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La fe y el conocimiento natural de Dios por la luz de la razón

Todo es don de Dios. Pero no a todos los dones de Dios se les puede denominar gracia. No todos los dones de Dios son dones sobrenaturales. Los dones de Dios son

Al definir Royo Marín el concepto de natural, incluye entre las cosas naturales el concurso divino necesario para la operación natural de toda causa segunda:

"Lo natural para cualquier ser es todo aquello que le conviene según su naturaleza. Y puede convenirle de alguna de estas seis maneras: ...e)EXIGITIVAMENTE: todo lo que esa naturaleza exige para su propio desenvolvimiento y perfección natural (v. gr., el concurso divino necesario para que pueda obrar cualquier causa segunda en su propia esfera natural)"
(Royo Marín: Dios y su obra. BAC. Madrid.1963. pág. 455).

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La capacidad de la mente humana para conocer a Dios

Hay que afirmar la capacidad de la mente humana para conocer a Dios por la sola luz de la razón por tres razones primordiales: primero, porque es verdad demostrada por la razón y verdad definida como dogma de fe; además, porque si no fuese así, tampoco sería posible conocer a Dios por la fe, ni tener fe; y en tercer lugar, porque no nos podemos desentender de los no creyentes; y, con los no creyentes, hay que emplear demostraciones de la sola razón natural.

Si el hombre no tuviera capacidad para conocer la existencia de Dios por la sola luz de la razón, no podría tampoco conocer la existencia de Dios por la gracia de la fe, no podría tener fe; porque la gracia no se opone a la naturaleza, sino que la perfecciona. Un cuerpo puramente animal no puede recibir la gracia de la fe y conocer a Dios por la gracia, si Dios no le da antes, por un acto creador natural, un alma racional que le dé la capacidad de conocer a Dios por la luz de la razón.

Santo Tomás dice en la S. C. G. (I, 2) que para argumentar contra los errores de los no creyentes hay que utilizar la razón natural:

"Algunos de ellos, como los mahometanos y paganos, no convienen con nosotros en admitir la autoridad de parte alguna de la Sagrada Escritura, por la que pudieran ser convencidos, así como contra los judíos podemos disputar por el Antiguo Testamento, y contra los herejes por el Nuevo. Estos otros no admiten ninguno de los dos. De donde, es necesario recurrir a la razón natural, que todos se ven obligados a aceptar. Aunque en las cosas divinas sea falible".

El padre Royo Marín expresa con estas palabras esta verdad de razón natural y al mismo tiempo dogma de fe definido:

"La razón humana puede demostrar con toda certeza la existencia de Dios Creador y Señor de todo cuanto existe. (De fe divina, expresamente definida)" (Royo Marín: Dios y su obra. BAC.Madrid.1963. pág. 8).

Véanse los lugares de la Biblia en los que Dios mismo enseña que Él puede ser conocido por la razón humana natural a partir de las criaturas:

"De la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sb,13, 5).

"Tampoco son estos excusables; pues, si llegaron a adquirir tanta ciencia que les capacitó para indagar el mundo, ¿cómo no llegaron primero a descubrir a su señor?" (Sb 13, 8-9) .

"Lo invisible de Dios, desde la creación del mundo se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables" (Rom 1, 20).

La definición de este dogma la formuló el Concilio Vaticano I con estas palabras:

"Si alguno dijere que Dios vivo y verdadero, creador y señor nuestro, no puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana por medio de las cosas que han sido hechas, sea anatema"(DS 3026).

Que ese conocimiento natural racional de Dios todavía no es la fe, porque para creer en Dios se necesita su gracia, es lo definido también en el Concilio Vaticano I con estas palabras:

"Si alguno dijere que la fe divina no se distingue de la ciencia natural sobre Dios y las cosas morales y que por tanto, no se requiere para la fe divina que la verdad revelada sea creída por la autoridad de Dios que revela, sea anatema" (DS 3032).

