.. ....CRISTIANDAD FUTURA.... ...Hispanidad Futura
La interpretación de la Biblia en la Iglesia
Documento de la Pontificia Comisión Bíblica Roma, 15 de abril de 1993
El estudio de la Biblia es, de algún modo, el alma de la teología, dice el Concilio Vaticano II (Dei Verbum, 24), en conexión con una frase de León XIII. Tal estudio no está nunca completamente concluido: cada época tendrá que buscar nuevamente, a su modo, la comprensión de los libros sagrados. En la historia de la interpretación, el surgimiento del método histórico-crítico significó el comienzo de una nueva época. Con él se abrían nuevas posibilidades de comprender la palabra bíblica en su sentido original. Como todas las cosas humanas, también este método implica riesgos, a pesar de sus positivas posibilidades: la búsqueda del sentido original puede conducir a trasponer completamente la palabra en el pasado, de modo que no se la perciba ya en su dimensión presente. Puede conducir a que solamente la dimensión humana de la palabra aparezca como real, mientras el verdadero autor, Dios, se escapa a la percepción de un método que ha sido elaborado precisamente para la comprensión de cosas humanas. La aplicación de un método "profano" a la Biblia debía de suscitar confrontaciones.
Todo lo que contribuye a reconocer mejor la verdad, y a disciplinar las propias perspectivas, es una valiosa ayuda para la teología. En tal sentido era justo que el método tuviera acceso al trabajo de aquella. Todos los límites de nuestro horizonte, que nos impiden mirar y escuchar más allá de lo meramente humano, deben ser superados. Así, el surgimiento del método histórico-crítico ha puesto en movimiento un esfuerzo para determinar sus alcances y su estructura, que de ningún modo está concluido aún.
En este esfuerzo, el Magisterio de la Iglesia católica ha tomado posición más de una vez con importantes documentos. Primeramente León XIII, con la encíclica Providentissimus Deus del 18 de noviembre de 1893, ha señalado algunas marcas en el mapa de la exégesis. En la época de la aparición de un liberalismo extremadamente seguro de sí mismo y hasta dogmático, León XIII se expresaba de manera prevalentemente crítica, sin excluir, sin embargo, lo positivo de las nuevas posibilidades. Cincuenta años más tarde, Pío XII, en su encíclica Divino afflante Spiritu del 30 de setiembre de 1943, y sobre el fundamento del trabajo de grandes exegetas católicos, animaba positivamente a hacer fructificar los métodos modernos para la comprensión de la Biblia. La constitución del Concilio Vaticano II, Dei Verbum, del 18 de noviembre de 1965, sobre la divina revelación, retomó todas estas enseñanzas, y nos ha dejado una síntesis entre las perspectivas permanentes de la teología de los Padres y los nuevos logros metodológicos de la era moderna, que continúa siendo vigente.
Entre tanto, el horizonte metodológico del
trabajo exegético se ha ampliado de un modo tal, como no era
previsible hace treinta años. Nuevos métodos y nuevos
acercamientos se ofrecen, desde el estructuralismo hasta la
exégesis materialista, psicoanalítica y liberacionista. Por
otra parte, hay también nuevos intentos de recuperar los
métodos de la exégesis de los Padres de la Iglesia, y de
explotar formas renovadas de una exposición espiritual de la
Escritura.
La Pontificia Comisión Bíblica ha considerado
un deber, cien años después de Providentissimus Deus y
cincuenta años después de Divino afflante Spiritu, procurar
definir una posición de exégesis católica en la situación
presente. La Pontificia Comisión Bíblica no es, conforme a su
nueva estructura después del Concilio Vaticano II, un órgano
del Magisterio, sino una comisión de especialistas que, como
exegetas creyentes, y conscientes de su responsabilidad
científica y eclesial, toman posición frente a problemas
esenciales de la interpretación de la Escritura, apoyados por la
confianza que en ellos deposita el Magisterio.
De este modo ha surgido el presente documento,
que propone una visión de conjunto bien fundada sobre el
panorama de los métodos presentes, y ofrece así orientación
sobre las posibilidades y límites de estos caminos. Suponiendo
todo esto, el documento se pregunta luego cómo se puede
reconocer el sentido de la Escritura, ese sentido en el cual se
compenetran la palabra humana y la palabra divina, el carácter
único del acontecimiento histórico y el carácter permanente de
la palabra eterna, contemporánea a todo momento. La palabra
bíblica viene desde un pasado real, pero no solamente desde el
pasado, sino al mismo tiempo desde la eternidad de Dios. Nos
conduce hacia la eternidad de Dios, pero, una vez más, por el
camino del tiempo, al cual corresponden pasado, presente y
futuro.
Creo que el documento es verdaderamente útil
para resolver la gran cuestión del camino justo para comprender
la Sagrada Escritura, y ofrece elementos que nos hacen avanzar en
nuestra comprensión. El documento retoma las líneas de las
encíclicas de 1893 y 1943 y las prolonga fructuosamente.
A los miembros de la Comisión Bíblica
quisiera agradecer por la tarea, paciente y con frecuencia
fatigosa, en la cual el texto ha crecido poco a poco. Auguro una
amplia divulgación al documento, de modo que sea una
colaboración eficiente en la búsqueda de una apropiación más
profunda de la palabra de Dios en la Sagrada Escritura.
Roma, en la fiesta del evangelista san Mateo,
1993.
CARD. JOSEPH RATZINGER
La interpretación de los textos bíblicos
continúa suscitando en nuestro tiempo un vivo interés y provoca
importantes discusiones, que han tomado en los últimos años
dimensiones nuevas. Dada la importancia fundamental de la Biblia
para la fe cristiana, para la vida de la Iglesia y para las
relaciones de los cristianos con los fieles de otras religiones,
la Pontificia Comisión Bíblica ha sido invitada a expresarse
sobre este tema.
A. PROBLEMÁTICA ACTUAL
El problema de la interpretación de la Biblia
no es una invención moderna, como a veces se querría hacer
creer. La Biblia misma testimonia que su interpretación presenta
dificultades. Al lado de textos límpidos, tiene también pasajes
oscuros. Leyendo algunos oráculos de Jeremías, Daniel se
interrogaba largamente sobre su sentido (Dn. 9, 2). Según los
Hechos de los Apóstoles, n etíope del primer siglo se
encontraba en la misma situación a propósito de un pasaje del
libro de Isaías (Is. 53, 7-8) y reconocía la necesidad de un
intérprete (Hech. 8, 30-35). La segunda carta de Pedro declara
que "ninguna profecía de la Escritura puede ser
interpretada por cuenta propia" (2 Ped. 1, 20), y observa,
por otra parte, que las cartas del apóstol Pablo contienen
"algunos puntos difíciles de comprender, que los que
carecen de instrucción y firmeza interpretan erróneamente, como
hacen con el resto de las Escrituras, acarreándose así su
propia perdición" (2 Ped. 3, 16).
El problema es pues antiguo, pero se ha
acentuado con el paso del tiempo: por lo pronto, para llegar
hasta los hechos y las palabras de los cuales habla la Biblia,
los lectores deben volver atrás veinte o treinta siglos, lo que
no deja de suscitar dificultades. Por otra parte, las cuestiones
de interpretación se han vuelto más complejas en los tiempos
modernos, a causa de los progresos realizados por las ciencias
humanas. Los métodos científicos para el estudio de textos
antiguos se han precisado. Pero, ¿en qué medida estos métodos
son apropiados para la interpretación de la Sagrada Escritura? A
esta pregunta, la prudencia pastoral de la Iglesia ha respondido
durante largo tiempo con reticencia, porque con frecuencia los
métodos, a pesar de sus elementos positivos, se encontraban
ligados a opciones contrarias a la fe cristiana. Pero se ha
producido una evolución positiva, marcada por toda una serie de
documentos pontificios, desde la encíclica Providentissimus Deus
de León XIII (18 de noviembre de 1893) hasta la encíclica
Divino afflante Spiritu de Pío XII (30 de setiembre de 1943), y
ha sido confirmada por la declaración de la Pontificia Comisión
Bíblica Sancta Mater Ecclesia (21 de abril de 1964) y sobre todo
por la Constitución Dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano
II (18 de noviembre de 1965).
La fecundidad de esta actitud constructiva se
ha manifestado de una manera innegable. Los estudios bíblicos
han tomado un notable impulso en la Iglesia católica, y se
reconoce cada vez más su valor científico en el mundo de los
especialistas y entre los fieles. El diálogo ecuménico se ha
facilitado considerablemente, se ha hecho más profunda la
influencia de la Biblia sobre la teología, contribuyendo así a
la renovación teológica. El interés por la Biblia entre los
católicos ha aumentado y ha favorecido el progreso de la vida
cristiana. Quienes han adquirido una seria formación en este
campo, consideran ya imposible volver a un estado de
interpretación precientífico, que juzgan, no sin razón,
claramente insuficiente. Pero en el momento mismo en que el
método científico más corriente (el método
"histórico-crítico"), es practicado habitualmente en
exégesis, y también en la exégesis católica, este método se
encuentra sujeto a discusión: por una parte, en el mundo
científico mismo, por la aparición de otros métodos y
acercamientos, y por otra parte, por las críticas de numerosos
cristianos, que lo juzgan deficiente desde el punto de vista de
la fe. Particularmente atento, como su nombre lo indica, a la
evolución histórica de los textos o de las tradiciones a
través del tiempo (a la diacronía), el método
histórico-crítico se encuentra actualmente, en algunos
ambientes, en competencia con métodos que insisten en una
comprensión sincrónica de los textos, ya se trate de su
lenguaje, de su composición, de su trama narrativa o de su
esfuerzo de persuasión. Por lo demás, al cuidado que tienen los
métodos diacrónicos de reconstituir el pasado, se sustituye,
frecuentemente, una tendencia a interrogar los textos
situándolos en las perspectivas filosóficas, psicoanalíticas,
sociológicas, políticas, etc., del tiempo presente. Este
pluralismo de métodos y acercamientos es apreciado por unos como
un índice de riqueza, pero a otros les da la impresión de una
gran confusión.
Real o aparente, esta confusión ofrece nuevos
argumentos a los adversarios de la exégesis científica. El
conflicto de las interpretaciones manifiesta, según ellos, que
nada se gana sometiendo los textos bíblicos a las exigencias de
los métodos científicos, sino que, al contrario, mucho se
pierde. Subrayan que la exégesis científica provoca la
perplejidad y la duda sobre innumerables puntos, que eran hasta
ahora admitidos pacíficamente, empujando a algunos exegetas a
tomar posiciones contrarias a la fe de la Iglesia sobre
cuestiones tan importantes como la concepción virginal de Jesús
y sus milagros, e incluso sobre su resurrección y divinidad.
Aun cuando no llegue a tales negaciones, la
exégesis científica se caracteriza, según ellos, por su
esterilidad en lo que concierne al progreso de la vida cristiana.
En lugar de permitir un acceso más fácil y más seguro a las
fuentes vivas de la palabra de Dios, hace de la Biblia un libro
cerrado, cuya interpretación siempre problemática requiere una
refinada técnica, que hace de ella dominio reservado a algunos
especialistas. A estos, algunos aplican la frase del evangelio:
"Os habéis apoderado de la llave de la ciencia. No habéis
entrado vosotros, y a los que querían entrar se lo habéis
impedido" (Lc. 11, 52; cfr. Mt. 23, 13).
En consecuencia, se considera necesario
sustituir el paciente trabajo de la exégesis científica con
acercamientos más simples, como tal o cual práctica de lectura
sincrónica, que se considera suficiente; o inclusive,
renunciando a todo estudio, se favorece una lectura de la Biblia
llamada "espiritual". Con este término se entiende una
lectura guiada únicamente por la inspiración personal subjetiva
y destinada a nutrir esta inspiración. Algunos buscan en la
Biblia sobre todo el Cristo de su visión personal y la
satisfacción de su religiosidad espontánea. Otros pretenden
encontrar en ella respuestas directas a todo tipo de cuestiones
personales o colectivas. Numerosas sectas proponen como única
interpretación verdadera aquella de la cual afirman haber tenido
la revelación.
B.
LA FINALIDAD DE ESTE DOCUMENTO
Es, pues, oportuno considerar seriamente los
diferentes aspectos de la situación actual en materia de
interpretación bíblica, prestar atención a las críticas, a
las quejas y aspiraciones que se expresan sobre esta cuestión,
valorar las posibilidades abiertas por los nuevos métodos y
acercamientos y procurar, en fin, precisar la orientación que
corresponde mejor a la misión de la exégesis en la Iglesia
católica.
Tal es la finalidad de este documento. La
Pontificia Comisión Bíblica desea indicar los caminos que
conviene tomar para llegar a una interpretación de la Biblia tan
fiel como sea posible a su carácter a la vez humano y divino.
Ella no pretende tomar posición sobre todas las cuestiones que
se presentan a propósito de la Biblia, como, por ejemplo, la
teología de la inspiración. Lo que desea es examinar los
métodos capaces de contribuir eficazmente a poner de relieve
todas las riquezas contenidas en los textos bíblicos, a fin de
que la palabra de Dios pueda ser siempre y cada vez más el
alimento espiritual de los miembros de su pueblo, la fuente, para
ellos, de una vida de fe, de esperanza y de amor, y una luz para
toda la humanidad (cfr. Dei Verbum, 21).
Para alcanzar esta finalidad, este documento:
1. describirá brevemente los diferentes
métodos y acercamientos1, indicando sus posibilidades y sus
límites;
2. examinará algunas cuestiones de
hermenéutica;
3. propondrá una reflexión sobre las
dimensiones características de la interpretación católica de
la Biblia, y sobre sus relaciones con las otras disciplinas
teológicas;
4. considerará, finalmente, el lugar que tiene
la interpretación de la Biblia en la vida de la Iglesia.
I MÉTODOS Y ACERCAMIENTOS PARA LA INTERPRETACIÓN
El método histórico-crítico es el método
indispensable para el estudio científico del sentido de los
textos antiguos. Puesto que la Sagrada Escritura, en cuanto
"palabra de Dios en lenguaje humano", ha sido compuesta
por autores humanos en todas sus partes y todas sus fuentes, su
justa comprensión no solamente admite como legítima, sino que
requiere la utilización de este método.
1. Historia del método
Para apreciar correctamente este método en su
estadio actual, conviene echar una mirada sobre su historia.
Algunos elementos de este método de interpretación son muy
antiguos. Han sido utilizados en la antigüedad por los
comentaristas griegos de la literatura clásica, y más tarde, en
el período patrístico, por autores como Orígenes, Jerónimo y
Agustín. El método estaba entonces menos elaborado. Sus formas
modernas son el resultado de perfeccionamientos, aportados sobre
todo a partir de los humanistas del Renacimiento y su recursus ad
fontes. Mientras la crítica textual del Nuevo Testamento no pudo
desarrollarse como disciplina científica sino a partir de 1800,
después de producirse el distanciamiento del Textus receptus,
los comienzos de la crítica literaria se remontan al siglo XVII,
con la obra de Richard Simon, que llamó la atención sobre los
duplicados, las divergencias en el contenido y las diferencias de
estilo observables en el Pentateuco; constataciones difícilmente
conciliables con la atribución de todo el texto a un autor
único, Moisés. En el siglo XVIII, Jean Astruc se contentaba
aún con la explicación de que Moisés se había servido de
diferentes fuentes (sobre todo de dos fuentes principales) para
componer el libro del Génesis. Después, la crítica rechazó
cada vez más decididamente la atribución a Moisés de la
composición del Pentateuco. La crítica literaria se identificó
largo tiempo con el esfuerzo por discernir en los textos fuentes
diferentes. Se desarrolló así, en el siglo XIX, la hipótesis
de los "documentos", que procura explicar la redacción
del Pentateuco. Cuatro documentos, en parte paralelos entre
ellos, pero que provienen de épocas diferentes, se habrían
fusionado: el yavista (Y), el elohista (E), el deuteronomista (D)
y el sacerdotal (P: del alemán "Priester",
"sacerdotes"). De este último se habría servido el
redactor final para estructurar el conjunto. De modo análogo,
para explicar las convergencias y las divergencias constatadas
entre los tres evangelios sinópticos, se recurrió a la
hipótesis de las "dos fuentes", según la cual los
evangelios de Mateo y Lucas habrían sido compuestos a partir de
dos fuentes principales: el evangelio de Marcos, y una colección
de palabras de Jesús (llamada Q, del alemán "Quelle",
"fuente"). En lo esencial, estas dos hipótesis tienen
aún vigencia en la exégesis científica, aunque sean objeto de
contestación.
En el deseo de establecer la cronología de los
textos bíblicos, este género de crítica literaria se limitaba
a un trabajo de distinción y estratificación para distinguir
las diferentes fuentes, y no otorgaba suficiente atención a la
estructura final del texto bíblico y al mensaje que expresa en
su estadio actual (se mostraba así poca estima por las obras de
los redactores). Por esto, la exégesis histórico-cítica podía
aparecer como disolvente y destructiva, tanto más, que algunos
exegetas, bajo la influencia de la historia comparada de las
religiones, tal como se practicaba entonces, o partiendo de
concepciones filosóficas, emitían juicios negativos sobre la
Biblia.
Hermann Gunkel liberó el método del ghetto de
la crítica literaria comprendida de este modo. Aunque continuaba
considerando los libros del Pentateuco como compilaciones,
dedicó su atención a la textura particular de las diferentes
unidades. Procuró definir el género de cada una (por ejemplo,
"leyenda" o "himno") y su ambiente de origen
o "Sitz im Leben" (por ejemplo, situación jurídica,
litúrgica, etc.). Con esta investigación de los géneros
literarios está emparentado el "estudio crítico de las
formas" ('Formgeschichte"), inaugurado en la exégesis
de los sinópticos por Martín Dibelius y Rudolph Bultmann. Este
último integró en los estudios de la "Formgeschichte"
una hermenéutica bíblica inspirada por la filosofía
existencialista de Martín Heidegger. El resultado fue que la
Formgeschichte suscitó frecuentemente serias reservas. Pero este
método, en sí mismo, ha dado como resultado manifestar más
claramente que la tradición neotestamentaria tiene su origen y
ha tomado su forma en la primera comunidad cristiana, pasando de
la predicación de Jesús mismo a la predicación que proclama
que Jesús es el Cristo. A la "Formgeschichte" se ha
añadido la "Redaktionsgeschichte", "estudio
crítico de la redacción". Este procura poner en claro la
contribución personal de cada evangelista, y las orientaciones
teológicas que han guiado su trabajo de redacción. Con la
utilización de este último método, la serie de diferentes
etapas del método histórico-crítico ha quedado más completa:
de la crítica textual se pasa a una crítica literaria que
descompone (búsqueda de las fuentes), luego a un estudio
crítico de las formas; por último a un análisis de la
redacción, atenta al texto en su composición. Es así posible
una comprensión más precisa de la intención de los autores y
redactores de la Biblia, así como del mensaje que han dirigido a
los primeros destinatarios. El método histórico-crítico ha
adquirido de este modo una importancia de primer orden.
2. Principios
Los principios fundamentales del método
histórico-crítico en su forma clásica son los siguientes:
Es un método histórico, no solamente porque
se aplica a textos antiguos (en este caso los de la Biblia) y
porque se estudia su alcance histórico, sino también y sobre
todo, porque procura dilucidar los procesos históricos de
producción del texto bíblico, procesos diacrónicos a veces
complicados y de larga duración. En las diferentes etapas de su
producción, los textos de la Biblia se dirigen a diferentes
categorías de oyentes o de lectores, que se encontraban en
situaciones espacio-temporales diferentes.
Es un método crítico, porque opera con la
ayuda de criterios científicos tan objetivos como sea posible en
cada uno de sus pasos (de la crítica textual al estudio crítico
de la redacción), para hacer accesible al lector moderno el
sentido de los textos bíblicos, con frecuencia difícil de
captar.
Es un método analítico que estudia el texto
bíblico del mismo modo que todo otro texto de la antigüedad, y
lo comenta como lenguaje humano. Sin embargo, permite al exegeta,
sobre todo en el estudio crítico de la redacción de los textos,
captar mejor el contenido de la revelación divina.
3. Descripción
En el estadio actual de su desarrollo, el
método histórico-crítico recorre las etapas siguientes:
La crítica textual, practicada
desde hace mucho tiempo, abre la serie de operaciones
científicas. Apoyándose sobre el testimonio de los manuscritos
más antiguos y mejores, así como sobre el de los papiros, de
las traducciones antiguas y de la patrística, procura, según
reglas determinadas, establecer un texto bíblico tan próximo al
texto original como sea posible.
El texto es sometido entonces a un análisis
lingüístico (morfología y sintaxis) y semántico, que utiliza
los conocimientos obtenidos gracias a los estudios de filología
histórica. La crítica literaria se esfuerza luego por discernir
el comienzo y el final de las unidades textuales, grandes y
pequeñas, y de verificar la coherencia interna de los textos. La
existencia de duplicados, de divergencias irreconciliables y de
otros indicios manifiesta el carácter compuesto de algunos
textos, que se dividen entonces en pequeñas unidades, de las
cuales se estudia su posible pertenencia a fuentes diferentes. La crítica de los
géneros procura determinar los
géneros literarios, su ambiente de origen, sus rasgos
específicos y su evolución. La crítica de las
tradiciones sitúa los textos en las
corrientes de tradición, de las cuales procura precisar la
evolución en el curso de la historia. Finalmente, la crítica de la
redacción estudia las modificaciones
que los textos han sufrido antes de quedar fijados en su estadio
final y analiza ese estadio final, esforzándose por discernir
las orientaciones que le son propias. Mientras las etapas
precedentes han procurado explicar el texto por su génesis, en
una perspectiva diacrónica, esta última etapa se concluye con
un estudio sincrónico: se explica allí el texto en sí mismo,
gracias a las relaciones mutuas de sus diversos elementos,
considerándolos bajo su aspecto de mensaje comunicado por el
autor a sus contemporáneos. La función pragmática del texto
puede ser tomada entonces en consideración.
Cuando los textos pertenecen a un género
literario histórico o están en relación con acontecimientos de
la historia, la crítica histórica completa
la crítica literaria, para precisar el alcance histórico, en el
sentido moderno de la expresión, de los textos estudiados.
De este modo quedan en claro las diferentes
etapas del concreto desarrollo de la revelación bíblica.
4. Evaluación
¿Qué valor se debe acordar al método
histórico-crítico, en particular en el actual estadio de su
evolución?
Es un método que, utilizado de modo objetivo,
no implica de por sí ningún a priori. Si su uso se acompaña de
tales a priori no es debido al método mismo, sino a opciones
hermenéuticas que orientan la interpretación y pueden ser
tendenciosas.
Orientado en sus orígenes en el sentido de la
crítica de las fuentes y de la historia de las religiones, el
método ha abierto un nuevo acceso a la Biblia, mostrando que es
una colección de escritos, y que con frecuencia, en particular
los del Antiguo Testamento, no son la creación de un autor
único, sino que han tenido una larga prehistoria,
indisolublemente ligada a la historia de Israel o a la historia
de la Iglesia primitiva. Precedentemente, la interpretación
judía o cristiana de la Biblia no tenía una clara conciencia de
las condiciones históricas concretas y diversas en las cuales la
palabra de Dios estaba enraizada, sino un conocimiento global y
lejano. La confrontación de la exégesis tradicional con un
acercamiento científico, que, en sus comienzos, conscientemente
hacía abstracción de la fe y a veces se oponía a ella, fue
ciertamente dolorosa. Pero se reveló seguidamente, provechosa.
