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El reinado de Cristo ante el laicismo
La proclamación de Cristo como rey fue el 11 de junio de 1899 con la consagración del mundo al Sagrado Corazón de Jesús por el papa León XIII. Consagró a todo el género humano al Sagrado Corazón. Incluidos los que no creen en Jesucristo y los que no son miembros de la Iglesia, ni aceptan la autoridad pontificia. La fundamentación teológica de que se consagrase también a estas personas es, como enseñan san Agustín y santo Tomás, que la doctrina de la Iglesia es que aunque los que no católicos no están bajo la autoridad de Jesucristo y de su Vicario en cuanto al ejercicio de su autoridad (quantum ad executionem potestatis), todos los hombres les están sometidos en cuanto a su autoridad en sí (quantum ad potestatem), porque según recuerdan san Agustín y santo Tomás, Jesucristo murió para redimir a todos, como revela el Espíritu Santo por medio de san Pablo: «el Cristo se ha entregado para la redención de todos».
Esta doctrina nos da también el significado de la proclamación de la realeza universal de Jesucristo mostrando su Sagrado Corazón. Y es que la autoridad de Jesucristo es universal sobre todos los hombres y el Papa, su Vicario en la tierra, tiene esta autoridad sobre todos los hombres en materia de fe y de moral, incluidos los aspectos éticos de la política; pero no la ejerce sobre los que no acatan aún la autoridad del Papa y de la Iglesia.
Cristo es rey, pero su reinado no ha llegado aún a su plenitud y consumación.
Esta doctrina de san Agustín y santo Tomás es también la clave para entender la diferenciación, que data del siglo XIX, entre tesis e hipótesis. La tesis católica es que los pueblos, los Estados con sus gobernantes a la cabeza tienen el deber para con Dios y necesitan para su buen funcionamiento acatar la autoridad de Jesucristo ejercida por el Papa, su Vicario en la tierra. Pero esto es posible si toda o casi toda la población es católica. En el siglo XIX, cuando el liberalismo se fue apoderando de los Estados y a consecuencia de ello comenzó la descristianización de los pueblos, se formuló por los teólogos católicos que en la hipótesis de que la población no sea católica, entonces la Iglesia no debe reivindicar la confesionalidad del Estado y debe limitarse a reivindicar la libertad de poder realizar su misión básica de evangelizar.
Esta distinción entre la
realeza universal de Jesucristo y la plenitud aún no
realizada del ejercicio de su reinado, o lo que es lo
mismo, la distinción entre la universalidad de
la autoridad del Papa y de la Iglesia sobre la fe y la moralidad
de los actos, incluso políticos y sociales, y la
posibilidad de su ejercicio y acatamiento, es la clave
para explicar que las autoridades eclesiásticas se limiten a
reivindivar hoy en día, la sana laicidad, mientras que el
Concilio Vaticano II lo que enseña en realidad es:
"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo
Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos
los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le
servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).
Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad
de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en
el futuro.
| "La edificación de
la casa común europea sólo puede llegar a buen puerto
si este continente es consciente de sus raíces
cristianas y si los valores del Evangelio, así como de
la imagen cristiana del hombre, son también en
el futuro el fermento de la civilización
europea" (Benedicto XVI, 3 de febrero de 2011 en solemne audiencia al embajador de Austria ante la Santa Sede. |
La esperanza abre ya ahora la puerta del futuro, de la cristiandad futura: "La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva" (Spe salvi, 2).
Porque la confesionalidad consiste en proclamar el principio del Estado católico y obrar en consecuencia. No como los regímenes liberales del XIX y del XX en España, que eran confesionales, pero inconsecuentes. Las Constituciones que impusieron los liberales en España, cuando se adueñaron del poder y de la riqueza por la fuerza, todavía eran confesionales; como la Constitución de Cádiz de 1812, y la de 1876, que mantuvo la confesionalidad hasta 1931, cuando fue suprimida por los golpistas que impusieron la II República. En esas constituciones ellos proclamaban que el Estado era católico, pero el poder supremo incluso en los aspectos morales de las leyes lo ponían en el parlamento, es decir en ellos mismos, en nombre del pueblo al que decían representar, y ejerciendo ellos un poder mucho más absoluto que la monarquía del despotismo ilustrado, al sustraerse a la autoridad de la Iglesia y del Papa, la máxima autoridad en materia de fe y moral sobre la tierra, "la santa y augustísima autoridad de la Iglesia, que en nombre de Dios preside al género humano y es vindicadora y defensora de todo poder legítimo" (Inscrutabili, León XIII, 1878).
