Textos de Francisco Canals Vidal
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1 PARA LA SÍNTESIS DOCTRINAL DE SANTO TOMÁS DE AQUINO
Francisco Canals Vidal
El Padre Ramón Orlandis Despuig, S.I.,
en unos manuscritos inéditos hace poco tiempo publicados en el
volumen Pensamientos y ocurrencias (Editorial Balmes,
Barcelona, 2000), en ocasión del homenaje a su memoria al
cumplirse el 75º aniversario de la fundación de Schola Cordis
Iesu, escribió: "Todo hombre, en cuanto hombre, tiene
invencible apetencia de síntesis, de unidad íntima" (p.
369)
Quien desee conocer quién era y cuáles eran las convicciones y
las actitudes del maestro inspirador de nuestro propósito de
suscitar, con abierta y modesta perseverancia, estas aportaciones
que buscan hacer progresar la comprensión de la síntesis
doctrinal de Santo Tomás de Aquino, podrá leer útilmente
"Cuatro etapas en la vida del Padre Orlandis", por
José María Romero Baró (contenido en Ramón Orlandis Despuig, Pensamientos
y ocurrencias, Barcelona, Editorial Balmes, 2000), y también
el estudio de Eudaldo Forment Giralt "El magisterio tomista
del padre Orlandis, Apóstol del Corazón de Jesús" (en Doctor
Communis, Órgano de la Pontificia Academia Romana de Santo
Tomás, I-IV y V-VIII 1994).
Auguraba el cansancio de los espíritus ante un cientificismo
meramente analítico o experimental, la fatiga de la labor
positivista. Hablaba de que los hombres de nuestro tiempo tenían
necesidad de encontrar la fuente que pudiese saciar esta sed de
síntesis, que no es un mito irrealizable, sino que puede
encontrarse, como en oasis dichosos, en "la admirable,
perenne y casi desconocida obra del Doctor Angélico"
(íbidem).
El Padre Orlandis reconocía los admirables méritos de todos los
grandes comentaristas de Santo Tomás y de los estudiosos que
hicieron renacer la presencia del tomismo a partir del S. XIX.
Pero notaba que en los grandes autores de la escuela se diese la
tendencia a estudiar con mayor amplitud las cuestiones disputadas
"dejando, con sobrada frecuencia, de lado aquellas en que,
aparentemente, no había discusión, siendo así que en ellas
fulgura con mayores esplendores el genio del Angélico".
El Padre Orlandis lamentaba que autores tan profundos como Juan
de Santo Tomás y los Salmaticenses, por quienes sentía especial
preferencia, no se hubieran aplicado suficientemente a presentar
la síntesis en su sentido total y su amplitud luminosa.
El predominio de lo analítico y lo polémico -por el que las
"veinticuatro tesis", válidas y útiles para
diferenciar la filosofía tomista de la suarista, no son
conducentes a llevar a una comprensión plena y profunda de la
síntesis doctrinal de Santo Tomás- explica que sólo
parcialmente se haya podido hacer patente la verdad de la
afirmación, muchas veces presente en el magisterio
eclesiástico, del mérito sobresaliente de Santo Tomás en la
elaboración de un edificio doctrinal coherente y sintético.
Juan Pablo II, en la Encíclica de 14 de septiembre de 1998 Fides
et ratio (AAS nº 91, 1999, p. 57), ha reiterado el
pensamiento de León XIII, para quien la doctrina del Doctor
Angélico era el mejor camino "para recuperar el uso de la
filosofía que la fe exige". El propio Juan Pablo II
advierte poco después, en la misma Fides et ratio:
"si en varios momentos consideramos necesario tratar de
nuevo la cuestión, confirmamos la fuerza de los pensamientos del
doctor Angélico e insistimos en que fuera comprendida su
filosofía, esto nació de que lo prescrito por el magisterio no
siempre ha sido observado con la prontitud de ánimo que sería
de desear" (nº 61).
Paulo VI elogiaba a Santo Tomás de Aquino, de quien decía
"es tanta la penetración del ingenio del Doctor Angélico,
tanto su amor sincero de la verdad y tanta su sabiduría en su
investigación, explicación y reducción a la unidad de sus
verdades más profundas, que su doctrina es un instrumento
eficacísimo no sólo para salvaguardar los fundamentos de la fe
sino para lograr los frutos de un sano progreso" (Alocución
a la Universidad Gregoriana de 12 de marzo de 1964; AAS nº 56,
1964, p. 365).