Una vez que el método se liberó de prejuicios extrínsecos,
condujo a una comprensión más exacta de la verdad de la Sagrada
Escritura (cfr. Dei Verbum, 12). Según Divino afflante Spiritu,
la búsqueda del sentido literal de la Escritura es una tarea
esencial de la exégesis, y para llevarla a término es necesario
determinar el género histórico de los textos (cfr. Enchiridion
Biblicum 560). Esto se realiza con la ayuda del método
histórico-crítico.
Ciertamente, el uso clásico del método
histórico-crítico manifiesta límites, porque se restringe a la
búsqueda del sentido del texto bíblico en las circunstancias
históricas de su producción, y no se interesa por las otras
posibilidades de sentido que se manifiestan en el curso de las
épocas posteriores de la revelación bíblica y de la historia
de la Iglesia. Sin embargo, este método ha contribuido a la
producción de obras de exégesis y de teología bíblica de gran
valor.
Desde hace mucho tiempo se ha renunciado a
amalgamar el método con un sistema filosófico. Recientemente,
una tendencia exegética ha inclinado el método en el sentido de
una insistencia predominante sobre la forma del texto, con menor
atención a su contenido. Pero esta tendencia ha sido corregida,
gracias a la contribución de una semántica diferenciada
(semántica de las palabras, de las frases, del texto) y al
estudio del aspecto pragmático de los textos.
Se debe reconocer que la inclusión en el
método de un análisis sincrónico de los textos es legítima,
porque es el texto en su estadio final, y no una redacción
anterior, el que es expresión de la palabra de Dios. Pero el
estudio diacrónico continúa siendo indispensable para captar el
dinamismo histórico que anima la Sagrada Escritura, y para
manifestar su rica complejidad: por ejemplo, el código de la
Alianza (Ex. 21,23) refleja un estadio político, social y
religioso de la sociedad israelita diferente del que reflejan las
otras legislaciones conservadas en el Deuteronomio (Deut. 12,26)
y en el Levítico (código de santidad. Lev. 17,26). A la
tendencia historicizante que se podría reprochar a la antigua
exégesis histórico-crítica, no debería suceder el exceso
inverso, el olvido de la historia, por parte de una exégesis
exclusivamente sincrónica.
En definitiva, la finalidad del método
histórico-crítico es dejar en claro, de modo sobre todo
diacrónico, el sentido expresado por los autores y redactores.
Con la ayuda de otros métodos y acercamientos, él ofrece al
lector moderno el acceso a la significación de la Biblia, tal
como la tenemos.
B. NUEVOS MÉTODOS DE ANÁLISIS LITERARIO
Ningún método científico para el estudio de
la Biblia está en condiciones de corresponder a toda la riqueza
de los textos bíblicos. Cualquiera que sea su validez, el
método histórico-crítico no puede bastar. Deja forzosamente en
la sombra numerosos aspectos de los escritos que estudia. No es
de admirarse, pues, si actualmente se proponen otros métodos y
acercamientos para profundizar tal o cual aspecto digno de
atención.
En este apartado B, presentaremos algunos
métodos de análisis literario que se han desarrollado
recientemente. En los apartados siguientes (C, D, E),
examinaremos brevemente diferentes acercamientos, algunos de los
cuales tienen relación con el estudio de la tradición, otros
con las "ciencias humanas", otros con situaciones
contemporáneas particulares. Consideraremos finalmente (F) la
lectura fundamentalista de la Biblia, que rechaza todo esfuerzo
metódico de interpretación.
Aprovechando los progresos realizados en
nuestro tiempo por los estudios lingüísticos y literarios, la
exégesis bíblica utiliza cada vez más métodos nuevos de
análisis literario, en particular el análisis retórico, el
análisis narrativo y el análisis semiótico.
1. Análisis retórico
En realidad, el análisis retórico no es en
sí mismo un método nuevo. Nuevo es, sin embargo, por una parte,
su uso sistemático para la interpretación de la Biblia, y por
otra, el nacimiento y el desarrollo de una "nueva
retórica".
La retórica es el arte de componer un discurso
persuasivo. Puesto que todos los textos bíblicos son en algún
grado textos persuasivos, un cierto conocimiento de la retórica
forma parte del instrumentario normal del exegeta. El análisis
retórico debe ser conducido de modo crítico, ya que la
exégesis científica es una tarea que se somete necesariamente a
las exigencias del espíritu crítico.
Muchos estudios bíblicos recientes han
acordado una gran atención a la presencia de la retórica en la
Escritura. Se pueden distinguir tres acercamientos diferentes: el
primero se apoya sobre la retórica clásica greco-latina; el
segundo se preocupa de los procedimientos semíticos de
composición; el tercero se inspira en las investigaciones
modernas llamadas "nueva retórica".
Toda situación de discurso comporta la
presencia de tres elementos: el orador (o autor), el discurso (o
texto), y el auditorio (o destinatario). La retórica clásica
distingue, en consecuencia, tres factores de persuasión que
contribuyen a la cualidad de un discurso: la autoridad del
orador, la argumentación del discurso y las emociones que
suscita en el auditorio. La diversidad de situaciones y de
auditorios influye grandemente sobre el modo de hablar. La
retórica clásica, desde Aristóteles, admite la distinción de
tres géneros de elocuencia: el género judicial (delante de los
tribunales), el deliberativo (en las asambleas políticas), y el
demostrativo (en las celebraciones).
Constatando la enorme influencia de la
retórica en la cultura helenística, un número creciente de
exegetas utiliza los rasgos de la retórica clásica para
analizar mejor ciertos aspectos de los escritos bíblicos, sobre
todo del Nuevo Testamento.
Otros concentran su atención sobre los rasgos
específicos de la tradición literaria bíblica. Enraizada en la
cultura semítica, ésta manifiesta un gusto pronunciado por las
composiciones simétricas, gracias a las cuales se establecen
relaciones entre los diferentes elementos del texto. El estudio
de múltiples formas de paralelismo y de otros procedimientos
semíticos de composición debería permitir discernir mejor la
estructura literaria de los textos y llegar así a una mejor
comprensión de su mensaje.
Desde un punto de vista más general, la
"nueva retórica" quiere ser algo más que un
inventario de figuras de estilo, de artificios oratorios y de
tipos de discurso. Ella investiga por qué tal uso específico
del lenguaje es eficaz y llega a comunicar una convicción.
Quiere ser "realista", rehusando limitarse al simple
análisis formal. Otorga a la situación del debate la debida
atención. Estudia el estilo y la composición como medios de
ejercitar una acción sobre el auditorio. Con esta finalidad,
aprovecha los aportes recientes de disciplinas como la
lingüística, la semiótica, la antropología y la sociología.
Aplicada a la Biblia, la "nueva
retórica" quiere penetrar en el corazón del lenguaje de la
revelación en cuanto lenguaje religioso persuasivo y medir su
impacto en el contexto social de la comunicación.
Porque aportan un enriquecimiento al estudio
crítico de los textos, los análisis retóricos merecen mucha
estima, sobre todo sus recientes profundizaciones. Ellos reparan
una negligencia que ha durado largo tiempo, y permiten descubrir
o ponen más en claro perspectivas originales.
La "nueva retórica" tiene razón de
llamar la atención sobre la capacidad persuasiva y convincente
del lenguaje. La Biblia no es simplemente un enunciado de
verdades. Es un mensaje dotado de una función de comunicación
en un cierto contexto, un mensaje que comporta un dinamismo de
argumentación y una estrategia retórica.
Los análisis retóricos tienen, sin embargo,
sus límites. Cuando se contentan con ser descriptivos, sus
resultados no tienen frecuentemente más que un interés
estilístico. Fundamentalmente sincrónicos, no pueden pretender
constituir un método independiente que se bastaría a sí mismo.
Su aplicación a los textos bíblicos suscita más de una
cuestión: ¿pertenecían los autores de estos textos a los
medios más cultivados? ¿Hasta qué punto han seguido las reglas
de la retórica para componer sus escritos? ¿Qué retórica es
más pertinente para el análisis de tal escrito determinado: la
greco-latina o la semítica? ¿No se corre el peligro de atribuir
a ciertos textos bíblicos una estructura retórica demasiado
elaborada? Estas preguntas (y otras) no deben disuadir de emplear
este género de análisis. Ellas invitan solamente a no recurrir
a él sin discernimiento.
2. Análisis narrativo
La exégesis narrativa propone un método de
comprensión y de comunicación del mensaje bíblico que
corresponde a las formas de relato y de testimonio, modalidades
fundamentales de la comunicación entre personas humanas,
características también de la Sagrada Escritura. El Antiguo
Testamento, en efecto, presenta una historia de salvación cuyo
relato eficaz se convierte en sustancia de la profesión de fe,
de la liturgia y de la catequesis (cfr. Sal. 78, 3-4; Ex. 12,
24-27; Deut. 6, 20-25; 26, 5-11). Por su parte, la proclamación
del kerigma cristiano comprende la secuencia narrativa de la
vida, de la muerte y de la resurrección de Jesucristo,
acontecimientos de los cuales los evangelios nos ofrecen el
relato detallado. La catequesis se presenta también bajo forma
narrativa (cfr. 1 Cor. 11, 23-25).
A propósito del acercamiento narrativo,
conviene distinguir método de análisis, y reflexión
teológica.
Numerosos métodos de análisis se proponen
actualmente. Algunos parten del estudio de modelos narrativos
antiguos. Otros se apoyan sobre tal o cual
"narratología" actual, que puede tener puntos comunes
con la semiótica. Particularmente atento a los elementos del
texto que conciernen a la intriga, a los personajes y al punto de
vista tomado por el narrador, el análisis narrativo estudia el
modo cómo se cuenta un historia para implicar al lector en el
"mundo del relato" y en su sistema de valores.
Varios métodos introducen una distinción
entre "autor real" y "autor implícito",
"lector real" y "lector implícito". El
"autor real" es la persona que ha compuesto el relato.
"Autor implícito" designa la imagen de autor (con su
cultura, su temperamento, sus tendencias, su fe, etc.) que el
texto engendra progresivamente en el curso de la lectura. Se
llama "lector real" toda persona que tiene acceso al
texto, desde los primeros destinatarios que lo han leído o
escuchado leer hasta los lectores o auditores de hoy. Por
"lector implícito" se entiende aquél que el texto
presupone y produce, que es capaz de efectuar las operaciones
mentales y afectivas requeridas para entrar en el mundo del
relato, y de responder del modo pretendido por el autor real a
través del autor implícito.
Un texto sigue ejerciendo su influencia en la
medida en que los lectores reales (por ejemplo, nosotros mismos,
al final del siglo XX) pueden identificarse con el lector
implícito. Una de las tareas mayores de la exégesis es
facilitar esta identificación.
Con el análisis narrativo se relaciona una
manera nueva de apreciar el alcance de los textos. Mientras el
método histórico-crítico considera más bien el texto como una
"ventana", que permite entregarse a observaciones sobre
tal o cual época (no solamente sobre los hechos narrados, sino
también sobre la situación de la comunidad para la cual han ido
narrados), el análisis narrativo subraya que el texto funciona
igualmente como un "espejo", en el sentido de presentar
una cierta imagen de mundo (el "mundo del relato"), que
ejerce su influjo sobre los modos de ver del lector y lo lleva a
adoptar ciertos valores más bien que otros.
A este género de estudio, típicamente
literario, se asocia la reflexión teológica, que considera las
consecuencias que comporta, para la adhesión a la fe, la
naturaleza del relato (y por tanto el testimonio) de la Sagrada
Escritura, y deduce de allí una hermenéutica práctica y
pastoral. Se reacciona así contra la reducción del texto
inspirado a una serie de tesis teológicas, frecuentemente
formuladas según categorías y lenguaje no escriturísticos. Se
pide a la exégesis narrativa rehabilitar, en contextos
históricos nuevos, los modos de comunicación y de
significación propios del relato bíblico, a fin de abrir mejor
el camino a su eficacia para la salvación. Se insiste sobre la
necesidad de "narrar la salvación" (aspecto
"informativo" del relato), y de "narrar en vista
de la salvación" (aspecto "performativo"). El
relato bíblico, en efecto, contiene explícita o
implícitamente, según los casos, una llamada existencial
dirigida al lector.
Para la exégesis de la Biblia, el análisis
narrativo presenta una utilidad evidente, porque corresponde a la
naturaleza narrativa de un gran número de textos bíblicos.
Puede contribuir a facilitar el paso, frecuentemente difícil,
del sentido del texto en su contexto histórico (tal como el
método histórico-crítico procura definirlo), al alcance del
texto para el lector de hoy. Como contrapartida, la distinción
entre "autor real" y "autor implícito"
aumenta la complejidad de los problemas de interpretación.
Cuando se aplica a los textos de la Biblia, el
análisis narrativo no puede contentarse con aplicar modelos
preestablecidos. Mas bien debe esforzarse por corresponder a su
carácter específico. Su acercamiento sincrónico a los textos
exige ser completado por estudios diacrónicos. El análisis
narrativo debe cuidarse, por otra parte, de una posible tendencia
a excluir toda elaboración doctrinal de los datos que contienen
los relatos de la Biblia. Se encontraría en tal caso en
desacuerdo con la tradición bíblica misma, que practica este
género de elaboración, y con la tradición eclesial, que ha
continuado por este camino. Conviene notar, finalmente, que no se
puede considerar la eficacia existencial subjetiva de la palabra
de Dios trasmitida narrativamente como un criterio suficiente de
la verdad de su comprensión.
3. Análisis semiótico
También entre los métodos llamados
sincrónicos, que se concentran sobre el estudio del texto
bíblico en su estadio final, se sitúa el análisis semiótico,
que desde hace unos veinte años se ha desarrollado notablemente
en algunos ambientes. Llamado inicialmente con el término
general de "estructuralismo", este método puede
reclamar como su fundador el lingüista suizo Ferdinand de
Saussure, quien, al comienzo de este siglo, elaboró la teoría
de que toda lengua es un sistema de relaciones, que obedece a
reglas determinadas. Muchos lingüistas y literatos han tenido
una señalada influencia en la evolución del método. La mayor
parte de los biblistas que utilizan la semiótica para el estudio
de la Biblia siguen a Algirdas J. Greimas y la escuela de París,
de la cual es el fundador. Acercamientos o métodos análogos,
fundados sobre la lingüística moderna, se desarrollan también
en otras partes. Es el método de Greimas el que presentaremos
brevemente.
La semiótica s apoya sobre tres principios o
presupuestos principales:
Principio de inmanencia: cada texto forma un
sistema de significación; el análisis considera todo el texto,
pero solamente el texto. No recurre a datos
"exteriores", como el autor, los destinatarios, los
acontecimientos narrados, la historia de la redacción.
Principio de estructura del sentido: el sentido
no existe sino por la relación y en la relación, especialmente
la relación de diferencia. El análisis de un texto consiste,
pues, en establecer el tejido de relaciones (de oposición, de
homologación...) entre los elementos, a partir del cual se
construye el sentido del texto.
Principio de la gramática del texto: cada
texto respeta una gramática, es decir un cierto número de
reglas o estructuras; en un conjunto de frases llamado discurso,
hay diferentes niveles, cada uno de los cuales tiene su
gramática.
El contenido global de un texto puede ser
analizado en tres niveles diferentes:
El narrativo. Se estudian, en el relato, las
transformaciones que permiten pasar del estado inicial al estado
terminal. En el interior de un "itinerario narrativo",
el análisis procura descubrir las diversas fases, lógicamente
ligadas entre ellas, que marcan la transformación de un estado
en otro diferente. En cada una de estas fases, se precisan las
relaciones entre los "papeles" asumidos por los
"actantes" que determinan los estados y producen las
transformaciones.
El nivel discursivo. El análisis consiste en
tres operaciones: a) la identificación y clasificación de las
figuras, es decir, de los elementos de significación de un texto
(actores, tiempos y lugares);
b) el establecimiento de los itinerarios de
cada figura en un texto para determinar el modo cómo el texto la
utiliza; c) la búsqueda de los valores temáticos de las
figuras. Esta última operación consiste en determinar "en
nombre de qué cosa" (= valor) las figuras, en un texto
concreto, siguen tal itinerario.
El nivel lógico-semántico. Es el nivel
llamado profundo. Es también el más abstracto. Supone el
postulado de que las formas lógicas y significativas subyacen a
las organizaciones narrativas y discursivas de tal discurso. El
análisis en este nivel consiste en precisar la lógica que
preside las articulaciones fundamentales de los itinerarios
narrativos y figurativos de un texto. Para lograrlo se emplea
frecuentemente un instrumento llamado el "cuadrado
semiótico", figura que utiliza las relaciones entre dos
términos "contrarios" y dos
"contradictorios" (por ejemplo: blanco y negro, blanco
y no blanco, negro y no negro).
Los teóricos del método semiótico no dejan
de aportar nuevos desarrollos. Las investigaciones actuales se
centran sobre la enunciación y sobre la intertextualidad. El
método, aplicado inicialmente a los textos narrativos de la
Escritura, que se prestan más fácilmente a tal análisis, se
utiliza cada vez más para otros tipos de discursos bíblicos.
La descripción de la semiótica presentada y
sobre todo el enunciado de sus presupuestos, dejan ya entrever
los aportes y los límites de este método. La semiótica
contribuye a nuestra comprensión de la Escritura, palabra de
Dios expresada en lenguaje humano, haciéndonos más atentos a la
coherencia de cada texto bíblico como un todo, que obedece a
mecanismos lingüísticos precisos.
La semiótica no puede ser utilizada para el
estudio de la Biblia si no se distingue este método de análisis
de ciertos presupuestos desarrollados en la filosofía
estructuralista, es decir, la negación de los sujetos y de la
referencia extratextual. La Biblia es una Palabra sobre la
realidad, que Dios pronunció en una historia y que nos dirige
hoy por medio de autores humanos. El acercamiento semiótico debe
estar abierto a la historia: la de los actores de los textos,
primero; la de su autores y sus lectores, después. Existe el
grave riesgo, entre quienes utilizan el análisis semiótico, de
quedarse en un estudio formal del contenido, y de no explicitar
el mensaje de los textos.
Si el análisis semiótico no se pierde en los
arcanos de un lenguaje complicado, sino que es enseñado en
términos simples y en sus elementos principales, puede dar a los
cristianos el gusto de estudiar el texto bíblico y de descubrir
algunas de sus dimensiones de sentido, sin poseer todos los
conocimientos históricos que se refieren a la producción del
texto y a su mundo socio-cultural. Puede también demostrarse
útil en la pastoral misma, por medio de una cierta apropiación
de la escritura en medios no especializados.
C. ACERCAMIENTOS BASADOS SOBRE LA TRADICIÓN
Aunque se diferencian del método
histórico-crítico por una mayor atención a la unidad interna
de los textos estudiados, los métodos literarios que acabamos de
presentar permanecen insuficientes para la interpretación de la
Biblia, porque consideran cada escrito aisladamente. Pero la
Biblia no se presenta como una suma de textos desprovistos de
relaciones entre ellos, sino como un conjunto de testimonios de
una misma gran tradición. Para corresponder plenamente al objeto
de su estudio, la exégesis bíblica debe tener en cuenta este
hecho. Tal es la perspectiva adoptada por varios acercamientos
que se desarrollan actualmente.
1. Acercamiento canónico
Constando que el método histórico-crítico
experimenta a veces dificultades para alcanzar, en sus
conclusiones, el nivel teológico, el acercamiento canónico,
nacido en los Estados Unidos hace unos veinte años, procura
conducir a buen término una tarea teológica de interpretación,
partiendo del cuadro explícito de la fe: la Biblia en su
conjunto.
Para hacerlo interpreta cada texto bíblico a
la luz del canon de las Escrituras, es decir, de la Biblia en
cuanto recibida como norma de fe por una comunidad de creyentes.
Procura situar cada texto en el interior del único designio
divino, con la finalidad de llegar a una actualización de la
Escritura para nuestro tiempo. No pretende sustituir al método
histórico-crítico, sino que desea completarlo.
Se han propuesto dos puntos de vista
diferentes:
Brevard S. Childs centra su interés sobre la
forma canónica final del texto (libro o colección), forma
aceptada por la comunidad como autoritativa para expresar su fe y
dirigir su vida.
Más que sobre la forma final y estabilizada
del texto, James A. Sanders pone su atención en el "proceso
canónico" o desarrollo progresivo de las Escrituras, a las
cuales la comunidad creyente ha reconocido una autoridad
normativa. El estudio crítico de este proceso examina cómo las
antiguas tradiciones han sido utilizadas en nuevos contextos,
antes de constituir un todo a la vez estable y adaptable,
coherente y unificante de datos diversos, del cual la comunidad
de fe extrae su identidad. En el curso de este proceso se han
puesto en acción procedimientos hermenéuticos, y ellos
continúan actuando después de la fijación del canon.
Frecuentemente son de género midrásico, que sirven para
actualizar el texto bíblico. Favorecen una constante
interacción entre la comunidad y sus escrituras, recurriendo a
una interpretación que procura hacer contemporánea la
tradición.
El acercamiento canónico reacciona con razón
contra la valorización exagerada de lo que se supone ser
original y primitivo, como si ello fuera lo único auténtico. La
escritura inspirada es ciertamente la Escritura tal como la
Iglesia la ha reconocido como regla de fe. A propósito de esto
se puede insistir, sea sobre la forma final en la cual se
encuentra actualmente cada uno de los libros, sea sobre el
conjunto que ellos constituyen como canon. Un libro no es
bíblico sino a la luz de todo el canon.
La comunidad creyente es efectivamente el
contexto adecuado para la interpretación de los textos
canónicos. La fe y el Espíritu Santo enriquecen su exégesis.
La autoridad eclesial, que se ejerce al servicio de la comunidad,
debe vigilar para que la interpretación sea siempre fiel a la
gran tradición que ha producido a los textos (cfr. Dei Verbum,
10).
El acercamiento canónico debe enfrentar más
de un problema, sobre todo cuando procura definir el
"proceso canónico". ¿A partir de cuándo se puede
decir que un texto es canónico? Parece admisible decirlo desde
que la comunidad atribuye a un texto una autoridad normativa,
aún antes de la fijación definitiva de ese texto. Se puede
hablar de una hermenéutica "canónica" mientras la
repetición de las tradiciones, que se efectúa teniendo en
cuenta los aspectos nuevos de la situación (religiosa, cultural,
teológica), mantenga la identidad del mensaje. Pero se presenta
una cuestión: ¿el proceso de interpretación que ha conducido a
la formación del canon debe ser reconocido como regla de
interpretación de la Escritura hasta nuestros días?
Por otra parte, las relaciones complejas entre
el canon judío de las Escrituras y el canon cristiano suscitan
numerosos problemas de interpretación. La Iglesia cristiana ha
recibido como "Antiguo Testamento" los escritos que
tenían autoridad en la comunidad judío-helenística, pero
algunos de ellos están ausentes de la Biblia hebrea, o se
presentan bajo una forma diferente. El corpus es pues diferente.
Por ello, la interpretación canónica no puede ser idéntica,
porque cada texto debe ser leído en relación con el conjunto
del corpus. Pero, sobre todo, la Iglesia lee el Antiguo
Testamento a la luz del acontecimiento pascual (la muerte y
resurrección de Jesucristo), que aporta una radical novedad y
da, con una soberana autoridad, un sentido decisivo y definitivo
a las Escrituras (cfr. Dei Verbum, 4). Esta nueva determinación
de sentido forma parte integrante de la fe cristiana. Ella no
puede, sin embargo, quitar toda consistencia a la interpretación
canónica anterior, la que ha precedido la pascua cristiana,
porque es necesario respetar cada etapa de la historia de
salvación. Vaciar el Antiguo Testamento de su sustancia sería
privar al Nuevo Testamento de su enraizamiento en la historia.
