir dialéctico; antes al contrario, pondría de manifiesto
la inestabilidad, e inconsistencia del error.
En cuanto mal en el orden intelectual, todo error proviene de un
cerrarse soberbio del hombre sobre sí mismo. Siempre se
"recortará" así la realidad; y la parcialidad de las
afirmaciones impulsará el movimiento de contradicción y de
superación de los opuestos. Pero la síntesis de los momentos
opuestos no podrá alcanzar la integridad y coherencia de la
verdad y de la unidad ontológicas.
Desde los primeros siglos hallamos un enfrentamiento antitético
en los errores y herejías que deforman la vida cristiana: la
antítesis entre el error judío, el ebionismo negador de la
divinidad de Cristo, y la gnosis antinomista, hostil al orden
creado, despreciadora de lo humano en odio al Creador.
El reflexionar sobre esta dialéctica del error, escisión
satánica del misterio, que contrapone aspectos parciales para
dar fueza y apariencia de verdad cristiana a la herejía, puede
ayudamos hoy a comprender nuestra situación. Muchos autores han
mostrado en el marxismo la reducción, ya explícitamente
antiteística, del ebionismo judaico, que ya San Ireneo
caracterizaba como desprecio de lo divino y opción de
exclusivismo secular.
* * *
La Escritura presenta insistentemente al pueblo elegido por Dios
pobre y oprimido, y a los gentiles opresores como poderosos y
ricos; se promete la liberación de los oprimidos frente a las
naciones y a los poderosos soberbios.
El marxismo, heredero, secular izado hasta el antiteísmo, del
concepto ebionita de la esperanza mesiánica, ha convertido en
resentimiento contra Dios la esperanza incumplida de la justicia
sobre la tierra.
El proletariado ocupa el puesto de Israel; la burguesía el de la
gentilidad; El Capital suplanta a la Biblia; Carlos Marx es el
Mesías; el Partido sustituye a la Iglesia; el segundo
advenimiento y el reino consumado sobre la tierra es sustituido
por la revolución; el hundimiento de la burguesía equivale al
castigo de las naciones idólatras; en lugar del milenio tenemos
la sociedad sin clases.
Estos paralelismos, establecidos por Russell y otros autores,
revelan la vigencia en nuestro tiempo, después de la apostasía
de las naciones cristianas, de un humanismo antiteístico cuyo
origen no es "gentil", sino "judío";
humanismo que consiste en la radicalización del orgullo judío
por el que Israel fue reprobado: el error de creer que la
elección del pueblo pobre de Israel se fundaba en su propia
justicia.
No merecemos ante Dios por nuestro talento, ni tampoco por falta
de él; por nuestra riqueza o prestigio, ni porque carezcamos de
prestigio y de riqueza. Y si Dios se complace en elegir las cosas
que "no son'" para confundir a las que "son",
al ignorante y al pobre con mayor benevolencia que al rico y al
prestigioso y poderoso en el mundo, lo hace para patentizar ante
los hombres que es El quien salva por su gracia. Y exige que
quien es salvado tenga fe en la salvación de Dios y reconozca
que no tenía ante El títulos para serlo. Para que no se gloríe
el sabio en su sabiduría ni el rico en su riqueza, ni el pobre y
el ignorante en la justicia de sus obras.
La esencia del fariseísmo consiste en esta gloria en las obras
propias. Los fariseos se gloriaban en las promesas de Dios a
Israel como si les fuesen debidas en virtud de su observancia de
la Ley, y así despreciaban a las naciones. El extremo
fariseísmo contagió al cristianismo judaizante; se comprende
así el sentido del ebionismo: Nosotros, los judíos, los pobres,
somos los justos ante Dios. Y este ebionismo es el que persevera
en el marxismo.
Y este mismo ebionismo originó paradójica y dialécticamente el
capitalismo; porque si el pobre y el oprimido se siente elegido
por sus propios méritos y se enorgullece en su elección, se
instala en la más profunda de las soberbias; la que sintieron
los grandes dirigentes del jansenismo o del calvinismo puritano;
la exaltada estrechez de los dirigentes del islamismo. Y en la
expansión musulmana realizan los árabes lo que los judíos
creían leer en sus profetas; y los "santos " de
Cronwell aniquilan y oprimen a los irlandeses; y los
descendientes de los "peregrinos" emigrados al Nuevo
Mundo se enriquecen con el exterminio de los indios y la compra
de los hijos de Cam. En todo esto persevera también el
fariseísmo judaico en Occidente a través de la orgullosa
lectura calvinista de la Biblia.