Pío XII había afirmado ya, en 17 de octubre de 1953, hablando
también a los profesores de la Universidad Gregoriana: "Los
varios sistemas de doctrina a que permite adherirse la Iglesia es
absolutamente necesario que estén de acuerdo con todo aquello
que había sido conocido con certeza por la filosofía antigua y
por la cristiana, desde los primeros tiempos de la Iglesia. Pero
este conjunto de conocimientos no han sido expuestos por ningún
otro Doctor de un modo tan lúcido, tan claro y perfecto, ya se
atienda a la recíproca concordancia de cada una de las partes,
ya a su acuerdo con las verdades de la fe, y a la esplendidísima
coherencia que con éstas presentan, ni ninguno ha compuesto -es
decir, sintetizado- con todas ellas un edificio tan proporcionado
y tan sólido como Santo Tomás de Aquino" (AAS nº 45,
1953, p. 685).
Un documento singular en la historia del magisterio pontificio es
la Encíclica Aeterni Patris que el Papa León XIII, en 4
de agosto de 1879, todavía reciente el inicio de su Pontificado,
dedicó al tema de la filosofía. Como ha notado Juan Pablo II,
en su Encíclica Fides et ratio es aquel el único
documento con categoría de Encíclica que tiene por materia
única y exclusiva la restauración de la filosofía cristiana,
que orienta explícitamente conforme a las doctrinas y métodos
del Doctor Angélico Santo Tomás de Aquino: "Aquel eximio
Pontífice reiteró y desarrolló la doctrina sobre la relación
entre la fe y la razón enseñada por el Concilio Vaticano I y
mostró que el pensamiento filosófico es un poderoso auxilio
para la fe y la ciencia teológica. La restitución de la
doctrina del Doctor Angélico pensaba León XIII que era el mejor
camino para recuperar el uso de la filosofía que la fe
exige".
Este juicio de Juan Pablo II y el hecho de que el Concilio
Vaticano II aluda de un modo principal a las enseñanzas de Santo
Tomás como orientativas de la teología especulativa (Decreto
Optatam totius nº 16) ponen de manifiesto la autoridad que
reconoce la Iglesia al Doctor Angélico, que podríamos ver como
una recomendación preferente, ciertamente no impositiva, ni que
exija un obligatorio asenso en las escuelas católicas, de la
doctrina del Doctor Angélico. La consigna de unidad en lo
necesario y libertad en lo dudoso u opinable atraviesa los siglos
por la necesidad misma de distinguir el misterio revelado y el
orden de verdades naturales con él conexas, de obligatoria
afirmación para todo creyente, de los contenidos filosóficos y
teológicos que, a lo largo de los siglos, han ido elaborando en
las escuelas católicas y en las que se han dado diversidad de
corrientes e incluso tesis contrapuestas. La Iglesia jerárquica,
en virtud de su mismo ministerio, no cede a nadie el derecho a
imponer doctrinas o a censurarlas como incompatibles con la fe.
En 1748, Benedicto XIV recordaba que "esta Santa Sede
favorece la libertad de las escuelas", "Nos mismo
-decía-, aunque favorezcamos una opinión entre las diversas que
se dan en las escuelas católicas, no prohibimos las otras ni
permitimos que por otros sean prohibidas" (DS nº 2525).
Sobre materias filosóficas recordó nuevamente esta libertad
Pío XI, en su Encíclica Studiorum ducem: "Sea cosa
santa para cada uno lo preceptuado en el Código de Derecho
Canónico, a saber, que los profesores traten absolutamente
los estudios de filosofía racional y de teología, y la
instrucción de los alumnos en estas disciplinas, según el
método, la doctrina y los principios del Doctor Angélico y
sosténganlos religiosamente; aténganse todos de tal modo a
esta norma que puedan llamarle verdaderamente su maestro, pero no
exijan unos de otros más que lo que de todos exige la Iglesia,
Maestra y Madre de todos; pues en las materias en las que se
disputa en contrarios sentidos entre autores de la mejor nota en
las escuelas católicas, no se le ha de prohibir a nadie que siga
la posición que le parezca más verosímil" (DS nº 3667).