2. El recurso a las tradiciones judías de
interpretación
El Antiguo Testamento ha tomado su forma final
en el judaísmo de los últimos cuatro o cinco siglos que han
precedido la era cristiana. Este judaísmo ha sido también el
medio de origen del Nuevo Testamento y de la Iglesia naciente.
Numerosos estudios de historia judía antigua y especialmente las
investigaciones suscitadas por los descubrimientos de Qumrân han
puesto de relieve la complejidad del mundo judío, en la tierra
de Israel y en la diáspora, durante todo este período.
Es en este mundo donde comenzó la
interpretación de la Escritura. Uno de los más antiguos
testimonios de la interpretación judía de la Biblia es la
traducción griega de los Setenta. Los Targumim arameos
constituyen otro testimonio del mismo esfuerzo, que se ha
proseguido hasta nuestros días, acumulando una prodigiosa
cantidad de procedimientos técnicos para la conservación del
texto del Antiguo Testamento y para la explicación del sentido
de los textos bíblicos. Desde siempre, los mejores exegetas
cristianos, a partir de Orígenes y san Jerónimo, han procurado
sacar provecho de la erudición bíblica judía, para una mejor
comprensión de la Escritura. Numerosos exegetas modernos siguen
este ejemplo.
Las tradiciones judías antiguas permiten, en
particular, conocer mejor los Setenta, la Biblia judía que se
convirtió seguidamente en la primera parte de la Biblia
cristiana durante al menos los primeros cuatro siglos de la
Iglesia, y en Oriente hasta nuestros días. La literatura judía
extracanónica, llamada apócrifa o intertestamentaria, abundante
y diversificada, es una fuente importante para la interpretación
del Nuevo Testamento. Los variados procedimientos de exégesis
practicados por el judaísmo de diferentes tendencias se
encuentran en el mismo Antiguo Testamento, por ejemplo en las
Crónicas en relación a los libros de los Reyes, y en el Nuevo
Testamento, por ejemplo en ciertos razonamientos escriturísticos
de san Pablo. La diversidad de las formas (parábolas,
alegorías, antologías y colecciones, relecturas, pesher,
relaciones entre textos distintos, salmos e himnos, visiones,
revelaciones y sueños, composiciones sapienciales) es común al
Antiguo y al Nuevo Testamento así como a la literatura de todos
los medios judíos antes y después del tiempo de Jesús. Los
Targumim y los Midrasim representan la homilética y la
interpretación bíblica de amplios sectores del judaísmo de los
primeros siglos.
Numerosos exegetas del Antiguo Testamento
buscan iluminación, además, en los comentadores, gramáticos y
lexicógrafos judíos medievales y más recientes para comprender
pasajes oscuros o palabras raras y únicas. Más frecuentemente
que antes, aparecen hoy referencias a obras judías en la
discusión exegética.
La riqueza de la erudición judía puesta al
servicio de la Biblia, desde sus orígenes en la antigüedad
hasta nuestros días, es una ayuda permanente de primer orden
para la exégesis de ambos Testamentos, a condición, sin
embargo, de emplearla correctamente. El judaísmo antiguo era muy
diversificado. La forma farisea, que ha prevalecido después en
el rabinismo, no era la única. Los textos judíos antiguos se
escalonan a lo largo de varios siglos. Es importante, pues,
situarlos cronológicamente antes de proceder a comparaciones.
Sobre todo, el cuadro de conjunto de las comunidades judías y
cristianas es fundamentalmente diferente: del lado judío, según
formas muy variadas, se trata de una religión que define un
pueblo y una práctica de vida a partir de un escrito revelado y
de una tradición oral, mientras que del lado cristiano, es la fe
en el Señor Jesús, muerto, resucitado y vivo para siempre,
Mesías e Hijo de Dios, la que reúne una comunidad. Estos dos
puntos de partida crean, para la interpretación de las
Escrituras, dos contextos, que a pesar de muchos contactos y
semejanzas, son radicalmente diferentes.
3. La historia de los efectos del texto
Este acercamiento reposa sobre dos principios:
a) un texto no se convierte en una obra literaria si no hay
lectores que le dan vida, apropiándose de él; b) esta
apropiación del texto, que puede efectuarse de modo individual o
comunitario y toma forma en diferentes dominios (literario,
artístico, teológico, ascético y místico), contribuye a hacer
comprender mejor el texto mismo.
Sin ser completamente desconocido en la
antigüedad, este acercamiento se ha desarrollado, en los
estudios literarios, entre 1960 y 1970, cuando la crítica se
interesó en las relaciones entre el texto y sus lectores. La
exégesis bíblica no podría sino sacar beneficio de esta
investigación, tanto más que la hermenéutica filosófica
afirma, por su parte, la necesaria distancia entre la obra y su
autor, así como entre la obra y sus lectores. En esta
perspectiva, se comenzó a introducir en el trabajo de
interpretación la historia del efecto provocado por un libro o
por un pasaje de la escritura ("Winkungs-geschichte").
Se trata de medir la evolución de la interpretación en el curso
del tiempo en función de las preocupaciones de los lectores, y
de evaluar la importancia del papel de la tradición para aclarar
el sentido de los textos bíblicos.
La confrontación del texto con sus lectores
suscita una dinámica, porque el texto ejerce un influjo y
provoca reacciones, su llamada es escuchada por los lectores
individualmente o en grupos. El lector no es, por lo demás, un
sujeto aislado. Pertenece a un espacio social y se sitúa en una
tradición. Viene al texto con sus preguntas, opera una
selección, propone una interpretación y finalmente, puede crear
otra obra o tomar iniciativas que se inspiran directamente de su
lectura de la Escritura.
Los ejemplos de tal acercamiento son ya
numerosos. La historia de la lectura del Cantar de los cantares
ofrece un excelente testimonio. Nos muestra cómo este libro ha
sido recibido en la época de los Padres de la Iglesia, en el
ambiente monástico latino de la Edad Media, y todavía en un
místico como san Juan de la Cruz. Permite así descubrir mejor
todas las dimensiones de sentido de este escrito. Del mismo modo,
en el Nuevo Testamento, es posible y útil aclarar el sentido de
una perícopa (por ejemplo la del joven rico en Mt. 19, 16-26)
mostrando su fecundidad en la historia de la Iglesia.
Pero la historia testimonia también la
existencia de corrientes de interpretación tendenciosas y
falsas, de efectos nefastos, que impulsan, por ejemplo, al
antisemitismo o a otras discriminaciones raciales, o crean
ilusiones milenaristas. Es claro, por tanto, que este
acercamiento no puede ser una disciplina autónoma. Un
discernimiento es necesario. Se debe evitar el privilegiar tal o
cual momento de la historia de los efectos de un texto para hacer
de él la única regla de su interpretación.
D. ACERCAMIENTO POR LAS CIENCIAS HUMANAS
Para comunicarse, la palabra de Dios se enraiza
en la vida de grupos humanos (cfr. Eclo. 24, 12), y se abre
camino a través de condicionamientos psicológicos de las
diversas personas que han compuesto los escritos bíblicos. Las
ciencias humanas, por tanto, en particular la sociología, la
antropología y la psicología, pueden contribuir a una mejor
comprensión de algunos aspectos de los textos. Conviene notar,
sin embargo, que existen muchas escuelas, con divergencias
notables entre ellas, sobre la naturaleza misma de tales
ciencias. No obstante ello, un buen número de exegetas ha sacado
provecho recientemente de este tipo de investigaciones.
1. Acercamiento sociológico
Los textos religiosos están ligados con
relaciones recíprocas a las sociedades en las cuales nacen. Esta
constatación vale evidentemente para los textos bíblicos. En
consecuencia, el estudio crítico de la Biblia necesita un
conocimiento tan exacto como sea posible de los comportamientos
sociales que caracterizan los diferentes medios en los cuales las
tradiciones bíblicas se han formado. Este género de
información socio-histórica debe ser completado por una
explicación sociológica correcta, que interpreta
científicamente, en cada caso, el alcance de las condiciones
sociales de existencia.
En la historia de la exégesis, el punto de
vista sociológico ha encontrado su lugar desde hace mucho
tiempo. La atención que la "Formgeschichte" ha
otorgado al medio de origen de los textos ("Sitz im
Leben") es un testimonio de ello: se reconoce que las
tradiciones bíblicas llevan la marca de los ambientes
socio-culturales que las han transmitido. En el primer tercio del
siglo XX, la escuela de Chicago estudió la situación
socio-histórica de la cristiandad primitiva dando así a la
crítica histórica un impulso apreciable en esta dirección. En
el curso de los últimos veinte años (1970-1990), el
acercamiento sociológico a los textos bíblicos se ha vuelto
parte integrante de la exégesis.
Numerosas son las cuestiones que se presentan
en este campo a la exégesis del Antiguo Testamento. Se debe
preguntar, por ejemplo, cuales son las diversas formas de
organización social y religiosa que Israel ha conocido en el
curso de su historia. Para el período anterior a la formación
de un estado, ¿proporciona el modelo etnológico de una sociedad
acéfala segmentaria un punto de partida satisfactorio? ¿Cómo
se ha pasado de una liga de tribus, sin gran cohesión, a un
estado organizado en monarquía, y de allí a una comunidad
basada simplemente sobre lazos religiosos y genealógicos? ¿Qué
transformaciones económicas, militares u otras, provocó en las
estructura de la sociedad el movimiento de centralización
política y religiosa que condujo a la monarquía? ¿Contribuye
el estudio de las normas de comportamiento en el Antiguo Oriente
y en Israel a la comprensión del Decálogo más eficazmente que
los intentos puramente literarios de reconstrucción de un texto
primitivo?
Para la exégesis del Nuevo Testamento, las
cuestiones son evidentemente diferentes. Citemos algunas: para
explicar el género de vida pre-pascual adoptado por Jesús y sus
discípulos, ¿qué valor se puede conceder a la teoría de un
movimiento de carismáticos itinerantes, que vivían sin
domicilio, ni familia, ni bienes? ¿Hay una continuidad, basada
sobre la llamada de Jesús a seguirlo, entre la actitud de
desprendimiento radical, adoptada por Jesús, y la del movimiento
cristiano post-pascual, en los medios más diversos de la
cristiandad primitiva? ¿Qué sabemos acerca de la estructura
social de las comunidades paulinas, teniendo en cuenta en cada
caso, la cultura urbana correspondiente?
En general, el acercamiento sociológico da una
gran apertura al trabajo exegético y comporta muchos aspectos
positivos. El conocimiento de los datos sociológicos que
contribuyen a hacer comprender el funcionamiento económico,
cultural y religioso del mundo bíblico, es indispensable a la
crítica histórica. La tarea que incumbe a la exégesis, de
comprender bien el testimonio de fe de la Iglesia apostólica, no
puede ser llevada a buen término de modo riguroso sin una
investigación científica que estudie las estrechas relaciones
de los textos del Nuevo Testamento con la vida social de la
Iglesia primitiva. La utilización de los modelos proporcionados
por la ciencia sociológica asegura a las investigaciones de los
historiadores sobre las épocas bíblicas una notable capacidad
de renovación; pero es necesario, naturalmente, que los modelos
sean modificados en función de la realidad estudiada.
Es oportuno señalar algunos riesgos que el
exegeta corre frente al acercamiento sociológico. En efecto, si
el trabajo de la sociología consiste en estudiar sociedades
vivientes, es necesario esperar dificultades cuando se quieren
aplicar sus métodos a medios históricos que pertenecen a un
lejano pasado. Los textos bíblicos y extrabíblicos no
proporcionan necesariamente una documentación suficiente para
dar una visión de conjunto de la sociedad de la época. Por lo
demás, el método sociológico tiende a conceder a los aspectos
económicos e institucionales de la existencia humana más
atención que a las dimensiones personales y religiosas.
2. Acercamiento por la antropología cultural
El acercamiento a los textos bíblicos que
utiliza las investigaciones de la antropología cultural está en
relación estrecha con el acercamiento sociológico. La
distinción de estos dos acercamientos se sitúa a la vez a nivel
de la sensibilidad, a nivel del método, y al de los aspectos de
la realidad que retienen la atención. Mientras el acercamiento
sociológico (acabamos de decirlo) estudia sobre todo los
aspectos económicos e institucionales, el acercamiento
antropológico se interesa por un vasto conjunto de otros
aspectos que se reflejan en el lenguaje, el arte y la religión,
pero también en los vestidos, los ornamentos, las fiestas, las
danzas, los mitos, las leyendas y todo lo que concierne a la
etnografía.
En general, la antropología cultural procura
definir las características de los diferentes tipos de personas
en su medio social (como, por ejemplo, el hombre mediterráneo),
con todo lo que ello implica de estudio del medio rural o urbano
y de atención a los valores reconocidos por la sociedad (honor y
deshonor, secreto, fidelidad, tradición, género de educación y
de escuelas); al modo como se ejerce el control social; a las
ideas sobre la familia, la casa, la relación familiar, la
situación de la mujer; a los binomios institucionales
(patrón-cliente, propietario-arrendatario,
benefactor-beneficiario, hombre libre-esclavo), sin olvidar el
concepto de sagrado y profano, los tabúes, el ritual de pasaje
de una situación a otra, la magia, el origen de los recursos,
del poder, de la información, etc.
Sobre la base de los diferentes elementos, se
constituyen tipologías y "modelos" comunes a varias
culturas.
Este género de estudio puede evidentemente ser
útil para la interpretación de los textos bíblicos, y es
efectivamente utilizado para el estudio de concepciones del
parentesco en el Antiguo Testamento, la posición de la mujer en
la sociedad israelita, el influjo de los ritos agrarios, etc. En
los textos que presentan la enseñanza de Jesús, por ejemplo las
parábolas, muchos detalles pueden ser clarificados gracias a
este acercamiento. Lo mismo ocurre con concepciones
fundamentales, como la del reino de Dios, o con el modo de
concebir el tiempo en la historia de la salvación, así como con
los procesos de aglutinamiento de las comunidades primitivas.
Este acercamiento permite distinguir los elementos permanentes
del mensaje bíblico que tienen su fundamento en la naturaleza
humana, y las determinaciones contingentes, debidas a culturas
particulares. Sin embargo, al igual que otros acercamientos
particulares, este acercamiento no está en condiciones, por sí
mismo, de dar cuenta de la contribución específica de la
revelación. Conviene ser consciente de ello en el momento de
apreciar el alcance de sus resultados.
2. Acercamientos psicológicos y
psicoanalíticos
Psicología y teología nunca han dejado de
estar en diálogo una con la otra. La extensión moderna de las
investigaciones psicológicas para estudio de las estructuras
dinámicas del inconsciente, ha suscitado nuevas tentativas de
interpretación de los textos antiguos, y por tanto también de
la Biblia. Obras enteras han sido consagradas a la
interpretación psicoanalítica de los textos bíblicos, seguidas
de vivas discusiones: ¿en qué medida y en qué condiciones las
investigaciones psicológicas y psicoanalíticas pueden
contribuir a una comprensión más profunda de la Sagrada
Escritura? Los estudios de psicología y psicoanálisis aportan a
la exégesis bíblica un enriquecimiento, porque gracias a ellas,
los textos de la Biblia pueden ser comprendidos mejor en cuanto
experiencias de vida y reglas de comportamiento. La religión,
como se sabe, está siempre en una situación de debate con el
inconsciente. Ella participa, en una amplia medida, en la
correcta orientación de las pulsiones humanas. Las etapas que la
crítica histórica recorre metódicamente tienen necesidad de
ser completadas por un estudio de los diferentes niveles de la
realidad expresada en los textos. La psicología y el
psicoanálisis se esfuerzan por progresar en esta dirección.
Ellas abren el camino a una comprensión pluridimensional de la
Escritura, y ayudan a decodificar el lenguaje humano de la
revelación.
La psicología y, de otro modo, el
psicoanálisis, han aportado, en particular, una nueva
comprensión del símbolo. El lenguaje simbólico permite
expresar zonas de experiencia religiosa no accesibles al
razonamiento puramente conceptual, pero que tienen un valor para
la cuestión de la verdad. Por eso, un estudio interdisciplinar,
conducid en común por exegetas y psicólogos o psicoanalistas,
presenta ventajas ciertas, fundadas objetivamente y confirmadas
en la pastoral.
Se pueden citar numerosos ejemplos que muestran
la necesidad de un esfuerzo común de exegetas y de psicólogos:
para clarificar el sentido de ritos del culto, de los
sacrificios, de las prohibiciones, para explicar el lenguaje
bíblico, rico en imágenes, el alcance metafórico de los
relatos de milagros, los resortes dramáticos de las visiones y
audiciones apocalípticas. No se trata simplemente de describir
el lenguaje simbólico de la Biblia, sino de captar su función
de revelación y de interpelación: la realidad
"numinosa" de Dios entra allí en contacto con el
hombre.
El diálogo entre exégesis y psicología o
psicoanálisis, en vista de una mejor comprensión de la Biblia,
debe evidentemente ser crítico, y respetar las fronteras de cada
disciplina. En todo caso, una psicología o un psicoanálisis
ateo, sería incapaz de dar cuenta de los datos de la fe. La
psicología y el psicoanálisis, aunque son útiles para precisar
la extensión de la responsabilidad humana, no pueden eliminar la
realidad del pecado y de la salvación. Se debe, por lo demás,
evitar confundir religiosidad espontánea y revelación bíblica,
o poner en duda el carácter histórico del mensaje de la Biblia,
el cual le asegura su valor de acontecimiento único.
Notemos, además, que no se puede hablar de
"exégesis psicoanalítica", como si hubiera una sola.
Existe en realidad una multitud de conocimientos, que provienen
de diferentes dominios de la psicología o de diferentes
escuelas, capaces de aportar iluminaciones útiles a la
interpretación humana y teológica de la Biblia. Absolutizar tal
o cual posición de una de las escuelas no favorece la fecundidad
del esfuerzo común, sino que le es más bien dañoso.
Las ciencias humanas no se reducen a la
sociología, a la antropología cultural y a la psicología.
Otras disciplinas pueden también tener su utilidad para la
interpretación de la Biblia. En todos estos campos, es necesario
respetar las competencias y reconocer que es poco frecuente que
una misma persona esté cualificada a la vez en exégesis y en
una u otra de las ciencias humanas.
La interpretación de un texto depende siempre
de la mentalidad y de las preocupaciones de sus lectores. Estos
conceden una atención privilegiada a ciertos aspectos, y sin
siquiera pensar en ello, descuidan otros. Es, pues, inevitable
que los exegetas adopten en sus trabajos puntos de vista nuevos,
correspondientes a las corrientes de pensamiento contemporáneo
que no han obtenido hasta aquí un lugar suficiente. Conviene que
lo hagan con discernimiento crítico. Actualmente, los
movimientos de liberación y feminista retienen particularmente
la atención.
1. Acercamiento liberacionista
La teología de la liberación es un fenómeno
complejo que no se debe simplificar arbitrariamente. Como
movimiento teológico se consolida al comienzo de los años '70.
Su punto de partida, además de las circunstancias económicas,
sociales y políticas de los países de América Latina, se
encuentra en dos grandes acontecimientos eclesiales: el Concilio
Vaticano II, con su declarada voluntad de aggiornamento y la
orientación del trabajo pastoral de la Iglesia hacia las
necesidades del mundo actual, y la 2ª Asamblea plenaria del
CELAM (Conferencia Episcopal de América Latina) en Medellín en
1968, que ha aplicado las enseñanzas del Concilio a las
necesidades de la América Latina. El movimiento se ha propagado
también en otras partes del mundo (África, Asia, población
negra de los Estados Unidos).
Es difícil discernir, si existe
"una" teología de la liberación y definir su método.
También es difícil determinar adecuadamente su modo de leer la
Biblia, para indicar luego sus aportes y límites. Se puede decir
que ella no adopta un método especial, sino que partiendo de
puntos de vista socio-culturales y políticos propios, practica
una lectura bíblica orientada en función de las necesidades del
pueblo, que busca en la Biblia el alimento de su fe y de su vida.
En lugar de contentarse con una interpretación
objetivante, que se concentra sobre lo que dice el texto situado
en su contexto de origen, se busca una lectura que nace de la
situación vivida por el pueblo. Si éste vive en circunstancias
de opresión, es necesario recurrir a la Biblia para buscar allí
el alimento capaz de sostenerlo en sus luchas y esperanzas. La
realidad presente no debe ser ignorada, sino al contrario
afrontada, para aclararla a la luz de la Palabra. De esta luz
surgirá la praxis cristiana auténtica, que tiende a transformar
la sociedad por medio de la justicia y del amor. En la fe, la
Escritura se transforma en factor de dinamismo, de liberación
integral.
Los principios son los siguientes:
Dios está presente en la historia de su pueblo
para salvarlo. Es el Dios de los pobres, que no puede tolerar la
opresión ni la injusticia.
Por ello, la exégesis no puede ser neutra,
sino que, siguiendo a Dios, debe tomar parte por los pobres y
comprometerse en el combate por la liberación de los oprimidos.
La participación en este combate permite
precisamente hacer aparecer los sentidos que no se descubren,
sino cuando los textos bíblicos son leídos en un contexto de
solidaridad efectiva con los oprimidos.
Puesto que la liberación de los oprimidos es
un proceso colectivo, la comunidad de los pobres es el mejor
destinatario para recibir la Biblia como palabra de liberación.
Además, puesto que los textos bíblicos han sido escritos para
las comunidades, es a estas comunidades a quienes es confiada en
primer lugar la lectura de la Biblia. La palabra de Dios es
plenamente actual, gracias sobre todo a la capacidad que poseen
los "acontecimientos fundadores" (la salida de Egipto,
la pasión y la resurrección de Jesús) de suscitar nuevas
realizaciones en el curso de la historia.
La teología de la liberación comprende
elementos cuyo valor es indudable: el sentido profundo de la
presencia de Dios que salva; la insistencia sobre la dimensión
comunitaria de la fe; la urgencia de una praxis liberadora
enraizada en la justicia y en el amor; una relectura de la Biblia
que busca hacer de la palabra de Dios la luz y el alimento del
pueblo de Dios, en medio de sus luchas y de sus esperanzas. Así
subraya la plena actualidad del texto inspirado.
Pero una lectura tan comprometida de la Biblia
comporta riesgos. Como está ligada a un movimiento en plena
evolución, las observaciones que siguen no pueden ser sino
provisorias.
Esta lectura se concentra sobre textos
narrativos y proféticos que ilustran situaciones de opresión y
que inspiran una praxis que tiende a un cambio social. A veces
puede ser parcial, no prestando igual atención a otros textos de
la Biblia. Es verdad que la exégesis no puede ser neutra; pero
también debe cuidarse de no ser unilateral. Por lo demás, el
compromiso social y político no es la tarea directa de la
exégesis.
Queriendo insertar el mensaje bíblico en el
contexto socio-político, teólogos y exegetas se han visto
conducidos a recurrir a instrumentos de análisis de la realidad
social. En esta perspectiva, algunas corrientes de la teología
de la liberación han hecho un análisis inspirado en doctrinas
materialistas, y en este marco han leído la Biblia, lo cual no
ha dejado de suscitar problemas, particularmente en lo que
concierne al principio marxista de la lucha de clases.
Bajo la presión de enormes problemas sociales,
el acento ha sido puesto en particular sobre una escatología
terrestre, a veces en detrimento de la dimensión escatológica
trascendente de la escritura.
Los cambios sociales y políticos conducen este
acercamiento a presentar nuevas cuestiones y a buscar nuevas
orientaciones. Para su desarrollo ulterior y su fecundidad en la
Iglesia, un factor decisivo será poner en claro los presupuestos
hermenéuticos, sus métodos y su coherencia con la fe y la
tradición del conjunto de la Iglesia.