Es este un modo de entender la bendición divina como
enriquecedora del pobre: es la revancha de los elegidos, que
toman los despojos de sus opresores y se sitúan por encima de
ellos, para ser ahora los elegidos los tiranos y tener los
gentiles a su servicio. Esto es propiamente el milenarismo.
Los Padres que se enfrentan a él aducen textos en que se
interpretan las bienaventuranzas como si prometiesen a los santos
resucitados en el reino milenario el ciento por uno en riquezas y
placeres en premio de la renuncia y de la pobreza. Y esto, que no
ocurrirá en la resurrección, lo hemos visto realizado en la
fundación del capitalismo occidental.
* * *
La vana deformación ebionita de la esperanza
del Reino en un humanismo secular ha continuado su obra a lo
largo de los siglos. E igualmente la antítesis, la gnosis hostil
a la naturaleza y que reviste el odio a Dios de desprecio de los
bienes terrenos.
Gnosis y milenio se sintetizan, por otra parte, reiteradamente en
la historia y, con influencia patente y universal, se entrañan
en los errores de nuestro tiempo.
La expresión más "moderna" de la gnosis, en el
sentido en que ahora nos interesa considerar, lo hallamos en la
obra de Marción. Cristo representa la antítesis del Antiguo
Testamento.
Su enseñanza revela que la obra del Dios de Israel, el mundo
creado, es mala; que todo lo que hay en la naturaleza es
contrario a la libertad que Cristo nos trae, la que nos emancipa
y opone a la Ley y a la naturaleza creada por el Dios de Israel.
y si hoy hallamos en el cristianismo social secularizado,
continuador del ebionismo, también el concepto de un
cristianismo sin Dios, y el rechazo de la idea del poder divino,
para ponderar la debilidad y humillación de Cristo, vemos
sobrevivir aquí la idea marcionita: el Padre de Cristo no es
Señor del mundo, no es omnipotente y dominador, sino que el Dios
supremo y bueno del que Cristo es Hijo, y que se opone al Dios de
Israel, es sólo bondadoso y liberador.
Otros aspectos de las corrientes gnósticas los podemos hallar
explicados en San Ireneo: "Después de que el Anticristo
haya devastado todas las cosas de este mundo, sentándose en el
Templo de Jerusalén -según los Santos Padres el reino del
Anticristo sería recibido como el esperado reino mesiánico por
los judíos nuevamente reunidos en Jerusalén en el que de nuevo
reconstruirían el Templo- vendrá el Señor en la gloria del
Padre y restituirá a Abraham la promesa de la herencia.
"Pero algunos de los que creen pensar rectamente alteran el
orden de la resurrección de los justos e ignoran el proceso
hacia la incorrupción por tener sentimientos heréticos: pues
los herejes, despreciando lo que Dios ha creado y no aceptando la
salvación de su carne, afirman que con la muerte se sobrepasan
los cielos y el Demiurgo para ir hacia la Madre o hacia aquel
Padre fingido por ellos. Pues no es de extrañar que los que
reprueban la resurrección universal ignoren también el orden de
la resurrección."
"Hay algunos cuya opinión es desviada por el lenguaje de
los herejes y vienen a ser ignorantes de la dispensación divina
y del misterio de la resurrección de los justos y del
Reino."
Antitética a la vanidad ebionita, la "herejía", la
"gnosis" impugnada por San Ireneo no reconoce en este
mundo nada que salvar. Podríamos decir que se trata de un
"cristianismo de trascendencia". No hay esperanza del
reino mesiánico y no la hay tampoco de la resurrección de los
justos. La muerte es un retorno a la Madre -la suprema divinidad
femenina, la Gran Madre de los cultos asiáticos que pervive hoy
en lo femenino unitivo de Teilhard de Chardin- o hacia
"aquel Padre que fingen": que no es sino el principio,
el indeterminado abismo de que todo se origina.
Si el milenarismo representa la deformación de la esperanza
mesiánica, la visión secularizada del segundo advenimiento, el
pasaje de San Ireneo -paralelo al que antes hemos citado del
diálogo con el judío Trifón de San Justino- muestra la
negación de la esperanza del reino como una minimización o
recorte de la fe cristiana, efecto de la influencia de las gnosis
enemigas del Dios de Israel, hostiles a la Ley y a los Profetas,
y despreciadores de los dones y de la creación de Dios.
Milenarismo ebionita y gnosis negadora del Reino de Cristo y de
la plenitud del Israel restaurado son errores antitéticos que
desconocen la dispensación del Reino de Cristo.
