Textos de Francisco Canals Vidal
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9 EL DECIR MENTAL ES ACTO, NO MOVIMIENTO
Con el
prejuicio, fundado en el desconocimiento, de la capital tesis
aristotélica de que el carácter compuesto de forma y materia de
lo singular sensible no es en sí mismo inteligible -porque la
materia singular y cuantificada es principio de que, en todo lo
individual, existan determinaciones entre sí no conexas
esencialmente, sino sobrevenidas per accidens-, prejuicio
que hizo imposible, en la escolástica no tomista, reconocer el
carácter directo de la intelección de la esencia en el
concepto, otro malentendido, que penetró incluso en la
escolástica tomista, hizo imposible respetar la que había sido,
inequívocamente, la tesis de santo Tomás: la formación del
concepto por la misma actividad de la intelección y la
consiguiente caracterización del lenguaje inmanente conceptual
como el elemento y lugar adecuado de la verdad del ente
manifestada por el hombre.
Vimos que, en el clásico manual de Gredt Elementa
philosophiae aristotelico-thomisticae, se caracteriza la
locución mental como "conocimiento intelectual en
devenir", infieri, en tanto que el entender ya en
acto no puede ser sino contemplación del objeto y no formación
del mismo.
Desde los presupuestos de esta interpretación, la actividad
intelectual locutiva, aquella cuyo término es el concepto o la
enunciación conceptual, ha de ser caracterizada como
"movimiento", como, en definitiva, ocurre con toda
acción predicamental. Pero la intelección misma ha de ser
comprendida como cualidad en sí misma quiescente y no móvil.
Atibuir movimiento, cambio sucesivo, "acto del ente en
potencia en tanto que es en potencia", a la operación
intelectual formativa de conceptos y juicios no puede hacerse,
queriendo ser fiel al pensamiento de Santo Tomás, sin dejar de
leer sus propias afirmaciones en los lugares más centrales y en
sus expresiones más formales.
"El verbo no se origina de nuestro entendimiento sino en
cuanto éste existe en acto: simultáneamente con su existir en
acto, es en él el verbo concebido" (IV C.G., cap.
11).
"Siendo la palabra interior aquello que es entendido, y no
existiendo ésta en nosotros sino en cuanto entendemos en acto,
la palabra o verbo interno requiere siempre que el entendimiento
esté en su acto, que es el entender" (De ver. Qu 4,
artº 1º, ad primum).
"El entendimiento no puede entender sino en cuanto que ha
sido ya constituido en acto por esta semejanza (se refiere a la
llamada especie inteligible de la cosa) así como que nada puede
obrar según que es en potencia, sino según que ha sido
constituido en acto por alguna forma. Pero esta semejanza se
comporta en el entender como principio, y no como término del
entender. Así pues, lo que primeramente y per se es lo
entendido es lo que el entendimiento concibe en sí mismo sobre
la cosa que entiende" (De pot. Dei, cap. 5, in c.).
"En las cosas corporales es necesario que lo concebido
todavía no sea ... pero la concepción y el parto del verbo
inteligible no es con movimiento ni con sucesión, sino que al
mismo tiempo que es parido es ya distinto y mientras es iluminado
es ya iluminado, y esto se halla incluso en nuestro verbo
inteligible, por lo cual mucho más habrá de competir al Verbo
divino" (IV C.G. cap. 11).
Indudablemente, pues, santo Tomás no considera la fecundidad
generativa como algo ligado a la mutabilidad del ente en potencia
capaz de ser actuado; por el contrario, insistentemente, afirma
que el acto de entender, precisamente en su actualidad, es
aquello por lo que en el inteligente se forma, entendiendo, lo
concebido, que es lo entendido por antonomasia. Nada de idealismo
hay en esta afirmación, por cuanto dice también que podemos
hablar de lo entendido refiriéndonos a esta palabra mental y a
la cosa misma por ella expresada, lo dicho por el hombre a la
palabra interior por la que habla intelectualmente y a la
realidad a que se refiere por medio del lenguaje (v. De ver.
Qu. 4, artº 2º, ad tertium). Nada de idealismo, pero sí
"realismo pensante".
El pensamiento es verdadero cuando piensa verdaderamente lo que
es, pero la verdad de lo que es sólo puede darse expresada y
manifestada en el lenguaje interior del entendimiento. La
minimización, que lleva a la negación, de la connaturalidad de
la exigencia de pensar la realidad en nuestro lenguaje conceptual
y enunciativo, destruye la condición de posibilidad de toda
ciencia y de toda legislación y también de cualquier
comunicación interpersonal por este camino tan esencialmente
humano del lenguaje significativo e inteligible.
Es una deformación profunda y radical del pensamiento de santo
Tomás negar el carácter locutivo del entender en acto. Y a esta
negación se tiende, y a ella se llega, desde un gravísimo
malentendido que, al poner en el mismo plano el acto segundo
intelectual -el acto de entender- con lo que sería un
movimiento, un cambio, por el que algo que es capaz de una
perfección la va adquiriendo sucesivamente tiende también, por
lo mismo, a interpretar el acto de ser, y el acto de entender que
es esencialmente cierto ser, y el vivir mismo, que es un cierto
grado perfecto de ser, desde una perspectiva de estaticidad que
no es ya aristotélica, sino "eleática".
El espléndido esfuerzo sintético del aristotelismo -del que
advertía mi maestro, Ramón Orlandis, que no había dejado de
lado la profunda verdad que podemos hallar no en el platonismo en
su plenitud, sino sólo en lo que en Platón era escisión entre
la verdad ideal y la realidad del mundo sensible, y lo que en
definitiva era herencia no superada del fuerte pero desorientador
mensaje de Parménides, y que comprendía que carecía de sentido
reaccionar contra el inmovilismo eleático con la tesis del
universal devenir heraclitiana- brilla, precisamente, en su
concepto de la energeia, en su interpretación de la vida
divina como una "intelección de la intelección".
Santo Tomás, que Brentano juzgaba ser el más profundo
comentarista de Aristóteles al incorporarlo al pensamiento
cristiano, lejos de empobrecerlo lo pensó en sus máximas
posibilidades filosóficas. Según ellas, el entender, no ya el
movimiento hacia la intelección sino el entender en acto, en su
realidad y perfección vital, no ha de confundirse ciertamente
con la ignorancia o el discurso en camino hacia la adquisición
de la verdad, pero sí que ha de ser entendido, por lo mismo,
como manifestativo y locutivo, como fecundo principio de
emanación vital de lenguaje verdadero, y con ello del que obra
la apertura de la mente humana al horizonte del ente universal y
al universal diálogo entre los hombres.
Francisco Canals Vidal
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