Reivindicar la sana laicidad es pedir que las propuestas y aportaciones de los católicos sean tenidas en cuenta. Frente al laicismo, que excluye toda presencia de lo católico en la vida pública. Ya sería mucho. Porque algo es más que nada. Pero, cuando se permite que se presenten las propuestas católicas y luego se imponen normas anticristianas y antihumanas como las que legalizan la muerte de niños en el vientre manterno, ¿acaso alguien puede pretender que nos sea lícito a los católicos acatar normas anticristianas y antihumanas? La respuesta establecida por Dios es el non possumus. Ni se obedecen, ni se cumplen. Como decía Canals, no se puede aceptar deportivamente el resultado.
Pío XI dice en su Encíclica Miserentissimus: "Al hacer esto (la institución de la fiesta de Jesucristo Rey), no sólo poníamos en evidencia la suprema soberanía que a Cristo compete sobre todo el Universo... sino que adelantábamos ya el gozo de aquel día dichosísimo en que todo el orbe, de corazón y de voluntad, se sujetará al dominio suavísimo de Cristo Rey."
| El ideal cristiano, la
tesis católica: La esperanza de una realización del Reinado de Cristo sobre la tierra con una perfección mayor que la que ha alcanzado hasta ahora. La aceptación voluntaria por las naciones de la Soberanía Social de Jesucristo. Conseguir la adecuación del Reino de Cristo de hecho con el de derecho, que todas las naciones acepten y acaten el magisterio de la Iglesia, admitan la buena nueva de que la Iglesia es mensajera y disfruten de los bienes que en esta buena nueva se les ofrecen. La tesis católica es que los pueblos, los Estados con sus gobernantes a la cabeza tienen el deber para con Dios y necesitan para su buen funcionamiento acatar la autoridad de Jesucristo ejercida por el Papa, su Vicario en la tierra. Pero esto es posible si toda o casi toda la población es católica. La hipótesis: En ciertas ocasiones, en sobradas ocasiones, por desgracia, es necesario y lícito contentarse y aun acogerse al mal menor. Las autoridades eclesiásticas se limiten a reivindivar hoy en día, la sana laicidad. Reivindicar la sana laicidad es pedir que las propuestas y aportaciones de los católicos sean tenidas en cuenta. Frente al laicismo, que excluye toda presencia de lo católico en la vida pública. La diferenciación, que data del siglo XIX, entre tesis e hipótesis. En el siglo XIX, cuando el liberalismo se fue apoderando de los Estados y a consecuencia de ello comenzó la descristianización de los pueblos, se formuló por los teólogos católicos que en la hipótesis de que la población no sea católica entonces la Iglesia no debe reivindicar la confesionalidad del Estado y debe limitarse a reivindicar la libertad de poder realizar su misión básica de evangelizar. Los catolicos liberales: Hacen de la hipótesis tesis, alaban y encarecen el bienestar de la Iglesia en las naciones en que se vive en la hipótesis, menosprecian como visionarios a los que aun hoy en día osan hablar del ideal. Los católicos en la situación de hipótesis y laicismo persecutorio como enseña el Concilio Vaticano II: La Iglesia, juntamente
con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día,
que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos
invocarán al Señor con voz unánime y le
servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4). Cuanto más dista el mundo de la plena realización del ideal católico, cuanto mayores son las exigencias malaventuradas de la hipótesis, más necesario es conservar puro y vivo en la mente y en el corazón este ideal, y profesarlo públicamente. El Concilio Vaticano II lo que enseña en realidad es: La Iglesia no defiende el Estado aconfesional como un ideal cristiano (Cfr. DH,1). Hay que «rechazar la funesta doctrina que pretende construir la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión» (LG 36).
