Explicaciones y desarrollos
......HISTORIA UNIVERSAL.

El verdadero Israel, heredero del Israel bíblico, es la Iglesia

El 15.05.1948, día en que el Estado de Israel proclamó su independencia, decía un artículo de L'Osservatore Romano: "El sionismo moderno no es el verdadero heredero del Israel bíblico"; y añadía que el cristianismo es "el verdadero Israel".

La Santa Sede se consideraba parte implicada en la cuestión de Jerusalén, como asunto religioso, por la protección de los santos lugares. Abogó por la internacionalización de la ciudad y de los santos lugares y a raíz de la Guerra de los Seis Días de 1967 pidió la elaboración de un estatuto especial de los santos lugares internacionalmente garantizado.

El conflicto árabe-israelí lo considera un problema político, el choque de dos nacionalismos, con una dimensión religiosa por la presencia cristiana en Tierra Santa. En este asunto el Vaticano se ve en el papel del conciliador y apoya la resolución del conflicto. John Nolan, director de la Misión Pontificia en Jordania, en 1983 dijo que la Iglesia sería la voz de los que no la tenían, los palestinos.

Sólo después de que la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) consintiera en reconocer el Estado de Israel, la Santa Sede hizo lo propio. El acuerdo se suscribió en diciembre de 1993, y el intercambio de embajadores se produjo en junio de 1994. Desde entonces, ha habido sus más y sus menos, pero en lo esencial la relación entre la Santa Sede y el Estado de Israel ha quedado normalizada.

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Los cristianos somos los judíos espirituales

Ser judío no es una cuestión de genes, de raza. Ser judío es ser miembro del pueblo elegido. No elegido por sí mismo. El pueblo elegido por Dios para recibir de Él la revelación y la vida divina y transmitirla a los demás pueblos. Los que dejan de creer en Dios y de esperar a su Mesías y de recibirlo, tratan de afirmar su pertenencia al pueblo judío en su herencia genética. Convierten así al que llaman aún pueblo judío en el Mesías. Y así dicen que son judíos, pero son aquellos de los que dice la Biblia que "dicen que son judíos, pero no lo son, sino que mienten, son la Sinagoga de Satanás". Algunos de los cuales se convertirán en el período de la Iglesia de Filadelfia, que probablemente es el del actual pontificado de Benedicto XVI, al que le corresponde el lema "de Gloria Olivae" en la profecía de san Malaquías. "Te voy a entregar algunos de la Sinagoga de Satanás, de los que se proclaman judíos y no lo son, sino que mienten; yo haré que vayan a postrarse delante de tus pies, para que sepan que yo te he amado" (Ap 3, 9). "Se llaman judíos sin serlo y son en realidad una sinagoga de Satanás" (Ap 2, 9).
29.08.2006

Los que para demostrar que son judíos rechazan a Jesucristo, los que convierten en su señal de identidad el negar que ya ha venido el Mesías esperado y es Cristo, se convertirán como san Pablo. Asi lo pedimos a Jesucristo Dios y así los añoramos.
25.01.2009, fiesta de la conversión de san Pablo.

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«...no está en el exterior el ser judío, ni es circuncisión la externa, la de la carne.

El verdadero judío lo es en el interior, y la verdadera circuncisión, la del corazón, según el espíritu y no según la letra. Ese es quien recibe de Dios la gloria y no de los hombres».
(Rom 2,28-29)

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Los cristianos creemos en el Mesías esperado por Israel

La identificación de la religión con la pertenencia a un pueblo es propia de la Edad Antigua en la que cada pueblo o tribu tiene dioses nacionales. Y los otros dioses son denominados dioses extranjeros. Los que más identifican la religión como nacional son los judíos, que son el Pueblo elegido por Dios mismo.

La Iglesia católica se llama así precisamente porque es para todos los pueblos, naciones, lenguas y razas, porque católica quiere decir universal. Todos se convierten en miembros del Pueblo de Dios, aunque como injertados, como acebuche injertado en el olivo que es Israel, es decir, se convierten en Pueblo de Dios, no por la sangre, sino por la fe y la gracia; y así, como dijo Juan XXIII, "los católicos somos los judíos espirituales".

El problema lo tienen los judíos que creen que por serlo según la etnia, lo deben ser también de religión, los que identifican la religión con la pureza de la raza. Lo tienen y lo introducen en los demás.

El problema lo tienen hoy los que para demostrar que son judíos rechazan a Jesucristo, los que convierten en su señal de identidad el negar que ya ha venido el Mesías esperado y es Cristo.

Según Américo Castro, "el más antiguo texto de una prueba de limpieza de sangre en España" es una certificación judía de un rabino de Barcelona de 1300 que garantiza que dos miembros de su comunidad hebrea son "de descendencia pura", pues no tienen "mezcla de sangre impura", ni en sus "antecesores paternos, ni maternos, ni en sus parientes colaterales", por lo que pueden "matrimoniar con las más honorables familias de Israel". (Antonio Domínguez Ortiz, Los judeoconversos. 1971. Pág. 80).