La existencia de Dios es accesible por la luz natural de la razón. Este conocimiento aún no es la fe. Es un preámbulo de la fe. Para la fe en Dios, es decir para creer en Dios por su autoridad, prescindiendo de los motivos racionales de credibilidad hace falta la gracia, no para el conocimiento de su existencia con la luz natural de la razón (Santo Tomás de Aquino, S.Th., 1-2, q. 109 a. 1 ).

Pero una cosa es que la razón tenga esta capacidad y otra que la use, como enseña el papa Pío XII, siguiendo lo que a este respecto dice también el Concilio Vaticano I; por lo que, dice Pío XII:

"La «revelación» divina es moralmente necesaria para que aun en el estado actual del género humano, todos puedan conocer con facilidad, con firme certeza y sin mezcla de error alguno, aquellas verdades religiosas y morales que de suyo no son inaccesibles a la razón" (Humani generis de 1950, DS 3875).

Esto mismo es recogido en el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992, añadiendo la gracia a la revelación como necesarias al hombre pecador, aunque lo refiere a la ley natural y a que no todos sus preceptos son percibidos por todos de una manera clara e inmediata. Lo que se enseña es que la gracia y la revelación son necesarias (moralmente, no estricta y absolutamente) para que todos puedan conocer la ley natural y la existencia de Dios y además con facilidad, y que esto sea con firme certeza y sin mezcla de error. Estas características son las que la fe presta para consolidar el conocimiento natural de Dios y de la ley natural. Por eso digo que "el que rechaza esa gracia, suele -para evitar la fe- rechazar también la demostración racional de la existencia de Dios".

"Los preceptos de la ley natural no son percibidos por todos de una manera clara e inmediata. En la situación actual, la gracia y la revelación son necesarias al hombre pecador para que las verdades religiosas y morales puedan ser conocidas «de todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de error»" (Catecismo de la Iglesia Católica de 1992, n.1960).

Llegar a conocer con certeza y demostrar formalizadamente la existencia de Dios con la luz natural de la razón, no es fácil para el que no conoce a Dios previamente por la revelación y por la fe, y así lo dice santo Tomás (S T I, 1, 1). Sí es fácil, en cambio, llegar a un cierto atisbo más o menos confuso y vago de que Dios existe, a partir de las cosas que nos rodean, y muchísimos hombres, por no decir todos, llegan a esto, como enseña también santo Tomás:

"Hay un cierto conocimiento de Dios común y confuso, que está en casi todos los hombres..., porque el hombre, mediante la razón natural, puede llegar enseguida a algún conocimiento de Dios. Pues viendo los hombres que las cosas naturales se desarrollan según un cierto orden, como no hay ordenación sin ordenador, perciben, muchos, que existe un ordenador de las cosas que vemos. Aunque esta consideración general no dice aún inmediatamente quién es este ordenador, ni cómo es, ni si es uno solo...Y este conocimiento recibe la mezcla de muchos errores...Todos lo tienen enseguida casi desde el principio. Si alguien carece de este conocimiento de Dios, se muestra máximamente vituperable, porque se califica de máxima estupidez humana la que tan manifiestas señales de Dios no percibe; como tomaríamos por estúpido, al que viendo a un hombre, no comprendiera que tiene alma. Por eso dice el Salmo (52,1): Dijo el insensato en su corazón: No hay Dios" (Suma contra los gentiles, III, 38).

Dice Royo Marín:

"La existencia de Dios como autor del orden natural se impone de una manera tan clara para todos los hombres, que hace falta estar completamente ciego para no verla brillar en la hermosura y orden admirable de la naturaleza...No es posible, por consiguiente, permanecer -al menos durante mucho tiempo- en la completa ignorancia de la existencia de Dios como autor del orden natural...La existencia de Dios como autor del orden natural está demostradísima, con argumentos irrebatibles, por la simple razón natural" (Royo Marín: Dios y su obra. BAC.Madrid.1963., pág. 41).