2. Acercamiento feminista
La hermenéutica bíblica feminista nació
hacia fines del siglo XIX en los Estados Unidos, en el contexto
socio-cultural de lucha por los derechos de la mujer, con el
comité de revisión de la Biblia. Este produjo "The Woman's
Bible" en dos volúmenes (New York, 1885, 1898). Esta
corriente se ha manifestado con nuevo rigor y ha tenido un enorme
desarrollo a partir de los años '70, en unión con el movimiento
de liberación de la mujer, sobre todo en América del Norte.
Para hablar precisamente, se deben distinguir varias
hermenéuticas bíblicas feministas, porque los acercamientos
utilizados son muy diversos. Su unidad proviene de su tema
común, la mujer, y de la finalidad perseguida: la liberación de
la mujer y la conquista de derechos iguales a los del varón.
Es oportuno mencionar aquí las tres formas
principales de la hermenéutica bíblica feminista: la forma
radical, la forma neo-ortodoxa, y la forma crítica.
La forma radical rechaza completamente la
autoridad de la Biblia, diciendo que ha sido producida por
varones para asegurarse la dominación del varón sobre la mujer
(androcentrismo).
La forma neo-ortodoxa acepta la Biblia como
profética y capaz de servir, en la medida en que ella toma
partido por los débiles, y por tanto también por la mujer. Esta
orientación es adoptada como "canon dentro del canon",
para poner en claro todo lo que hay en la Biblia en favor de la
liberación de la mujer, y de sus derechos.
La forma crítica utiliza una metodología
sutil y procura redescubrir la posición y el papel de la mujer
cristiana en el movimiento de Jesús y en las iglesias paulinas.
En esta época se habría adoptado el igualitarismo. Pero esta
situación habría sido disimulada en su mayor parte, en los
escritos del Nuevo Testamento y más aún después, porque el
patriarcalismo y el androcentrismo han prevalecido
progresivamente.
La hermenéutica feminista no ha elaborado un
método nuevo. Se sirve de los métodos corrientes en exégesis,
especialmente del método histórico-crítico. Pero agrega dos
criterios de investigación.
El primero es el criterio feminista, tomado del
movimiento de liberación de la mujer en la línea del movimiento
más general de la teología de la liberación. Utiliza una
hermenéutica de la sospecha: la historia ha sido escrita
regularmente por los vencedores. Para llegar a la verdad es
necesario no fiarse de los textos, sino buscar los indicios que
revelan otra cosa distinta.
El segundo criterio es sociológico: se apoya
sobre el estudio de las sociedades de los tiempos bíblicos, de
su estratificación social, y de la posición que ocupaba en
ellas la mujer.
En lo que concierne a los escritos
neotestamentarios, el objeto de estudio, en definitiva, no es la
concepción de la mujer expresada en el Nuevo Testamento, sino la
reconstrucción histórica de dos situaciones diferentes de la
mujer en el siglo primero: la que era habitual en la sociedad
judía y greco-latina, y la otra, innovadora, instituida en el
movimiento de Jesús y de las iglesias paulinas, en las cuales se
habría formado "una comunidad de discípulos de Jesús,
todos iguales". Uno de los apoyos invocados para fundamentar
esta visión de las cosas es el texto de Gál. 3, 28. El objetivo
es redescubrir para el presente la historia olvidada del papel de
la mujer en a Iglesia de los orígenes.
Numerosos aportes positivos provienen de la
exégesis feminista. Las mujeres han tomado así una parte activa
en la investigación exegética. Han logrado, con frecuencia
mejor que los hombres, percibir la presencia, la significación,
y el papel de la mujer en la Biblia, en la historia de los
orígenes cristianos y en la Iglesia. El horizonte cultural
moderno, gracias a su mayor atención a la dignidad de la mujer y
su papel en la sociedad y en la Iglesia, hace que se dirijan al
texto bíblico preguntas nuevas, ocasiones de nuevos
descubrimientos. La sensibilidad femenina lleva a entrever y
corregir ciertas interpretaciones corrientes tendenciosas, que
intentaban justificar la dominación del varón sobre la mujer.
En cuanto concierne al Antiguo Testamento,
muchos estudios se han esforzado por llegar a una mejor
comprensión de la imagen de Dios. El Dios de la Biblia no es la
proyección de una mentalidad patriarcal. El es Padre, pero es
también el Dios de la ternura y del amor maternal.
En la medida en que la exégesis feminista se
apoya sobre una posición tomada, se expone a interpretar los
textos bíblicos de modo tendencioso y por tanto discutible. Para
probar sus tesis debe recurrir frecuentemente, a falta de otros
mejores, al argumento ex silentio. Tales argumentos, se sabe,
deben ser tratados cautelosamente. Jamás bastan para establecer
sólidamente una conclusión. Por otra parte, el intento de
reconstruir, gracias a indicios fugitivos encontrados en los
textos, una situación histórica que estos mismos textos, se
supone, querían ocultar, no corresponde ya a un trabajo de
exégesis propiamente dicho, porque conduce a rechazar el
contenido de los textos inspirados para anteponerles una
construcción hipotética diferente.
La exégesis feminista suscita frecuentemente
cuestiones de poder en la Iglesia, que son, como se sabe, objeto
de discusión y aún de confrontación. En este campo, la
exégesis feminista no podrá ser útil a la Iglesia sino en la
medida en que no caiga en las trampas que denuncia, y no pierda
de vista la enseñanza evangélica sobre el poder como servicio,
enseñanza dirigida por Jesús a todos sus discípulos, hombres y
mujeres2.
La lectura fundamentalista parte del principio
de que, siendo la Biblia palabra de Dios inspirada y exenta de
error, debe ser leída e interpretada literalmente en todos sus
detalles. Por "interpretación literal" entiende una
interpretación primaria, literalista, es decir, que excluye todo
esfuerzo de comprensión de la Biblia que tenga en cuenta su
crecimiento histórico y su desarrollo. Se opone, pues, al empleo
del método histórico-crítico, así como de todo otro método
científico para la interpretación de la Escritura.
La lectura fundamentalista tuvo su origen en la
época de la reforma, en una preocupación de fidelidad al
sentido literal de la Escritura. Después del Siglo de las Luces,
se presentaba, en el protestantismo, como una protección contra
la exégesis liberal. El término "fundamentalista" se
relaciona directamente con el Congreso Bíblico Americano tenido
en Niágara, en el estado de New York, en 1895. Los exegetas
protestantes conservadores definieron allí "cinco puntos de
fundamentalismo": la inerrancia verbal de la Escritura, la
divinidad de Cristo, su nacimiento virginal, la doctrina de la
expiación vicaria, y la resurrección corporal en la segunda
venida de Cristo. Cuando la lectura fundamentalista de la Biblia
se propagó en otras partes del mundo, dio origen a otros tipos
de lecturas, igualmente "literales", en Europa, Asia,
África y América del Sur. Este género de lectura encuentra
cada vez más adeptos, a finales del siglo XX, en grupos
religiosos y sectas, pero también entre los católicos.
Aunque el fundamentalismo tenga razón de
insistir sobre la inspiración divina de la Biblia, la inerrancia
de la palabra de Dios, y las otras verdades bíblicas incluidas
en los cinco puntos fundamentales, su modo de presentar estas
verdades se enraiza en una ideología que no es bíblica, a pesar
de cuanto digan sus representantes. Ella exige una adhesión
incondicionada a actitudes doctrinarias rígidas e impone, como
fuente única de enseñanza sobre la vida cristiana y la
salvación, una lectura de la Biblia que rehúsa todo
cuestionamiento y toda investigación crítica.
El problema de base de esta lectura
fundamentalista es que, rechazando tener en cuenta el carácter
histórico de la revelación bíblica, se vuelve incapaz de
aceptar plenamente la verdad de la encarnación misma. El
fundamentalismo rehuye la relación estrecha de lo divino y de lo
humano en las relaciones con Dios. Rechaza admitir que la palabra
de Dios inspirada se ha expresado en lenguaje humano, y que ha
sido escrita, bajo la inspiración divina, por autores humanos,
cuyas capacidades y posibilidades eran limitadas. Por esto,
tiende a tratar el texto bíblico como si hubiera sido dictado
palabra por palabra por el Espíritu, y no llega a reconocer que
la palabra de Dios ha sido formulada en un lenguaje y en una
fraseología condicionadas por tal o cual época. No concede
ninguna atención a las formas literarias, y a los modos humanos
de pensar presentes en los textos bíblicos, muchos de los cuales
son el fruto de una elaboración que se ha extendido por largos
períodos de tiempo, y lleva la marca de situaciones históricas
bastante diversas.
El fundamentalismo insiste también, de un modo
indebido, sobre la inerrancia de los detalles en los textos
bíblicos, especialmente en materia de hechos históricos, o de
pretendidas verdades científicas. Frecuentemente considera como
histórico lo que no tenía pretensión de historicidad, porque
incluye en tal categoría cuanto es referido o narrado con verbos
en pretérito, sin la atención necesaria a la posibilidad de un
sentido simbólico o figurativo.
El fundamentalismo tiene frecuentemente la
tendencia a ignorar o negar los problemas que el texto bíblico
presenta en la formulación hebrea, aramea o griega. Está
frecuentemente ligado a una traducción determinada, antigua o
moderna. Omite igualmente considerar las "relecturas"
de ciertos pasajes en el interior mismo de la Biblia.
En lo que concierne a los evangelios, el
fundamentalismo no tiene en cuenta el crecimiento de la
tradición evangélica, sino que confunde ingenuamente el estadio
final de esta tradición (lo que los evangelistas han escrito)
con el estadio inicial (las acciones y las palabras de Jesús en
la historia). Descuida por eso mismo un dato importante: el modo
como las primeras comunidades cristianas han comprendido el
impacto producido por Jesús de Nazaret y su mensaje. Ahora bien,
éste es un testimonio de origen apostólico de la fe cristiana y
su expresión directa. El fundamentalismo desnaturaliza así la
llamada lanzada por el evangelio mismo.
El fundamentalismo tiene tendencia también a
una gran estrechez de puntos de vista, porque considera conforme
a la realidad una cosmología antigua superada, solamente porque
se encuentra expresada en la Biblia. Esto impide el diálogo con
una concepción más amplia de las relaciones entre la cultura y
la fe. Se apoya sobre una lectura no crítica de algunos textos
de la Biblia para confirmar ideas políticas y actitudes sociales
marcadas por prejuicios, racistas, por ejemplo, y completamente
contrarias al evangelio cristiano.
Finalmente, en su fijación sobre el principio
de "sola Scriptura", el fundamentalismo separa la
interpretación de la Biblia de la Tradición guiada por el
Espíritu, que se desarrolla auténticamente en conexión con la
Escritura en el seno de la comunidad de fe. Le falta reconocer
que el Nuevo Testamento ha tomado forma en el interior de la
Iglesia cristiana, y que es Sagrada Escritura de esta Iglesia,
cuya existencia ha precedido a la composición de sus textos. El
fundamentalismo, por ello, es frecuentemente antieclesial:
desprecia los credos, los dogmas y las prácticas litúrgicas que
se han vuelto parte de la tradición eclesiástica, así como la
función de enseñanza de la misma Iglesia. Se presenta como una
forma de interpretación privada, que no reconoce que la Iglesia
ha sido fundada sobre la Biblia, y nutre su vida y su
inspiración en las Escrituras.
El acercamiento fundamentalista es peligroso, porque seduce a las personas que buscan respuestas bíblicas a sus problemas vitales. Puede engañarlas, ofreciéndoles interpretaciones piadosas pero ilusorias, en lugar de decirles que la Biblia no contiene necesariamente una respuesta inmediata a cada uno de sus problemas. El fundamentalismo invita tácitamente a una forma de suicidio del pensamiento. Ofrece una certeza falsa, porque confunde inconscientemente las limitaciones humanas del mensaje bíblico con su sustancia divina.
II. CUESTIONES DE HERMENÉUTICA
A. HERMENÉUTICAS FILOSÓFICAS
El desarrollo de la exégesis se debe repensar
teniendo en cuenta la hermenéutica filosófica contemporánea,
que ha puesto en evidencia la implicación de la subjetividad en
el conocimiento, en particular en el conocimiento histórico. La
reflexión hermenéutica ha tomado un nuevo impulso con la
publicación de los trabajos de Friedrich Schleiermacher, Wilhelm
Dilthey y, sobre todo, Martín Heidegger. En las huellas de estos
filósofos, pero también apartándose de ellos, otros autores
han profundizado la teoría hermenéutica contemporánea y sus
aplicaciones a la Escritura. Entre ellos, mencionaremos
especialmente Rudolf Bultmann, Hans Georg Gadamer y Paul Ricoeur.
Es imposible resumir aquí su pensamiento. Bastará indicar
algunas ideas centrales de su filosofía, que tienen una
incidencia sobre la interpretación de textos bíblicos3.
1. Perspectivas modernas
Constatando la distancia cultural entre el
mundo del primer siglo y el del siglo XX, y preocupado por lograr
que la realidad de la cual trata la Escritura hable al hombre
contemporáneo, Bultmann ha insistido sobre la precomprensión
necesaria a toda comprensión, y ha elaborado la teoría de la
interpretación existencial de los escritos del Nuevo Testamento.
Apoyándose sobre el pensamiento de Heidegger, afirma que la
exégesis de un texto bíblico no es posible sin presupuestos que
dirigen la comprensión. La precomprensión
("Vorverständnis") se funda sobre una relación vital
("Lebensverhältnis") del intérprete a la cosa de la
cual habla el texto. Para evitar el subjetivismo, es necesario
profundizar y enriquecer la precomprensión, más aún,
modificarla y corregirla por medio de aquello que dice el texto.
Interrogándose sobre las cuestiones, a partir
de las cuales los textos de la Escritura podrían ser
comprendidos por el hombre de hoy, Bultmann pretende encontrar la
respuesta en las formulaciones de la analítica existencial de
Heidegger. Los existenciales heideggerianos tendrían un cierto
alcance universal y ofrecerían las estructuras y los conceptos
más apropiados para la comprensión de la existencia humana
revelada en el mensaje del Nuevo Testamento.
Gadamer subraya igualmente la distancia
histórica entre el texto y su intérprete, y retoma y desarrolla
la teoría del círculo hermenéutico. Las anticipaciones y las
preconcepciones que marcan nuestra comprensión provienen de la
tradición que nos sostiene. Esta consiste en un conjunto de
datos históricos y culturales que constituyen nuestro contexto
vital, nuestro horizonte de comprensión. El intérprete debe
entrar en diálogo con la realidad de la cual se trata en el
texto. La comprensión se opera en la fusión de los diferentes
horizontes, del texto y de su lector
("Horizon-tverschmelzung"), y no es posible si no hay
una pertenencia ("Zugehörigkeit"), es decir, una
afinidad fundamental entre el intérprete y su objeto. La
hermenéutica es un proceso dialéctico: la comprensión de un
texto es siempre una comprensión más amplia de sí mismo.
Del pensamiento hermenéutico de Ricoeur se
debe retener primeramente el poner de relieve la función de la
distancia como preámbulo necesario para una justa apropiación
del texto. Una primera distancia existe entre el texto y su
autor, porque, una vez producido, el texto adquiere una cierta
autonomía en relación a su autor, comienza una carrera de
sentido. Otra distancia existe entre el texto y sus lectores
sucesivos. Estos deben respetar el mundo del texto en su
alteridad. Los métodos de análisis literario e histórico son,
pues, necesarios para la interpretación. Sin embargo, el sentido
de un texto no se da plenamente si no es actualizado en la
vivencia de lectores que se lo apropian. A partir de su
situación, éstos son llamados a descubrir significaciones
nuevas, en la línea del sentido fundamental indicado por el
texto. El conocimiento bíblico no debe detenerse en el lenguaje,
sino alcanzar la realidad de la cual habla el texto. El lenguaje
religioso de la Biblia es un lenguaje simbólico que "da que
pensar", un lenguaje del cual no se termina de descubrir las
riquezas de sentido, un lenguaje que procura alcanzar una
realidad trascendente y que, al mismo tiempo, despierta a la
persona humana a la dimensión profunda de su ser.
2. Utilidad para la exégesis
¿Qué se puede decir sobre estas teorías
contemporáneas de la interpretación de textos? La Biblia es
palabra de Dios para todas las épocas que se suceden. En
consecuencia, no se podría prescindir de una teoría
hermenéutica que permita incorporar los métodos de crítica
literaria e histórica en un modelo de interpretación más
amplio. Se trata de franquear la distancia entre el tiempo de los
autores y de los primeros destinatarios de los textos bíblicos,
y nuestra época contemporánea, para poder actualizar
correctamente el mensaje de los textos y nutrir la vida de fe de
los cristianos. Toda exégesis de los textos debe ser completada
por una "hermenéutica" en el sentido reciente del
término.
La necesidad de una hermenéutica, es decir, de
una interpretación en el hoy de nuestro mundo, encuentra un
fundamento en la Biblia misma y en la historia de su
interpretación. El conjunto de los escritos del Antiguo y del
Nuevo Testamento se presenta como el producto de un largo proceso
de reinterpretación de los acontecimientos fundadores en
relación con la vida de las comunidades de creyentes. En la
tradición eclesial, los primeros intérpretes de la Escritura,
los Padres de la Iglesia, consideraban que su exégesis de los
textos no estaba completa, sino cuando sacaban de ella el sentido
para los cristianos de su tiempo en su situación propia. No se
es fiel a la intención de los textos bíblicos, sino cuando se
procura encontrar, en el corazón de su formulación, la realidad
de fe que expresan, y se enlaza esta a la experiencia creyente de
nuestro mundo.
La hermenéutica contemporánea es una sana
reacción al positivismo histórico y a la tentación de aplicar
al estudio de la Biblia los criterios de objetividad utilizados
en las ciencias naturales. Por una parte, los acontecimientos
relatados en la Biblia son acontecimientos interpretados. Por
otra parte, toda exégesis de los relatos de esos acontecimientos
implica necesariamente la subjetividad del exegeta. El justo
conocimiento del texto bíblico no es accesible sino a quien
tiene una afinidad vivida con aquello de lo cual habla el texto.
La cuestión que se presenta a todo intérprete es, pues, la
siguiente: ¿Qué teoría hermenéutica hace posible la justa
percepción de la realidad profunda de la cual habla la Escritura
y permite expresar su significado para el hombre de hoy?
Es necesario reconocer, en efecto, que ciertas
teorías hermenéuticas son inadecuadas para interpretar la
Escritura. La interpretación existencial de Bultmann, por
ejemplo, conduce a encerrar el mensaje cristiano en una
filosofía particular. Además, los presupuestos de esta
hermenéutica conducen a vaciar, en buena parte, el mensaje
religioso de la Biblia de su realidad objetiva (consecuencia de
una "desmitologización" excesiva), y tienden a
subordinarlo a un mensaje antropológico. La filosofía se vuelve
norma, más bien que instrumento, de comprensión de aquello que
es el objeto central de toda interpretación: la persona de
Jesucristo y los acontecimientos de salvación que se han
verificado en nuestra historia. Una auténtica interpretación de
la Escritura es, pues, primeramente, aceptación de un sentido
presente en los acontecimientos, y de modo supremo, en la persona
de Jesucristo.
Este sentido se expresa en los textos. Para
evitar el subjetivismo, una buena actualización debe estar
fundada sobre el estudio del texto, y los presupuestos de lectura
deben ser constantemente sometidos a la verificación por el
texto.
La hermenéutica bíblica, si por una parte
pertenece al ámbito de la hermenéutica general de todo texto
literario e histórico, por otra es un caso único de esta
hermenéutica. Sus características específicas le vienen de su
objeto. Los acontecimientos de salvación y su cumplimiento en la
persona de Jesucristo dan sentido a toda la historia humana. Las
interpretaciones históricas nuevas no podrán sino descubrir y
desarrollar estas riquezas de sentido. El relato bíblico de
estos acontecimientos no puede ser plenamente comprendido
solamente por la razón. Ciertos presupuestos particulares, como
la fe vivida en la comunidad eclesial y la luz del Espíritu
dirigen su interpretación. Con el crecimiento de la vida en el
Espíritu, aumenta en el lector la comprensión de las realidades
de las cuales habla el texto bíblico.
B.
SENTIDOS DE LA ESCRITURA INSPIRADA
El aporte moderno de las hermenéuticas
filosóficas y los desarrollos recientes del estudio científico
de la literatura, permiten a la exégesis bíblica profundizar la
comprensión de su tarea, cuya complejidad se ha vuelto más
evidente. La exégesis antigua, que evidentemente no podía tomar
en consideración las exigencias científicas modernas, atribuía
a todo texto de la Escritura diferentes niveles de sentido. La
distinción más corriente se establecía entre el sentido
literal y el sentido espiritual. La exégesis medieval
distinguía en el sentido espiritual tres aspectos diferentes,
que se relacionan, respectivamente, a la verdad revelada, a la
conducta que se debía mantener, y al cumplimiento final. De
allí el célebre dístico de Agustín de Dinamarca (siglo XIII):
"Littera gesta docet, quid credas
allegoria,
moralis quid agas, quid speres anagogia".
En reacción contra esta multiplicidad de
sentidos, la exégesis histórico-crítica ha adoptado, más o
menos abiertamente, la tesis de la unidad de sentido, según la
cual un texto no puede tener simultáneamente diferentes
significados. Todo el esfuerzo de la exégesis
histórico-crítica se dirige a definir "el" sentido de
tal o cual texto bíblico en las circunstancias de su
producción.
Pero esta tesis choca ahora con las
conclusiones de las ciencias del lenguaje y de las hermenéuticas
filosóficas, que afirman la polisemia de los textos escritos.
El problema no es simple y no se presenta del
mismo modo en todos los géneros de texto: relatos históricos,
parábolas, oráculos, leyes, proverbios, oraciones, himnos, etc.
Se pueden dar, sin embargo, algunos principios generales,
teniendo en cuenta la diversidad de opiniones.
1. Sentido literal
Es no solamente legítimo, sino indispensable,
procurar definir el sentido preciso de los textos tal y como han
sido producidos por sus autores; sentido llamado
"literal". Ya santo Tomás de Aquino afirmaba su
importancia fundamental (S. Th., I, q. 1, a. 10, ad 1).
El sentido literal no se debe confundir con el
sentido "literalista" al cual se adhieren los
fundamentalistas. No basta traducir un texto palabra por palabra
para obtener su sentido literal. Es necesario comprenderlo según
las convenciones literarias de su tiempo. Cuando un texto es
metafórico, su sentido literal no es el que resulta
inmediatamente de una comprensión palabra por palabra (por
ejemplo: "Tened ceñida la cintura", Lc. 12, 35) sino
el que corresponde al empleo metafórico de los términos
("Tened una actitud de disponibilidad"). Cuando se
trata de un relato, el sentido literal no comporta necesariamente
la afirmación de que los hechos narrados se han producido
efectivamente, ya que un relato puede no pertenecer al género
histórico, sino ser una obra de imaginación.
El sentido literal de la Escritura es aquel que
ha sido expresado directamente por los autores humanos
inspirados. Siendo el fruto de la inspiración, este sentido es
también querido por Dios, autor principal. Se lo puede discernir
gracias a un análisis preciso del texto, situado en su contexto
literario e histórico. La tarea principal del exegeta es llevar
a buen término este análisis, utilizando todas las
posibilidades de investigación literaria e histórica, para
definir el sentido literal de los textos bíblicos con la mayor
exactitud posible (cfr. Divino afflante Spiritu, Enchiridion
Biblicum, 550). Con este fin, el estudio de los géneros
literarios antiguos es particularmente necesario (ibíd., 560).