Allí mismo recuerda Pío XI que "honrando a Santo Tomás se
honra el mismo Magisterio de la Iglesia y se reitera el elogio
que había formulado Benedicto XV, en carta al Maestro general de
la Orden de Predicadores, de haberse atenido fielmente, en sus
enseñanzas, a Santo Tomás sin apartarse de su doctrina".
Las recomendaciones, tantas veces formuladas, referentes a las
doctrinas de Santo Tomás, no alteran, pues, el principio que
había formulado Santo Tomás: "más hay que estar a la
autoridad de la Iglesia que a la de Agustín, Jerónimo, o
cualquier otro Doctor" y dejan intacto el principio que
formuló, en la citada alocución de 17 de octubre de 1953, Pío
XII: "Ni siquiera del más santo e insigne Doctor se ha
valido nunca la Iglesia como de fuente originaria de
verdad". "Los varios sistemas doctrinales que la
Iglesia permite enseñar no constituyen la puerta para entrar en
la Iglesia. Es la Iglesia misma esta puerta".
Pío XII enumera allí mismo un elenco de verdades de orden
natural obligatorias y fundamentales para la profesión de la fe
y la elaboración de la filosofía: "Todo lo relativo a la
naturaleza de nuestro conocimiento y al propio concepto de
verdad, y que es absolutamente cierto, a Dios infinito y
personal, Creador de todas las cosas, a la naturaleza del hombre,
a la inmortalidad del alma, a la congruente dignidad de la
persona, a los deberes que la Ley moral, grabada por el Creador
en su naturaleza, promulga e impera" (AAS nº 45, 1953,
p.685).
Estas palabras de Pío XII, y el elogio de la coherencia
sintética de la doctrina de Santo Tomás, se muestran en
continuidad profunda con las de San Pío X en sus expresiones de
enérgica recomendación de la doctrina de Santo Tomás: "Al
proponer a Santo Tomás como principal guía de la filosofía
escolástica queríamos entender esto de los principios del Santo
en cuyos fundamentos descansa toda su filosofía. Porque lo que
en la filosofía de Santo Tomás es capital, lo que no tiene
carácter de opiniones sobre las que es lícito disputar en
sentidos opuestos, sino que ha de ser considerado como los
fundamentos sobre los que se apoya toda la ciencia sagrada y
divina".
"De aquí que quisiésemos que todos los que se dedican al
estudio de la filosofía o de la teología estuviesen advertidos
de que, al apartarse de Santo Tomás, especialmente en las
cuestiones metafísicas no se hará nunca sin grave
detrimento" (Mottu Proprio Doctoris Angelici, 29
abril 1914; AAS nº 6, 1914, pp. 336-341).
El lenguaje de San Pío X, a la vez que contiene las expresiones
más inequívocas de la recomendación preferente de la Iglesia
sobre la doctrina de Santo Tomás, se muestra en continuidad con
la constante actitud del magisterio pontificio anterior y
posterior. Porque si lo que en Santo Tomás es capital no
consiste en un sistema de proposiciones opinables, sino en el
conjunto de principios ciertos obligatorios para todas las
escuelas católicas, como recordaría más tarde Pío XII,
resulta claro que "lo capital" en Santo Tomás no se
identifica con las "veinticuatro tesis" que fueron en
su momento promulgadas no en un documento doctrinal, sino
disciplinar, como interpretación auténtica de las normas en las
que se mandaba sobre la enseñanza filosófica en las escuelas
católicas.
La polémica suscitada en torno a las mismas condujo, nuevamente,
la atención de los tomistas a temas filosóficos en los que el
tomismo difiere especialmente de la metafísica de Suárez, y
también de otros autores escolásticos.
Esto distraía de nuevo la atención de aquellos principios
capitales, verdades ciertas y comunes a todo pensador cristiano,
sobre las cuales -como sobre sus fundamentos- está edificada la
síntesis elaborada por el Doctor Angélico.
