Textos de Francisco Canals Vidal
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18 SANTO TOMÁS FRENTE AL DUALISMO MANIQUEO
Hace algunos
años, estando vigente la polémica que precedió y siguió a la
Encíclica Humanae Vitae de Paulo VI -que reafirmó la
enseñanza tradicional sobre los fines del matrimonio-, los
partidarios de que se reconociese la licitud moral de métodos
artificiales de anticoncepción daban por superada y removida la
moral matrimonial contenida en la Encíclica Casti connubi
de Pío XI y en sucesivas alocuciones de Pío XII en aquella
misma línea, y que fue confirmada, precisamente, por aquella
Encíclica de Paulo VI.
Argumentaban en contra de la enseñanza tradicional, que señala
como fin primario del matrimonio la procreación y educación de
los hijos y afirma que la unión íntima y la entrega personal de
los esposos por el amor conyugal son un fin que, por su misma
esencia, se ordena a la generación de los hijos. ¿No hay en
esto -se preguntan algunos- un contagio de mentalidad maniquea,
con su horror al cuerpo como algo constitutivamente malo? ¿No se
considera, así, la unión sexual como algo sólo tolerable en
orden a la generación?.
Si tenemos presente lo que hemos leído en Santo Tomás en la
Aportación anterior, "Naturaleza humana y
generación", en la que vimos una afirmación tan clara de
la dimensión positiva y perfectiva de la felicidad humana, del
deleite de la unión de los sexos -que Santo Tomás reconoce
hubiera sido más intenso en estado de inocencia que en el estado
de naturaleza caída- podremos sospechar que nos desorientamos si
nos dejamos arrastrar por malentendidos semejantes.
La hostilidad maniquea al matrimonio es una de tantas actitudes
proféticamente denunciadas por el Apóstol Pablo: "El
Espíritu abiertamente dice que, en tiempos posteriores,
apostatarán algunos de la fe dando oídos a espíritus
engañosos y a doctrinas de demonios, inducidos por la
hipocresía de algunos impostores... que proscribirán el
matrimonio" (Iª Tim. Cap. 4, 1-3).
Hay que recordar lo que fue el maniqueísmo y cuáles era sus
criterios y actitudes en materia sexual, si lo hacemos, podremos
constatar que, en el corazón mismo de su prohibición del
matrimonio estaba la hostilidad a la generación humana. San
Agustín, convertido a la fe cristiana después de haber
experimentado la actitud de los maniqueos, expresa su
indignación contra su hipocresía: a sus adeptos, a quienes no
prohibían la unión con mujeres, les enseñaban a conocer los
tiempos en que se podía proceder a la unión con la mujer sin
"riesgo" de generar hijos:
"¿No sois vosotros quienes consideráis que la generación
de los hijos es un pecado mucho más grave que la unión de los
sexos, ya que por la generación el alma queda ligada a la
carne?...¿No sois vosotros quienes nos aconsejabais que nos
abstuviésemos del comercio sexual durante el período en que la
mujer es más apta para engendrar para evitar que el alma quedase
así atada a la carne? Las nupcias unen al hombre y a la mujer
por causa de la generación de los hijos... no es un matrimonio
donde se procura que la mujer no sea madre, por lo cual,
ciertamente, prohibís las nupcias y no podéis defenderos de
este crimen que ya fue profetizado de vosotros por el Espíritu
Santo" (De moribus ecclesiae catholicae et de moribus
manicheorum, Lib. II, párrafo XVIII).
El texto de San Agustín nos patentiza que la "carne" a
la que no querían ligarse los maniqueos significa, precisamente,
la naturaleza humana creada por Dios y que la libertad del
espíritu que querían mantener evitando la generación de los
hijos estaba definida por la hostilidad a la naturaleza y a sus
leyes. La "libertad del espíritu" en que querían
mantenerse los maniqueos era el enfrentamiento al carácter
natural del amor con que los padres aman a los hijos que han
engendrado.