El sentido literal de un texto, ¿es único? En
general sí, pero no se trata de un principio absoluto, y esto
por dos razones. Por una parte, un autor humano puede querer
referirse al mismo tiempo a varios niveles de realidad. El caso
es corriente en poesía. La inspiración bíblica no desdeña
esta posibilidad de la psicología y del lenguaje humano. El IV
evangelio ofrece numerosos ejemplos de esta situación. Por otra
parte, aun cuando una expresión humana parece no tener más que
un significado, la inspiración divina puede guiar la expresión
de modo de producir una ambivalencia. Tal es el caso de la
palabra de Caifás en Jn. 11, 50. Ella expresa a la vez un
cálculo político inmoral y una revelación divina. Estos dos
aspectos pertenecen, uno y otro, al sentido literal, ya que ambos
son puestos en evidencia por el contexto. Este caso es
significativo, aunque sea extremo, y pone en guardia contra una
concepción demasiado estrecha del sentido literal de los textos
inspirados.
Conviene en particular estar atento al aspecto
dinámico de muchos textos. El sentido de los salmos reales, por
ejemplo, no debería estar limitado estrechamente a las
circunstancias históricas de su producción. Hablando del rey,
el salmista evoca a la vez una institución concreta, y una
visión ideal de la realeza, conforme al designio de Dios, de
modo que su texto sobrepasa la institución monárquica tal como
se había manifestado en la historia. La exégesis
histórico-crítica ha tenido demasiado frecuentemente la
tendencia a limitar el sentido de lo textos, relacionándolos
exclusivamente con circunstancias históricas precisas. Ella
debería, más bien, procurar precisar la dirección de
pensamiento expresada por el texto; dirección que, en lugar de
invitar al exegeta a detener el sentido, le sugiere, al
contrario, percibir las extensiones más o menos previsibles.
Una corriente de hermenéutica moderna ha
subrayado la diferencia de situación que afecta a la palabra
humana puesta por escrito. Un texto escrito tiene la capacidad de
ser situado en nuevas circunstancias, que lo iluminan de modo
diferente, añadiendo a su sentido determinaciones nuevas. Esta
capacidad del texto escrito es especialmente efectiva en el caso
de los textos bíblicos, reconocidos como palabra de Dios. En
efecto, lo que ha llevado a la comunidad creyente a conservarlos,
es la convicción de que ellos continúan siendo portadores de
luz y de vida para las generaciones venideras. El sentido literal
está, desde el comienzo, abierto a desarrollos ulteriores, que
se producen gracias a "relecturas" en contextos nuevos.
De aquí no se sigue que se pueda atribuir a un
texto bíblico cualquier sentido, interpretándolo de modo
subjetivo. Es necesario, por el contrario, rechazar, como no
auténtica, toda interpretación heterogénea al sentido
expresado por los autores humanos en su texto escrito. Admitir
sentidos heterogéneos equivaldría a cortar el mensaje bíblico
de su raíz, que es la palabra de Dios comunicada
históricamente, y abrir la puerta a un subjetivismo
incontrolable.
2. Sentido espiritual
Conviene, sin embargo, no tomar
"heterogéneo" en un sentido estrecho, contrario a toda
posibilidad de perfeccionamiento superior. El acontecimiento
pascual, la muerte y resurrección de Jesús, ha establecido un
contexto histórico radicalmente nuevo, que ilumina de modo nuevo
los textos antiguos y les hace sufrir una mutación de sentido.
En particular, algunos textos que, en las circunstancias
antiguas, debían ser considerados como hipérboles (por ejemplo,
el oráculo donde Dios, hablando de un descendiente de David,
prometía afirmar "para siempre" su trono, 2 Sam., 7,
12-13; 1 Crón. 17, 11-14), deben ser tomados ahora a la letra,
porque "el Cristo, habiendo resucitado de los muertos, no
muere más" (Rom. 6, 9). Los exegetas que tienen una noción
estrecha, "historicista", del sentido literal,
considerarán que hay aquí heterogeneidad. Los que están
abiertos al aspecto dinámico de los textos, reconocerán una
continuidad profunda, al mismo tiempo que un pasaje a un nivel
diferente: el Cristo reina para siempre, pero no sobre el trono
terrestre de David (cfr. también Sal. 2, 7-8; 110, 1. 4).
En estos casos se habla a veces de
"sentido espiritual". Como regla general, se puede
definir el sentido espiritual comprendido según la fe cristiana,
como el sentido expresado por los textos bíblicos, cuando se los
lee bajo la influencia del Espíritu Santo en el contexto del
misterio pascual de Cristo y de la vida nueva que proviene de
él. Este contexto existe efectivamente. El Nuevo Testamento
reconoce en él el cumplimiento de las Escrituras. Es, pues,
normal releer las Escrituras a la luz de este nuevo contexto, que
es el de la vida en el Espíritu.
De la definición dada se pueden deducir varias
precisiones útiles sobre las relaciones entre sentido espiritual
y sentido literal.
Contrariamente a una opinión corriente, no hay
una necesaria distinción entre ambos. Cuando un texto bíblico
se refiere directamente al misterio pascual de Cristo o a la vida
nueva que resulta de él, su sentido literal es un sentido
espiritual. Este es el caso habitual en el Nuevo Testamento. Por
eso es el Antiguo Testamento la parte de la Biblia a propósito
de la cual la exégesis cristiana habla más frecuentemente de
sentido espiritual. Pero ya en el Antiguo Testamento los textos
tienen, en numerosos casos, un sentido religioso y espiritual como
sentido literal. La fe cristiana reconoce en estos textos una
relación anticipada con la vida nueva traída por Cristo.
Cuando hay distinción, el sentido espiritual
no puede jamás estar privado de relación con el sentido
literal. Este continúa siendo la base indispensable. De otro
modo, no se podría hablar de "cumplimiento" de la
Escritura. Para que haya "cumplimiento", es esencial
una relación de continuidad y de conformidad. Pero es necesario
también que haya un pasaje a un nivel superior de realidad.
El sentido espiritual no se debe confundir con
las interpretaciones subjetivas dictadas por la imaginación o la
especulación intelectual. Aquel proviene de la relación del
texto con datos reales que no le son extraños: el acontecimiento
pascual y su inagotable fecundidad, que constituyen el punto más
alto de la intervención divina en la historia de Israel, para
beneficio de la humanidad entera.
La lectura espiritual, hecha en comunidad o
individualmente, no descubre un sentido espiritual auténtico si
no se mantiene en esta perspectiva. Hay entonces una relación de
tres niveles de realidad: el texto bíblico, el misterio pascual
y las circunstancias presentes de vida en el Espíritu.
Persuadidos de que el misterio de Cristo da la
clave de interpretación de todas las Escrituras, los exegetas
antiguos se esforzaban por encontrar un sentido espiritual en los
menores detalles de los textos bíblicos (por ejemplo, en cada
prescripción de las leyes rituales), sirviéndose de métodos
rabínicos o inspirándose en el alegorismo helenístico. La
exégesis moderna no puede considerar este tipo de intentos como
interpretación válida, no obstante cuál haya podido ser en el
pasado su utilidad pastoral (Divino afflante Spiritu, Enchiridion
Biblicum, 553).
Uno de los aspectos posibles del sentido
espiritual es el tipológico, del cual se dice habitualmente que
pertenece, no a la Escritura misma, sino a las realidades
expresadas por la Escritura: Adán es figura de Cristo (cfr. Rom.
5, 14), el diluvio figura del bautismo ( 1 Ped. 3, 20-21), etc.
De hecho, la relación tipológica está basada ordinariamente
sobre el modo cómo la Escritura describe la realidad antigua
(por ejemplo la voz de Abel: Gn. 4, 10; Heb. 11, 4; 12, 24), y no
simplemente sobre esta realidad. En consecuencia, se trata
propiamente, en tal caso, de un sentido de la Escritura.
3. Sentido pleno
La categoría relativamente reciente de
"sentido pleno" (sensus plenior) suscita discusiones.
El sentido pleno se define como un sentido profundo del texto,
querido por Dios, pero no claramente expresado por el autor
humano. Se descubre la existencia de este sentido en un texto
bíblico, cuando se lo estudia a la luz de otros textos bíblicos
que lo utilizan, o en su relación con el desarrollo interno de
la revelación.
Se trata, pues, del significado que un autor
bíblico atribuye a un texto bíblico anterior, cuando lo vuelve
a emplear en un contexto que le confiere un sentido literal
nuevo; o bien de un significado, que una tradición doctrinal
auténtica o una definición conciliar, da a un texto de la
Biblia. Por ejemplo, el contexto de Mt. 1, 23 da un sentido pleno
al oráculo de Is. 7, 14 sobre la almah que concebirá,
utilizando la traducción de los Setenta (parthenos): "La
virgen concebirá". La doctrina patrística y conciliar
sobre la Trinidad expresa el sentido pleno de la enseñanza del
Nuevo Testamento sobre Dios, Padre, Hijo y Espíritu. La
definición de pecado original del Concilio de Trento proporciona
el sentido pleno de la enseñanza de Pablo en Rom. 5, 12-21 a
propósito de las consecuencias del pecado de Adán para la
humanidad. Pero cuando falta un control de esta naturaleza, por
un texto bíblico explícito o por una tradición doctrinal
auténtica, el recurso a un pretendido sentido pleno podría
conducir a interpretaciones desprovistas de toda validez.
En definitiva, se puede considerar el "sentido pleno" como otro modo de designar el sentido espiritual de un texto bíblico, en el caso en que el sentido espiritual se distingue del sentido literal. Su fundamento es que el Espíritu Santo, autor principal de la Biblia, puede guiar al autor humano en la elección de sus expresiones de tal modo que ellas expresen una verdad de la cual él no percibe toda su profundidad. Esta es más completamente revelada en el curso del tiempo; por una parte, gracias a realizaciones divinas ulteriores que manifiestan mejor el alcance de los textos; y por otra, gracias a la inserción de los textos en el canon de las Escrituras. Así se constituye un nuevo contexto, que revela potencialidades de sentido que el contexto primitivo dejaba en la oscuridad.
III. DIMENSIONES CARACTERÍSTICAS DE LA INTERPRETACIÓN
CATÓLICA
La exégesis católica no procura distinguirse
por un método científico particular. Ella reconoce que uno de
los aspectos de los textos bíblicos es ser obra de autores
humanos, que se han servido de sus propias capacidades de
expresión y de medios que su tiempo y su medio social ponían a
su disposición. En consecuencia, ella utiliza sin segundas
intenciones, todos los métodos y acercamientos científicos que
permiten captar mejor el sentido de los textos en su contexto
lingüístico, literario, socio-cultural, religioso e histórico,
iluminándolos también por el estudio de sus fuentes y teniendo
en cuenta la personalidad de cada autor (cfr. Divino afflante
Spiritu, Enchiridion Biblicum, 557). La exégesis católica
contribuye así activamente al desarrollo de los métodos y al
progreso de la investigación.
Lo que la caracteriza es que se sitúa
conscientemente en la tradición viva de la Iglesia, cuya primera
preocupación es la fidelidad a la revelación testimoniada por
la Biblia. Las hermenéuticas modernas han puesto en evidencia,
como hemos recordado, la imposibilidad de interpretar un texto
sin partir de una "precomprensión" de uno u otro
género. El exegeta católico aborda los escritos bíblicos con
una precomprensión, que une estrechamente la cultura moderna
científica y la tradición religiosa proveniente de Israel y de
la comunidad cristiana primitiva. Su interpretación se encuentra
así en continuidad con el dinamismo de interpretación que se
manifiesta en el interior mismo de la Biblia, y que se prolonga
luego en la vida de la Iglesia. Ella corresponde a la exigencia
de afinidad vital entre el intérprete y su objeto, afinidad que
constituye una de las condiciones de posibilidad de la empresa
exegética.
Toda precomprensión comporta sin embargo
peligros. En el caso de la exégesis católica, existe el riesgo
de atribuir a los textos bíblicos un sentido que no expresan,
sino que es el fruto de un desarrollo ulterior de la tradición.
El exegeta debe prevenir este riesgo.
A. LA INTERPRETACIÓN EN LA TRADICIÓN BÍBLICA
Los textos de la Biblia son la expresión de
tradiciones religiosas que existían antes de ellos. El modo
cómo se relacionan con las tradiciones es diferente en cada
caso, ya que la creatividad de los autores se manifiesta en
diversos grados. En el curso del tiempo, múltiples tradiciones
han confluido poco a poco para formar una gran tradición común.
La Biblia es una manifestación privilegiada de este proceso que
ella ha contribuido a realizar y del cual continúa siendo norma
reguladora.
"La interpretación en la tradición
bíblica" comporta una gran variedad de aspectos. Se puede
atender como el modo con el cual la Biblia interpreta las
experiencias humanas fundamentales o los acontecimientos
particulares de la historia de Israel, o como el modo en el cual
los textos bíblicos utilizan las fuentes, escritas u orales (de
las cuales algunas pueden provenir de otras religiones o culturas),
reinterpretándolas. Siendo nuestro tema la interpretación de la
Biblia, no queremos tratar aquí estas amplias cuestiones, sino
simplemente proponer algunas observaciones sobre la
interpretación de los textos bíblicos en el interior de la
Biblia misma.
1. Relecturas
Lo que contribuye a dar a la Biblia su unidad
interna, única en su género, es que los escritos bíblicos
posteriores se apoyan con frecuencia sobre los escritos
anteriores. Aluden a ellos , proponen "relecturas" que
desarrollan nuevos aspectos del sentido, a veces muy diferentes
del sentido primitivo, o inclusive se refieren a ellos
explícitamente, sea para profundizar el significado, sea para
afirmar su realización.
Así, la herencia de una tierra, prometida por
Dios a Abraham para su descendencia (Gn. 15, 7. 18), se convierte
en la entrada en el santuario de Dios (Ex. 15, 17), en una
participación en el reposo de Dios (Sal. 132, 7-8), reservada a
los verdaderos creyentes (Sal. 95, 8-11; Hech. 3, 7-4, 11), y,
finalmente, en la entrada en el santuario celestial (Heb. 6, 12.
18-20), "herencia eterna" (Heb. 9, 15).
El oráculo de Natán, que promete a David una
"casa", es decir, una sucesión dinástica
"estable para siempre" (2 Sam. 7, 12-16), es recordado
en numerosas oportunidades (2 Sam. 23, 5; 1 Rey. 2, 4; 3, 6; 1
Crón. 17, 11-14), especialmente en el tiempo de la angustia
(Sal. 89, 20-38), no sin variaciones significativas, y es
prolongada por otros oráculos (Sal. 2, 7-9; 110, 1-4; Am. 9, 11;
Is. 7, 13-14; Jer. 23, 5-6; etc.), de los cuales algunos anuncian
el retorno del reino de David mismo (Os. 3, 5; Jer. 30, 8; Ez.
34, 24; 37, 24-25; cfr. Mc. 11, 10). El reino prometido se vuelve
así universal (Sal. 2, 8; Dn. 2, 35. 44; 7, 14; cfr. Mt. 28,
18). El realiza en plenitud la vocación del hombre (Gn. 1, 28;
Sal. 8, 6-9; Sab. 9, 2-3; 10, 2).
El oráculo de Jeremías sobre los setenta
años de castigo merecidos por Jerusalén y Judá (Jer. 25,
11-12; 29, 10) es recordado en 2 Crón. 25, 20-23, que constata
la realización; pero es meditado de un modo nuevo, mucho
después, por el autor de Daniel, en la convicción de que esta
palabra de Dios contiene aun un sentido oculto, que debe irradiar
su luz sobre la situación presente (Dn. 9, 24-27).
La afirmación fundamental de la justicia
retributiva de Dios, que recompensa a los buenos y castiga a los
malvados (Sal. 1, 1-6; 112, 1-10; Lev. 26, 3-33; etc.), choca con
la experiencia inmediata que frecuentemente no corresponde a
aquella. La Escritura expresa entonces con vigor el desacuerdo y
la protesta (Sal. 44; Jb. 10, 1-7; 13, 3-28; 23,24) y profundiza
progresivamente el misterio (Sal. 37; Jb. 38,42; Is. 53; Sab. 3,5).
2. Relaciones entre el Antiguo Testamento y el
Nuevo Testamento
Las relaciones intertextuales toman una extrema
densidad en los escritos del Nuevo Testamento, todos ellos
tapizados de alusiones al Antiguo Testamento y de citas
explícitas. Los autores del Nuevo Testamento reconocen al
Antiguo Testamento valor de revelación divina. Proclaman que la
revelación ha encontrado su cumplimiento en la vida, la
enseñanza y sobre todo la muerte y resurrección de Jesús,
fuente de perdón y vida eterna. "Cristo murió por nuestros
pecados según las Escrituras y fue sepultado; resucitó al
tercer día según las Escrituras y se apareció..." (1 Cor.
15, 3-5). Este es el núcleo central de la predicación
apostólica (1 Cor. 15, 11).
Como siempre, entre las Escrituras y los
acontecimientos que ls llevan a cumplimiento, las relaciones no
son de simple correspondencia material, sino de iluminación
recíproca y de progreso dialéctico: se constata a la vez, que
las Escrituras revelan el sentido de los acontecimientos y que
los acontecimientos revelan el sentido de las Escrituras; es
decir, que obligan a renunciar a ciertos aspectos de la
interpretación recibida, para adoptar una interpretación nueva.
Desde el tiempo de su actividad pública,
Jesús había tomado una posición personal original, diferente
de la interpretación tradicional de su tiempo, la "de los
escribas y fariseos" (Mt. 5, 20). Numerosos son los
testimonios: las antítesis del Sermón de la montaña (Mt. 5,
21-48), la libertad soberana de Jesús en la observancia del
sábado (Mc. 2, 27-28 y par.), su modo de relativizar los
preceptos de pureza ritual (Mc. 7, 1-23, y par.), su exigencia
radical, al contrario en otros campos (Mt. 10, 2-12 y par.; 10,
17-27 y par.) y sobre todo su actitud de acogida hacia los
"publicanos y pecadores" (Mc. 2, 15-17 y par.). Esto no
era un capricho contestatario sino, al contrario, fidelidad
profunda a la voluntad de Dios expresada en la Escritura (cfr.
Mt. 5, 17; 9, 13; Mc. 7, 8-13 y par.; 10, 5-9 y par.).
La muerte y la resurrección de Jesús han
llevado al extremo la evolución comenzada, provocando, en
algunos puntos, una ruptura completa, al mismo tiempo que una
apertura inesperada. La muerte del Mesías, "rey de los
judíos" (Mc. 15, 26 y par.), ha provocado una
transformación de la interpretación histórica de los salmos
reales y de los oráculos mesiánicos. Su resurrección y su
glorificación celestial como Hijo de Dios han dado a esos mismos
textos una plenitud de sentido, antes inconcebible. Expresiones
que parecían hiperbólicas deben, a partir de ese momento, ser
tomadas literalmente. Ellas aparecen como preparadas por Dios
para expresar la gloria de Cristo Jesús, ya que Jesús es
verdaderamente "Señor" (Sal. 110, 1), en el sentido
más fuerte del término (Hech. 2, 36; Flp. 2, 10-11; Heb. 1,
10-12). El es el Hijo de Dios (Sal. 2, 7; Mc. 14, 62; Rom. 1,
3-4), Dios con Dios (Sal. 45, 7; Heb. 1, 8; Jn. 1, 1; 20, 28).
"Su reino no tendrá fin" (Lc. 1, 32-33; cfr. 1 Crón.
17, 11-14; Sal. 45, 7; Heb. 1, 8), y él es al mismo tiempo
"sacerdote eterno" (Sal. 110, 4; Heb. 5, 6-10; 7,
23-24).
A la luz del acontecimiento de la pascua, los
autores del Nuevo Testamento han releído el Antiguo Testamento.
El Espíritu Santo enviado por el Cristo glorificado (cfr. Jn.
15, 26; 16, 7) les ha hecho descubrir el sentido espiritual. Han
sido así llevados a afirmar, más que nunca, el valor profético
del Antiguo Testamento; pero, por otra parte, a relativizar
fuertemente su valor como institución salvífica. Este segundo
punto de vista, que aparece ya en los evangelios (cfr. Mt. 11,
11-13 y par.; 12, 41-42 y par.; Jn. 4, 12-14; 5, 37; 6, 32), se
manifiesta con todo su vigor en algunas cartas paulinas, así
como en la carta a los Hebreos. Pablo y el autor de la carta a
los Hebreos demuestran que la Torah, como revelación, anuncia
ella misma su propio fin como sistema legislativo (Gál. 2, 15;5,
1; Rom. 3, 20-21; 6, 14; Heb. 7, 11-19; 10, 8-9). Por ello, los
paganos que se adhieren a la fe en Cristo no deben ser sometidos
a todos los preceptos de la legislación bíblica, reducida
ahora, como conjunto, a la institución legal de un pueblo
particular. Pero ellos deben, sí, nutrirse del Antiguo
Testamento como palabra de Dios, que les permite descubrir mejor
todas las dimensiones del misterio pascual del cual viven (cfr.
Lc. 24, 25-27. 44-45; Rom. 1, 1-2).
Las relaciones entre el Nuevo y el Antiguo
Testamento en la Biblia cristiana no son, pues, simples. Cuando
se trata de utilizar textos particulares, los autores del Nuevo
Testamento han recurrido naturalmente a los conocimientos y
procedimientos de interpretación de su época. Sería un
anacronismo exigir de ellos que estuvieran conformes a los
métodos científicos modernos. El exegeta debe más bien
adquirir el conocimiento de los procedimientos antiguos, para
poder interpretar correctamente el uso que se hace de ellos. Es
verdad, por otra parte, que no se puede otorgar un valor absoluto
a lo que es conocimiento humano limitado.
Conviene finalmente añadir que en el Nuevo
Testamento, como ya en el Antiguo Testamento, se observa la
yuxtaposición de perspectivas diferentes, a veces en tensión
unas con otras; por ejemplo sobre la situación de Jesús (Jn. 8,
29; 16, 32 y Mc. 15, 34), o sobre el valor de la Ley mosaica (Mt.
17-19 y Rom. 6, 14), o sobre la necesidad de las obras para la
justificación (Sant. 2, 24 y Rom. 3, 28; Ef. 2, 8-9). Una de las
características de la Biblia es precisamente la ausencia de un
sistema, y por el contrario, la presencia de tensiones
dinámicas. La Biblia ha acogido varios modos de interpretar los
mismos acontecimientos o de pensar los mismos problemas. Ella
invita así a rechazar el simplismo y la estrechez de espíritu.
3. Algunas conclusiones
De cuanto se acaba de decir, se puede concluir
que la Biblia contiene numerosas indicaciones y sugestiones sobre
el arte de interpretarla. La Biblia es, ella misma, desde los
comienzos, interpretación. Sus textos han sido reconocidos por
las comunidades de la Antigua Alianza y del tiempo apostólico
como expresiones válidas de su fe. Según la interpretación de
las comunidades y en unión con ellas, han sido reconocidos como
Sagrada Escritura (así, por ejemplo, el Cantar de los cantares
ha sido reconocido como Sagrada Escritura en cuanto se aplica a
la relación entre Dios e Israel). En el curso de la formación
de la Biblia, los escritos que la componen han sido, en numerosos
casos, reelaborados y reinterpretados para responder a
situaciones nuevas, antes desconocidas.
El modo de interpretar los textos, que se
manifiesta en la Sagrada Escritura, sugiere las siguientes
observaciones:
Puesto que la Sagrada Escritura se ha
constituido sobre la base del consenso de las comunidades
creyentes, que han reconocido en su texto la expresión de la fe
revelada, su interpretación misma debe ser, para la fe viviente
de las comunidades eclesiales, fuente de consenso sobre los
puntos esenciales.
