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Gary Cooper se bautizó como católico dos años antes de morir
Alfonso Méndiz/Jesucristo en el Cine 23 abril 2010
En la historia de cada conversión, junto a la insondable intervención divina, se da también la mediación humana: un amigo, un familiar, un compañero de fatigas... que sabe orientar, sin violencia, en el momento oportuno. Es el caso del oscarizado actor de Hollywood Gary Cooper, bautizado en la Iglesia católica dos años antes de morir, tras un curioso proceso de conversión.
Frank James Cooper nació en Montana (Estados
Unidos) el 7 de mayo de 1901. Era hijo de unos inmigrantes
ingleses, que poseían de un inmenso rancho. El futuro actor
aprendió allí a montar a caballo, habilidad que demostraría
después en numerosos westerns.
Tras cursar estudios primarios en Inglaterra, regresó a montana
y trabajó como dibujante de tiras cómicas en diversas
publicaciones. Después decidió probar fortuna en el cine, y en
los años veinte logró pequeños papeles en películas del
Oeste, en las que ya se acreditaba como Gary Cooper. A mitad de
los treinta es una de las máximas estrellas de Hollywood: rueda
grandes filmes como «Adios a las armas» (1932), «Tres lanceros
bengalíes» (1935) o «Beau Geste» (1939). En 1941 logra su
primer Óscar por «El sargento Cork», y en 1952, el segundo por
«Sólo ante el peligro».
Por los suelos ante Pío XII
Precisamente en esos años es cuando tiene lugar su encuentro con
el Papa Pío XII. Su esposa y su hija eran católicas, y él
accedió a acompañarlas cuando consiguieron ser recibidas por el
Santo Padre. En el libro que escribió sobre su padre, su hija
Mary recordaba aquel momento: «El entusiasmo nos embargó a
todos a medida que se aproximaba la audiencia con el Papa.
(
) Estábamos todos en una sala dorada del Vaticano con una
veintena de invitados más. Habíamos comprado rosarios, anillos
y medallas para que los bendijera Su Santidad, y papá tenía un
buen puñado de esos objetos en sus manos. Cuando el Papa llegó
a su lado, quiso arrodillarse para besarle la mano, y perdió un
poco el equilibrio. Se le cayeron entonces todas las medallas,
perlas y rosarios, que rodaron con estrépito por toda la
habitación. Algunas quedaron bajo el manto del Pontífice, que
supo sacar a mi padre de su monumental vergüenza con una sonrisa
y un gesto de comprensión».
A mitad de los cincuenta sigue recordado su hija-
«comenzó a pensar en su posible conversión. No hablaba mucho
de ello, simplemente nos acompañaba a Misa casi todos los
domingos. La excusa que daba era que deseaba oír los
fantásticos sermones del padre Harold Ford».
La dedicación de un sacerdote
Este joven y celoso sacerdote correspondió al interés de Gary
Cooper con una dedicación entusiasta: No le sermoneó con
el azufre y el fuego del infierno escribe Mary en su libro-
sino que supo hacerse amigo suyo. (
). Mi madre le invitó
un día a merendar para que pudiera charlar con mi padre. Y, nada
más entrar en la sala de armas, se ganó a mi padre manifestando
un gran deseo de practicar la caza y la pesca. En los meses
siguientes fue su compañero inseparable en el buceo, la caza y
todo tipo de excursiones.
Durante aquellas salidas, el padre Ford fue explicando a Gary
Cooper la riqueza insondable de la Fe católica. Y, cuando ya
casi estaba decidido, le dio a leer «La montaña de los
siete círculos», una autobiografía del monje Thomas Merton en
el que narra su conversión. Aquello fue el empujón
definitivo. El ya veterano actor se bautizó en la Iglesia
católica en mayo de 1959, apadrinado por su amigo
Shirley Burden, que era también converso.
A las pocas semanas de su conversión, empezaron a manifestarse
los primeros síntomas del cáncer que le llevaría a la tumba.
Luchó en silencio con su enfermedad, mientras rodaba sus
últimas películas: «El árbol del ahorcado» (1959),
«Misterio en el barco perdido» (1960) y «Sombras de sospecha»
(1961). Con la salud ya deteriorada, en 1960 recibió un Óscar
especial de la Academia «por su larga y extraordinaria
carrera». Durante 35 años, había intervenido en más de cien
películas, la mayoría como protagonista. Murió el 13 de mayo
de 1961 y fue enterrado en el cementerio católico de Santa
Mónica.
En octubre de ese año, Thomas Merton escribió una carta a su
hija Mary en la que le decía: «Como todo el mundo, yo también
adoro las películas de Gary Cooper. Aunque sea monje, me encanta
verlas. Incluso tuve la secreta esperanza de que, si algún día
La montaña de los siete círculos se llevaba a la
pantalla, tu padre sería el protagonista del filme. Por muchos
motivos, me hubiera gustado mucho que hiciera ese papel».
La influencia de su conversión fue enorme en el mundo de los
artistas. Ernest Hemingway, que fue un gran amigo suyo, recuerda
que pocas semanas antes de la muerte del actor hablaron largo y
tendido sobre el catolicismo. Al final, con la voz muy seria,
Gary Cooper le dijo: «Tú sabes que tomé la decisión
correcta». Según reconoció después, Hemingway no olvidaría
nunca aquella conversación. Aquel moribundo tumbado en la cama
le había parecido la persona más feliz de la tierra.