* * *
En la "modernidad anticristiana" una
síntesis gnóstico-ebionita pone en movimiento el dinamismo del
error y deforma de raíz la mágica idea del Progreso. Es esta
una idea "anticristiana" en el sentido más profundo y
propio de la palabra; la concreción en el dinamismo histórico
de aquel misterio de iniquidad del que San Pablo dice que ya
actúa y que prepara la manifestación del hombre del pecado, que
se, enfrenta a todo lo que se llama Dios o recibe culto.
El carácter anticristiano de esta idea del progreso radica
precisamente en que escinde y desorienta conceptos e ideales
presentes en la historia como herencia de Israel y de la
revelación bíblica. Nos habla de redención, pero no es la
redención del hombre por la gracia divina; es una redención
según elementos del mundo y que obra diríamos mágicamente: por
el proceso írreversible de la Historia, por las exigencias del
nivel de nuestro tiempo, somos redimidos del pasado,
constitutivamente malo. Esta redención progresista presenta los
caracteres de inmanencia secular e intramundana del ebionismo,
pero a la vez revela aquel dualismo de las gnosis. Por esto, más
que un proceso lineal de maduración en el tiempo, se concibe el
Progreso como una serie de choques dialécticos redentores: a
fines del siglo XVIII la burguesía redimia de la nobleza; más
tarde el proletariado redime de la burguesía; en nuestro tiempo
la juventud redime de los "padres podridos".
Oímos frecuentemente afirmaciones universitles de este tipo: Los
jóvenes de hoy son justos, puros, exigentes, y quieren un mundo
mejor, porque las generaciones anteriores lo habían construido
injusto y opresor. En consecuencia, ya no tenemos que considerar
el bien y el mal en su verdadera línea: el bien comó integridad
y el mal como privación y desorden. El bien como algo a
agradecer últimamente a la bondad y poder de Dios, y el mal y el
pecado como consistentes en la cerrazón de la soberbia. El bien
es para el progresismo algo arrojado al mar de la existencia por
la generación, y ,que va a causar el mundo nuevo, fecundo y
creador, al nivel de nuestro tiempo.
Dualismo maniqueo, y también ebionismo; ya que en todas las
polaridades, y por satánico modo, también lo que "no
es" confunde a lo que "es". Por satánico modo:
porque lo que "no es" tiene el privilegio de la
soberbia y del desprecio hacia lo que, precisamente por ,ser, es
ya anquilosado, superado y destinado a la destrucción. Estamos
ante redenciones inmanentes, mágicas, maniqueas. Se ha escindido
la divinidad misma en el dios del poder y de la justicia,
legislador y señor, y el dios de la libertad y de la
renovación. Se ha escindido la espiritualidad; se ha fragmentado
la fe; se lanza una parte de misterio contra el otro, y se
obtiene así la tensión en la que está la vida y el proceso del
movimiento dialéctico redentor.
* * *
Las esperanzas de la Iglesia en la plenitud del Reino de Cristo son hoy, como en los primeros siglos cristianos, acusadas de milenarismo judaizante: quienes así sienten parecen exigir un cristianismo puro de contaminaciones "políticas", desarraigado de la historia, del que estuviese ausente el deseo y la esperanza de una integración del orden temporal bajo el signo de la fe y de la gracia.
Pero esta misma negación del Reino de Cristo en la historia, que desde los primeros siglos hallamos en las herejías gnósticas, se sintetiza también en nuestros días con el concepto humanista e inmanente de la redención. A la vez que parece exigirse un cristianismo "liberado de toda alianza", "despolitizado", es decir, librado de la sobrevivencia del orden cristiano, se reduce la redención a la lucha social, y la tarea apostólica al compromiso temporal, que viene a ser la destrucción liberadora frente a la tradición y al pasado. Este cristianismo es simplemente revolucionario, lucha de clases, marxismo antiteístico. El príncipe de las tinieblas sigue obrando el misterio de iniquidad, sugiriendo en la mentalidad contemporánea las mismas deformaciones que se expresaron en Marción y en los ebionitas.
* * *
Dice Santo Tomás que la fe católica se
presenta cual una vía media entre errores opuestos. El
movimiento dialéctico del error sintetiza, como hemos visto,
tales oposiciones en el confuso agregado de una concepción en la
que se desintegra el sentido cristiano de la historia.
Si no seguimos ni el error judío del humanismo ebionita,
presente en nuestro tiempo en las diversas corrientes del
Evangelio social, ni el error herético, que desprecia el orden
natural y no acepta la espeanza de su integración en el Reino de
Cristo, deberemos profesar la esperanza que la Iglesia vino a
institucionalizar litúrgicamente en la fiesta de Cristo Rey.