Puesto que la expresión de la fe, tal como se
encuentra en la Sagrada Escritura reconocida por todos, se ha
renovado continuamente para enfrentar situaciones nuevas (lo cual
explica las "relecturas" de numerosos textos
bíblicos), la interpretación de la Biblia debe tener igualmente
un aspecto de creatividad y afrontar las cuestiones nuevas, para
responder a ellas a partir de la Biblia.
Puesto que los textos de la Sagrada Escritura
tienen a veces tensiones entre ellos, la interpretación debe
necesariamente ser plural. Ninguna interpretación particular
puede agotar el sentido del conjunto, que es una sinfonía a
varias voces. La interpretación de un texto particular debe,
pues, evitar la exclusividad.
La Sagrada Escritura está en diálogo con las
comunidades creyentes, porque ha surgido de sus tradiciones de
fe. Sus textos se han desarrollado en relación con esas
tradiciones y han contribuido, recíprocamente, a su desarrollo.
La interpretación de la Escritura se debe hacer, pues, en el
seno de la Iglesia en su pluralidad y su unidad, y en la
tradición de fe.
Las tradiciones de fe forman el medio vital en
el cual se ha insertado la actividad literaria de los autores de
la Sagrada Escritura. Esta inserción comprendía también la
participación en la vida litúrgica y en la actividad exterior
de las comunidades, en su mundo espiritual, su cultura, y en las
peripecias de su destino histórico. La interpretación de la
Sagrada Escritura exige, pues, de manera semejante, la
participación de los exegetas en toda la vida y la fe de la
comunidad creyente de su tiempo.
El diálogo con la Sagrada Escritura en su
conjunto, y por tanto con la comprensión de la fe propia de
épocas anteriores, se acompaña necesariamente con un diálogo
con la generación presente. Esto implica establecer una
relación de continuidad, pero también constatar las
diferencias. La interpretación de la Escritura comporta, por
tanto, un trabajo de verificación y de selección: está en
continuidad con las tradiciones exegéticas anteriores, de las
cuales conserva y vuelve a emplear muchos elementos, pero sobre
otros puntos se distancia de ellas para poder progresar.
B. LA INTERPRETACIÓN EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA
La Iglesia, pueblo de Dios, tiene conciencia de
ser ayudada por el Espíritu Santo en su comprensión e
interpretación de las Escrituras. Los primeros discípulos de
Jesús sabían que no estaban en grado de comprender
inmediatamente, en todos sus aspectos, la plenitud que habían
recibido. Experimentaban, en su vida de comunidad vivida con
perseverancia, una profundización y una explicitación
progresiva de la revelación recibida. Reconocían en esto la
influencia y la acción del "Espíritu de verdad" que
el Cristo les había prometido para guiarlos hacia la plenitud de
la verdad (Jn. 16, 12-13). La Iglesia continúa su camino del
mismo modo, sostenida por la promesa de Cristo: "el
Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi
nombre, os enseñará todas las cosas y os hará recordar todo lo
que yo os había dicho" (Jn. 14, 26).
1. Formación del canon
Guiada por el Espíritu Santo y a la luz de la
Tradición viviente que ha recibido, la Iglesia ha discernido los
escritos que deben ser conservados como Sagrada Escritura en el
sentido que "habiendo sido escritos bajo la inspiración del
Espíritu Santo, tienen a Dios por autor, han sido trasmitidos
como tales a la Iglesia" (Dei Verbum, 11) y contienen
"la verdad que Dios ha querido consignar en las sagradas
letras para nuestra salvación" (ibíd.).
El discernimiento del "canon" de la
Sagrada Escritura ha sido el punto de llegada de un largo
proceso. Las comunidades de la Antigua Alianza (a partir de
grupos particulares como los círculos proféticos o el ambiente
sacerdotal, hasta el conjunto del pueblo) han reconocido en un
cierto número de textos la palabra de Dios que suscitaba su fe y
los guiaba en la vida. Ellas han recibido esos textos como un
patrimonio que debía ser conservado y trasmitido. Así, los
textos han dejado de ser simplemente la expresión de la
inspiración de autores particulares; se han convertido en
propiedad común del pueblo de Dios. El Nuevo Testamento
testimonia su veneración por esos textos sagrados, que él
recibe como una preciosa herencia trasmitida por el pueblo
judío. Los considera "Sagradas Escrituras" (Rom. 1,
2), "inspiradas" por el Espíritu de Dios (2 Tim. 3,
16; cfr. 2 Ped. 1, 20-21), que "no pueden ser abolidas"
(Jn. 10, 35).
A estos textos que forman "el Antiguo
Testamento" (cfr. 2 Cor. 3, 14), la Iglesia ha unido
estrechamente los escritos donde ella ha reconocido, por una
parte, el testimonio auténtico, proveniente de los apóstoles
(cfr. Lc. 1, 2; 1 Jn. 1, 1-3) y garantizados por el Espíritu
Santo (cfr. 1 Ped. 1, 12), sobre "todo lo que Jesús
comenzó a hacer y enseñar" (Hech. 1, 1) y, por otra parte,
las instrucciones dadas por los mismos apóstoles y por otros
discípulos para constituir la comunidad de los creyentes. Esta
doble serie de escritos ha recibido, seguidamente, el nombre de
"Nuevo Testamento".
En este proceso, numerosos factores han jugado
un papel: la certeza de que Jesús (y los apóstoles con él)
habían reconocido el Antiguo Testamento como Escritura
inspirada, y de que el misterio pascual constituía su
cumplimiento; la convicción de que los escritos del Nuevo
Testamento provienen auténticamente de la predicación
apostólica (lo cual no implica que hayan sido todos ellos
compuestos por los apóstoles mismos); la constatación de su
conformidad con la regla de fe, y de su uso en la liturgia
cristiana; en fin, la de su acuerdo con la vida eclesial de las
comunidades y de su capacidad de nutrir esa vida.
Discerniendo el canon de las Escrituras, la
Iglesia discernía también y definía su propia identidad, de
modo que las Escrituras son, a partir de ese momento, un espejo
en el cual la Iglesia puede redescubrir constantemente su
identidad, y verificar, siglo tras siglo, el modo como ella
responde sin cesar al evangelio, del cual se dispone a ser el
medio de trasmisión (Dei Verbum, 7). Esto confiere a los
escritos canónicos un valor salvífico y teológico
completamente diferente del de otros textos antiguos. Si estos
últimos pueden arrojar mucha luz sobre los orígenes de la fe,
no pueden nunca sustituir la autoridad de los escritos
considerados como canónicos, y por tanto fundamentales para la
comprensión de la fe cristiana.
2. Exégesis patrística
Desde los primeros tiempos, se ha comprendido
que el mismo Espíritu Santo, que ha impulsado a los autores del
Nuevo Testamento a poner por escrito el mensaje de salvación
(Dei Verbum, 7; 18), asiste a la Iglesia continuamente para
interpretar los escritos inspirados (cfr. Ireneo, Adv. Haer., 3.
24. 1; 4. 33. 8; Orígenes, De princ., 2. 7. 2; Tertuliano, De
Praescr., 22).
Los Padres de la Iglesia, que tienen un papel
particular en el proceso de formación del canon, tienen, de modo
semejante, un papel fundador en relación a la tradición viva,
que sin cesar acompaña y guía la lectura y la interpretación
que la Iglesia hace de las Escrituras (cfr. Providentissimus
Deus, Enchiridion Biblicum, 110-111; Divino afflante Spiritu,
28-30, Enchiridion Biblicum, 554; Dei Verbum, 23; PCB, Instr. de
Evang. histor., 1). En el curso de la gran Tradición, la
contribución particular de la exégesis patrística consiste en
esto: ella ha sacado del conjunto de la Escritura las
orientaciones de base que han dado forma a la tradición
doctrinal de la Iglesia, y ha proporcionado una rica enseñanza
teológica para la instrucción y la alimentación espiritual de
los fieles.
En los Padres de la Iglesia, la lectura de la
Escritura y su interpretación ocupan un lugar considerable. Lo
testimonian primeramente las obras directamente ligadas a la
comprensión de las Escrituras, es decir, las homilías y los
comentarios, pero también las obras de controversia y teología,
donde la referencia a la Escritura sirve como argumento
principal.
El lugar habitual de la lectura bíblica es la
Iglesia, durante la liturgia. Por eso, la interpretación
propuesta es siempre de naturaleza teológica, pastoral y
teologal, al servicio de las comunidades y de cada uno de los
fieles.
Los Padres consideran la Biblia ante todo como
el libro de Dios, obra única de un único autor. No reducen, sin
embargo, a los autores humanos a meros instrumentos pasivos, y
saben asignar a tal o cual libro, tomado individualmente, una
finalidad particular. Pero su tipo de acercamiento no concede
sino ligera atención al desarrollo histórico de la revelación.
Numerosos Padres de la Iglesia presentan el Logos, Verbo de Dios,
como autor del Antiguo Testamento y afirman así que toda la
Escritura tiene un alcance cristológico.
Salvo algunos exegetas de la Escuela Antioquena
(Teodoro de Mopsuestia en particular), los Padres se sienten
autorizados a tomar una frase fuera de su contexto para reconocer
allí una verdad revelada por Dios. En la apologética, frente a
los judíos, o en la controversia dogmática con otras
teologías, no dudan en apoyarse sobre interpretaciones de este
tipo.
Preocupados sobre todo por vivir de la Biblia
en comunión con sus hermanos, los Padres se contentan
frecuentemente con utilizar los textos bíblicos corrientes en su
ambiente. Orígenes se interesa metódicamente por la Biblia
hebrea, sobre todo animado por la preocupación de argumentar
frente a los judíos a partir de textos aceptables para ellos.
San Jerónimo resulta una excepción cuando exalta la hebraica
veritas.
Los Padres practican de modo más o menos
frecuente el método alegórico para disipar el escándalo que
podrían sentir algunos cristianos y los adversarios paganos del
cristianismo, frente a tal o cual pasaje de la Biblia. Pero la
literalidad y la historicidad de los textos son raramente
anuladas. El recurso de los Padres a la alegoría supera
generalmente el fenómeno de una adaptación al método
alegórico de los autores paganos.
El recurso a la alegoría deriva también de la
convicción de que la Biblia, libro de Dios, ha sido dado por él
a su pueblo, la Iglesia. En principio nada se debe dejar de lado,
como fuera de uso o definitivamente caduco. Dios dirige a su
pueblo cristiano un mensaje siempre actual. En sus explicaciones
de la Biblia, los Padres mezclan y entrecruzan las
interpretaciones tipológicas y alegóricas de un modo
difícilmente discernible, siempre con una finalidad pastoral y
pedagógica. Cuanto ha sido escrito, lo ha sido para nuestra
instrucción (cfr. 1 Cor. 10, 11).
Persuadidos de que se trata del libro de Dios,
el cual es, por tanto, inagotable, los Padres creen poder
interpretar tal pasaje según tal esquema alegórico, pero
consideran que cada uno queda libre de proponer otra cosa,
mientras respete la analogía de la fe.
La interpretación alegórica de las Escrituras
que caracteriza la exégesis patrística, puede desorientar al
hombre moderno. Pero la experiencia de Iglesia que refleja esta
exégesis, ofrece una contribución siempre útil (cfr. Divino
afflante Spiritu, 31-32; Dei Verbum, 23). Los Padres enseñan a
leer teológicamente la Biblia en el seno de una tradición viva,
con un auténtico espíritu cristiano.
3. Papel de los diferentes miembros de la
Iglesia en la interpretación
Las Escrituras dadas a la Iglesia son el tesoro
común del cuerpo completo de los creyentes: "La Sagrada
Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un sólo depósito
sagrado de la palabra de Dios, encomendado a la Iglesia, al que
se adhiere todo el pueblo santo unido a sus pastores, y así
persevera constantemente en la doctrina de los
apóstoles..." (Dei Verbum, 10; cfr. también 21). La
familiaridad de los fieles con el texto de las Escrituras ha sido
más notable en unas épocas de la historia de la Iglesia que en
otras. Pero las Escrituras han ocupado una posición de primer
plano en todos los momentos importantes de renovación en la vida
de la Iglesia, desde el movimiento monástico de los primeros
siglos hasta la época reciente del Concilio Vaticano II.
Este mismo Concilio enseña que todos los
bautizados, cuando participan, en la fe de Cristo, en la
celebración de la eucaristía, reconocen la presencia de Cristo
también en su palabra, "pues cuando se lee en la Iglesia la
Sagrada Escritura, es él quien habla" (Sacrosanctum
Concilium, 7). A este escuchar la palabra ellos aportan "el
sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo. (...) Con ese
sentido de la fe, que el Espíritu de verdad suscita y sostiene,
el pueblo de Dios, bajo la dirección del sagrado magisterio, al
que sigue fielmente, recibe, no ya la palabra de los hombres,
sino la verdadera palabra de Dios (cfr. 1 Tes. 2, 13); se adhiere
indefectiblemente a la fe dada de una vez para siempre a los
santos (cfr. Jds. 3), penetra más profundamente en ella con
rectitud de juicio y la aplica con mayor plenitud en la
vida" (Lumen gentium, 12).
Así pues, todos los miembros de la Iglesia
tienen un papel en la interpretación de las escrituras. En el
ejercicio de su ministerio pastoral, los obispos, en cuanto
sucesores de los apóstoles, son los primeros testigos y garantes
de la tradición viva en la cual las Escrituras son interpretadas
en cada época. "Iluminados por el Espíritu de verdad,
deben conservar fielmente la palabra de Dios, explicarla, y
difundirla por su predicación" (Dei Verbum, 9; cfr. Lumen
gentium, 25). En tanto que colaboradores de los obispos, los
sacerdotes tienen como primera obligación la proclamación de la
Palabra (Presbyterorum ordinis, 4). Están dotados de un carisma
particular para la interpretación de la Escritura, cuando
trasmitiendo, no sus ideas personales, sino la palabra de Dios,
aplican la verdad eterna del evangelio a las circunstancias
concretas de la vida (ibíd). Corresponde a los sacerdotes y a
los diáconos, sobre todo cuando administran los sacramentos,
poner de relieve la unidad que forman Palabra y Sacramento en el
ministerio de la Iglesia.
Como presidentes de la comunidad eucarística y
educadores de la fe, los ministros de la Palabra tienen como
tarea principal, no simplemente enseñar, sino ayudar a los
fieles a comprender y discernir lo que la palabra de Dios les
dice al corazón cuando escuchan y meditan las Escrituras. Así,
el conjunto de la iglesia local, según el modelo de Israel,
pueblo de Dios (Ex. 9, 5-6), se convierte en una comunidad que
sabe que Dios le habla (cfr. Jn. 6, 45), y se apresura a escuchar
la Palabra con fe, amor y docilidad (Deut. 6, 4-6). Tales
comunidades, que escuchan verdaderamente, se convierten en
vigorosos núcleos de evangelización y diálogo, así como de
transformación social, a condición de estar siempre unidos en
la fe y en el amor de la totalidad de la Iglesia (Evangelii
nuntiandi, 57-58; CDF, Instrucción sobre la libertad cristiana y
la liberación, 69-70).
El espíritu también ha sido dado,
ciertamente, a los cristianos individualmente, de modo que pueden
arder sus corazones dentro de ellos (cfr. Lc. 24, 32), cuando
oran y estudian en la oración las Escrituras, en el contexto de
su vida personal. Por ello, el Concilio Vaticano II ha pedido con
insistencia que el acceso a las Escrituras sea facilitado de
todos los modos posibles (Dei Verbum, 22; 25). Este tipo de
lectura, hay que notarlo, no es nunca completamente privado, ya
que el creyente lee e interpreta siempre la Escritura en la fe de
la Iglesia y aporta a la comunidad el fruto de su lectura, para
enriquecer la fe común.
Toda la tradición bíblica, y de un modo más
particular, la enseñanza de Jesús en los evangelios, indican
como oyentes privilegiados de la palabra de Dios a aquéllos que
el mundo considera como gente de humilde condición. Jesús ha
reconocido que las cosas ocultas a los sabios y prudentes han
sido reveladas a los simples (Mt. 11, 25; Lc. 10, 21) y que el
reino de Dios pertenece a aquellos que se asemejan a los niños
(Mc. 10, 4 y par.).
En la misma línea, Jesús ha proclamado:
"Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el
reino de Dios" (Lc. 6, 20; cfr. Mt. 5, 3). Entre los signos
de los tiempos mesiánicos se encuentra la proclamación de la
buena noticia a los pobres (Lc. 4, 18; 7, 22; Mt. 11, 5; cfr.
CDF, Instrucción sobre la libertad cristiana y la liberación,
47-48). Aquellos que, en su desamparo y privación de recursos
humanos, son llevados a poner su única esperanza en Dios y su
justicia, tienen una capacidad de escuchar y de interpretar la
palabra de Dios, que debe ser tomada en cuenta por el conjunto de
la Iglesia y exige también una respuesta a nivel social.
Reconociendo la diversidad de dones y de
funciones que el Espíritu pone al servicio de la comunidad, en
particular el don de enseñar (1 Cor. 12, 28-30; Rom. 12, 6-7;
Ef. 4, 11-16), la Iglesia estima a aquellos que manifiestan una
capacidad particular de contribuir a la construcción del cuerpo
de Cristo por su competencia en la interpretación de la
Escritura (Divino afflante Spiritu, 46-48; Enchiridion Biblicum,
564-565; Dei Verbum, 23; PCB, Instrucción sobre la historicidad
de los evangelios, Intr.). Aunque sus trabajos no siempre hayan
obtenido el apoyo que se les da hoy, los exegetas que ponen su
saber al servicio de la Iglesia, se encuentran situados en una
rica tradición que se extiende desde los primeros siglos, con
Orígenes y Jerónimo, hasta los tiempos más recientes, con el
padre Lagrange y otros, y se prolonga hasta nuestros días. En
particular, la búsqueda del sentido literal de la Escritura,
sobre el cual se insiste tanto hoy, requiere los esfuerzos
conjugados de aquellos que tienen competencias en lenguas
antiguas, en historia y cultura, crítica textual y análisis de
formas literarias, y que saben utilizar los métodos de la
crítica científica. Además de esta atención al texto en su
contexto histórico original, la Iglesia cuenta con exegetas,
animados por el mismo Espíritu que ha inspirado la Escritura,
para asegurar que "un número tan grande como sea posible de
servidores de la palabra de Dios, esté en grado de procurar
efectivamente al pueblo de Dios el alimento de las
Escrituras" (Divino afflante Spiritu, 24; 53-55; Enchiridion
Biblicum, 551, 567; Dei Verbum, 23; Pablo VI, Sedula Cura
[1971]). Es motivo de satisfacción ver el número creciente de
mujeres exegetas, que contribuyen a la interpretación de la
Escritura, con puntos de vista penetrantes y nuevos, y ponen de
relieve aspectos que habían caído en el olvido.
Si las Escrituras, como se ha recordado antes,
son el bien de la Iglesia entera, y forman parte de la
"herencia de la fe", que todos, pastores y fieles,
"conservan, profesan y ponen en práctica con un esfuerzo
común", continúa siendo verdad que "la función de
interpretar auténticamente la palabra de Dios, trasmitida por la
Escritura o por la Tradición, sólo ha sido confiada al
Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en nombre
de Jesucristo" (Dei Verbum, 10). Así, pues, en último
término, es el Magisterio quien tiene la misión de garantizar
la auténtica interpretación, y de indicar, cuando sea
necesario, que tal o cual interpretación particular es
incompatible con el evangelio auténtico. Esta misión se ejerce
en el interior de la koinonía del Cuerpo, expresando
oficialmente la fe de la Iglesia para servir a la Iglesia. El
Magisterio consulta para ello a los teólogos, los exegetas y
otros expertos, de los cuales reconoce la legítima libertad y
con quienes queda ligado por una recíproca relación en la
finalidad de "conservar al pueblo de Dios en la verdad que
hace libres" (CDF, Instrucción sobre la vocación eclesial
del teólogo, 21).
La tarea de los exegetas católicos comporta
varios aspectos. Es una tarea de Iglesia, que consiste en
estudiar y explicar la Sagrada Escritura para poner sus riquezas
a la disposición de pastores y fieles. Pero es al mismo tiempo
un tarea científica, que pone al exegeta católico en relación
con sus colegas no católicos y con diversos sectores de la
investigación científica. Esta tarea comprende a la vez el
trabajo de investigación y el de enseñanza. Uno y otro
desembocan habitualmente en publicaciones.
1. Orientaciones principales
Aplicándose a su tarea, los exegetas
católicos deben considerar seriamente el carácter histórico de
la revelación bíblica, ya que ambos Testamentos expresan en
palabras humanas, que llevan la marca de su tiempo, la
revelación histórica que Dios ha hecho, por diferentes medios,
de sí mismo y de su designio de salvación. En consecuencia, los
exegetas deben servirse del método histórico-crítico, sin
atribuirle, sin embargo, la exclusividad. Todos los métodos
pertinentes de interpretación de los textos están capacitados
para contribuir a la exégesis de la Biblia.
En su trabajo, los exegetas católicos no deben
jamás olvidar que ellos interpretan la palabra de Dios. Su tarea
común no está terminada cuando han distinguido fuentes,
definido las formas o explicado los procedimientos literarios,
sino solamente cuando han iluminado el sentido del texto bíblico
como actual palabra de Dios. Para alcanzar esta finalidad, deben
tomar en consideración las diversas perspectivas hermenéuticas
que ayudan a percibir la actualidad del mensaje bíblico y le
permiten responder a las necesidades de los lectores modernos de
las Escrituras.
Los exegetas tienen que explicar también el
alcance cristológico, canónico y eclesial de los escritos
bíblicos.
El alcance cristológico de los textos
bíblicos no es siempre evidente; se debe sacar a la luz cada vez
que es posible. Aunque Cristo haya establecido la Nueva Alianza
en su sangre, los libros de la primera Alianza no han perdido su
valor. Asumidos en la proclamación del evangelio, adquieren y
manifiestan su plena significación en el "misterio de
Cristo" (Ef. 3, 4), del cual aclaran los múltiples
aspectos, al mismo tiempo que son iluminados por él. Estos
libros, en efecto, preparan al pueblo de Dios a su venida (cfr.
Dei Verbum, 14-16).
Aunque cada libro de la Biblia haya sido
escrito con una finalidad diferente y tenga su significado
específico, todos son portadores de un sentido ulterior cuando
se vuelven parte del conjunto canónico. La tarea de los exegetas
incluye, pues, la explicación de la afirmación agustiniana:
"Novum Testamentum in Vetere latet, et in Novo Vetus
patet" (cfr. san Agustín, Quest. in Hept., 2, 73, CSEL 28,
III, 3, p. 141).
Los exegetas deben también explicar la
relación que existe entre la Biblia y la Iglesia. La Biblia ha
llegado a la existencia en las comunidades creyentes. Ella
expresa la fe de Israel; luego, las de las primeras comunidades
cristianas. Unida a la tradición viva, que la precede, la
acompaña y la nutre (cfr. Dei Verbum, 21) es el medio
privilegiado del cual Dios se sirve para guiar, aún hoy, la
construcción y el crecimiento de la Iglesia, en cuanto pueblo de
Dios. Inseparable de la dimensión eclesial es la apertura
ecuménica.
Puesto que la Biblia expresa la salvación
ofrecida por Dios a todos los hombres, la tarea de los exegetas
católicos comporta una dimensión universal, que requiere una
atención a las otras religiones y a las expectativas del mundo
actual.
2. Investigación
La tarea exegética es demasiado vasta como
para poder ser realizada adecuadamente por un solo individuo. Se
impone una división del trabajo, especialmente para la
investigación, que requiere especialistas en diferentes
dominios. Los posibles inconvenientes de la especialización se
evitarán gracias a esfuerzos interdisciplinares.