Toda mente libre de prejuicios puede llegar a conocer la existencia de Dios, sea con el conocimiento vulgar, confuso y común, sea con el conocimiento profundizado de la filosofía en su parte más elevada y profunda, que es la teología natural. Pues en ambos casos se trata del conocimiento de Dios con la luz natural de la razón. En el caso del conocimiento de Dios al que se llega filosóficamente, profundizando en el conocimiento vulgar y común, alcanza hasta a demostrar la existencia de Dios, analógica e indirectamente, a partir de sus efectos, pero con certeza. Y una cosa muy importante: en ambos casos, hay que insistir en que se trata de un conocimiento natural de Dios, no sobrenatural. La teología natural o filosófica no es sobrenatural; es puramente racional. No parte de la revelación ni de la fe, esto todavía no es la fe. Para tener fe en Dios se precisa la gracia. Se puede conocer e incluso demostrar con certeza la existencia de Dios con la sola luz de la razón. Esto es una verdad demostrable con la sola luz de la razón y también es un dogma de fe definido.

Claro que es un don de Dios conocer e incluso demostrar con certeza su existencia con la sola luz de la razón, y no sólo poder hacerlo. Todo es un don de Dios. Lo natural y lo sobrenatural. La naturaleza y la gracia. Hay dones de Dios naturales y otros sobrenaturales. Poder conocer y poder demostrar con certeza la existencia de Dios con la sola luz de la razón a partir de las criaturas de la naturaleza, que son las que nos compete conocer adecuadamente, es un don de Dios natural, no sobrenatural, no es la gracia. Y conseguir hacerlo también es un don natural de Dios, no un don sobrenatural, no es la gracia.

Claro que está en pie -¡por encima de todo!- la tesis de santo Tomás de que todo, todas y cada una de las acciones de cualquier ente sólo son posibles mediante la acción de Dios. Claro que para conocer y demostrar la existencia de Dios precisamos de la acción de Dios, que es un don. Pero este don no es la gracia. No es un don sobrenatural. Es un don natural. Es un don de Dios del mismo tipo que el que precisa cualquier ente -acto primero- para pasar a la acción natural que le es propia -acto segundo-, como andar para el semoviente o pensar para el pensante. Tener una naturaleza racional es ya un don de Dios. Un don natural, no sobrenatural: el alma humana no es sobrenatural, es natural. Que el hombre tenga alma racional, espiritual, no es sobrenatural; es tan natural como que tenga pies. Y, que esa naturaleza racional razone, es otro don de Dios. Un don natural; no la gracia; no un don sobrenatural. Es tan natural como que ese hombre camine por tener pies. Y para caminar, también precisa la acción de Dios que aplique esa potencia a su acto propio de andar; lo cual es un don de Dios. No menos que pensar hasta conseguir conocer y demostrar con certeza la existencia de Dios a partir del conocimiento, que nos es propio, de las criaturas de la naturaleza. No es la gracia. No es un don sobrenatural. Es un don natural de Dios. Que nos lo da libremente. Porque quiere. Porque nos quiere. No es aún la fe. Para la fe se precisa la gracia, don de Dios también, pero sobrenatural. El demonio sabe que Dios existe, pero no tiene fe en Dios, porque la fe es una virtud -y encima sobrenatural, teologal- y el demonio no tiene virtudes.

Poder demostrar la existencia de Dios con certeza, aunque analógicamente, a partir de las criaturas de la naturaleza, con la luz natural de la razón, no quita que se tenga fe en Dios, como argumenta Royo Marín:

"Los que conocen la existencia de Dios por la razón, "aun con relación a las mismas verdades naturales que conocen por demostración científica puede decirse que conservan de alguna manera la fe, en cuanto que además de verlas con su razón natural, asienten a ellas por la autoridad de Dios que las revela y seguirían creyendo en ellas por la fe aunque su razón se oscureciera y dejaran de verlas con su luz puramente natural"
(Royo Marín: Dios y su obra. BAC.Madrid.1963., pág.39).