-------------------- Benedicto XVI (Discurso
al congreso de la Unión de Juristas Católicos italianos
9-XII-2006): "Que el Estado debe ser laico, aunque no laicista es un principio falso, que extingue la actividad política de los católicos, y lleva al pueblo cristiano a una apostasía cada vez más profunda, a través de la secularización progresiva de la sociedad, cada vez más cerrada a Dios" (Iraburu). «El deber de rendir un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente considerado. Ésa es la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo (Vat. II, DH 1c). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive (AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única religión verdadera, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica. Los cristianos están llamados a ser luz del mundo. La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas [se cita aquí: León XIII, enc. Immortale Dei; Pío XI, enc. Quas primas]» (Catecismo 2105). Sobre el «Estado confesional»
católico, lo que dijo la Comisión redactora de
la declaración Dignitatis humanæ sobre la
libertad religiosa en la «Relatio de textu
emmendatu», precisando a los Padres conciliares el
sentido del texto que habían de votar, fue
meridianamente claro para los Padres del Vaticano II que
votaron el texto conciliar: La Iglesia ni se pronuncia en contra de
la confesionalidad -en países cuya trayectoria historia
y mayoría católica es patente- , ni tampoco exige o
demanda la confesionalidad en el Estado con pluralidad de
religiones conviviendo (el 99% de los Estados actuales
occidentales). Catecismo de la Iglesia Católica n 2105. El deber de rendir a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente considerado. Esa es la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo (DH 1). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive (AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera religión, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica (cf DH 1). Los cristianos son llamados a ser la luz del mundo (cf AA 13). La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas (cf León XIII, Carta enc. Immortale Dei; Pío XI, Carta enc. Quas primas). Catecismo de la Iglesia Católica n 2109 El derecho a la libertad religiosa no puede ser de suyo ni ilimitado (cf Pío VI, breve Quod aliquantum), ni limitado solamente por un orden público concebido de manera positivista o naturalista (cf Pío IX, Carta enc. Quanta cura"). Los justos límites que le son inherentes deben ser determinados para cada situación social por la prudencia política, según las exigencias del bien común, y ratificados por la autoridad civil según normas jurídicas, conforme con el orden objetivo moral (DH 7). Benedicto XVI ante la
asamblea plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos
en el Palacio Apostólico del Vaticano (21/5/2010): JUAN PABLO II DISTINCIÓN SIN CONFUSIÓN EN IMMORTALE
DEI, LA "CARTA MAGNA" DEL ESTADO CRISTIANO.
«...Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza.» (Inmortale Dei, 9)
Expresa A. Desqueyrat:
Afirmemos, en fin, sencillamente que una democracia liberal y relativista no es propiamente una democracia, sino una falsificación, una corrupción de la democracia. No pocas veces ha sido denunciada esta realidad por el reciente Magisterio apostólico de Juan Pablo II y de Benedicto XVI. Sus advertencias actuales para que se dé una democracia verdadera vienen a ser las mismas exigencias que indicaba hace años Pío XII (1944, radiom. Benignitas et humanitas). |
Como lo formula Iraburu:
1º.La autoridad política de los
gobernantes viene de Dios
2º.Las leyes civiles tienen su fundamento en la ley
natural, en un orden moral objetivo, instaurado por Dios
3º.Hay que desobedecer las leyes injustas y combatirlas
4º.El principio de la tolerancia y del mal menor.
No siempre es posible lograr una coincidencia entre el orden
moral y el orden legal de la ciudad secular, sobre todo en
aquellas naciones en las que la mayoría de los ciudadanos, al
menos en cuestiones políticas, son culturalmente liberales, y se
rigen sin referencia alguna a Dios y al orden natural.
5º. Neutralidad de la Iglesia respecto a losregímenes
políticos
6º.El principio de subsidiariedad
contra el totalitarismo de Estado en cualquiera de
sus variadas formas, también, por supuesto, en la democracia
liberal. En todas ellas la participación real de los ciudadanos
en la procuración del bien común es mínima. Está secuestrada
por el Estado totalitario, gestionado abusivamente por los
partidos que están en el poder, por el partido único o por el
jefe popular carismático.