Es muy importante, para el bien de toda la
Iglesia y para su influencia en el mundo moderno, que un número
suficiente de personas bien formadas estén consagradas a la
investigación en diferentes sectores de la ciencia exegética.
Preocupados por las necesidades más inmediatas del ministerio,
los obispos y superiores religiosos están tentados,
frecuentemente, de no tomar suficientemente en serio la
responsabilidad que les toca de proveer a esta necesidad
fundamental. Una carencia en esta materia expone la Iglesia a
graves inconvenientes, ya que los pastores y los fieles corren el
riesgo de quedar a merced de una ciencia exegética extraña a la
Iglesia, y privada de relaciones con la vida de fe. Declarando
que "el estudio de la Sagrada Escritura" debe ser como
el "alma de la teología" (Dei Verbu, 24), el Concilio
Vaticano II ha mostrado toda la importancia de la investigación
exegética. Al mismo tiempo ha recordado implícitamente a los
exegetas católicos que sus investigaciones tienen una relación
esencial con la teología, de lo cual deben mostrarse
conscientes.
3. Enseñanza
La declaración del Concilio hace comprender el
papel fundamental que corresponde a la enseñanza de la exégesis
en las facultades de teología, los seminarios y los
escolasticados. Es obvio que el nivel de estudio en tales
instituciones no puede ser uniforme. Es deseable que la
enseñanza de la exégesis sea impartida por hombres y mujeres.
Tal enseñanza tendrá una orientación más técnica en las
facultades, más directamente pastoral en los seminarios. Pero no
podrá jamás carecer de una seria dimensión intelectual.
Proceder de otro modo sería falta de respeto hacia la palabra de
Dios.
Los profesores de exégesis deben comunicar a
los estudiantes una profunda estima por la Sagrada Escritura,
mostrando cómo ella merece un estudio atento y objetivo, que
permita apreciar mejor su valor literario, histórico, social y
teológico. No pueden contentarse con trasmitir una serie de
conocimientos que los estudiantes registran pasivamente, sino que
deben introducir a los métodos exegéticos, explicando sus
operaciones principales, para hacer a los estudiantes capaces de
un juicio personal. Dado el limitado tiempo de que se dispone,
conviene utilizar alternativamente dos modos de enseñar: por una
parte, exposiciones sintéticas, que introducen al estudio de
libros bíblicos completos y no dejan de lado ningún sector
importante del Antiguo o del Nuevo Testamento. Por otra,
análisis más profundo de algunos textos bien escogidos, que
sean al mismo tiempo una iniciación a la práctica de la
exégesis. En uno y otro caso, hay que evitar ser unilateral, es
decir, no limitarse ni a un comentario espiritual desprovisto de
base histórico-crítica, ni a un comentario histórico-crítico
desprovisto del contenido doctrinal y espiritual (cfr. Divino
afflante Spiritu, EB, 551-552; PCB, De Sacra Scriptura recte
docenda, EB. 598). La enseñanza debe mostrar a la vez el
enraizamiento histórico de los escritos bíblicos, su aspecto de
palabra personal del Padre celestial que se dirige con amor a sus
hijos (cfr. Dei Verbum, 21) y su papel indispensable en el
ministerio pastoral (cfr. 2 Tim. 3, 16).
4. Publicaciones
Como fruto de la investigación y complemento
de la enseñanza, las publicaciones tienen una función muy
importante para el progreso y la difusión de la exégesis. En
nuestros días, la publicación no se realiza solamente por los
textos impresos, sino también por otros medios más rápidos y
potentes (radio, televisión, técnicas electrónicas), de los
cuales conviene aprender a servirse.
Las publicaciones de alto nivel científico son
el instrumento principal de diálogo, de discusión y de
cooperación entre los investigadores. Gracias a ellas, la
exégesis católica puede mantenerse en relación con otros
ambientes de la investigación exegética, así como con el mundo
científico en general.
Hay otras publicaciones que proporcionan
grandes servicios a breve plazo, adaptándose a diferentes
categorías de lectores, desde el público cultivado hasta los
niños del catecismo, pasando por los grupos bíblicos, los
movimientos apostólicos y las congregaciones religiosas. Los
exegetas dotados para la divulgación hacen una obra
extremadamente útil y fecunda, indispensable para asegurar a los
estudios exegéticos el influjo que deben tener. En este sector,
la necesidad de la actualización bíblica se hace sentir de modo
apremiante. Esto requiere que los exegetas tomen en
consideración las legítimas exigencias de las personas
instruidas y cultivadas de nuestro tiempo y distingan claramente,
pensando en ellas, lo que debe ser considerado como detalle
secundario, condicionado por la época, lo que se debe
interpretar como lenguaje mítico, y lo que hay que apreciar como
sentido propio, histórico e inspirado. Los escritos bíblicos no
han sido compuestos en lenguaje moderno, ni en estilo del siglo
XX. Las formas de expresión y los géneros literarios que
utilizan en su texto hebreo, arameo o griego, deben ser hechos
inteligibles a los hombres y mujeres de hoy, que, de otro modo,
estarían tentados o a desinteresarse de la Biblia, o a
interpretarla de modo simplista, literalista o fantasioso.
En toda la diversidad de sus tareas, el exegeta
católico no tiene otra finalidad que el servicio de la palabra
de Dios. Su ambición no es sustituir los textos bíblicos con el
resultado de su trabajo, se trate de la reconstrucción de
documentos antiguos utilizados por los autores inspirados, o de
una presentación moderna de las últimas conclusiones de la
ciencia exegética. Su ambición es, al contrario, poner más a
la luz los textos bíblicos mismos, ayudando a apreciarlos mejor
y a comprenderlos con mayor exactitud histórica y profundidad
espiritual.
D. RELACIONES CON LAS OTRAS DISCIPLINAS TEOLÓGICAS
Siendo ella misma una disciplina teológica,
"fides quaerens intellectum", la exégesis mantiene
relaciones estrechas y complejas con las otras disciplinas
teológicas. Por una parte, la teología sistemática tiene un
influjo sobre la precomprensión, con la cual los exegetas
abordan los textos bíblicos. Pero por otra, la exégesis
proporciona a las otras disciplinas teológicas datos que son
fundamentales para éstas. Relaciones de diálogo se establecen,
pues, entre la exégesis y las otras disciplinas teológicas, en
el mutuo respeto de su especificidad.
1. Teología y precomprensión de los textos
bíblicos
Cuando abordan los textos bíblicos, los
exegetas necesariamente tienen una precomprensión. En el caso de
la exégesis católica, se trata de una precomprensión basada
sobre certezas de fe: la Biblia es un texto inspirado por Dios y
confiado a la Iglesia para suscitar la fe y guiar la vida
cristiana. Estas certezas de fe no llegan a los exegetas en
estado bruto, sino después de haber sido elaboradas en la
comunidad eclesial por la reflexión teológica. Los exegetas
están, pues, orientados en su investigación por la reflexión
dogmática sobre la inspiración de la Escritura y sobre la
función de ésta en la vida eclesial.
Pero, recíprocamente, el trabajo de los
exegetas sobre los textos inspirados les proporciona una
experiencia que los teólogos deben tener en cuenta para
esclarecer la teología de la inspiración y de la
interpretación eclesial de la Biblia. La exégesis suscita, en
particular, una conciencia más viva y más precisa del carácter
histórico de la inspiración bíblica. Muestra que el proceso de
inspiración es histórico, no solamente porque ha ocurrido en el
curso de la historia de Israel y de la Iglesia primitiva, sino
también porque se ha realizado por la mediación de personas
humanas marcadas cada una por su época y que, bajo la guía del
Espíritu, han jugado un papel activo en la vida del pueblo de
Dios.
Por lo demás, la afirmación teológica de la
relación estrecha entre Escritura inspirada y Tradición de la
Iglesia, es confirmada y precisada gracias al desarrollo de los
estudios exegéticos, que lleva a los exegetas a otorgar una
creciente atención al influjo sobre los textos del medio vital
en el cual se han formado ("Sitz im Leben").
2. Exégesis y teología dogmática
Sin ser el único locus theologicus, la Sagrada
Escritura constituye la base privilegiada de los estudios
teológicos. Para interpretar la Escritura con exactitud
científica y precisión, los teólogos tienen necesidad del
trabajo de los exegetas. Por su parte, los exegetas deben
orientar sus investigaciones de tal modo que "el estudio de
la Sagrada Escritura" pueda efectivamente ser como "el
alma de la teología" (Dei Verbum, 24). Con esta finalidad,
es necesario que concedan una particular atención al contenido
religioso de los escritos bíblicos.
Los exegetas pueden ayudar a los teólogos a
evitar dos extremos: por una parte el dualismo, que separa
completamente una verdad doctrinal de su expresión
lingüística, considerada como no importante; y por otra el
fundamentalismo, que confundiendo lo humano y lo divino,
considera como verdad revelada aun los aspectos contingentes de
las expresiones humanas.
Para evitar ambos extremos, es necesario
distinguir sin separar, y aceptar una tensión persistente. La
palabra de Dios se expresa en las obras de autores humanos.
Pensamiento y palabra son al mismo tiempo de Dios y del hombre,
de modo que todo en la Biblia viene a la vez de Dios y del autor
inspirado. No se sigue de ello, sin embargo, que Dios haya dado
un valor absoluto al condicionamiento histórico de su mensaje.
Este es susceptible de ser interpretado y actualizado, es decir,
de ser separado, al menos parcialmente, de su condicionamiento
histórico pasado para ser trasplantado al condicionamiento
histórico presente. El exegeta establece las bases de esta
operación, que el teólogo continúa, tomando en consideración
los otros loci theologici que contribuyen al desarrollo del
dogma.
3. Exégesis y teología moral
Análogas observaciones se pueden hacer sobre
la relación entre exégesis y teología moral. A los relatos que
se refieren a la historia de salvación, la Biblia une
estrechamente múltiples instrucciones sobre la conducta que se
debe observar: mandamientos, prohibiciones, prescripciones
jurídicas, exhortaciones e invectivas proféticas, consejos
sapienciales. Una de las tareas de la exégesis consiste en
precisar el alcance de este abundante material y en preparar así
el trabajo de los moralistas.
Esta tarea no es simple, ya que con frecuencia
los textos bíblicos no se preocupan de distinguir los preceptos
morales universales de las prescripciones de pureza ritual o de
reglas jurídicas particulares. Todo se encuentra junto. Por otra
parte, la Biblia refleja una evolución moral considerable, que
encuentra su perfeccionamiento en el Nuevo Testamento. No basta,
pues, que una cierta posición en materia de moral esté
testimoniada en el Antiguo Testamento (por ejemplo, la práctica
de la esclavitud o del divorcio, o la de exterminación en caso
de guerra), para que esta posición continúe siendo válida. Se
debe efectuar un discernimiento, que tenga en cuenta el necesario
progreso de la conciencia moral. Los escritos del antiguo
Testamento contienen elementos "imperfectos y caducos"
(Dei Verbum, 15), que la pedagogía divina no podía eliminar
desde el comienzo. El Nuevo Testamento mismo no es fácil de
interpretar en el dominio de la moral, porque se expresa con
frecuencia en imágenes o paradojas, o inclusive en modo
provocatorio, y en él la relación de los cristianos con la ley
judía es objeto de ásperas controversias.
Los moralistas tienen, pues, el derecho de
presentar a los exegetas muchas cuestiones importantes, que
estimulen sus investigaciones. En más de un caso, la respuesta
podrá ser que ningún texto bíblico trata explícitamente el
problema presentado. Pero aun entonces, el testimonio de la
Biblia, comprendido en su vigoroso dinamismo de conjunto, no
puede dejar de ayudar a definir una orientación fecunda. Sobre
los puntos más importantes, la moral del Decálogo continúa
siendo fundamental. El Antiguo Testamento contiene ya los
principios y los valores que guían un actuar plenamente conforme
a la dignidad de la persona humana, creada "a la imagen de
Dios" (Gn. 1, 27). El Nuevo Testamento ilumina esos
principios y valores por la revelación del amor de Dios en
Cristo.
4. Puntos de vista diferentes e interacción
necesaria
En su documento de 1988 sobre la
interpretación de los dogmas, la Comisión Teológica
Internacional ha recordado que, en los tiempos modernos, se ha
creado un conflicto entre la exégesis y la teología dogmática.
Después observa los aportes positivos de la exégesis moderna a
la teología sistemática (La interpretación de los dogmas,
1988, C. I, 2). Para mayor precisión, es útil añadir que el
conflicto ha sido provocado por la exégesis liberal. Entre la
exégesis católica y la teología dogmática, no ha habido un
conflicto generalizado, sino solamente momentos de fuerte
tensión. Es verdad, sin embargo, que la tensión puede degenerar
en conflicto, si de una y otra parte se hacen más rígidas las
legítimas diferencias de puntos de vista, hasta transformarlas
en oposiciones irreductibles.
Los puntos de vista, en efecto, son diferentes,
y deben serlo. La tarea primera de la exégesis es discernir con
precisión los sentidos de los textos bíblicos en su contexto
propio; es decir, primero en su contexto literario e histórico
particular, y luego en el contexto del canon de las Escrituras.
Al realizar esta tarea, el exegeta pone a la luz el sentido
teológico de los textos, cuando éstos tienen un alcance de tal
naturaleza. Es así posible una continuidad entre la exégesis y
la reflexión teológica ulterior. Pero el punto de vista no es
el mismo, porque la tarea del exegeta es fundamentalmente
histórica y descriptiva, y se limita a la interpretación de la
Biblia.
El teólogo dogmático realiza una tarea más
especulativa y sistemática. Por esta razón, no se interesa sino
por algunos textos y aspectos de la Biblia, y por lo demás, toma
en consideración muchos otros datos que no son bíblicos (escritos
patrísticos, definiciones conciliares, otros documentos del
magisterio, liturgia), así como sistemas filosóficos y la
situación cultural, social y política contemporánea. Su tarea
no es simplemente interpretar la Biblia, sino intentar una
comprensión plenamente reflexionada de la fe cristiana en todas
sus dimensiones, y especialmente en su relación decisiva con la
existencia humana.
A causa de su orientación especulativa y
sistemática, la teología ha cedido con frecuencia a la
tentación de considerar la Biblia como un depósito de dicta
probantia, destinados a confirmar las tesis doctrinales. En
nuestros días, los teólogos dogmáticos han adquirido una más
viva conciencia de la importancia del contexto literario e
histórico para la correcta interpretación de textos antiguos, y
recurren siempre más a la colaboración de los exegetas.
Como palabra de Dios puesta por escrito, la
Biblia tiene una riqueza de significado que no puede ser
completamente captado en una teología sistemática ni quedar
prisionero de ella. Una de las principales funciones de la Biblia
es lanzar serios desafíos a los sistemas teológicos y
recordarles continuamente la existencia de aspectos importantes
de la divina revelación y de la realidad humana, que a veces son
olvidados o descuidados por la reflexión sistemática. La
renovación de la metodología exegética puede contribuir a esta
toma de conciencia.
Recíprocamente, la exégesis se debe dejar iluminar por la investigación teológica. Esta la estimulará a presentar a los textos cuestiones importantes y a descubrir mejor todo el alcance de su fecundidad. El estudio científico de la Biblia no puede aislarse de la investigación teológica, ni e la experiencia espiritual y del discernimiento de la Iglesia. La exégesis produce sus mejores frutos, cuando se efectúa en el contexto de la fe viva de la comunidad cristiana, orientada hacia la salvación del mundo entero.
IV. INTERPRETACIÓN DE LA BIBLIA EN LA VIDA DE LA
IGLESIA
Aunque la interpretación de la Biblia sea
tarea particular de los exegetas, no les pertenece, sin embargo,
como monopolio, ya que comporta, en la Iglesia, aspectos que van
más allá del análisis científico de los textos. La Iglesia,
en efecto, no considera la Biblia simple-mente como un conjunto
de documentos históricos concernientes a sus orígenes. Ella la
acoge como palabra de Dios que dirige a ella y al mundo entero,
en el tiempo presente.
Esta convicción de fe tiene como consecuencia
la práctica de la actualización y de la inculturación del
mensaje bíblico, así como los diversos modos de utilización de
los textos inspirados, en la liturgia, la "Lectio
divina", el ministerio pastoral, y el movimiento ecuménico.
A. ACTUALIZACIÓN
Ya en la Biblia misma (como hemos notado en el
capítulo anterior) se puede constatar la práctica de la
actualización: textos más antiguos son releídos a la luz de
circunstancias nuevas y aplicados a la situación presente del
pueblo de Dios. Basada sobre estas mismas convicciones, la
actualización continúa siendo practicada necesariamente en las
comunidades creyentes.
1. Principios
Los principios que fundan la práctica de la
actualización son los siguientes:
La actualización es posible, porque la
plenitud de sentido del texto bíblico le otorga valor para todas
las épocas y culturas (cfr. Is. 40, 8; 66, 18-21; Mt. 28,
19-20). El mensaje bíblico puede a la vez relativizar y fecundar
los sistemas de valores y las normas de comportamiento de cada
generación.
La actualización es necesaria porque, aunque
el mensaje de la Biblia tenga un valor duradero, sus textos han
sido elaborados en función de circunstancias pasadas y en un
lenguaje condicionado por diversas épocas. Para manifestar el
alcance que ellos tienen para los hombres y las mujeres de hoy,
es necesario aplicar su mensaje a las circunstancias presentes y
expresarlo en un lenguaje adaptado a la época actual. Esto
presupone un esfuerzo hermenéutico que tiende a discernir a
través del condicionamiento histórico los puntos esenciales del
mensaje.
La actualización debe tener constantemente en
cuenta las relaciones complejas que existen en la Biblia
cristiana entre el Nuevo Testamento y el Antiguo, ya que el Nuevo
Testamento se presenta a la vez como cumplimiento y superación
del Antiguo. La actualización se efectúa en conformidad con la
unidad dinámica, así constituida.
La actualización se realiza gracias al
dinamismo de la tradición viviente de la comunidad de fe. Esta
se sitúa explícitamente en la prolongación de las comunidades
donde la escritura ha nacido, ha sido conservada y trasmitida. En
la actualización, la tradición cumple un doble papel: procura,
por una parte, una protección contra las interpretaciones
aberrantes, y asegura, por otra, la trasmisión del dinamismo
original.
Actualización no significa, pues,
manipulación de los textos. No se trata de proyectar sobre los
textos bíblicos opiniones o ideologías nuevas, sino de buscar
sinceramente la luz que contienen para el tiempo presente. El
texto de la Biblia tiene autoridad en todo tiempo sobre la
Iglesia cristiana; y aunque hayan pasado siglos desde el momento
de su composición, conserva su papel de guía privilegiado que
no se puede manipular. El magisterio de la Iglesia "no está
por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, no
enseñando sino lo que fue trasmitido; por mandato de Dios, con
la asistencia del Espíritu Santo, la escucha con amor, la
conserva santamente y la explica fielmente" (Dei Verbum,
10).
2. Métodos
Partiendo de estos principios, se pueden
utilizar diversos métodos de actualización.
La actualización, practicada ya en la Biblia
misma, se ha continuado luego en la tradición judía por medio
de procedimientos que se pueden observar en los Targumim y
Midrasim: búsqueda de pasajes paralelos (gezerah shawah),
modificación en la lectura del texto ('al tiqrey), adaptación
de un segundo sentido (tartey mishmà), etc.
Por su parte, los Padres de la Iglesia se han
servido de la tipología y de la alegoría para actualizar los
textos bíblicos de un modo adaptado a la situación de los
cristianos de su tiempo.
En nuestra época, la actualización debe tener
en cuenta la evolución de las mentalidades y el progreso de los
métodos de interpretación.
La actualización presupone una exégesis
correcta del texto, que determina el sentido literal. Si la
persona que actualiza no tiene ella misma una formación
exegética, debe recurrir a buenas guías de lectura, que
permiten orientar la interpretación.
Para llevar a cabo adecuadamente la
actualización, la interpretación de la Escritura por la
Escritura es el método más seguro y más fecundo, especialmente
en el caso de textos del Antiguo Testamento que son releídos en
el Antiguo Testamento mismo (por ejemplo el maná de Ex. 16 en
Sab. 16, 20-29) y/o en el Nuevo Testamento (Jn. 6). La
actualización de un texto bíblico en la existencia cristiana no
puede hacerse correctamente sin establecer una relación con el
misterio de Cristo y la Iglesia. No sería normal, por ejemplo,
proponer a cristianos, como modelos para una lucha de
liberación, únicamente episodios del Antiguo Testamento
(Éxodo, 1y 2 Macabeos).
Inspirada por filosofías hermenéuticas, la
operación hermenéutica comporta luego tres etapas: 1) escuchar
la Palabra a partir de la situación presente; 2) discernir los
aspectos de la situación presente que el texto bíblico ilumina
o pone en cuestión; 3) sacar de la plenitud de sentido del texto
bíblico los elementos que pueden hacer evolucionar la situación
presente de un modo fecundo, conforme a la voluntad salvífica de
Dios en Cristo.
Gracias a la actualización, la Biblia ilumina
múltiples problemas actuales, por ejemplo: la cuestión de los
ministerios, la dimensión comunitaria de la Iglesia, la opción
preferencial por los pobres; la teología de la liberación; la
condición de la mujer. La actualización puede también estar
atenta a los valores cada vez más reconocidos por la conciencia
moderna, como los derechos de la persona, la protección de la
vida humana, la preservación de la naturaleza, la inspiración a
la paz universal.
3. Límites
Para estar de acuerdo con la verdad salvífica
expresada en la Biblia, la actualización debe respetar ciertos
límites y abstenerse de posibles desviaciones.
Aunque toda lectura de la Biblia sea
forzosamente selectiva, se deben eliminar las lecturas
tendenciosas, es decir, aquéllas que, en lugar de ser dóciles
al texto, no hacen sino utilizarlo con fines estrechos (como es
el caso de la actualización hecha por sectas, por ejemplo la de
los Testigos de Jehová).
La actualización pierde toda validez si se
basa sobre principios teóricos que están en desacuerdo con las
orientaciones fundamentales del texto de la Biblia mismo; como,
por ejemplo, el racionalismo opuesto a la fe o el materialismo
ateo.
Es necesario proscribir también,
evidentemente, toda actualización orientada en un sentido
contrario a la justicia y a la caridad evangélicas, como las que
querrían apoyar sobre textos bíblicos la segregación racial,
el antisemitismo o el sexismo, masculino o femenino. Una
atención especial es necesaria, según el espíritu del Concilio
Vaticano II (Nostra aetate, 4), para evitar absolutamente
actualizar algunos textos del Nuevo Testamento en un sentido que
podría provocar o reforzar actitudes desfavorables hacia los
judíos. Los acontecimientos trágicos del pasado, al contrario,
deben ayudar a recordar sin cesar que, según el Nuevo
Testamento, los judíos siguen siendo "amados" por
Dios, "ya que los dones y la llamada de Dios son sin
arrepentimiento" (Rom. 11, 28-29).
Las desviaciones serán evitadas, si la
actualización parte de una correcta interpretación del texto y
se efectúa en la corriente de la tradición viva, bajo la guía
del Magisterio eclesial.
De todas maneras, los riesgos de desviación no
pueden constituir una objeción válida contra el cumplimiento de
una tarea necesaria: la de hacer llegar el mensaje de la Biblia a
los oídos y al corazón de nuestra generación.
Al esfuerzo de actualización, que permite a la
Biblia continuar siendo fecunda a través de la diversidad de los
tiempos, corresponde el esfuerzo de inculturación, para la
diversidad de lugares, que asegura el enraizamiento del mensaje
bíblico en los más diversos terrenos. Esta diversidad no es,
por lo demás, jamás completa. Toda cultura auténtica, en
efecto, es portadora, a su modo, de valores universales
establecidos por Dios.