Y así lo enseña el Concilio Vaticano I:

"Si alguno dijere que la fe divina no se distingue de la ciencia natural sobre Dios y las cosas morales y que por tanto, no se requiere para la fe divina que la verdad revelada sea creída por la autoridad de Dios que revela, sea anatema" (DS 3032).

Al definir Royo Marín el concepto de natural, incluye entre las cosas naturales el concurso divino necesario para la operación natural de toda causa segunda:

"Lo natural para cualquier ser es todo aquello que le conviene según su naturaleza. Y puede convenirle de alguna de estas seis maneras: ...e)EXIGITIVAMENTE: todo lo que esa naturaleza exige para su propio desenvolvimiento y perfección natural (v. gr., el concurso divino necesario para que pueda obrar cualquier causa segunda en su propia esfera natural)"
(Royo Marín: Dios y su obra. BAC.Madrid.1963. pág. 455).

Por lo tanto, el concurso divino para que un hombre con su razón natural llegue al conocimiento de Dios con certeza, incluso demostrándolo, es un don de Dios natural, no es la gracia, es del orden natural. Hay que evitar llamar gracia a esto para no incurrir en naturalismo materialmente, sin querer, inocentemente.

"Santo Tomás, al rechazar de plano el platonismo y la teoría ontologista de la visión en Dios de las verdades necesarias y eternas, admite que, aun en esta vida, es Dios, en cierto sentido, el principio de nuestro conocimiento, en cuanto que la luz natural de nuestra inteligencia es una semejanza participada de la luz increada de Dios, y que sólo se ejerce por el concurso iluminador de Aquel que es a la vez Inteligencia en sí y ser en sí :
«La misma luz intelectual que hay en nosotros no es otra cosa que cierta semejanza participada en la luz increada, en la que se contienen las razones eternas » (I, 84, 5).
Y «es preciso que un entendimiento más alto que el alma la lleve a entender» (I, 79, 4).
Este concurso iluminador de Dios se requiere no sólo para el primer acto de nuestra inteligencia, sino para todos. (Nota 31) Santo Tomás establece una clara distinción entre este concurso divino y una gracia sobrenatural (I-II, 109, 1, si el hombre sin la gracia puede conocer algo verdadero):
«Así pues hay que decir que para la cognición de algo verdadero, el hombre precisa del auxilio divino,
para que su intelecto sea movido por Dios a su acto. No precisa una nueva iluminación sobreañadida a la iluminación natural para conocer la verdad en todos los casos, sino en aquellos que exceden al conocimiento natural». (Gonet, Clypeus thomisticus de Gratia, VIII, 1,1)" (R. Garrigou-Lagrange: Dios. Su existencia, pág. 129-130).

El padre Orlandis afirmaba la influencia de la gracia en las acciones naturales. Lo cual es un tema a desarrollar.

Royo Marín por su parte cita a santo Tomás para explicar la analogía entre las mociones naturales y sobrenaturales, es decir lo que las asemeja y lo que las diferencia:

"Así como, además de la esencia y de las facultades operativas, se requiere la previa moción y concurso divino para realizar cualquier acción natural, así en el orden sobrenatural, además de la gracia habitual y de las virtudes (que son como las facultades sobrenaturales), se requiere la previa moción y concurso divino sobrenatural, que no es otra cosa que la gracia actual. Ningún ser creado puede pasar de la potencia al acto sin la previa moción divina natural o sobrenatural, según el orden de que se trate. Lo dice expresamente Santo Tomás y es doctrina común en teología:

«Ninguna cosa creada puede pasar a ningún acto, sino por impulso de la moción divina» (I-II, 109,9; cf. ad 1).