Que tal era la orientación de la antítesis entre
"espíritu" y "naturaleza" en los maniqueos
se nos hace patente en la argumentación de San Bernardo frente a
los primeros cátaros, cuya hipocresía denuncia con estas
palabras inequívocas:
"Fingen creer que no hay impureza sino en el matrimonio,
cuando sólo el matrimonio hace que el coito no sea torpe"
(Sermón sobre el Cantar de los Cantares nº 56, "De los
errores de los herejes").
Los testimonios de San Agustín y de San Bernardo nos revelan una
mentalidad enfrentada a la naturaleza creada por Dios y a la Ley
natural grabada en el corazón del hombre. La "libertad del
espíritu" se ejerce en el enfrentamiento y hostilidad al
orden puesto por Dios en el universo. Que tal es la intención
profunda de lo que llamamos "maniqueísmo" se hace
comprensible si atendemos tal como fue históricamente en la
secta fundada por Manes: se trata de una de tantas gnosis o
"herejías" que los Santos Padres frecuentemente
distinguían del llamado "error judío".
Éste consistía en reafirmar de tal manera la vigencia de los
Libros del Antiguo Testamento que se desconocía la novedad del
Evangelio: el carácter propio de la gracia redentora. Mientras
los judaizantes, que se llamaban a sí mismos
"ebionitas", consideraban al Mesías como un mero
hombre y reducían a un horizonte terreno el Reino Mesiánico,
los herejes gnósticos rechazaban la venida de Cristo en carne
(cfr. Iª Iohannes 4, 2-3). Rechazaban el Antiguo Testamento, los
Libros de Moisés y todas narraciones referentes al Dios Creador
y Legislador, del que blasfemaban como tiránico y opresor. Entre
las gnosis, las hubo que daban culto a quienes, en el Antiguo
Testamento, se habían opuesto al Dios de Israel, Creador y
Legislador: había entre ellos adoradores de la serpiente del
Paraíso ("ofitas"), adoradores del fratricida Caín y
también de los sodomitas (que por su pecado contra naturaleza
habían sido maldecidos y castigados por el Dios de Israel).
Marción, en quien culmina este enfrentamiento antitético -su
principal obra lleva el título de Antítesis-
caracterizaba el Dios del Antiguo Testamento como omnipotente,
tiránico y belicoso, mientras que el Dios que había enviado a
Jesucristo no tiene otra obra sino el liberar al hombre, con Su
bondad, frente al Dios de Israel.
Por el Adversus Haereses de San Ireneo, el Adversus
Marcionem de Tertuliano, y por todo lo que podemos conocer de
los escritos de los gnósticos, descubrimos en ellos una
mentalidad común, dualística y antitética, que muestra el
parentesco de las gnosis, que toman forma de "herejía
cristiana", respecto de un tipo de concepciones filosóficas
con milenios de existencia que van tomando expresiones distintas
según la situación cultural y las concepciones religiosas entre
las que se manifiestan.
En este tipo de filosofías no se busca un principio unitario,
sino una o varias parejas de principios entre sí enfrentados. Se
trata de una dialéctica sin movimiento de superación sintética
de estos opuestos, que tienen un carácter fundante y absoluto.
No se busca, para explicar la realidad, un "elemento"
unitario, sino una pareja de "co-elementos" cuya
correlación consista, precisamente, en una oposición
antitética insuperable. He aquí algunas parejas afirmadas por
los pitagóricos (v. Aristóteles Metafísica, libro alfa,
986 a, 22-27): lo determinado y lo indeterminado; lo impar y lo
par; lo uno y lo múltiple; la derecha y la izquierda; lo
masculino y lo femenino; lo estático y lo en movimiento; lo
recto y lo curvo; la luz y las tinieblas; el bien y el mal; lo
cuadrado y lo oblongo.
"Absolutizando" oposiciones en distintas regiones del
ente y de distinto carácter -contrarias, privativas,
correlativas y aun contradictorias-, esta actitud mental de la
que han surgido "religiones" como el taoismo (poniendo
el yin y el yang) o el zoroastrismo (divinizando la luz y las
tinieblas) resurge en diversas situaciones culturales y así
modernamente, por ejemplo, la hallamos en el existencialismo
sartriano (con el ser y la nada, en la que la nada es lo que
posibilita la libertad por ser, precisamente, como "un
agujero" en el ente).