Es evidente que, aunque entre las veinticuatro tesis nada se diga
del ente y de sus predicados trascendentales y que, por lo mismo,
no se aluda a que "el ente se convierte con el bien"
(como afirmó admirablemente Cayetano), ni tampoco se aluda a la
réplica al dualismo maniqueo contenida en la obra de Santo
Tomás, esta doctrina sobre el bien, y sobre la bondad divina
como causa final del universo y motivo del acto creador, y la
participación del bien divino -que tiene su máximo grado en las
criaturas racionales "únicas por sí intentadas en el
universo" y cuya perfección consumada es la felicidad- son
núcleos doctrinales sólo desde los cuales se pueden entender en
su verdad profunda otras muchas que en aquellas se fundan y que
aquellas iluminan.
Las discusiones polémicas que podríamos caracterizar como
"intra-aristotélicas", tales como todas las referentes
a las estructuras acto-potenciales, han podido ser distractivas
de la continuidad y coherencia con que Santo Tomás de Aquino
sintetizó, en la tradición del pensamiento cristiano, el
sistema aristotélico con la herencia de San Agustín, con la
admirable metafísica del espíritu humano como imagen de la
Trinidad, o con la herencia del neoplatonismo cristiano de los
Padres griegos recibida por el magisterio de San Alberto Magno a
través de la obra del Pseudo Dionisio Areopagita.
La serie de aportaciones que quisiéramos ofrecer en este espacio
al servicio de la síntesis doctrinal de Santo Tomás de Aquino
no pretende dejar elaborado y construido el edificio doctrinal
que puede hallarse hoy estudiando la obra de Santo Tomás. Con la
convicción de hallar en él los caminos para la superación de
errores contemporáneos y para la realización del sano progreso
de que hablaba Paulo VI, se trata de "aportar"
planteamientos y sugerir respuestas a angustiosos interrogantes
contemporáneos que puedan contribuir al trabajo a realizar,
precisamente estimulando y abriendo caminos para una labor que
forzosamente habrá de ser realizada con la convergencia de
muchos esfuerzos y una rica multiplicidad de aportaciones.
Pero si me he decidido a asumir la responsabilidad de este
espacio es como una actitud de homenaje agradecido a un maestro a
quien ví, teniendo él más de ochenta y cinco años de edad,
descubrir conceptos y juicios que venían a responder a
planteamientos que se movían en aquello común y capital pero
que tenían la vida y la novedad de lo que estaba siendo
"ex-cogitado" por su poderosa mente especulativa. Por
esto termino estas líneas con un ejemplo inolvidable de esta
actitud de originaria investigación de la verdad. Entre el bien
como "aquello a que todas las cosas tienden" y el bien
como lo "difusivo de sí mismo" y "lo perfectivo
de otro a modo de fin" no hay antítesis alguna sino, por el
contrario, armónica interrelación. En el acto creador, donador
de ser, es decir, de perfección, los diversos órdenes de
"potencialidad", es decir, de capacidad de perfección,
son dispuestos por el acto creador como receptivos y
destinatarios de la perfección comunicada por Dios en los
diversos grados y categorías del universo de los entes creados.
Según su esencia finita, el ente creado participa del acto de
ser constitutivo de toda perfección; que Dios comunique el ser a
entes compuestos de materia y forma hace posible que Dios, al
crear, constituya en la dignidad de entes personales a
subsistentes individuales singularizados por la materia
"signada por la cantidad", y sean así numéricamente
multiplicables las naturalezas personales de los hombres, el
misterioso ente que está como en el confín del mundo de lo
material y de lo espiritual, y al que, según santo Tomás, está
ordenada la totalidad del cosmos material y espacio-temporal. Las
potencias operativas disponen los sujetos a sus propias
operaciones, a las que tienden con un dinamismo en que se realiza
la perfección que es su propia naturaleza.
Queden estas sugerencias expresadas aquí sólo como un
testimonio de homenaje a quien, impregnado su pensamiento
filosófico y teológico de sentimiento estético, contemplaba el
universo creado en su ordenación a Dios Creador para comunicar
el bien a todo lo que ha creado, impulsado, como lo vio Dante,
desde aquel "Amor che muove il sol e le alte stelle".