7º. Cristo es «el Rey de los reyes de la tierra»
(Ap 1,5), el Rey de la humanidad. Lo dice el ángel: «su Reino
no tendrá fin» (Lc 1,33). Y lo afirma Él mismo: «me ha sido
dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18); «yo soy
Rey» (Jn 18,37). Es la fe de la Iglesia, que confiesa que Jesucristo
«subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre. Y de
nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su
reino no tendrá fin».
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Tesis, hipótesis, esperanza
Política y ética
¿Pueden los políticos
llevar los asuntos al margen de la ética?
Todos debemos obrar en todo según las normas morales
objetivas, que es obrar conforme a nuestra naturaleza humana,
obrar como personas. Lo inmoral es inhumano.
También en política rigen las normas de no robar, no matar, no
mentir, no permitir la explotación económica ni la utilización
sexual de las demás personas, etc.
Hay normas objetivas de moralidad y a
ellas debemos atenernos todos en todo nuestro comportamiento para
que sea conforme a la naturaleza racional que tenemos.
El propio acto de elegir gobernantes, como todo acto humano, para
no ser inhumano, debe ser realizado según la ética.
¿Son los políticos los que tienen
autoridad para dar o imponer normas morales cuando están en el
poder?
Los políticos deben cumplir las normas éticas
objetivas, no los elegimos para que manden lo que quieran con un
poder absoluto (que quiere decir desligado de las normas
objetivas de moralidad).
Y menos, para que se pongan ellos a dar normas de comportamiento
diferentes de la moral racional, para que impongan sus normas
inmorales diciendo encima que eso es lo "decente".
¿Quién tiene autoridad para enseñar
las normas morales con seguridad?
Aunque la moral se puede conocer por la luz natural de la razón,
nuestro conocimiento humano de esas normas morales objetivas y
racionales es falible, son las autoridades de la Iglesia, el Papa
y el conjunto de los obispos, quienes tienen autoridad para
enseñar las normas morales infaliblemente cuando la ejercen como
tal, no cuando no la ejercen.
El Concilio Vaticano II enseña que forma parte de la misión de la Iglesia "declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana" (Dignitatis humanae, 14).
Las autoridades de la Iglesia, para cumplir la misión de la Iglesia, deben ejercer esa autoridad de enseñar las normas morales con seguridad a gobernantes y gobernados, no imponiéndoselas, sino proponiéndoselas con autoridad segura e infalible como ley de la naturaleza dada por el autor de la naturaleza, de quien procede esa misión que el Papa y los Obispos tienen irrenunciablemente. LEER MÁS
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Decía el padre Orlandis:
"Conseguir la adecuación del Reino de Cristo de hecho con el de derecho o lo que es lo mismo, la aceptación plena del encargo de Jesucristo docete omnes gentes: haced que todas las naciones acepten y acaten vuestro magisterio [el magisterio de la Iglesia], admitan la buena nueva de que sois mensajeros [de que la Iglesia es mensajera], disfruten de los bienes que en esta buena nueva se les ofrecen.
"Todos los números de CRISTIANDAD son una profesión de fe y de esperanza en este ideal y si en ellos a las veces transpira la indignación contra los malminoristas, por ejemplo, contra los católicos liberales, no es porque CRISTIANDAD ignore u olvide que en ciertas ocasiones, en sobradas ocasiones, por desgracia, es necesario y lícito contentarse y aun acogerse al mal menor, sino porque los católicos liberales de ayer y no menos los de hoy, prácticamente por lo menos, hacen de la hipótesis tesis, alaban y encarecen el bienestar de la Iglesia en las naciones en que se vive en la hipótesis, menosprecian como visionarios a los que aun hoy en día osan hablar del ideal. ¿Esta táctica, esta manera de pensar podrá dar otro resultado que el obscurecerse en la mente de los cristianos sencillos la convicción cristiana, que debe rechazar con dignidad todo error en la fe, toda mutilación en la verdad cristiana? Y esas tácticas de esperar el bien de la Iglesia de la alianza con los que si no están abiertamente contra ella, por lo menos es cierto que están fuera de ella ¿no será causa de que se debilite el espíritu sobrenatural, la esperanza en los medios eficacísimos, en realidad los únicos eficaces, que son patrimonio exclusivo de la Iglesia?