Absolutizadora de lo inmanente y ambiciosa de una explicación
omniabarcante de la naturaleza y de la historia, esta mentalidad
atraviesa hoy múltiples dimensiones de la conciencia histórica
y de la vida social, y la hallamos presente en las
"antítesis" que se expresan en el "conflicto de
generaciones" (en la familia y en el ámbito educativo), la
hostilidad y enfrentamiento de los "géneros" (con el
machismo y el feminismo), los conflictos revolucionarios entre
estamentos y clases sociales. Lo bueno y lo malo ha sido visto en
lo burgués y lo noble, después lo será entre el proletario y
el burgués, aunque no debemos tampoco olvidar que la misma
antítesis entre lo bueno y lo malo invertirá con frecuencia su
sentido para encontrar expresiones literarias que hablan de
"las flores del mal" o recuerdan que "haciendo el
bien se puede hacer daño".
Las mentalidades "maniqueas" entienden el mal
(contradiciendo la doctrina de la Sagrada Escritura y en la
Tradición cristiana, en especial la doctrina de San Agustín y
la de Santo Tomás), olvidando su carácter privativo, como algo
consistente y substancial, activo y eficiente en cuanto tal,
pero, por lo mismo, impotente para afectar al bien y, por la
especial dialéctica de antítesis sin superación, esta
mentalidad lleva por sí misma a reiteradas inversiones del
sentido de los opuestos. El pensamiento se instala en un monismo
que no niega, sino que se opone a la pluralidad, o se instala en
un pluralismo que, por no fundarse en un principio unitario del
que participa, es un perpetuo combate contra la unidad.
Esta mentalidad (la hipócrita radicalidad
"moralizadora" de las actitudes maniqueas) en que
parece desarrollarse históricamente el misterio de anomía de
que habla San Pablo (II Tess., 7), o el espíritu de seducción
profetizado en la primera carta de San Juan (I Ioh., 6), tiene
como característica el olvido o negación explícita del libre
albedrío humano y divino. El contemporáneo lenguaje alude
constantemente a la permanencia inmutable de las actitudes
"inmovilistas" que supone, precisamente, no capaces de
cambio, mientras absolutiza la positividad del movimiento. En el
torbellino de su dialéctica sin superación de opuestos se
ejercita en llamar malo a lo bueno y a lo bueno malo, en llamar
luz a las tinieblas y a las tinieblas luz y, por la conexión y
continuidad profunda entre la verdad, el bien y la belleza, esa
anárquica mentalidad viene a proclamar lo que las brujas en la
tragedia McBeth: "Lo hermoso es feo y lo feo es
hermoso".
La hostilidad rebelde contra lo bueno viene posibilitada por
aquella caracterización que pone lo bueno en línea con lo
estático, lo cerrado o lo cuadrado, o lo determinado, es decir,
no se conoce un bien difusivo de sí mismo, donador por amor
efusivo y participación en perfecciones en los grados de ser,
sino que lo bueno es constitutivamente incapaz de comunicarse y
de ofrecer posibilidades y aperturas. Lo bueno sería visto como
inerte y hostil a la vida.
Ya se comprende que, en el sofisma implícito que inmoviliza y
priva de comunicación a lo determinado y estable, se piensa
siempre a partir de cerrados univocismos que impiden,
precisamente, toda participación de perfecciones en la finitud y
la multiplicidad. Insistamos en que la analogía fue el camino
recibido de Aristóteles y llevado a plenitud por Santo Tomás
que permite a nuestro lenguaje referirse al Dios Uno y eterno
como Viviente, como Amor efusivo, comunicador del bien
participado en sus criaturas. Un Dios pensado como el ente uno de
Parménides no puede ser comprendido como donador de perfección
y bien a otros entes múltiples y finitos. El Dios dominador de
Marción no puede ser redentor por amor misericordioso.
Francisco Canals Vidal
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