De manera, que, para obrar sobrenaturalmente, la gracia actual es más imdispensable que la misma gracia habitual o santificante. Un pecador desprovisto de la gracia santificante puede sin embargo, realizar un acto sobrenatural mediante una gracia actual (v. gr., la que le empuja al arrepentimiento sobrenatural de sus pecados); mientras que el justo - que está ya en posesión de la gracia santificante- no puede obrar sobrenaturalmente sin ayuda de la gracia actual. Si bien todos los teólogos están de acuerdo en decir que esa gracia actual que el justo necesita para hacer el bien se la pone la divina Providencia constantemente a su disposición, de manera semejante a como en el orden natural pone a disposición de todos el aire que nesitamos para respirar"
(Royo Marín: Teología de la Salvación. BAC.Madrid.1956. págs. 46-47).

Royo Marín explica así la diferencia, dentro de los dones que Dios nos concede a manos llenas, entre la gracia y la moción divina de los actos naturales:

"Por gracias actuales se entiende en teología ciertos auxilios sobrenaturales y transitorios por los cuales Dios ilumina el entendimiento y ayuda a la voluntad para realizar actos sobrenaturales...
No se trata de la previa moción divina para realizar un acto meramente natural, sino de un verdadero auxilio sobrenatural, que capacita al hombre para producir un acto también sobrenatural. Sin ella el hombre -aun constituido en gracia santificante- sería tan impotente para realizar un acto sobrenatural como en el orden natural para dar un solo paso sin la previa moción de Dios como causa primera natural...
La gracia habitual santificante... informa accidentalmente la substancia del alma de una manera permanente, fija e inmóvil, a no ser que se la expulse violentamente por el pecado mortal. La gracia actual, en cambio, es un auxilio sobrenatural transitorio (una inspiración, por ejemplo) que desaparece en el momento mismo en que Dios deja de comunicarlo...
La gracia actual es en el orden sobrenatural lo que el concurso de Dios es en el orden natural. Porque así como para las obras naturales se requiere el auxilio o concurso natural de Dios, por el cual nuestras facultades son movidas o ayudadas para realizar sus actos -ya que el hombre como causa segunda que es, no puede ponerse en marcha sin la previa moción de la Causa primera-, de igual modo para realizar actos naturales se requiere cierto auxilio o moción sobrebatural, que se llama precisamnete gracia actual. Se diferencia, sin embargo del concurso natural por tres capítulos:
a) Porque el concurso natural, supuesta la libre creación por Dios, se le debe naturalmente al hombre y es, por consiguiente, natural; mientras que la gracia es completamente gratuita, y el hombre no puede exigirla en modo alguno.
b) Porque el concurso natural se requiere incluso para las obras malas (o sea, para el elemento bueno y positivo que en ellas se encuentra necesariamente, ya que el mal absoluto no existe, ni puede existir), mientras que la gracia se ordena úicamente al bien.
c)La gracia nos mueve al bien sobrenatural y, por lo mismo, eleva las facultades o los actos a ese orden superior, mientras que el concurso natural no trasciende al bien puramente natural".
(Royo Marín: Teología de la Salvación. BAC.Madrid.1956. págs. 34-36).

"Las gracias habituales (gracia santificante, virtudes infusas y dones del Espíritu Santo) son cualidades permanentes (hábitos) que producen su efecto en cuanto tales de una manera continua e indefectible en el sujeto en que residen (la esencia del alma o sus potencias y facultades). Las actuales, en cambio, son mociones fluidas y transeúntes cuyo efecto final se frustra muchas veces a causa de la resistencia que les opone el que las recibe.
Las gracias habituales se limitan a disponer para la acción (radical o próximamente, según se trate de la gracia misma o de las virtudes y los dones). Las actuales, por el contrario, empujan y producen la acción misma.
Las virtudes y los dones tienen un campo limitado, que afecta a determinadas potencias y a determinados objetos y operaciones. Las gracias actuales, en cambio, se extienden a toda la vida sobrenatural y a todas sus operaciones".
(Royo Marín: Teología de la Pewrfección Cristiana. BAC. Madrid.5ª ed. 1968. pág. 184).

