LAS ENCOMIENDAS O REPARTIMIENTOS DE INDIOS
Grupos de indios adjudicados
junto con tierras a colonos españoles con el pretendido derecho
de hacerles trabajar, aunque mediante un salario, y pretendiendo
justificar ese supuesto derecho en la finalidad de
cristianizarles y de elevarles a la civilización, que se
atribuían como obligaciones al encomendero.
Se originan desde que, en 1497, Colón impone a los indios el
trabajo obligatorio.
Isabel la Católica prohíbe esclavizarles, pero autoriza los
repartimientos.
Desde 1511, los misioneros atacan durísimamente y
justísimamente no sólo los abusos, sino la institución.
Las Leyes de Burgos de 1512 establecen medidas para cortar los
abusos, pero no suprimen los repartimientos, que ahora se llaman
ya encomiendas, porque incluían siempre una
entrega de tierra.
Las Leyes Nuevas de 1542 llegaron a suprimir la concesión de
nuevas encomiendas y la herencia de las que existían, con lo
cual se extinguirían en el futuro. Pero los encomenderos
se opusieron con violencia y Carlos V accedió desgraciadamente a
mantener las encomiendas.
Pero sólo se heredaban durante cuatro generaciones como máximo
y el trabajo forzoso acabó por ser sustituido por la merced de
una parte de los impuestos que pagaban los indios a la corona. De
hecho siguieron existiendo hasta 1720.
La mita era el trabajo en las minas al que se
obligaba a un porcentaje de indios de cada poblado.
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Los encomenderos son los latifundistas
antepasados de los criollos que, junto con los españoles que se
les unieron, hicieron la independencia o emancipación de Hispanoamérica para reunir, en beneficio propio, el
poder político al económico en nombre del Pueblo Soberano, sin
dejar de presentarse como libertadores frente a la opresión y
hasta los abusos de "los españoles". Los abusos sobre
los indios y negros fueron realizados por una parte de los
españoles que fueron a América, no de los que no fueron. De
ellos desciende la oligarquía que continúa
rigiendo esos países que dividieron y subdividieron.
Testamento de Isabel la Católica, fallecida el 26 de noviembre de 1504
Aunque hay que distinguir entre
las leyes y los abusos, los misioneros exigían la abolición de
las encomiendas, como injustas en sí mismas además de ocasión
de abusos.
Destacó en esta actitud y actividad Fray Bartolomé de las
Casas, que cuestionaba además el derecho mismo de la Corona a la
conquista.
Las críticas y presiones de los misioneros apoyados por muchos
juristas y teólogos son un caso bastante excepcional en la
historia de los imperios, pero lo que es totalmente excepcional
es que los gobernantes, no sólo no rechazaron las críticas,
sino que se replantearon la rectificación de todos los
procedimientos e incluso se cuestionaron la conquista en sí.
Ya la prohibición de someter a esclavitud a los indios por
Isabel la Católica era la primera vez que se producía, porque
anteriormente se consideraba siempre un derecho de todo
conquistador sobre los habitantes de las tierras conquistadas.
El hecho de que se establecieran una y otra vez normas
correctoras indica, como ocurre en estos casos, dos cosas
contradictorias:
por una parte, que preocupaban en conciencia los abusos y la
legitimidad de las propias instituciones colonizadoras,
pero que no se cortaban definitivamente las injusticias.
De recordar esto último se encargaba esa multitud de españoles
capitaneados por Bartolomé de las Casas de tanto mérito o
seguramente más que los descubridores y conquistadores.
El Cardenal Cisneros, regente de Castilla, que era duro, pero
justo, no sólo permitió las actuaciones de fray Bartolomé de
las Casas, sino que le dio el título de Defensor de los
Indios, encargándole de esa tarea.
Y estos españoles críticos llegaron a conseguir que, en 1550, a
propuesta del Consejo de Indias, Carlos V hiciera paralizar todas
las actividades conquistadoras hasta que una Junta de teólogos y
juristas dictaminase sobre los justos títulos de la conquista.
Aunque prosiguió ésta posteriormente, la suspensión es, como
dice Hugh Thomas, una cosa única e insólita, "algo que
pudieron hacer otros imperios como el británico, pero no lo
hicieron". Nunca. Ningún otro imperio.
Las críticas tan duras siempre
de fray Bartolomé de las Casas fueron utilizadas posteriormente
por los que elaboraron la Leyenda Negra.
Y, los que con razón rechazan esta leyenda, tienden en muchos
casos a atacar también las críticas de Bartolomé de las Casas,
a subrayar sus exageraciones y a destacar sus errores, como el de
favorecer la utilización en América de negros sacados de
África como esclavos, para no esclavizar a los indios, y a
omitir que Las Casas rectificó posteriormente este error. Pero
en conjunto, Las Casas tiene amplísimamente sobrada razón, por
desgracia.
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"Así transcurrió la Controversia de Valladolid. ¿Quién ganó? En realidad, nadie. O quizá los dos. La mayor parte de los teólogos se inclinó por Las Casas; la mayor parte de los juristas, por Sepúlveda. El tribunal votó y empató. No hubo sentencia oficial. Pero sí varios informes, y todos ellos tuvieron consecuencias. España no abandonó las Indias. Aquí, como en casi todo, se tuvo en cuenta lo que ya había dicho Francisco de Vitoria:
"Es claro que, después de que se han convertido allí muchos bárbaros, ni sería conveniente ni lícito al príncipe abandonar por completo la administración de aquellas provincias".
Y se mantuvo el dominio español como Sepúlveda reclamaba. Pero se reconoció que los indios eran personas con derechos propios (hoy nos choca por obvio, pero entonces no lo era en ningún lugar del mundo en relación con otras culturas) y se suspendió la penetración en el continente americano hasta 1556; en esa fecha se ampliaron los asentamientos en el Perú, y ya fue con instrucciones muy específicas para evitar daño a los indios. Ya no se hablaba de conquista sino de pacificación.
Lo más importante: a partir de la Controversia de Valladolid amanecieron los derechos humanos. Fue la primera vez que los reyes y los teólogos se plantearon la cuestión de los derechos fundamentales de los hombres por el simple hecho de ser hombres, derechos anteriores a cualquier ley positiva. Nunca antes un pueblo se había preguntado con tal profundidad dónde acaban los derechos propios, los derechos del vencedor, y dónde empiezan los derechos ajenos, los del vencido. Nunca el poder se había sometido de tal manera a la filosofía moral. Si la gesta de la Conquista nos hace grandes, porque nunca se había hecho nada igual, el debate sobre su justicia nos agiganta porque es un rasgo elevadísimo de civilización" (José Javier Esparza, La gesta española, p. 195, Ed. Áltera, Barcelona, nov. de 2007).