Judíos y cristianos

La Inquisición

La expulsión de los judíos

Santo Dominguito del Val

La limpieza de sangre

La expulsión de los moriscos

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No son culpables todos los judíos de la muerte de Cristo. Eran judíos sus seguidores; y sus familiares; y lo es Él mismo. No son tampoco culpables más que los que quieran serlo.

Tampoco somos los cristianos culpables de las persecuciones y matanzas de las que fueron objeto los judíos por parte de cristianos, ni de la Inquisición.

No procede pedir perdón ahora de esos crímenes por parte de los judíos actuales, ni por parte de los cristianos actuales que no se hacen cómplices.

¿Y a quién se pide improcedentemente perdón? ¿A los que agreden con el victimismo? ¿A los que se erigen en acusadores? ¿Y si uno de los que piden perdón se hace acusador él, se convierte entonces en perdonavidas?

Los judíos no son responsables colectivamente de la muerte de Jesús, puesto que la Iglesia no los responsabiliza, ni a los de aquella época, ni mucho menos a las siguientes de épocas. Roma locuta, causa finita.

«Eres tú quien lo has crucificado, deleitándote en los vicios y en los pecados», decía en la Edad Media san Francisco de Asís.

Incluso la culpabilidad personal de cada uno de los de aquella época, en el grado que sea, que sólo Dios lo sabe, tuvo el atenuante y hasta el eximente, tal vez, de la ignorancia, como el mismo Jesús les aplica y, lo mismo san Pedro.

Jesús, el Mesías prometido a los judíos, los absolvió cuando lo estaban crucificando por nuestros pecados:

«Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen».
(Lc 23,34)

El primer Papa, san Pedro, siguiendo a su divino Maestro del que era Vicario, los absolvió:

«Israelitas,
...vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis que se os hiciera gracia de un asesino,
y matasteis al Jefe que lleva a la Vida. Pero Dios le resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.
...Ya sé yo, hermanos, que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes».
(Hechos 3,12-17)

Les exhorta san Pedro a convertirse y a arrepentirse para que crean que Jesús es el Mesías prometido a los judíos, lo reciban como tal y Él vuelva en su segunda venida.

«Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus santos profetas».
(Hechos 3,19-21)

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Los judíos no son responsables colectivamente de la muerte de Jesús (Catecismo de la Iglesia Católica de 1992, 597-598):

597 Teniendo en cuenta la complejidad histórica manifestada en las narraciones evangélicas sobre el proceso de Jesús y sea cual sea el pecado personal de los protagonistas del proceso (Judas, el Sanedrín, Pilato), lo cual solo Dios conoce, no se puede atribuir la responsabilidad del proceso al conjunto de los judíos de Jerusalén, a pesar de los gritos de una muchedumbre manipulada (Cf. Mc 15, 11) y de las acusaciones colectivas contenidas en las exhortaciones a la conversión después de Pentecostés (cf. Hch 2, 23. 36; 3, 13-14; 4, 10; 5, 30; 7, 52; 10, 39; 13, 27-28; 1 Ts 2, 14-15). El mismo Jesús perdonando en la Cruz (cf. Lc 23, 34) y Pedro siguiendo su ejemplo apelan a "la ignorancia" (Hch 3, 17) de los judíos de Jerusalén e incluso de sus jefes. Menos todavía se podría ampliar esta responsabilidad a los restantes judíos en el tiempo y en el espacio, apoyándose en el grito del pueblo: "¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" (Mt 27, 25), que equivale a una fórmula de ratificación (cf. Hch 5, 28; 18, 6):

Tanto es así que la Iglesia ha declarado en el Concilio Vaticano II: «Lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy [...] No se ha de señalar a los judíos como reprobados por Dios y malditos como si tal cosa se dedujera de la sagrada Escritura» (NA 4).

Todos los pecadores fueron los autores de la Pasión de Cristo

598 La Iglesia, en el magisterio de su fe y en el testimonio de sus santos, no ha olvidado jamás que "los pecadores mismos fueron los autores y como los instrumentos de todas las penas que soportó el divino Redentor" (Catecismo Romano del Concilio de Trento, 1, 5, 11; cf. Hb 12, 3). Teniendo en cuenta que nuestros pecados alcanzan a Cristo mismo (cf. Mt 25, 45; Hch 9, 4-5), la Iglesia no duda en imputar a los cristianos la responsabilidad más grave en el suplicio de Jesús, responsabilidad con la que ellos con demasiada frecuencia, han abrumado únicamente a los judíos:

«Debemos considerar como culpables de esta horrible falta a los que continúan recayendo en sus pecados. Ya que son nuestras malas acciones las que han hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo el suplicio de la cruz, sin ninguna duda los que se sumergen en los desórdenes y en el mal "crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a pública infamia" (Hb 6, 6). Y es necesario reconocer que nuestro crimen en este caso es mayor que el de los judíos. Porque según el testimonio del apóstol, "de haberlo conocido ellos no habrían crucificado jamás al Señor de la Gloria" (1 Co 2, 8). Nosotros, en cambio, hacemos profesión de conocerle. Y cuando renegamos de Él con nuestras acciones, ponemos de algún modo sobre Él nuestras manos criminales» (Catecismo Romano del Concilio de Trento, 1, 5, 11).

«Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados» (S. Francisco de Asís, Admonitio, 5, 3).