Y conocer la existencia de Dios, indirectamente, a través de las cosas de la naturaleza, como causa de las mismas, no excede la capacidad del conocimiento natural humano. Sí la sobrepasan del todo verdades como la de la divinidad de Cristo y la de la Santísima Trinidad. También se precisa la gracia para llegar a la fe en Dios. Para conocer e incluso demostrar con la razón su existencia, puede bastar el concurso ordinario de Dios al que santo Tomás califica de natural: "iluminación natural". Como para andar, hace falta el concurso de Dios que nos haga pasar de la potencia al acto de andar. Tampoco es sobrenatural el conocimiento filosófico de Dios, por mucho que sobrepase y profundice el conocimiento vulgar y confuso al que se llega con el sentido común. No lo sobrepasa en orden. Está dentro del mismo orden natural. Es un conocimiento humano. Viene "de la carne y de la sangre". La revelación y la gracia se necesitan para que "todos" puedan llegar al conocimiento de Dios "con facilidad", "con firme certeza" y "sin mezcla de errores" (Catecismo de la Iglesia Católica de 1992, n.1960).

Si se rechaza la gracia de la fe, se pierde la fe, aunque se hubiera llegado a conocer la existencia de Dios por la sola luz de la razón a partir de las criaturas, y entonces es dificilísimo no rechazar ese mismo conocimiento natural de Dios al que se había llegado, y la propia filosofía racional correcta, e incluso la posibilidad de acceder al conocimiento de la verdad natural sobre la naturaleza y el hombre; para rechazar luego, como ocurre en nuestra época postmoderna, la verdad natural misma, e incluso la realidad natural y la racionalidad misma del hombre, y aferrarse a los prejuicios.

El Padre Orlandis decía que él, que tenía como evidentes las cinco vías de santo Tomás como demostraciones racionales de la existencia de Dios, si no tuviera la gracia de la fe, perdería la fe y sería ateo (Citado por Canals en su conferencia de la Asamblea General de Schola Cordis Iesu del 29.12.2002). Lo cual es evidente para el que piense que el hombre puede conocer e incluso demostrar con sola la luz de la razón la existencia de Dios, pero que esto no es la fe, que para la fe se necesita la gracia de la fe. "Ese conocimiento natural racional de Dios todavía no es la fe. Para creer en Dios se necesita su gracia". Pero el que se crea que el concurso natural de Dios para que el hombre pueda conocer la existencia de Dios por la sola luz de la razón es la gracia, deja al hombre sin capacidad para tener fe, ni siquiera con la gracia, reduce la gracia a un don natural, que, como se tiene, pues es exigitivo de la naturaleza racional, hace innecesaria la gracia para tener fe. A no ser que se crea que es un don, pero no exigitivo, sino que Dios da la racionalidad natural en acto segundo a unos sí y a otros no. Que hay hombres superiores y otros que no serían tan plenamente racionales. Esto es complejo de superioridad, que hace creerse superior: no hay nadie que proclame estos supuestos hechos diferenciales personales o nacionales para decir que él es inferior o que su nación es inferior. Todo el que dice que hay hechos diferenciales es para afirmar que su nación es la mejor. Esto es dulcineísmo. No es amor a la patria, porque está diciendo que si no fuera la mejor no la amaría. El amor a la patria es amarla porque es la propia. Y el que dice que él es superior, si, además de decirlo, se lo cree, es que padece un trastorno psiquiátrico denominado complejo de superioridad. Puede reafirmar su complejo personal y su dulcineísmo nacional con las teorías de Averroes o de algún otro aristotelismo incorrecto, es decir, que no haya tenido en cuenta las cosas que corrigió santo Tomás en Aristóteles.

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