Este anhelo por buscar la "síntesis" que vivifica y da
unidad armónica al pensamiento teológico y filosófico de Santo
Tomás, que el Padre Orlandis transmitía a sus discípulos,
había tenido en su vida un papel decisivo, del que fue una
dimensión esencial el entusiasmo estético que en él causaba el
carácter omnicomprensivo y la vocación de universalidad de las
grandes obras sistemáticas del pensamiento humano. Muchas veces
le oí hablar de su evolución, que le llevó de una convencida
profesión de la metafísica suarista -a que había llegado por
la formación recibida en su juventud en la Universidad de
Deusto- a la profesión consciente y personalísima del
pensamiento de Santo Tomás de Aquino.
Hombre de formación clásica y de gran competencia gramatical y
literaria, con dedicación especial a los estudios de griego,
profundizó en la Retórica y la Poética de Aristóteles y, muy
conocedor de la lengua alemana, quiso confrontar el contenido
filosófico de aquellas obras con la Estética de Hegel. Por este
camino comprendió y admiró la grandiosa sistematicidad del
pensamiento hegeliano, lo que le llevó, por convicción y
opción personalísima, a comprender la razón de ser de los
elogios con que el magisterio de la Iglesia había acompañado
secularmente la aprobación y recomendación de la obra del
Doctor Angélico, que León XIII alababa como cima del
pensamiento humano.
El que León XIII alababa como cima del pensamiento humano fue,
como vimos, elogiado por Pío XII por la coherencia del edificio
doctrinal edificado sobre el fundamento de las verdades ciertas y
obligatorias para todos. Paulo VI ponderaba la reducción a
unidad de las verdades más profundas y notaba que la doctrina de
Santo Tomás tiene eficacia no sólo para salvaguardar los
fundamentos de la fe, sino para fructificar en un sano progreso
doctrinal. El Padre Orlandis sintió que el estudio de la obra
del Angélico, con la armonía con la fe, ofrecía al estudioso
el sentido de la edificación sintética de un vastísimo sistema
de pensamiento coherente. Santo Tomás fue, para el Padre
Orlandis, el autor que satisfacía la aspiración a la síntesis
que él juzgaba ser aspiración connatural del entendimiento
humano.
Nos convendrá advertir que la seductora síntesis hegeliana,
desorientada desde su origen por la culminación del racionalismo
y del vaciado univocista del primer concepto, al hablar del ser
como "lo inmediato indeterminado", y afirmar después
el movimiento dialéctico poniendo la seriedad y la fuerza en la
negación, para dar vida y movimiento al pensamiento, es
irremediablemente vacía comparada con el edificio sintético de
Santo Tomás, edificado con el instrumento de la analogía, y
respetuoso con la realidad y con la naturaleza de nuestros
primeros conceptos y de su referencia a la experiencia de los
sentidos y de la conciencia. El Padre Orlandis no vaciló nunca
en la opción entre la analogía tomista y la dialéctica
hegeliana, que a tantos había de desorientar en años
posteriores.
Fidelísimo al magisterio pontificio, y profundo pensador con la
libertad de espíritu que la Iglesia desea y exige que sea
respetada, el Padre Orlandis realmente realizó su opción por el
tomismo en ejercicio consciente del uso de aquella libertad que
la Iglesia garantizaba desde la soberanía suprema de la fe. Él
mismo explicaba que había afirmado varias veces, a quienes le
recordaban el deber de respetar la libertad de investigación:
"Por esta libertad del pensamiento filosófico he llegado yo
a ser convencido discípulo de Santo Tomás de Aquino".
En la serie de aportaciones que, estimulado y fecundado por su
magisterio, me propongo realizar en este espacio, desearía
exponer la síntesis filosófica de la doctrina de Santo Tomás,
enlazando sistemáticamente con las veinticuatro tesis aquellas
otras que, en la conferencia pronunciada en la S.I.T.A.
barcelonesa, en el acto del día de Santo Tomás del año 2001,
enumeré, introductoriamente, con veintisiete breves
formulaciones. Completaré este desarrollo con el de las líneas
de influjo explícito de la revelación sobrenatural en la
filosofía que forma parte integrante y constitutiva de la
sagrada doctrina, tal como las describí sumariamente en la
ponencia presentada en el reciente Congreso sobre "La
síntesis de Santo Tomás de Aquino", celebrado en Barcelona
en 12-14 de septiembre de 2002 por la sección española de la
S.I.T.A.