El fundamento teológico de la inculturación
es la convicción de fe, que la palabra de Dios trasciende las
culturas en las cuales se expresa, y tiene la capacidad de
propagarse en otras culturas, de modo que pueda llegar a todas
las personas humanas en el contexto cultural donde viven. Esta
convicción emana de la Biblia misma, que desde el libro del
Génesis toma una orientación universal (Gn. 1, 27-28), la
mantiene luego en la bendición prometida a todos los pueblos
gracias a Abraham y a su descendencia (Gn. 12, 3; 18, 18) y la
confirma definitivamente extendiendo a "todas las
naciones" la evangelización cristiana (Mt. 28, 18-20; Rom.
4, 16-17; Ef. 3, 6).
La primera etapa de la inculturación consiste
en traducir en otra lengua la Escritura inspirada. Esta etapa ha
sido franqueada ya en tiempos del Antiguo Testamento, cuando se
tradujo oralmente el texto hebreo de la Biblia en arameo (Neh. 8,
8. 12) y más tarde, por escrito, en griego. Una traducción, en
efecto, es siempre más que una simple trascripción del texto
original. El paso de una lengua a otra comporta necesariamente un
cambio de contexto cultural: los conceptos no son idénticos y el
alcance de los símbolos es diferente, ya que ellos ponen en
relación con otras tradiciones de pensamiento y otras maneras de
vivir.
Escrito en griego, el Nuevo Testamento está
marcado todo él por un dinamismo de inculturación, ya que
traspone en la cultura judío-helenística el mensaje palestino
de Jesús, manifestando por ello mismo una clara voluntad de
superar los límites de un medio cultural único.
Aunque es una etapa fundamental, la traducción
de los textos bíblicos no basta, sin embargo, para asegurar una
verdadera inculturación. Esta se debe continuar, gracias a una
interpretación que ponga el mensaje bíblico en relación más
explícita con los modos de sentir, de pensar, de vivir y de
expresarse, propios de la cultura local. De la interpretación se
pasa en seguida a otras etapas de inculturación, que llegan a la
formación de una cultura local cristiana, extendiéndose a todas
las dimensiones de la existencia (oración, trabajo, vida social,
costumbres, legislación, ciencias y artes, reflexión
filosófica y teológica). La palabra de Dios es, en efecto, una
semilla, que saca de la tierra donde se encuentra los elementos
útiles para su crecimiento y fecundidad (cfr. Ad gentes, 22). En
consecuencia, los cristianos deben procurar discernir "qué
riquezas, Dios, en su generosidad, ha dispensado a las naciones;
deben al mismo tiempo esforzarse por iluminar estas riquezas con
la luz evangélica, por liberarlas, y conducirlas bajo la
autoridad de Dios Salvador" (Ad gentes, 11).
No se trata, ya se ve, de un proceso en un
sentido único, sino de una "mutua fecundación". Por
una parte las riquezas contenidas en las diversas culturas
permiten a la palabra de Dios producir nuevos frutos; y por otra,
la luz de la palabra de Dios permite operar una selección en lo
que aportan las culturas, para rechazar los elementos dañosos y
favorecer el desarrollo de los elementos válidos. La completa
fidelidad a la persona de Cristo, al dinamismo de su misterio
pascual, y a su amor por la Iglesia, permite evitar dos
soluciones falsas: la de la "adaptación" superficial
del mensaje, y la de la confusión sincretista (cfr. Ad gentes,
22).
En el Oriente y el Occidente cristianos, la
inculturación de la Biblia se ha efectuado desde los primeros
siglos y ha manifestado una gran fecundidad. Pero no se la puede
considerar, sin embargo, concluida. Hay que reanudarla
constantemente, en relación con la continua evolución de las
culturas. En los países de evangelización más reciente, el
problema se presenta en términos diferentes. Los misioneros en
efecto, aportan inevitablemente la palabra de Dios bajo la forma
en la cual se ha inculturado en sus países de origen. Las nuevas
Iglesias locales deben realizar grandes esfuerzos para pasar de
esta forma extranjera de inculturación de la Biblia a otra
forma, que corresponda a la cultura del propio país.
1. En la liturgia
Desde los comienzos de la Iglesia, la lectura
de las Escrituras ha formado parte de la liturgia cristiana,
parcialmente heredera de la liturgia sinagogal. Hoy, todavía, es
sobre todo en la liturgia donde los cristianos entran en contacto
con las Escrituras, en particular en ocasión de la celebración
eucarística dominical.
En principio, la liturgia, y especialmente la
liturgia sacramental, de la cual la celebración eucarística es
su cumbre, realiza la actualización más perfecta de los textos
bíblicos, ya que ella sitúa su proclamación en medio de la
comunidad de los creyentes reunidos al- rededor de Cristo para
aproximarse a Dios. Cristo está entonces "presente en su
Palabra, porque es él mismo quien habla cuando las Sagradas
Escrituras son leídas a la Iglesia" (Sacrosanctum
Concilium, 7). El texto escrito se vuelve así, una vez más,
palabra viva.
La reforma litúrgica decidida por el Concilio
Vaticano II se ha esforzado en presentar a los católicos un más
rico alimento bíblico. Los tres ciclos de lecturas de las misas
dominicales otorgan un lugar privilegiado a los evangelios, para
poner a la luz el misterio de Cristo como principio de nuestra
salvación. Al poner en relación, regularmente, un texto del
Antiguo Testamento con el texto del evangelio, este ciclo sugiere
frecuentemente el camino tipológico para la interpretación de
la Escritura. Como se sabe, ésta no es la única lectura
posible.
La homilía, que actualiza explícitamente la
palabra de Dios, forma parte de la liturgia. Volveremos a hablar
de ella a propósito del ministerio pastoral.
El leccionario surgido de las directivas del
Concilio (Sacrosanctum Concilium, 35), debía permitir una
lectura de la Sagrada Escritura "más abundante, más
variada y más adaptada". En su estado actual, no responde
sino en parte a esta orientación. Sin embargo, su existencia ha
tenido felices efectos ecuménicos. En algunos países, ha
permitido, además, medir la falta de familiaridad de los
católicos con la Escritura.
La liturgia de la palabra es un elemento
decisivo en la celebración de cada sacramento de la Iglesia. No
consiste en una simple sucesión de lecturas, sino que debe
incluir igualmente tiempos de silencio y de oración. Esta
liturgia, en particular la Liturgia de las Horas, acude como
fuente al libro de los Salmos para hacer orar a la comunidad
cristiana. Himnos y oraciones están impregnados del lenguaje
bíblico y de su simbolismo. Esto sugiere la necesidad de que la
participación en la liturgia esté preparada y acompañada por
una práctica de lectura de la Escritura.
Si en las lecturas "Dios dirige su palabra
a su pueblo" (Misal Romano, 33), la liturgia de la Palabra
exige un gran cuidado, tanto para la proclamación de las
lecturas como para su interpretación. Es, pues, deseable que la
formación de futuros presidentes de asambleas y de aquellos que
los acompañan, tenga en cuenta las exigencias de una liturgia de
la palabra de Dios fuertemente renovada. Así, gracias a los
esfuerzos de todos, la Iglesia continuará la misión que le ha
sido confiada, "de tomar el pan de vida de la mesa de la
palabra de Dios, como de la del cuerpo de Cristo, para ofrecerlo
a los fieles (Dei Verbum, 21).
2. La Lectio divina
La Lectio divina es una lectura, individual o
comunitaria, de un pasaje más o menos largo de la Escritura,
acogida como palabra de Dios, y que se desarrolla bajo la moción
del Espíritu en meditación, oración y contemplación.
La preocupación de una lectura regular, más
aún, cotidiana, de la Escritura, corresponde a una antigua
práctica en la Iglesia. Como práctica colectiva, está
testimoniada en el siglo III, en la época de Orígenes. Este
hacía la homilía a partir de un texto de la Escritura leído
cursivamente durante la semana. Había entonces asambleas
cotidianas consagradas a la lectura y a la explicación de la
Escritura. Esta práctica, que fue posteriormente abandonada, no
tenía siempre un gran éxito entre los cristianos (Orígenes,
Hom. Gen. X, 1).
La Lectio divina como práctica sobre todo
individual está testimoniada en el ambiente monástico muy
temprano. En el período contemporáneo, una Instrucción de la
Comisión Bíblica, aprobada por el papa Pío XII, la ha
recomendado a todos los clérigos, tanto seculares como regulares
(De Scriptura Sacra, 1950; Enchiridion Biblicum, 592). La
insistencia sobre la Lectio divina bajo este doble aspecto,
individual y comunitario, ha vuelto a ser actual. La finalidad
pretendida es suscitar y alimentar un "amor efectivo y
constante" a la Sagrada Escritura, fuente de vida interior y
de fecundidad apostólica (Enchiridion Biblicum, 591 y 567),
favorecer también una mejor comprensión de la liturgia y
asegurar a la Biblia un lugar más importante en los estudios
teológicos y en la oración.
La constitución conciliar Dei Verbum, 25
insiste igualmente sobre una lectura asidua de las Escrituras,
para los sacerdotes y los religiosos. Además (y es una novedad)
invita también "a todos los fieles de Cristo" a
adquirir "por una lectura frecuente de las escrituras
divinas la 'eminente ciencia de Jesucristo' (Flp. 3, 8)".
Diversos medios son propuestos. Junto a una lectura individual,
se sugiere una lectura en grupo. El texto conciliar subraya que
la oración debe acompañar a la lectura de la Escritura, ya que
ella es la respuesta a la palabra de Dios encontrada en la
Escritura bajo la inspiración del Espíritu. En el pueblo
cristiano han surgido numerosas iniciativas para una lectura
comunitaria. No se puede sino animar este deseo de un mejor
conocimiento de Dios y de su designio de salvación en
Jesucristo, a través de las Escrituras.
3. En el ministerio pastoral
Recomendado por Dei Verbum, 24, el recurso
frecuente a la Biblia en el ministerio pastoral toma diversas
formas, siguiendo el género de hermenéutica del cual se sirven
los pastores y que pueden comprender los fieles. Se pueden
distinguir tres situaciones principales: la catequesis, la
predicación, y el apostolado bíblico. Numerosos factores
intervienen, en relación con el nivel general de vida cristiana.
La explicación de la palabra de Dios en la
catequesis (Sacrosanctum Concilium, 35; Direct. catec. gen.,
1971, 16), tiene como primera fuente la Sagrada Escritura, que
explicada en el contexto de la Tradición, proporciona el punto
de partida, el fundamento y la norma de la enseñanza
catequística. La catequesis debería introducir a una justa
comprensión de la Biblia y a su lectura fructuosa, que permite
descubrir la verdad divina que contiene, y que suscita una
respuesta, la más generosa posible, al mensaje que Dios dirige
por su palabra a la humanidad.
La catequesis debe partir del contexto
histórico de la revelación divina, para presentar personajes y
acontecimientos del Antiguo y del Nuevo Testamento a la luz del
designio de Dios.
Para pasar del texto bíblico a su
significación salvífica para el tiempo presente, se utilizan
hermenéuticas variadas, que inspiran diversos géneros de
comentarios. La fecundidad de la catequesis depende del valor de
la hermenéutica empleada. Existe el peligro de contentarse con
un comentario superficial, que se queda en una consideración
cronológica de la sucesión de acontecimientos y de personajes
de la Biblia.
La catequesis no puede, evidentemente, explotar
sino una pequeña parte de los textos bíblicos. En general,
utiliza sobre todo los relatos, tanto del Nuevo como del Antiguo
Testamento e insiste sobre el Decálogo. Pero debería emplear
igualmente los oráculos de los profetas, la enseñanza
sapiencial, y los grandes discursos evangélicos, como el Sermón
de la montaña.
La presentación de los evangelios se debe
hacer de modo que provoque un encuentro con Cristo, que da la
clave de toda la revelación bíblica y trasmite la llamada de
Dios, a la cual cada uno debe responder. La palabra de los
profetas y la de los "servidores de la Palabra" (Lc. 1,
2) deben aparecer como dirigidas ahora a los cristianos.
Observaciones análogas se aplican al
ministerio de la predicación, que debe sacar de los textos
antiguos un alimento espiritual adaptado a las necesidades
actuales de la comunidad cristiana.
Actualmente, este ministerio se ejerce sobre
todo por la homilía, que sigue a la proclamación de la palabra
de Dios en la celebración eucarística.
La explicación de los textos bíblicos durante
la homilía no puede entrar en muchos detalles. Conviene, pues,
poner a la luz los aportes principales de esos textos que sean
más esclarecedores para la fe y más estimulantes para el
progreso de la vida cristiana, comunitaria o personal.
Presentados esos aportes, es necesario hacer obra de
actualización e inculturación, según cuanto ha sido dicho
antes. Para esta finalidad, son necesarios principios
hermenéuticos válidos. Una falta de preparación en este campo
tiene como consecuencias la tentación de renunciar a profundizar
las lecturas bíblicas, contentándose con moralizar o hablar de
cuestiones actuales, sin iluminarlas con la palabra de Dios.
En diversos países, se han hecho publicaciones
con la colaboración de exegetas, para ayudar a los responsables
pastorales a interpretar correctamente las lecturas bíblicas de
la liturgia y a actualizarlas de manera válida. Es deseable que
esfuerzos semejantes se generalicen.
Seguramente se debería evitar una insistencia
unilateral sobre las obligaciones que se imponen a los creyentes.
El mensaje bíblico debe conservar su carácter principal de
buena noticia de salvación ofrecida por Dios. La predicación
será más útil y conforme a la Biblia si ayuda a los fieles,
primero a "conocer el don de Dios" (Jn. 4, 10), tal
como ha sido revelado en la Escritura, y luego a comprender de
modo positivo las exigencias que de allí derivan.
El apostolado bíblico tiene como objetivo
hacer conocer la Biblia como palabra de Dios y fuente de vida. En
primer lugar favorece la traducción de la Biblia en las diversas
lenguas y la difusión de esas traducciones. Suscita y sostiene
numerosas iniciativas: formación de grupos bíblicos,
conferencias sobre la Biblia, semanas bíblicas, publicación de
revistas y libros, etc.
Una importante contribución es la de
asociaciones y movimientos eclesiales que ponen en primer plano
la lectura de la Biblia en una perspectiva de fe y de compromiso
cristiano. Numerosas "comunidades de base" centran
sobre la Biblia sus reuniones y se proponen un triple objetivo:
conocer la Biblia, construir la comunidad y servir al pueblo.
También aquí la ayuda de los exegetas es útil, para evitar
actualizaciones mal fundadas. Pero hay que alegrarse de ver que
gente humilde y pobre, toma la Biblia en sus manos y puede
aportar a su interpretación y actualización una luz más
penetrante, desde el punto de vista espiritual y existencial, que
la que viene de una ciencia segura de sí misma (cfr. Mt. 11,
25).
La importancia siempre creciente de los medios
de comunicación de masa, diarios, radio, televisión, exige que
el anuncio de la palabra de Dios y el conocimiento de la Biblia
sean propagados activamente por estos medios. Las exigencias muy
particulares de estos, y por otra parte, su influjo sobre un
vasto público, requieren para su utilización una preparación
específica, que permita evitar las improvisaciones penosas, así
como los efectos espectaculares de mal gusto.
Se trate de la catequesis, la predicación o el
apostolado bíblico, el texto de la Biblia debe ser presentado
siempre con el respeto que merece.
4. En el ecumenismo
Si el ecumenismo, en cuanto movimiento
específico y organizado, es relativamente reciente, la idea de
la unidad del pueblo de Dios, que este movimiento se propone
restaurar, está profundamente enraizada en la Escritura. Tal
objetivo era la preocupación constante del Señor (Jn. 10, 16;
17, 11. 20-23). Supone la unión de los cristianos en la fe, la
esperanza y la caridad (Ef. 4, 2-5), en el respeto mutuo (Flp. 2,
1-5) y la solidaridad (1 Cor. 12, 14-27; Rom. 12, 4-5); pero
también, y sobre todo, la unión orgánica a Cristo, como los
sarmientos con la vid (Jn. 15, 4-5), como los miembros y la
cabeza (Ef. 1, 22-23; 4, 12-16). Esta unión de-be ser perfecta,
a imagen de la del Padre y del Hijo (Jn. 17, 11. 22). La
Escritura define su fundamento teológico (Ef. 4, 4-6; Gál. 3,
27-28). La primera comunidad apostólica es un modelo concreto y
viviente (Hech. 2, 44; 4, 32).
La mayor parte de los problemas que afronta el
diálogo ecuménico tiene una relación con la interpretación de
los textos bíblicos. Algunos problemas son de orden teológico:
la escatología, la estructura de la Iglesia, el primado y la
colegialidad, el matrimonio y el divorcio, la concesión del
sacerdocio ministerial a las mujeres, etc. Otros son de orden
canónico jurisdiccional: se refieren a la administración de la
Iglesia universal y de las Iglesias locales. Otros, en fin, son
de orden estrictamente bíblico: la lista de libros canónicos,
ciertas cuestiones hermenéuticas, etc.
Aunque no pueda pretender resolver ella sola
todos esos problemas, la exégesis bíblica está llamada a
contribuir al ecumenismo con una importante ayuda. Progresos
notables se han realizado ya. Gracias a la adopción de los
mismos métodos y de puntos de vista hermenéuticos análogos,
los exegetas de diversas confesiones cristianas llegan a una gran
convergencia en la interpretación de las Escrituras, como lo
muestran el texto y las notas de varias traducciones ecuménicas
de la Biblia, así como otras publicaciones.
Hay que reconocer, además, que sobre puntos
particulares, las divergencias de interpretación de las
Escrituras son frecuentemente estimulantes y pueden revelarse
complementarias y enriquecedoras. Tal es el caso, cuando expresan
valores de tradiciones particulares de diversas comunidades
cristianas, y traducen así los múltiples aspectos del Misterio
de Cristo.
Puesto que la Biblia es la base común de la
regla de fe, el imperativo ecuménico comporta, para todos los
cristianos, una llamada apremiante a releer los textos inspirados
en la docilidad al Espíritu Santo, la caridad, la sinceridad y
la humildad, a meditar esos textos y a vivir de ellos, para
llegar a la conversión del corazón y a la santidad de vida que,
unidas a la oración por la unidad de los cristianos, son el alma
de todo movimiento ecuménico (cfr. Unitatis redintegratio, 8).
Habría que hacer accesible, para esto, al mayor número posible
de cristianos, la adquisición de la Biblia, animar las
traducciones ecuménicas (ya que un texto común ayuda a una
lectura y comprensión comunes), promover grupos de oración
ecuménicos, para contribuir, por un testimonio auténtico y
viviente, a la realización de la unidad en la diversidad (cfr.
Rom. 12, 4-5).
De cuanto ha sido dicho en el curso de esta
larga exposición (breve, sin embargo, sobre numerosos puntos) la
primera conclusión que se sigue es la que la exégesis bíblica
cumple, en la Iglesia y en el mundo una tarea indispensable.
Querer prescindir de ella para comprender la Biblia supondría
una ilusión y manifestaría una falta de respeto por la
Escritura inspirada.
Pretendiendo reducir los exegetas al papel de
traductores (o ignorando que traducir la Biblia es ya hacer obra
de exégesis) y rehusando seguirlos más lejos en sus estudios,
los fundamentalistas no se dan cuenta de que, por una muy loable
preocupación de completa fidelidad a la palabra de Dios, se
lanzan en realidad por caminos que los alejan del sentido exacto
de los textos bíblicos, así como de la plena aceptación de las
consecuencias de la encarnación. La Palabra eterna se ha
encarnado en una época precisa de la historia, en un medio
social y cultural bien determinados. Quien desea comprenderla,
debe buscarla humildemente allí donde se ha hecho perceptible,
aceptando la ayuda necesaria del saber humano. Para hablar a
hombres y mujeres, desde el tiempo del Antiguo Testamento, Dios
utilizó todas las posibilidades del lenguaje humano; pero al
mismo tiempo, debió someter su palabra a todos los
condicionamientos de este lenguaje. El verdadero respeto por la
Escritura inspirada exige que se cumplan los esfuerzos necesarios
para que se pueda captar bien su sentido. No es posible,
ciertamente, que cada cristiano haga personalmente las
investigaciones de todo género que permiten comprender mejor los
textos bíblicos. Esta tarea es confiada a los exegetas,
responsables, en ese sector, del bien de todos.
Una segunda conclusión es que la naturaleza
misma de los textos bíblicos exige que, para interpretarlos, se
continúe empleando el método histórico-crítico, al menos en
sus operaciones principales. La Biblia, en efecto, no se presenta
como una revelación directa de verdades atemporales, sino como
el testimonio escrito de una serie de intervenciones por las
cuales Dios se revela en la historia humana. A diferencia de
doctrinas sagradas de otras religiones, el mensaje bíblico está
sólidamente enraizado en la historia. Los escritos bíblicos no
pueden, por tanto, ser correctamente comprendidos sin un examen
de sus condicionamientos históricos. Las investigaciones
"diacrónicas" serán siempre indispensables a la
exégesis. Cualquiera que sea su interés, los acercamientos
"sincrónicos" no están en grado de reemplazarlas.
Para funcionar de modo fecundo, deben aceptar las conclusiones de
aquellas, al menos en sus grandes líneas.
Pero, una vez cumplida esta condición, los
acercamientos sincrónicos (retórico, narrativo, semiótico y
otros) son susceptibles de renovar en parte la exégesis y de
aportar una contribución muy útil. El método
histórico-crítico, en efecto, no puede pretender el monopolio.
Debe tomar conciencia de sus límites y de los peligros que lo
amenazan. El desarrollo reciente de hermenéuticas filosóficas,
y por otra parte, las observaciones que hemos podido hacer sobre
la interpretación, en la tradición bíblica y en la tradición
de la Iglesia, han arrojado luces sobre diversos aspectos del
problema de la interpretación que el método histórico-crítico
tenía tendencia a ignorar. Preocupados en efecto, de fijar
exactamente el sentido de los textos situándolos en su contexto
histórico de origen, este método se manifiesta a veces
insuficientemente atento al aspecto dinámico del significado y a
los posibles desarrollos del sentido. Cuando no llega hasta el
estudio de la redacción, sino que se absorbe completamente en
los problemas de fuentes y de estratificación de los textos, no
cumple completamente la tarea exegética.
Por fidelidad a la gran tradición, de la cual
la Biblia misma es un testigo, la exégesis católica debe
evitar, en cuanto sea posible, ese género de deformación
profesional y mantener su identidad de disciplina teológica,
cuya finalidad principal es la profundización de la fe. Esto no
significa un menor compromiso en la más rigurosa investigación
científica, ni la manipulación de los métodos por
preocupaciones apologéticas. Cada sector de la investigación
(crítica textual, estudios lingüísticos, análisis literarios,
etc.) tiene sus reglas propias, que es necesario seguir con toda
autonomía. Pero ninguna de esas especialidades es el fin en sí
misma. En la organización de la tarea exegética, la
orientación hacia el fin principal debe ser siempre efectiva,
evitando pérdidas de energía. La exégesis católica no tiene
el derecho de asemejarse a una corriente de agua que se pierde en
la arena de un análisis hipercrítico. Tiene que cumplir, en la
Iglesia y en el mundo, una función vital, la de contribuir a una
trasmisión más auténtica del contenido de la Escritura
inspirada.
A esta finalidad se dirigen sus esfuerzos, en
unión con la renovación de las otras disciplinas teológicas y
con el trabajo pastoral de actualización y de inculturación de
la palabra de Dios. Examinando la problemática actual, y
expresando algunas reflexiones sobre este tema, la presente
exposición espera facilitar, una más clara toma de conciencia
de todos, acerca de la tarea de los exegetas católicos.
Roma, 15 de abril de 1993