No es erróneo milenarismo vivir, en estos tiempos de misterio de
iniquidad, en el consuelo y la esperanza a que nos invita el
Evangelio: alzar los ojos y levantar la cabeza porque se acerca
nuestra redención.
De esta esperanza vivimos los cristianos; a ella nos invita la
Escritura, que nos alienta a esperar y nos invita a suplicar con
ardiente plegaria la humillación de los poderes anticristianos.
No porque así vengamos a tener nosotros la aportunidad de llegar
a ser poderosos al modo como lo son los enemigos de Cristo:
sería esto envidiar la prosperidad de los malos y tener celos de
quienes obran la iniquidad.
"La altivez de los ojos del hombre será abatida; la
soberbia de los hombres será humillada, y sólo Yahveh será
ensalzado aquel día." Si al leer esto en la Escritura
esperamos que humillara a "nuestros" enemigos y que
nosotros "los fieles" triunfaremos, seríamos puritanos
o fariseos. Porque: "el día de Yahveh de los ejércitos
vendrá sobre todo lo soberbio y altivo y sobre todo lo ensalzado
y sobre todos los cedros del Líbano altos y sublimes; sobre los
alcornoques de Basan; sobre todos los montes altos y sobre todos
los collados levantados; sobre torre alta y sobre todo muro
fuerte; sobre todas las naves de Tarsis y sobre toda las pinturas
preciosas".
"La altivez del hombre será abatida y la soberbia de los
hombres será humillada, y sólo Yahveh será ensalzado aquel
día."
"Aquel día arrojará el hombre sus ídolos de plata y sus
ídolos de oro, que se hicieron para que fueran adorados, y se
entrarán en las hendiduras de las rocas y en las cavernas de las
peñas, por la presencia temible de Yahveh y por el resplandor de
su majestad, cuando se levantare para herir a la tierra. Dejaos
estar del hombre, cuyo hálito está en su nariz, pues ¿ por
qué tiene que ser él estimado?
Oremos con el salmista:
"Te alabaré Yahveh con todo mi corazón; cantaré tus
maravillas; me alegraré y regocijaré en Ti; cantaré tu nombre
altísimo porque mis enemigos han sido echados para atrás.
Caerán y perecerán ante Ti porque has hecho juicio de mi causa.
Te has sentado en tu silla y has juzgado justicia. Has reprendido
a las naciones y has destruido al perverso. Raíste el nombre de
ellos para siempre jamás. ¡Oh enemigo!, acabados son para
siempre los asolamientos y las ciudades que elevaste; su memoria
pereció con ellas; mas Yahveh permanecerá para siempre. Ha
dispuesto su trono para juicio, y juzgará al mundo con justicia
y a los pueblos con rectitud. Y será Yahveh refugio del pobre,
refugio para el tiempo de angustia, y en Ti confiarán cuantos
conocen tu Nombre, por cuanto no desamparaste a los que te
buscaron. Cantad a Yahveh que habita en Sión. Dad a conocer a
los pueblos sus obras: porque, demandando su sangre, no se
olvidó del clamor de los pobres."
"Hundiéronse las naciones en la fosa que hicieron; en la
red que escondieron fue tomado su pie. Yahveh fue conocido por el
juicio que hizo: el perverso fue enlazado en la obra de sus
propias manos. Serán los malos trasladados al infierno, y todas
las gentes que se olvidaron de Dios: porque no será para siempre
olvidado el pobre, ni la esperanza de los pobres perecerá para
siempre. Levántate, ¡oh Yahveh!, no sea que prevalezca el
hombre. Sean ante Ti juzgadas las naciones. Pon, ¡oh Yahveh!,
temor en ellas: conozcan las naciones que no son más que
hombres."
Para terminar esta confidencia alentémonos a la plegaria con la
que roguemos a Dios que no tarde ya, que no calle por más
tiempo.
En las profecías se nos habla del silencio de Dios, y estamos en
este misterioso momento. Pero leemos en Isaías:
"Callé por largo tiempo fui como sordo y me contuve. Como
la que da a luz ahora grito y suspiro y respiro jadeante."
"Desvastaré montañas y collados y secaré la lozanía de
las plantas. En erial convertiré los ríos y dejaré en seco los
estanques. "
"Haré marchar los ciegos por un camino ignoto y les haré
pisar senderos ignorados. Ante su faz haré de las tinieblas luz,
de lo escarpado llano; todo cuanto Yo digo así lo cumpliré y no
les dejaré."
Que así sea. ¡Ven, Señor Jesús!