"Cuanto más dista el mundo de la plena realización de este ideal, cuanto mayores son las exigencias malaventuradas de la hipótesis, más necesario es conservar puro y vivo en la mente y en el corazón este ideal, y profesarlo públicamente.
"El padre Ramière pasó su vida inculcando en los lectores de sus libros la confianza en un triunfo de la Iglesia en este mundo, triunfo del que las luchas actuales de la Iglesia no le hacían dudar, antes al contrario le aseguraban en su convicción.
"Pío XI, en la encíclica Miserentissimus Redemptor, como término y consiguiente de una exposición de hechos concienzuda e intencionada, llega a afirmar que en la institución de la fiesta de Cristo Rey ha querido dar un anticipo de aquel día faustísimo en que el mundo espontáneamente se sujetará al suavísimo Imperio de Cristo; gaudia iam tum illius diei praecepimus auspicatissimi quo die omnis orbis libens volensque Christi Regis suavissimae dominationi parebit.
"La Iglesia que posee la sangre de Cristo y el don del Espíritu no puede ser más rica, porque su riqueza es infinita. Mas de estas riquezas de la Iglesia no participan todos los hombres llamados a ser miembros de ella, y aun los que de ellas participan, podrían adquirirlas y poseerlas en grado superior a aquél en que las poseen.
"La aceptación voluntaria por las naciones de la Soberanía Social de Jesucristo.
| Tesis e hipótesis La renuncia por parte de algunos miembros de la jerarquía eclesiástica a ejercer la autoridad, que Dios le ha conferido a la Iglesia y al Papa, para enseñar infaliblemente la moral y la doctrina de la fe no está contribuyendo a difundir el cristianismo entre los alejados de él. Está, en cambio, debilitando la moralidad y la fe y está alejando de Dios y de su Iglesia a los cristianos. Esa renuncia vuelve sal insípida a esos miembros de la jerarquía que no ejercen como tal, que no actúan como jerarquía. No es nada inexplicable, aunque sea lamentable, que sea pisoteada esa sal insípida. Ya se lo advirtió el que les confirió esa autoridad para bien del pueblo, no para esconderla bajo el celemín. Los cristianos, los católicos, que no actúan como tales, que no obran en consecuencia, no sólo no cristianizan la sociedad, ni se limitan a no llevar su bien divino y humano al prójimo, ni sólo dejan de contribuir al bien común natural y sobrenatural, sino que se descristianizan ellos. Está claro que los que por no ser católicos no creen que la jerarquía eclesiástica enseña infaliblemente la moral natural y la doctrina de la fe, no la obedecerán, ni acatarán, ni aceptarán esa enseñanza. Y está claro que, si no son católicos todos o casi todos los habitantes de un país, no se puede realizar la tesis católica de que la sociedad necesita y debe acatar a Dios y a su Iglesia y que el Estado, la organización política de la sociedad, debe ser confesional y lo necesita, para el buen funcionamiento de sus fines naturales. Así lo enseña el propio Ratzinger cuando era cardenal hablando de la democracia. Y por eso está claro que, si no son católicos todos o casi todos los habitantes de un país, y por lo tanto no van a acatar voluntariamente a Dios y a su Iglesia, por desconocer su existencia e ignorar su sobrenaturalidad y su autoridad, entonces, en esta situación de hipótesis, lo que puede propugnar la Iglesia jerárquica con el Papa a la cabeza es que el ejercicio de la libertad religiosa sea permitido y protegido por las autoridades y por las leyes civiles, aunque no sea confesional el Estado. El problema es que sólo un Estado confesional atenderá esta petición de la Iglesia de libertad religiosa para los que profesen cualquier religión, aunque es de ley de natural la libertad religiosa. Y aún es más problema convertir la hipótesis en tesis como hace el catolicismo liberal y algunos o muchos eclesiásticos que lo siguen. Esto es lo que ha ido descritistianizando progresiva y aceleradamente la sociedad occidental en los tres últimos siglos y lo que, como consecuencia de esa descristianización, la ha ido deshumanizando con la extensión de prácticas tan inhumanas como la matanza de niños en el vientre de su madre, que ha llegado a ser masiva. (LEER MÁS) |
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